Un diario de conciertos

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Fleet Foxes (Sala La Riviera, Madrid, 25/11/11)

La atonía folk de Fleet Foxes en La Riviera

El sexteto de Seattle calca los arreglos y las armonías vocales de sus discos en un directo sin capacidad de conmover.

Concierto: Fleet Foxes

Lugar: Sala La Riviera (Madrid)

Fecha: 25/11/11

Precio: 28 euros

Asistencia: 2.500 personas (lleno)

Esta es la clase de crónica que, de verdad, detesto escribir. Cuando un concierto te parece brillante o terrible puedes teorizar sobre él con cierta pasión, si bien por motivos distintos; pero es mucho más difícil hacerlo de un espectáculo mediocre que solo te ha producido indiferencia. Esa es la tesitura en la que me encuentro, intentando decir algo sobre un recital tan romo como el de Fleet Foxes en Madrid.

El problema con este grupo es que su música no es comunal: está pensada para ser paladeada en la intimidad por amantes del indie-folk, de las armonías vocales e incluso del rock progresivo. Y también habrá a quien esas canciones le parezcan insoportables cantos de ballena o música para embarazadas de las que se cuelgan cascabeles al cuello para torturar al feto. Sea como sea, trasladar esas atmósferas sonoras al directo presenta un problema: la mansedumbre de los temas acaba por convertirlos en el hilo musical de las divagaciones mentales y las charlas ausentes de sus espectadores.

Y mira que estos eran anoche bienintencionados: guardaron un silencio reverencial desde el principio, chistaron a todo aquel que osaba romperlo y aguantaron con paciencia las pausas entre canción y canción. Abundaban las camisas de cuadros y las mejillas hirsutas, y la media de edad deambulaba por la treintena, por encima de la de los mismos músicos (mal asunto para aspirar a una carrera longeva). Algunos de esos espectadores quedaron embelesados por las melodías, pero a mi alrededor también pude observar unas cuantas caras de gente que ya estaba pensando en cómo cazar un taxi a la salida.

Se comprende. En el escenario había poco que contemplar, pues la mayor parte del tiempo los músicos permanecieron en la penumbra, sin ningún cañón frontal que nos mostrara si realmente eran ellos o unos sustitutos apañados (es un milagro que esta crónica tenga foto). Solo el cantante Robin Pecknold gozó en algún momento del privilegio de los focos, el resto se limitaron a ser siluetas comparsas al pie de una pantalla con proyecciones psicodélicas. Y como esas siluetas no eran particularmente animadas, al cabo de un rato te preguntabas a ti mismo: “¿para qué narices estoy mirando?”.

En cuanto a la música, la banda picoteó de su primer EP y de sus dos álbumes, interpretando el segundo, Helplessness Blues, prácticamente íntegro. Daba un poco igual qué tocaran, porque las canciones no parecían ordenadas con ningún propósito dramático concreto: te gustara o no lo que estabas oyendo, ese era el estado de ánimo que ibas a mantener durante la exigua hora y media de concierto. No me siento capaz de señalar un momento memorable que sobresaliera por encima del resto. La impresión era que todo se iba borrando sin dejar huella según sucedía. A medio concierto, súbitamente, recordé que ya había visto antes en directo a Fleet Foxes abriendo para Neil Young (algún promotor perverso quiso ver lazos entre los artistas. Quizá sí, si expurgas la rabia del sexagenario canadiense a la que no se acercan ni de lejos estos veinteañeros), y comprendí que ese es el destino que le espera a la comparecencia madrileña de los de Seattle en las mentes de muchos de sus espectadores: el olvido absoluto.

El sonido fue decente (para los cánones de La Riviera, diría que incluso bueno), así que, quien quisiera apreciar la capacidad de Fleet Foxes para calcar los arreglos y las armonías de sus grabaciones, pudo hacerlo; en cambio, quien pensara que iba a sumarle a estas la energía propia de un directo, se llevaría un buen chasco. Mi impresión es que este sexteto comandado por un cantante vegano no puso toda la carne en el asador. Si tuvieron una noche poco inspirada o esa es la tónica general de sus recitales, con franqueza, espero no tener que averiguarlo.

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Coldplay (Plaza de toros de Las Ventas, Madrid, 26/10/11)

 

Coldplay explota en Las Ventas

El cuarteto británico pulveriza las críticas a su nuevo disco con el espectáculo más faraónico del año. Chris Martin le saca los colores al Bono actual desbordando carisma escénico.

