Un diario de conciertos

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George Michael (Palacio de deportes, Madrid, 25/09/11)

 

Castigo sinfónico de George Michael en Madrid

Concierto: George Michael

Fecha: 25/09/11

Lugar: Palacio de Deportes (Madrid)

Precio: de 47,50 a 209,50 euros

Asistencia: 10.000 personas (lleno)

No hay cantante de pop-rock anglosajón en horas bajas que no se encomiende a los arreglos sinfónicos para reverdecer laureles. Sting y Peter Gabriel lo probaron en 2010 con resultados dispares: el primero salió relativamente ileso, y el segundo, algo tocado. George Michael ha decidido seguir sus pasos este año con un espectáculo orquestal que tiene visos de carta de suicidio artístico.

Que no comercial, desde luego. Alrededor de 10.000 espectadores llenaron anoche el Palacio de Deportes de Madrid, pagando precios que iban desde casi 50 euros hasta los más de 200 euros que costaba un asiento en las primeras filas. Las entradas de coste disparatado, por cierto, son siempre las primeras en agotarse en este tipo de conciertos. Casi todos los espectadores andaban por los cuarenta y tantos años, divididos en dos grupos claros: los nostálgicos de los 80 que se compraron el superventas Faith en su día y los homosexuales que abrazaron a Michael como icono desde su salida del armario forzosa de los 90.

Estos últimos, sin embargo, tenían una presencia menor de la esperada, quizá porque se olieron que el recital no iba a ser ninguna fiesta. A las nueve y media ya ocupaban todos los espectadores sus asientos, pero el astro greco-británico aún se hizo esperar media hora más. Los silbidos se convirtieron en rugidos cuando a las diez se apagaron las luces, y una tormenta de flashes de cámaras empeñadas en fotografiar la oscuridad invadió el Palacio.

 

 

El enorme telón que circunvalaba el escenario permaneció cerrado durante las primeras estrofas de Through. Cuando por fin se abrió, la orquesta sinfónica apareció dividida en dos, separada por un pasillo por el que se abriría camino Michael cual Moisés cruzando el Mar Rojo. Vestido de oscuro y con gafas de sol, con una perilla perfectamente recortada y una dentadura hiperbólica en su tamaño y en su fulgor, era exactamente el George Michael que todos esperábamos. Pero solo en su aspecto, la música fue otro cantar.

Nos engañó con un amago de baile (tipo Carlton en El príncipe de Bel Air) durante el segundo tema de la noche, su tibia versión de My baby just cares for me con arreglos de la escuela Sinatra. El público se precipitó a grabarlo con su móvil, lo que puso nerviosos a varios encargados de seguridad, que trataron de impedirlo apuntando con sus linternas hacia los objetivos. Aparte de lo fútil de su empresa, pareció que no ponían tanto celo con los clientes preferentes (los que más habían pagado por estar allí) como con los de la clase turista (los que “solo” apoquinaron 70 euros).

Un asistente trajo un taburete para que Michael se sentara al comienzo de la tercera canción. Durante todo el concierto retiraría y volvería a colocar el taburete sin que se supiera muy bien cuál era el criterio para hacerlo. El tedio se apoderó de la velada desde el primer minuto, con arreglos orquestales romos, sin estilo, y una obstinación en el medio tiempo que conduciría al sopor al cabo de pocas canciones.

El espectáculo se dividió en dos mitades, como corresponde a toda música “importante”. Durante el descanso de veinte minutos entre ambas, un cronómetro en pantalla indicaba el tiempo restante hasta la reanudación del espectáculo. Sus versiones de Going to a town de Rufus Wainwright y de Brother, can you spare a dime? de Bing Crosby fueron lo más aceptable de la primera mitad.

Con toda la orquesta sentada en sus asientos, y Michael, en el mejor de los casos, con los pies clavados al suelo y balanceándose suavemente al ritmo de la canción, no había mucho que ver sobre las tablas; así que la atención se dirigía sin remedio hacia las espantosas animaciones que se reproducían en la gran pantalla tras los músicos. Inspiradas en películas dispares como Tron o 2001, no guardaban ninguna relación con las canciones que ilustraban, ni en su forma ni en su fondo. La más grotesca de las animaciones llegaría durante John & Elvis are dead, con un batiburrillo de imágenes que equiparaba a Lady Di con Teresa de Calcuta, y concluía con una estampa del mismo Michael soltando una paloma blanca a cámara. Hubo risas, claro. El sonido era excelente y el juego de luces muy profesional, pero tampoco cabe pedir menos en espectáculos internacionales como este, aunque nos hayan acostumbrado por las malas a no hacerlo.

