Un diario de conciertos

Muse (Palacio de deportes, Madrid, 20/10/12)

La apisonadora sónica de Muse aplasta Madrid 

El Palacio de Deportes hierve durante la presentación del nuevo disco del trío británico. Los pabellones se quedan pequeños para el grupo llamado a liderar el rock de estadio en la próxima década.

Concierto: Muse

Lugar: Palacio de Deportes (Madrid)

Fecha: 20/10/12

Asistencia: 16.000 personas (lleno a reventar)

Repertorio: Unsustainable, Supremacy, Hysteria, Supermassive black hole, Resistance, Panic station, Animals, Explorers, Falling down, Host, Time is running out, Liquid state, Madness, Follow me, Undisclosed desires, Plug in baby, New born, Isolated system, Uprising, Knights of Cydonia, Starlight, Survival

Ya está, ya lo han logrado. De forma más incontestable incluso que cuando se presentaron en 2010 en un Vicente Calderón con tres cuartos de su aforo lleno, Muse dieron anoche en el Palacio de Deportes de Madrid el golpe en la mesa definitivo para proclamarse como los nuevos reyes del nuevo rock megalómano, siempre a pachas con Coldplay, claro está. Con Freddie Mercury y Michael Jackson convertidos en cenizas para la leyenda, los Stones a punto de despeñarse por la setentena y U2 atrapados irremediablemente en su propia caricatura, los estadios tienen hambre de sangre joven (en términos relativos) que vuelva a enloquecer a públicos globales con láseres, plataformas, confeti y la parafernalia que haga falta. Es hora de que el rock de masas deje de ser un ajado chascarrillo irónico y vuelva por fin a ser divertido.

Muse todavía tienen que conquistar Norteamérica de forma tan incontestable como Europa, pero por aquí no cabe duda de que están llegando a la cúspide. Es una incógnita si podrán aún subir más alto, pero, vista la devoción de sus acólitos madrileños, no parece probable que se despeñen por ningún acantilado en los próximos diez años. No hay misterio en el éxito de Muse: es la energía pura que generan, la que electriza a sus audiencias de miles de personas al unísono, la que hace sus conciertos tan deseables.

Hay algo de acto social en acudir al espectáculo de Muse, pero todavía no abarca, gracias a Dios, el espectro generacional completo que hace que abuelos y nietos asistan cogidos de la mano a conciertos sin peligro ni personalidad. No se puede gustar a todo el mundo, demonios, eso no es el rock. Muse tiene una horquilla cómoda de fans que va desde la adolescencia hasta la mitad de la treintena, y esperemos que no se mueva de ahí en unos cuantos años.

Cuando los teloneros The Joy Formidable desgranaban anoche los temas de su primer elepé, la superpoblada pista del Palacio de Deportes ya estaba cerca del colapso; y eso una hora antes de que las estrellas de la noche pisaran su escenario. El baterista del trío galés recibió un Cumpleaños feliz de parte de una hiperexcitada audiencia con muchas ganas de fiesta. La expectación se palpaba en el ambiente, e incluso las gradas de visibilidad lateral estaban llenas a reventar. Las de invitados, por supuesto, también, pues si algo caracteriza al rock vigoréxico es la atracción irresistible que ejerce sobre el postureo. A las nueve y media de la noche, el Palacio se acercaba a la ebullición con palmas furiosas que reclamaban a la banda. Esta se hizo de rogar casi un cuarto de hora sobre la hora prevista.

Grandilocuencia, marcialidad y miles de brazos en alto: imposible que la imagen que mejor define un concierto de Muse no recuerde a los mítines de Tercer Reich retratados en El triunfo de la voluntad, ideologías aparte, claro está. La energía lunática que mueve a las hordas es la misma. Cuando los espectadores rugen golpeando el aire con sus puños durante la apropiada Uprising, azuzados por el mismo Matt Bellamy, es fácil acabar escuchando “¡Hail!” en lugar de “¡Hey!”. Pero no estamos en ningún mítin nazi: es la República Independiente de Muse, un universo paralelo desquiciado que apetece visitar por un par de horas.

Matt, Chris y Dominic no hacen discos, sino bandas sonoras para espectáculos. De ahí que el directo sea su lugar natural. La escucha no parece completa sin el soporte visual. En esta gira no hay nada tan epatante como aquel ovni que sobrevolaba las cabezas de los espectadores y del que se descolgaba una acróbata que ejecutaba armoniosas piruetas; una imagen digna de pasar a los anales del rock de estadio. Aquí el asunto se “limita” a una luminotecnia apabullante, de esas que duplican la factura de la luz del Palacio en el próximo recibo, más una pirámide de pantallas que comienza invertida sobre las cabezas de los músicos pero acaba engulléndolos justo antes del primer bis. Siendo el de Madrid el tercer concierto del tour de The 2nd law, deslumbra aún más la perfección técnica del show, sin ningún resbalón aparente, y la comodidad con la que el guitarrista y el bajista deambulan por un escenario lleno de trampas invisibles (no tiene que ser divertido caerse en el foso por el que aparece y desaparece un estridente piano de cola).

Y desde luego la banda, cuarteto en directo, se mostró bien acoplada en Madrid, aunque es difícil detectar cuánto puede haber de pregrabado en su maraña sónica. El nuevo disco se comió casi la mitad del repertorio, aguantando bien el tirón salvo cuando el cantante se sentó al piano en Explorers o el bajista se plantó frente al micrófono principal en Liquid state, dos temas que frenaron un poco el ímpetu del respetable. Por lo demás, el disco cumplió con su cometido y llegó casi tan arriba como los himnos que le preceden. Casi.

Matt Bellamy se calzó unas gafas negras y cantó a la cámara al estilo Bono durante Madness, un tema cuyo sonido le hace parecer un descarte de la etapa Zooropa de U2. Después, durante Undisclosed desire, Matt bajó a la primera fila rodeado de encargados de seguridad y estrechó más manos que en un mítin político. No tiene Matt la personalidad arrebatadora como frontman que haría de Muse la banda incontestable del siglo XXI, pero cumple con creces tirando de tópicos rockeros y de los tonos agudos de su voz. Y mira, es imposible no admirar a alguien que tiene al legendario Kurt Russell de suegro.

Una ruleta electrónica en las pantallas escogió New born por encima de Stockholm syndrome para cerrar el bloque principal del concierto: no decidió la suerte porque la primera ya estaba prevista en el repertorio. Siguió una videocreación infumable proyectada sobre la pirámide, que se prolongó durante cinco minutos eternos hasta que la banda se decidió a volver a salir. Hubo bofetones en las primeras filas por la armónica con la que el bajista interpretó un instrumental de Hasta que llegó su hora antes de Knights of Cydonia (¿qué tendrá Morricone para obsesionar a tantos y tan dispares músicos?). Y para cuando Starlight y Survival finiquitaron un concierto de hora y cincuenta minutos, no había madrileño dentro del pabellón que Muse no hubiera ganado eternamente para su causa.

Fotos por cortesía de Ana Pérez.

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