Concierto: Coldplay

Lugar: Plaza de toros de Las Ventas (Madrid)

Fecha: 26/10/11

Precio: de 30 a 150 euros

Asistencia: 17.000 personas (lleno)

Repertorio: Mylo Xyloto, Hurts like heaven, Yellow, In my place, Major minus, Lost, The scientist, Violet Hill, God put a smile upon your face, Paradise, Up in flames, Til kingdom come, Politik, Viva la vida, Charlie Brown, Life is for living, Clocks, Fix you, Every teardrop is a waterfall

Un manager inglés y un promotor de conciertos español se encuentran en un bar de la Puerta del Sol a mediados de junio de 2011. “Tres tristes tigres…”, masculla el segundo, a lo que el primero responde “…no se le mira el diente”, y se sienta. El británico anuncia: “Hemos elegido Madrid para la presentación de Mylo Xyloto”. “Puedes dejar de hablar en clave”. “No, es el nuevo disco de Coldplay”. “Ah, vale”, responde el español, y se lleva un calamar a la boca para que no se note que empieza a salivar. “Queremos hacerlo el 26 de octubre en Las Ventas, que nos parece muy Gladiator”. “¿En… Las Ventas? ¿El 26 de octubre?”. “Sí, hará bueno, ¿verdad? España es muy sunshine”, espeta el guiri. El promotor español pone cara de póquer, recuerda el barrizal en el que se convirtió el ruedo de la susodicha plaza durante el concierto de Bruce Springsteen un 16 de octubre de hace cinco años, sopesa si decir o no la verdad, y finalmente espeta: “Hará un tiempo que te cagas”. El manager y el promotor alzan sendos vasos de Anís del Mono y sellan el trato con un brindis.

Afortunadamente para ambos, y porque Dios así lo quiso, anoche solo compareció en Madrid una lluvia fina durante la primera y la última canción del concierto de Coldplay. Los 17.000 asistentes agradecieron que la tragedia no se consumara: lo que no pudo salvarse es el frío lógico por estas fechas (el que ya estaba tardando en llegar), que hizo a muchos desear que en las barras despacharan caldo en lugar de cerveza.

Voy a hacer con esta crónica un ejercicio de abstracción e intentar juzgar el espectáculo por sus méritos, no por sus circunstancias. Y no es fácil, porque pertenezco a esa mitad del tendido (unos cuantos miles de personas, vaya) que anoche no vio nada de nada del concierto. Ticketmaster ya lo advertía al vender las localidades por detrás del escenario, pero habría que explicarles a ellos la diferencia entre visibilidad reducida y nula, que es como realmente era la de esos asientos. Abundaban las caras de “me habéis timado, cabrones” entre unos espectadores que quizá esperaban una visibilidad trasera semejante a la del 360º Tour de U2 (algo del todo imposible por las torretas y el aparataje a espaldas de los músicos). La única razón por la que había espectadores allí era para que la realización del concierto para su emisión en YouTube quedara más apañada; pero, según tengo entendido, a los figurantes se les paga, no se les cobra.

La noche empezó torcida con una presentación del inefable Mario Vaquerizo, que nadie nos explicó qué pintaba allí ni quién le había dejado pisar ese escenario. Después de algunos agradecimientos patrocinados, Vaquerizo introdujo un vídeo en el que Anton Corbijn departía con los cuatro Coldplay sobre lo divino y lo humano durante diez minutos eternos. La artística pieza en blanco y negro, por supuesto, no estaba subtitulada al castellano. Sin haber visto la realización del concierto que Corbijn ha hecho para YouTube, apuesto a que no será mejor ni peor que la que hubiera hecho José Luis Moreno, porque no hay nadie en este mundo, por muy talentoso que sea, que pueda hacer auténtico arte durante una realización en directo. Se trata más bien de poner el nombre y llevárselo calentito.

Mientras sonaba la música de Regreso al futuro, infalible para encender al personal, los espectadores de visibilidad “reducida” pudimos observar a los cuatro músicos haciendo corro antes de subir al escenario. El ritual parecía algo ensayado para las cámaras, pero les quedó bien. Un minuto después arrancaba el concierto “grande” que aún no habíamos tenido en este 2011, año de crisis y de resaca de las grandes giras de cursos anteriores.

Porque Coldplay caerán mejor o peor, pero saben montar un buen espectáculo. Pulseras luminosas repartidas entre los espectadores se encendieron simultáneamente durante la primera canción, Mylo Xyloto: vale, puede parecer cursi, pero también es visualmente poderoso y el truco hace que todos se sientan partícipes nada más arrancar. Pirotecnia, confeti, globos y una iluminación impecable hicieron el resto. Quien no estuviera interesado en la música pudo entretenerse sin problemas durante la hora y media escasa que duró la actuación (el mal endémico de todos los grupos punteros de este siglo: The Killers, Franz Ferdinand, Kings of Leon, Arctic Monkeys, Interpol… todos tienen bien cronometrado su recital antes de salir a actuar). No hubo espacio para la sorpresa en el repertorio: grandes éxitos y canciones nuevas. Tras el recién publicado Mylo Xyloto, el elepé más representado fue A rush of blood to the head.