Una truñesca versión de Roxanne de Police nos hizo desear a muchos viajar un año atrás en el tiempo, neutrinos mediante, para que el dislate sinfónico volviera a ser el de Sting, bastante más agradecido que este. Michael se ensañó después con Amy Winehouse y Rihanna. La Russian Roulette de esta y Feeling good de, de nuevo, Nina Simone, reanimaron por un instante una segunda mitad ya catatónica antes de liquidarla del todo.

En los bises, después de una presentación selectiva de los músicos y de un Cumpleaños feliz cantado en castellano e inglés por toda la audiencia a uno de los coristas, el cantante se sacudió el traje de crooner y se permitió un popurrí con Amazing, I´m your man y Freedom 90 con el que sus fans se derritieron de gusto. Fue sintomático que, durante esos minutos, la orquesta solo observara lo que tocaba la banda de Michael en primera fila: no hacía falta más, después de todo. Pero era demasiado poco y demasiado tarde para salvar el despropósito. La moraleja es que no todos los músicos toleran bien un revestimiento sinfónico hecho por la cara. Zapatero a tus zapatos.

 

Fotos por cortesía de Ana Pérez.

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The Beach Boys (Escenario Puerta del Ángel, Madrid, 15/07/11)

 

Chapuzón nostálgico de The Beach Boys en Madrid

Dos mil quinientas personas, todo un éxito se mire por donde se mire, llenaron anoche hasta los topes el Escenario Puerta del Ángel para el concierto madrileño de The Beach Boys. La mayor parte del público estaba formado por parejas maduras, aunque también había un sector más joven (siempre en términos relativos) que ocupó el hueco de pista entre el escenario y la grada. Todos los presentes, independientemente de su edad, mostraron su entusiasmo más hacia las canciones que hacia la banda en sí.

Se comprende. Estos Beach Boys de Mike Love y Bruce Johnston son tan legítimos (o no) como las actuales formaciones de Queen, The Doors o Burning. Muertos dos de los tres hermanos Wilson, y extraviado en su universo interior el tercero, el pragmático primo Love conserva la potestad sobre la marca comercial y la explota sin rubor, rozando incluso el nepotismo al dar trabajo a su hijo guitarrista y a su hija cantante (esta última no demasiado dotada para el oficio, aunque al menos sólo canta un tema en toda la velada). El mismo Love aprovecha las armonías vocales colectivas para escaquearse y no arañarse la garganta más de lo aconsejable.

 

 

Pero luego suenan I get around, Wouldn´t it be nice, Help me, Rhonda o su version de Barbara Ann y todo queda olvidado. Esas canciones ponen de buen humor a la gente y, lo que tiene aún más mérito, la ponen a bailar. Llega un momento en que muchos se olvidan incluso de mirar al escenario y disfrutan de la música como si estuviera sonando en una máquina de discos. Una que cobra de 40 euros para arriba, también es cierto, pero el público de los Veranos de la Villa tiene cierto poder adquisitivo; o al menos eso presuponen los que marcan los precios de las entradas y la hostelería en el Escenario Puerta del Ángel (¡seis euros por una Coca-Cola!) o los taxistas que aguardan ávidos a las puertas del recinto el final del espectáculo.

Un par de micrófonos orientados hacia el público y el que una mampara de cristal separara la batería del resto de instrumentos insinuaban la posibilidad de que el concierto se estuviera grabando para ser publicado. Tiene sentido, dado que se cumple medio siglo de la formación de la banda, ahí es nada, y un disco en directo sería adecuado para la efeméride. Si utilizan parte de la grabación de Madrid no les quedará otra que limpiar un par de espectaculares acoples al comienzo del concierto. El sonido que se escuchó en el recinto fue potente y embarullado.

Cierto que los septuagenarios del grupo rozaron anoche en algún momento la vergüenza ajena. Pero bastaba con cerrar los ojos para disfrutar del positivismo de sus canciones, en especial el triplete final con Surfin´USA, Good vibrations y Fun, fun, fun, que encandilaron a todo el mundo. Una hora y cuarenta y cinco minutos de concierto que dieron a los presentes exactamente lo que habían venido a buscar.

 

Fotos por cortesía de Ana Pérez.


