Un diario de conciertos

Nancys Rubias (Sala El Sol, Madrid, 21/12/11)

 

Concierto: Nancys Rubias

Lugar: Sala El Sol (Madrid)

Fecha: 21/12/11

Precio: con invitación al comprar el disco

Asistencia: 300 personas (lleno)

Repertorio: Cohete a Nancylandia, ¡Pero bueno!, Marina D´Or, Supertravesti, Adolescencia terminal, Disco Nancy, Peluquitas, Nancys Rubias, Barbie debe morir, Peluquitas

Por dónde empezar. Lo de Mario Vaquerizo es un misterio tan grande como las siluetas del edificio Windsor o el propósito en la vida de los hermanos jevis de Gran Vía. El país entero le observa atónito, dividido entre los que le consideran un icono, una parodia, un arribista, un revolucionario, un tonto, un genio… No será esta crónica la que resuelva el enigma, pero apuesto a que una gran broma no es, porque hasta los Kiss aparecen de cuando en cuando sin maquillaje, mientras que al personaje de Mario Vaquerizo no se le conocen fisuras en su cruzada taliglam. Sea lo que sea, lo es a tiempo completo.

Otra opción es que no sea nada, y eso explicaría la fascinación que despierta a pie de calle, pues representa el gran sueño español: medrar sin saber hacer la o con un canuto. Cuando el mundo le conoció decía ser representante, pero ¿qué artista en sus cabales dejaría sus asuntos en manos de alguien así? Ganó visibilidad al casarse con Alaska y este año, reality mediante, se ha convertido en una figura mediática por derecho propio. Y versátil: pinchadiscos, cantante, presentador y lo que se ponga por delante. Mario ha caído en gracia, lo que explica que hasta la señora septuagenaria que se pone a la cola del concierto de las Nancys Rubias por error, pensando que va a comprar un décimo de lotería en Doña Manolita, acabe sonriendo al descubrir que se trata del ubicuo Vaquerizo.

 

 

El otro misterio es por qué Rolling Stone manda a alguien a cubrir el concierto promocional de un cuarteto que toca en descarado playback. Lo siento, no tengo respuesta para eso. Los 300 espectadores que llenaban El Sol anoche se dividían ecuánimemente en dos grupos: los que habían sido premiados con una entrada por comprar el disco y los invitados. Los segundos, entre los que se encontraban David Delfín, Bimba Bosé y la incombustible Lucía Bosé, posaban en un photocall algo pobretón en una esquina de la sala, ocupando el espacio de un puesto de merchandising que no tenía sentido en este acto en el que todos tenían ya el disco (pagando o por la patilla). También estaba Alaska, cómo no, que vería el concierto en primera fila sacando fotos como una admiradora más.

El conflicto con Mario Vaquerizo (y por extensión con las Nancys Rubias) es que criticarlo es como pegar a un masoquista: no conduce a nada. Cito textualmente su impagable hoja promocional: “Sobornan a la prensa para que las critique y para que las ensalce y las hunda a la vez. ¡Viven del escándalo! Del escándalo y de la contradicción”. Más claro, agua. ¿Qué sentido tiene un análisis riguroso de un artista o grupo que no se toma en serio a sí mismo? Bueno, por intentarlo que no quede.

A las once menos diez, cincuenta minutos después de la apertura de puertas, subieron las cuatro Nancys Rubias al escenario. De izquierda a derecha estaban Nancy Travesti (guitarra eléctrica), Nancy O (triángulo), Nancy Anoréxica (cantante) y Nancy Reagan (teclados): no me creo que esté escribiendo esto. Entre paréntesis se indica el objeto que sostenían en las manos, pero para sus propósitos hubiera servido igual una zambomba, porque tocar, lo que se dice tocar, no lo hicieron mucho. Una vez en marcha el playback, Vaquerizo presumió de costillas y tatuajes, dibujando una estampa que podía recordar a Iggy Pop si uno entrecerraba los ojos: pero no, no había nada que hacer, el engaño no era posible. Los animales de escenario nacen, no se fabrican, y Vaquerizo es un impostor de baja estofa que ni siquiera se esfuerza por sincronizarse con la grabación cuando le toca cantar.

El guitarrista jugaba a ser un Ramone, el teclista ponía cara de portero bruto de after, y la tercera en discordia, hermana del cantante para más señas, enseñaba las bragas a las primeras filas y le atizaba a su triángulo con preocupante entusiasmo. Iban desfilando las canciones a buen ritmo hasta que el sencillo Peluquitas, la más coreada, cerró el bloque principal al cabo de treinta minutos.

Tardaron en volver a salir lo que tardó Vaquerizo en cambiarse de pantalones, y diez minutos después concluía el bis (y el concierto) con, de nuevo, Peluquitas… La canción es pegadiza, nadie lo discute, pero oírla dos veces en un cuarto de hora se antoja excesivo. En cuanto a la brevedad del espectáculo (voy a dejar de llamarlo concierto, va): si bien es cierto que llevo más tiempo escribiendo este texto del que Vaquerizo y los suyos pasaron anoche sobre el escenario, tampoco hubiera deseado que durara más. Cuanto más deprisa se cuente un mal chiste, mejor pasará.

El mayor error que cometen las Nancys Rubias en su espectáculo es encorsetar a Mario Vaquerizo con un playback que aniquila su desparpajo. El hombre tiene gracejo natural, por lo que su formato ideal tal vez sea el monólogo humorístico con breves apuntes musicales; un poco como Bertín Osborne, vaya. Ahora la fórmula es exactamente la contraria.

Última reflexión: no tenía muy claro si publicar este texto bajo el epígrafe Noticias o el de Conciertos, porque en realidad no es ninguna de las dos cosas. Al decidirme por lo segundo, me pide que valore con estrellas el concierto, y como tal, estoy obligado a darle la puntuación más baja por respeto a los verdaderos músicos. Pero igual de justo hubiera sido otorgarles cinco estrellas, porque Nancys Rubias no pueden medirse por el mismo rasero que Arcade Fire, Metallica o Coldplay. Simplemente son otra cosa.

 

Fotos por cortesía de Ana Pérez.

 

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