El arma secreta (al menos para aquellos que nunca pagarían por verlos) de Coldplay en directo es, sin duda, Chris Martin. No tiene un carisma evidente, pero es impresionante cómo se hace con el gobierno de la nave y la conduce hacia donde quiere sin aparente esfuerzo. Además, tiene un lenguaje corporal peculiar en el que cada extremidad parece ir por su lado, como Goofy, y su forma de bailar pone en duda su sentido de la gravedad, pero el conjunto es extrañamente armonioso y fascinante de mirar. Chris Martin ha nacido para estar encima de un escenario. A su lado es fácil pasar desapercibido. De los músicos restantes, sobresale el baterista Will Champion por su pegada animal, pero en realidad todos parecen cómodos cobijándose a la sombra de Martin.

El público respondió de maravilla a las nuevas canciones y entonó con bastante fortuna el catálogo de “ooeees” de los estribillos de Coldplay, absteniéndose de vocear Ritmo de la noche durante Every teardrop is a waterfall. Pidieron las dos orejas para la banda agitando una multitud de pañuelos blancos antes del primer bis, y rugieron insistentemente por un segundo que nunca se concretó. Supo a poco, sí; pero la energía imbatible desplegada y la envergadura del espectáculo justificaron de sobra el precio de la entrada. Mi consejo es ver a Coldplay en directo al menos una vez en la vida, y apostaría que Rock in Río 2012 será la próxima ocasión para los madrileños.

Artículo relacionado: Coldplay (Palacio de deportes, Madrid, 07/09/08)

George Michael (Palacio de deportes, Madrid, 25/09/11)

 

Castigo sinfónico de George Michael en Madrid

Concierto: George Michael

Fecha: 25/09/11

Lugar: Palacio de Deportes (Madrid)

Precio: de 47,50 a 209,50 euros

Asistencia: 10.000 personas (lleno)

No hay cantante de pop-rock anglosajón en horas bajas que no se encomiende a los arreglos sinfónicos para reverdecer laureles. Sting y Peter Gabriel lo probaron en 2010 con resultados dispares: el primero salió relativamente ileso, y el segundo, algo tocado. George Michael ha decidido seguir sus pasos este año con un espectáculo orquestal que tiene visos de carta de suicidio artístico.

Que no comercial, desde luego. Alrededor de 10.000 espectadores llenaron anoche el Palacio de Deportes de Madrid, pagando precios que iban desde casi 50 euros hasta los más de 200 euros que costaba un asiento en las primeras filas. Las entradas de coste disparatado, por cierto, son siempre las primeras en agotarse en este tipo de conciertos. Casi todos los espectadores andaban por los cuarenta y tantos años, divididos en dos grupos claros: los nostálgicos de los 80 que se compraron el superventas Faith en su día y los homosexuales que abrazaron a Michael como icono desde su salida del armario forzosa de los 90.

Estos últimos, sin embargo, tenían una presencia menor de la esperada, quizá porque se olieron que el recital no iba a ser ninguna fiesta. A las nueve y media ya ocupaban todos los espectadores sus asientos, pero el astro greco-británico aún se hizo esperar media hora más. Los silbidos se convirtieron en rugidos cuando a las diez se apagaron las luces, y una tormenta de flashes de cámaras empeñadas en fotografiar la oscuridad invadió el Palacio.

 

 

El enorme telón que circunvalaba el escenario permaneció cerrado durante las primeras estrofas de Through. Cuando por fin se abrió, la orquesta sinfónica apareció dividida en dos, separada por un pasillo por el que se abriría camino Michael cual Moisés cruzando el Mar Rojo. Vestido de oscuro y con gafas de sol, con una perilla perfectamente recortada y una dentadura hiperbólica en su tamaño y en su fulgor, era exactamente el George Michael que todos esperábamos. Pero solo en su aspecto, la música fue otro cantar.

Nos engañó con un amago de baile (tipo Carlton en El príncipe de Bel Air) durante el segundo tema de la noche, su tibia versión de My baby just cares for me con arreglos de la escuela Sinatra. El público se precipitó a grabarlo con su móvil, lo que puso nerviosos a varios encargados de seguridad, que trataron de impedirlo apuntando con sus linternas hacia los objetivos. Aparte de lo fútil de su empresa, pareció que no ponían tanto celo con los clientes preferentes (los que más habían pagado por estar allí) como con los de la clase turista (los que “solo” apoquinaron 70 euros).