Quique González y Jacob Reguilón (Teatro Bellas Artes, Madrid, 13/06/11)

 

Quique González vuelve a Madrid para mostrar su cara B 

El cantautor madrileño repasa su repertorio escondido en compañía del contrabajista Jacob Reguilón.

Concierto: Quique González & Jacob Reguilón

Lugar: Teatro Bellas Artes (Madrid)

Fecha: 13/06/11

Precio: 30,60 euros

Asistencia: 250 personas (60% del aforo)

Esta crónica tiene por fuerza que ser complementaria de la que escribí hace cuatro meses en el fin de la gira Daiquiri Blues, ya que la nueva Desbandados, con otro repertorio y otros arreglos, también lo es de aquella. A grandes rasgos, lo que ha hecho Quique es expurgar el rock de estos recitales, dejando las canciones en el hueso. Recordando la pegada que tenía su banda en esos últimos conciertos en Florida Park, a priori se hacía cuesta arriba volver a verlo acompañado sólo por un contrabajo.

No es la primera vez que Quique explora estos formatos. La ocasión más célebre fue la gira Peleando a la contra, en 2003: el germen de la idea estaba allí, pero Quique carecía entonces de una infraestructura que le apoyara adecuadamente. Tener que dar recitales íntimos en espacios como la sala El Sol (por mucho que obligara a la gente a sentarse en su frío suelo) pervertía el concepto. En 2011 las cosas han cambiado para Quique: su base de fans se ha solidificado y el apoyo de la promotora Last Tour le facilita las cosas.

Ese público son parejas de treintañeros y chicas universitarias. Quizá el formato íntimo haya aumentado la presencia de estas últimas y rebajado el de los rockeros que llegan a Quique González de forma colateral. En el primero de sus cuatro recitales de este mes en el Teatro Bellas Artes, quedaron al menos 200 entradas por vender de un aforo de 450, pero hay que tener presente que éste es el último que puso sus entradas a la venta, y lo hizo hace una semana. Los tres que restan probablemente agoten sus localidades.

El Bellas Artes es un teatro sin encanto ninguno, con un vestíbulo que huele a desinfectante y una platea formada por incómodas butacas de multicine noventero (las más baratas, seguramente). Una impersonal voz femenina nos advertía de que el espectáculo comenzaría al cabo de cinco minutos; diez más tarde, aseguraba que faltaban otros tres para el comienzo. Así estuvimos un rato hasta que a las nueve menos veinte se apagaron las luces y el teatro se sumió en una completa oscuridad.

La entrada de los dos músicos fue poco ceremoniosa: Jacob Reguilón agarró su contrabajo y Quique se sentó al piano. Arrancaron con una delicada fusión de Reloj de plata y Discos de antes, que Quique compuso para Los Secretos de Álvaro Urquijo. En esos primeros minutos quedó claro que la atención de los espectadores era absoluta, rozando la devoción, y que sabían de antemano que el concierto iba a ser más de escuchar que de berrear.

No es que Quique y Jacob no merecieran anoche esa atención, porque el primero cantó estupendamente, con deleite en la dicción y en el tono (voces nasales como la suya suenan mejor cuando no necesitan elevarse por encima del estruendo de una banda); y el segundo arrancó notas fascinantes y evocadoras al contrabajo, bien con sus dedos, bien con un arco. Su instrumento, maravillosamente dosificado, fue la estrella de la noche por encima del piano, la guitarra acústica o la armónica dylaniana de Quique. La jugada se redondeó con una iluminación tenue y constante en su calidez, que acababa en un apropiado fundido de salida al término de cada canción; y un sonido claro con el que paladear cada nota.

El décimo aniversario de Salitre 48 fue la excusa para que varios de sus temas se hicieran hueco en el repertorio. En el disparadero se la dedicó a Carlos Raya, su cómplice inseparable de aquella época, presente entre el público. También sonaron Todo lo demás, Tarde de perros, El rompeolas, Ayer quemé mi casa y De haberlo sabido, siendo de largo el disco más representado de la noche.

Le siguieron de cerca algunos temas de los dos últimos trabajos, que fueron recibidos con interés pero menor entusiasmo. Cautivaron más las rarezas, como las versiones de These days de Jackson Browne o de Hoy puede ser un gran día de Serrat. En la oscuridad del teatro se distinguían con facilidad las luces de los móviles que trataban de grabar una canción, y estas dos convocaron un buen número de ellos. Hubo también sitio para un haiku “medio japonés medio euskera”, como Quique definió a un breve texto de Kirmen Uribe (“No es verdad, no he cambiado; en mis sueños siempre tienes veinte años”), que hubiera necesitado un par de repeticiones más para llegar a la intensidad hipnótica que prometía.