Un asistente trajo un taburete para que Michael se sentara al comienzo de la tercera canción. Durante todo el concierto retiraría y volvería a colocar el taburete sin que se supiera muy bien cuál era el criterio para hacerlo. El tedio se apoderó de la velada desde el primer minuto, con arreglos orquestales romos, sin estilo, y una obstinación en el medio tiempo que conduciría al sopor al cabo de pocas canciones.

El espectáculo se dividió en dos mitades, como corresponde a toda música “importante”. Durante el descanso de veinte minutos entre ambas, un cronómetro en pantalla indicaba el tiempo restante hasta la reanudación del espectáculo. Sus versiones de Going to a town de Rufus Wainwright y de Brother, can you spare a dime? de Bing Crosby fueron lo más aceptable de la primera mitad.

Con toda la orquesta sentada en sus asientos, y Michael, en el mejor de los casos, con los pies clavados al suelo y balanceándose suavemente al ritmo de la canción, no había mucho que ver sobre las tablas; así que la atención se dirigía sin remedio hacia las espantosas animaciones que se reproducían en la gran pantalla tras los músicos. Inspiradas en películas dispares como Tron o 2001, no guardaban ninguna relación con las canciones que ilustraban, ni en su forma ni en su fondo. La más grotesca de las animaciones llegaría durante John & Elvis are dead, con un batiburrillo de imágenes que equiparaba a Lady Di con Teresa de Calcuta, y concluía con una estampa del mismo Michael soltando una paloma blanca a cámara. Hubo risas, claro. El sonido era excelente y el juego de luces muy profesional, pero tampoco cabe pedir menos en espectáculos internacionales como este, aunque nos hayan acostumbrado por las malas a no hacerlo.

Una truñesca versión de Roxanne de Police nos hizo desear a muchos viajar un año atrás en el tiempo, neutrinos mediante, para que el dislate sinfónico volviera a ser el de Sting, bastante más agradecido que este. Michael se ensañó después con Amy Winehouse y Rihanna. La Russian Roulette de esta y Feeling good de, de nuevo, Nina Simone, reanimaron por un instante una segunda mitad ya catatónica antes de liquidarla del todo.

En los bises, después de una presentación selectiva de los músicos y de un Cumpleaños feliz cantado en castellano e inglés por toda la audiencia a uno de los coristas, el cantante se sacudió el traje de crooner y se permitió un popurrí con Amazing, I´m your man y Freedom 90 con el que sus fans se derritieron de gusto. Fue sintomático que, durante esos minutos, la orquesta solo observara lo que tocaba la banda de Michael en primera fila: no hacía falta más, después de todo. Pero era demasiado poco y demasiado tarde para salvar el despropósito. La moraleja es que no todos los músicos toleran bien un revestimiento sinfónico hecho por la cara. Zapatero a tus zapatos.

 

Fotos por cortesía de Ana Pérez.

The Beach Boys (Escenario Puerta del Ángel, Madrid, 15/07/11)

 

Chapuzón nostálgico de The Beach Boys en Madrid

Dos mil quinientas personas, todo un éxito se mire por donde se mire, llenaron anoche hasta los topes el Escenario Puerta del Ángel para el concierto madrileño de The Beach Boys. La mayor parte del público estaba formado por parejas maduras, aunque también había un sector más joven (siempre en términos relativos) que ocupó el hueco de pista entre el escenario y la grada. Todos los presentes, independientemente de su edad, mostraron su entusiasmo más hacia las canciones que hacia la banda en sí.

Se comprende. Estos Beach Boys de Mike Love y Bruce Johnston son tan legítimos (o no) como las actuales formaciones de Queen, The Doors o Burning. Muertos dos de los tres hermanos Wilson, y extraviado en su universo interior el tercero, el pragmático primo Love conserva la potestad sobre la marca comercial y la explota sin rubor, rozando incluso el nepotismo al dar trabajo a su hijo guitarrista y a su hija cantante (esta última no demasiado dotada para el oficio, aunque al menos sólo canta un tema en toda la velada). El mismo Love aprovecha las armonías vocales colectivas para escaquearse y no arañarse la garganta más de lo aconsejable.

 

 

Pero luego suenan I get around, Wouldn´t it be nice, Help me, Rhonda o su version de Barbara Ann y todo queda olvidado. Esas canciones ponen de buen humor a la gente y, lo que tiene aún más mérito, la ponen a bailar. Llega un momento en que muchos se olvidan incluso de mirar al escenario y disfrutan de la música como si estuviera sonando en una máquina de discos. Una que cobra de 40 euros para arriba, también es cierto, pero el público de los Veranos de la Villa tiene cierto poder adquisitivo; o al menos eso presuponen los que marcan los precios de las entradas y la hostelería en el Escenario Puerta del Ángel (¡seis euros por una Coca-Cola!) o los taxistas que aguardan ávidos a las puertas del recinto el final del espectáculo.

Un par de micrófonos orientados hacia el público y el que una mampara de cristal separara la batería del resto de instrumentos insinuaban la posibilidad de que el concierto se estuviera grabando para ser publicado. Tiene sentido, dado que se cumple medio siglo de la formación de la banda, ahí es nada, y un disco en directo sería adecuado para la efeméride. Si utilizan parte de la grabación de Madrid no les quedará otra que limpiar un par de espectaculares acoples al comienzo del concierto. El sonido que se escuchó en el recinto fue potente y embarullado.

Cierto que los septuagenarios del grupo rozaron anoche en algún momento la vergüenza ajena. Pero bastaba con cerrar los ojos para disfrutar del positivismo de sus canciones, en especial el triplete final con Surfin´USA, Good vibrations y Fun, fun, fun, que encandilaron a todo el mundo. Una hora y cuarenta y cinco minutos de concierto que dieron a los presentes exactamente lo que habían venido a buscar.

 

Fotos por cortesía de Ana Pérez.

‘Big Man’ Clarence Clemons (1942-2011)

 

Confieso que me molestó un poco cuando ROLLING STONE me pidió que escribiera unas líneas sobre Clarence Clemons: se me brindaba la oportunidad de rendirle un pequeño homenaje, sí, pero también me obligaba a pensar en las consecuencias que su muerte trae consigo, algo que ningún seguidor de Bruce Springsteen & The E Street Band desea hacer en este momento.

Luego, al repasar la cobertura informativa de la noticia, comprendí que los medios se limitarían a informar de los hechos, sin reflejar el temblor emocional que ha supuesto para tantas personas en nuestro país. Sus voces quedarán pronto relegadas al gueto de los foros y las páginas temáticas sobre Springsteen. Y siendo la mía una de esas voces, me pareció tonto no utilizar esta plataforma para reflejar el sentir general de los fans, que es, básicamente, de desamparo y gratitud.

 

 

Pertenezco a esa generación demasiado joven para haber visto a la E Street Band en directo en su época de esplendor, y que tuvo que esperar hasta la reunificación de finales de los 90 para comprobar que la leyenda era cierta: tenían el mejor directo del mundo. España se convirtió en una plaza fuerte para el grupo y, durante la siguiente década, nos visitarían casi una veintena de veces (Springsteen sumaría ocho más, en solitario o con la Seeger Sessions Band). A diferencia de Norteamérica, donde apenas hubo relevo generacional entre el público, en Europa los fans jóvenes se mezclaron con los más veteranos. En los últimos años, Bruce Springsteen & The E Street Band tenían más tirón a este lado del Atlántico que en el suyo propio.

El 19 de mayo de 2003, en Madrid, fue la última vez que pudimos ver a la banda original al completo: el siguiente concierto que dieron en suelo español, de nuevo en la capital el 25 de noviembre de 2007 (cuatro largos años después), fue el primero de su historia sin el teclista Danny Federici, enfermo de melanoma. Su muerte en la primavera siguiente hirió profundamente al único grupo de rock que podía alardear de no haber perdido a nadie en el camino. Phantom, el apodo de Federici, era perfecto para un hombre feliz de estar en segundo plano, en el escenario y en la música, pero cuya presencia siempre se sentía.

 

 

El caso de Clarence Clemons es bien distinto. Mucha gente considera sus solos como el sello de identidad del sonido Springsteen; y tienen razón, porque el resto de instrumentos parecen cederle su sitio en la mezcla cuando llega el momento de que el saxo brille. En el escenario ocurría lo mismo: Bruce no sólo alentó generosamente el protagonismo de Clarence, sino que dibujó la imagen icónica de la banda confrontando su escuchimizada figura con la del descomunal saxofonista en infinidad de estampas (la más famosa, la carpeta del álbum Born to run).

Clarence se casó seis veces y tuvo incontables vástagos, pero el amor de su vida, se mire por donde se mire, fue Bruce. En el escenario se llamaban el uno al otro baby. En el prólogo de su autobiografía Big Man, Clarence escribe: “Es imposible contar mi historia sin contar al menos parte de la de Bruce. Mi corazón siempre estará lleno de gratitud hacia él por una razón muy sencilla: sin Scooter, no habría Big Man”. Esos son los apodos con los que Bruce se refiere a sí mismo y a Clarence en Tenth Avenue freeze out, donde cuenta una versión romántica de la formación de la banda.