Merece reseñarse lo divertido que estuvo Quique al presentar las canciones. La anécdota sobre su admiración por el futbolista Santillana arrancó merecidas carcajadas, ni las primeras ni las últimas de la noche. Su complicidad con Jacob también provocó sonrisas, influyendo decisivamente en el ambiente distendido de la velada, arriba y abajo del escenario.

No hubo grandes éxitos exceptuando una desinflada Pequeño rock and roll y Aunque tú no lo sepas, en la que Quique se disculpó con Jacob sobre la marcha por perder el compás al piano; y aún así les quedó emocionante. Fue la última antes del bis, para el que se hicieron de rogar más tiempo que una folclórica, pese a que el público se desolló las palmas aplaudiendo.

Sólo en el último tema de la noche, La luna debajo del brazo (elegida por relativa aclamación popular frente a otras candidatas), se permitieron los espectadores corear la letra, quizá por ser la versión más fiel en su tempo a la grabación original de todas las que sonaron. No escondían Quique González y Jacob Reguilón sus sonrisas de satisfacción al despedirse pasadas las diez y media, agradecidos por el público que les había tocado en suerte esa noche: quizá el que el madrileño lleva años buscando como una quimera imposible, y con el que ha dado a base de tenacidad, coherencia y buenas canciones.


Las crónicas perdidas: Jim Jones Revue, Josele Santiago

Dos nuevas reseñas, mucho más superficiales de lo que me gustaría…

JIM JONES REVUE (Sala El Sol, Madrid, 11/05/11)

Estos ingleses talluditos, que hacen garage-rock con piano boogie, llenaron El Sol a rebosar. No pude acercarme al escenario y, quizá por eso, el concierto no llegó a entusiasmarme, aunque era imposible no seguir el ritmo con los pies. Jim Jones y los suyos tocaron una hora exacta de una energía infernal, disparados como una bala, pero la ausencia de inflexiones hacía que resultara fácil desconectar. Entre el público se encontraba Carlos Tarque, a quien pocos días antes había visto en Santander dándolo todo, y ese recuerdo ensombrecía la entrega de Jim Jones.

Musicalmente recomendables. Su directo, perfecto para un festival, se queda algo pequeño en una sala.

JOSELE SANTIAGO & PABLO NOVOA (Auditorio del Ayuntamiento, Vigo, 18/05/11)

Sólo había visto a Josele Santiago en directo en una ocasión, con su banda Sus Menudencias en Madrid. Aquel concierto me gustó sin volverme loco. Sin embargo, cuando te encuentras en Vigo una tarde de un miércoles de mayo, un concierto acústico de Josele Santiago y su guitarrista Pablo Novoa te parece un planazo.

Sólo sesenta gallegos pensaron lo mismo que yo, lo que daba un aspecto desolador al ya de por sí pequeño auditorio. Visto lo visto, quizá es que tenían claro a lo que se exponían: un recital carente de energía e inspiración, más allá de las que desprenden las propias canciones. Josele estuvo poco sembrado en sus parlamentos entre temas y las pausas se hicieron mortales.

Dicen que su último trabajo es una vuelta al rock, pero era imposible detectarlo por las versiones que el duo llevó a cabo de dichos temas. No es excusa la falta de base rítmica y la preeminencia de guitarras acústicas, como cualquier fan de Elliott Murphy & Olivier Durand sabe muy bien. Un concierto aburrido y decepcionante.


Coque Malla (Sala Joy Eslava, Madrid, 12/05/11)

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Crónica relacionada: Los Ronaldos (Sala Joy Eslava, Madrid, 12/03/08)

Fotos por cortesía de Ana Pérez.


Burning (Discoteca Penélope, Madrid, 02/04/11)

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No es Doc Brown… No es Krusty el Payaso… Es Johnny Cifuentes. The Man.

No son quinquis… No son perroflautas… Son Los Perros del Boogie. Y son buenos.

Fotos por cortesía de Ana Pérez.


Roger Waters (Palacio de deportes, Madrid, 25/03/11)

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Fotos por cortesía de Ana Pérez.