 

 

Clarence era el único de los músicos, aparte de Bruce, que tenía un camerino propio en el backstage de los conciertos, decorado a su gusto por su asistente personal. Era obvio que disfrutaba con los privilegios y la atención propios de su fama, pero nunca trascendieron anécdotas de salidas de tono o comportamientos de divo. Todo el mundo se refería a él en términos sinceramente afectuosos.

Clarence fue un león herido durante las dos últimas giras de la E Street Band. Su espalda y sus rodillas apenas le permitían caminar, por lo que un carrito de golf le trasladaba hasta el borde del escenario antes de cada concierto. En el DVD London Calling: Live in Hyde Park, Clarence interpreta su famoso solo de Jungleland sentado en un taburete. Los padecimientos y la edad iban menguando sus capacidades y no era raro oírlo fallar un par de veces en cada concierto, a veces en canciones tan trilladas como Badlands o Promised land.

Pero cuando acertaba, y aún lo hacía a menudo, la emoción brotaba a borbotones de su saxo. Con conciertos de tres horas en los que el repertorio permutaba de forma imprevisible (hasta 190 canciones distintas interpretaron en la gira Working on a dream de 2009), ni los músicos ni los espectadores podían anticipar cuándo iba a suceder esa magia; pero cada noche ocurría al menos media docena de veces. Incluso mermados físicamente, Bruce Springsteen & The E Street Band seguían siendo uno de los mejores combos de directo del mundo.

La muerte de Clarence Clemons cierra una era y abre un período de incertidumbre. Nadie sabe lo que nos espera ahora: ni siquiera Bruce, probablemente. Una sección de metales podrá suplir con creces el lugar de Clarence, el músico, pero no llenará el vacío que deja Big Man, el personaje. Parece como si alguien hubiera arrancado la mitad de la carpeta del disco Born to run, y el flaco risueño de su portada no tuviera ya ningún hombro sobre el que apoyarse. Así nos sentimos hoy todos los fans de la E Street Band.

 

Quique González y Jacob Reguilón (Teatro Bellas Artes, Madrid, 13/06/11)

 

Quique González vuelve a Madrid para mostrar su cara B 

El cantautor madrileño repasa su repertorio escondido en compañía del contrabajista Jacob Reguilón.

Concierto: Quique González & Jacob Reguilón

Lugar: Teatro Bellas Artes (Madrid)

Fecha: 13/06/11

Precio: 30,60 euros

Asistencia: 250 personas (60% del aforo)

Esta crónica tiene por fuerza que ser complementaria de la que escribí hace cuatro meses en el fin de la gira Daiquiri Blues, ya que la nueva Desbandados, con otro repertorio y otros arreglos, también lo es de aquella. A grandes rasgos, lo que ha hecho Quique es expurgar el rock de estos recitales, dejando las canciones en el hueso. Recordando la pegada que tenía su banda en esos últimos conciertos en Florida Park, a priori se hacía cuesta arriba volver a verlo acompañado sólo por un contrabajo.

No es la primera vez que Quique explora estos formatos. La ocasión más célebre fue la gira Peleando a la contra, en 2003: el germen de la idea estaba allí, pero Quique carecía entonces de una infraestructura que le apoyara adecuadamente. Tener que dar recitales íntimos en espacios como la sala El Sol (por mucho que obligara a la gente a sentarse en su frío suelo) pervertía el concepto. En 2011 las cosas han cambiado para Quique: su base de fans se ha solidificado y el apoyo de la promotora Last Tour le facilita las cosas.

Ese público son parejas de treintañeros y chicas universitarias. Quizá el formato íntimo haya aumentado la presencia de estas últimas y rebajado el de los rockeros que llegan a Quique González de forma colateral. En el primero de sus cuatro recitales de este mes en el Teatro Bellas Artes, quedaron al menos 200 entradas por vender de un aforo de 450, pero hay que tener presente que éste es el último que puso sus entradas a la venta, y lo hizo hace una semana. Los tres que restan probablemente agoten sus localidades.

El Bellas Artes es un teatro sin encanto ninguno, con un vestíbulo que huele a desinfectante y una platea formada por incómodas butacas de multicine noventero (las más baratas, seguramente). Una impersonal voz femenina nos advertía de que el espectáculo comenzaría al cabo de cinco minutos; diez más tarde, aseguraba que faltaban otros tres para el comienzo. Así estuvimos un rato hasta que a las nueve menos veinte se apagaron las luces y el teatro se sumió en una completa oscuridad.

La entrada de los dos músicos fue poco ceremoniosa: Jacob Reguilón agarró su contrabajo y Quique se sentó al piano. Arrancaron con una delicada fusión de Reloj de plata y Discos de antes, que Quique compuso para Los Secretos de Álvaro Urquijo. En esos primeros minutos quedó claro que la atención de los espectadores era absoluta, rozando la devoción, y que sabían de antemano que el concierto iba a ser más de escuchar que de berrear.

No es que Quique y Jacob no merecieran anoche esa atención, porque el primero cantó estupendamente, con deleite en la dicción y en el tono (voces nasales como la suya suenan mejor cuando no necesitan elevarse por encima del estruendo de una banda); y el segundo arrancó notas fascinantes y evocadoras al contrabajo, bien con sus dedos, bien con un arco. Su instrumento, maravillosamente dosificado, fue la estrella de la noche por encima del piano, la guitarra acústica o la armónica dylaniana de Quique. La jugada se redondeó con una iluminación tenue y constante en su calidez, que acababa en un apropiado fundido de salida al término de cada canción; y un sonido claro con el que paladear cada nota.

El décimo aniversario de Salitre 48 fue la excusa para que varios de sus temas se hicieran hueco en el repertorio. En el disparadero se la dedicó a Carlos Raya, su cómplice inseparable de aquella época, presente entre el público. También sonaron Todo lo demás, Tarde de perros, El rompeolas, Ayer quemé mi casa y De haberlo sabido, siendo de largo el disco más representado de la noche.

Le siguieron de cerca algunos temas de los dos últimos trabajos, que fueron recibidos con interés pero menor entusiasmo. Cautivaron más las rarezas, como las versiones de These days de Jackson Browne o de Hoy puede ser un gran día de Serrat. En la oscuridad del teatro se distinguían con facilidad las luces de los móviles que trataban de grabar una canción, y estas dos convocaron un buen número de ellos. Hubo también sitio para un haiku “medio japonés medio euskera”, como Quique definió a un breve texto de Kirmen Uribe (“No es verdad, no he cambiado; en mis sueños siempre tienes veinte años”), que hubiera necesitado un par de repeticiones más para llegar a la intensidad hipnótica que prometía.

Merece reseñarse lo divertido que estuvo Quique al presentar las canciones. La anécdota sobre su admiración por el futbolista Santillana arrancó merecidas carcajadas, ni las primeras ni las últimas de la noche. Su complicidad con Jacob también provocó sonrisas, influyendo decisivamente en el ambiente distendido de la velada, arriba y abajo del escenario.

No hubo grandes éxitos exceptuando una desinflada Pequeño rock and roll y Aunque tú no lo sepas, en la que Quique se disculpó con Jacob sobre la marcha por perder el compás al piano; y aún así les quedó emocionante. Fue la última antes del bis, para el que se hicieron de rogar más tiempo que una folclórica, pese a que el público se desolló las palmas aplaudiendo.

Sólo en el último tema de la noche, La luna debajo del brazo (elegida por relativa aclamación popular frente a otras candidatas), se permitieron los espectadores corear la letra, quizá por ser la versión más fiel en su tempo a la grabación original de todas las que sonaron. No escondían Quique González y Jacob Reguilón sus sonrisas de satisfacción al despedirse pasadas las diez y media, agradecidos por el público que les había tocado en suerte esa noche: quizá el que el madrileño lleva años buscando como una quimera imposible, y con el que ha dado a base de tenacidad, coherencia y buenas canciones.

Bertín Osborne y Arévalo (Teatro Compac Gran Vía, Madrid, 10/06/11)

 

Un amigo mío acuñó el término plasco para definir aquellos espectáculos que dan, a la vez, placer y asco. Él entonces no lo sabía, pero inventó esa palabra para describir el espectáculo conjunto de Bertín Osborne y Paco Arévalo. Del asco hablaremos más adelante; el placer, está claro, es de los culpables.

Y fantaseaba con sentirlo en mis carnes cada vez que, en los últimos días, me topaba con el cartel en un suplemento cultural o una marquesina de autobús. Hace tres años, titubeé más de la cuenta al decidirme a ver un monólogo de Andrés Pajares en otro teatro de Gran Vía, y éste fue abruptamente cancelado por falta de público. Un compañero de trabajo me contaba los escalofríos de vergüenza ajena que sintió viendo aquella representación, y yo me moría de envidia al escucharlo.

Pero nunca me hubiera atrevido a dar el paso de apoquinar por ver Mellizos, así que la llamada de Rolling Stone para cubrirlo fue providencial: me libraba de culpa y me abría la puerta al abismo, el mismo que con Pajares no tuve el valor de cruzar.

 

 

Y hablando de pagar, me intrigaba qué perfil de espectador sería capaz de hacerlo por un espectáculo como éste. Alguna pista daba la promoción que prometía descuento para los grupos de más de ¡diecinueve personas!; no sé el lector, pero este cronista no tiene diecinueve amigos dispuestos a rascarse el bolsillo por ver un mano a mano entre Bertín y Arévalo, al menos en 2011… La pregunta se responde sola conforme te acercas a las puertas del Teatro Compac Gran Vía a las ocho y pico de la tarde: o bien han convocado en Madrid el casting para el musical de Cocoon o, lo más probable, la tercera edad considera atemporales los chistes de gangosos y mariquitas.

Coñas aparte, los 500 jubilados que entraron ayer por la tarde a ver esta representación debieron dejar un buen dinero en taquilla, más aún considerando el mínimo gasto de producción de ésta. Porque Mellizos, que nadie se engañe, no es una obra teatral: no hay trama en ella, más allá del empeño de los protagonistas en convencer a los espectadores de su improbable parentesco.

A las ocho y media, Bertín y Arévalo (periodísticamente es poco riguroso llamar a uno por el nombre y a otro por el apellido, lo sé, pero es lo que el cuerpo me pide) aparecen en el pasillo central de la platea como si vinieran de tomar algo del bar de enfrente. La gente observa su encantador rifirrafe sin decidirse a aplaudir, lo que resulta bastante embarazoso. Ambos suben al escenario y, tras una breve presentación conjunta, Bertín hace mutis por el foro y cede el escenario a Arévalo durante los siguientes cuarenta y cinco minutos.

 

 

Lo refrescante de los ancianos es que no les importa lo más mínimo la corrección política y son, por tanto, el público perfecto para humoristas como Arévalo. Como los mejores taxistas, Arévalo da por sentado que su público siempre es heterosexual, madrileño y de derechas. Habrá que darle la razón viendo cómo se mean de la risa en la butaca al escuchar que Arévalo no se agacha en la calle a por un billete por si le encula un mariquita. Mientras, al espectador corriente se le congela poco a poco la sonrisa al escuchar una retahíla de lugares comunes sobre los políticos o las mujeres digna de 1980. También hay espacio para las referencias a la telebasura (chascarrillos más que críticas) y los chistes de pedos. Sí, los de toda la vida.

Los tiempos del espectáculo están medidos a la perfección para testar los límites de la tolerancia humana. Justo cuando estás a punto de arrancarte los pelos de la cabeza a puñados, Bertín reaparece vestido de esmoquin para cantar Buenas noches señora, acompañado al piano por Franco Castellani (no, no dirigió películas de Bud Spencer y Terence Hill, que se sepa). Comprendes entonces que estás viendo un espectáculo polivalente o valetudo, capaz de pasar del humor de geriátrico a la balada romántica sin solución de continuidad.

Bertín sigue siendo ese truhán caradura que cautivó a toda una generación con sus chispeantes (algunos dirían achispadas) presentaciones de Contacto con tacto, siempre derrengado en aquel sofá. Te desarma porque él es el primero en admitir que lo suyo es echarle morro y que no debería pisar la tarima de un teatro. Entre rancheras y canción protesta americana, Bertín se marca un monólogo sobre sus experiencias juveniles con el esquí que se alarga, fácilmente, otros cuarenta y cinco minutos. Y es escalofriante el momento en el que te das cuenta de que, por puro agotamiento mental, la estúpida anécdota empieza a hacerte gracia.

Luego Arévalo reaparece vestido también de esmoquin; y se produce por fin la interacción entre ambos escamoteada durante hora y media. Es inenarrable el momento en que Bertín canta What a wonderful world mientras Arévalo baila una coreografía de ballet. Para entonces los muros han caído y se te escapa incluso alguna carcajada furtiva. No puedes negarlo: de una forma perversa, estás disfrutando.

Y el final que no creías que fuera a llegar nunca lo hace de forma abrupta: literalmente, cuando Bertín dice “esto se ha acabado, gracias por venir a vernos”. Los espectadores ovacionan durante un minuto y después salen a la calle arrastrando los pies como figurantes de The walking dead. Y tú te quedas hundido en tu butaca, incapaz aún de asimilar todas las sensaciones que has vivido en las últimas dos horas; y que pocos libros, conciertos o películas pueden llegar a producirte con la misma intensidad.

 

Fotos por cortesía de Ana Pérez.