Un diario de conciertos

Coldplay (Plaza de toros de Las Ventas, Madrid, 26/10/11)

 

Coldplay explota en Las Ventas

El cuarteto británico pulveriza las críticas a su nuevo disco con el espectáculo más faraónico del año. Chris Martin le saca los colores al Bono actual desbordando carisma escénico.

Concierto: Coldplay

Lugar: Plaza de toros de Las Ventas (Madrid)

Fecha: 26/10/11

Precio: de 30 a 150 euros

Asistencia: 17.000 personas (lleno)

Repertorio: Mylo Xyloto, Hurts like heaven, Yellow, In my place, Major minus, Lost, The scientist, Violet Hill, God put a smile upon your face, Paradise, Up in flames, Til kingdom come, Politik, Viva la vida, Charlie Brown, Life is for living, Clocks, Fix you, Every teardrop is a waterfall

Un manager inglés y un promotor de conciertos español se encuentran en un bar de la Puerta del Sol a mediados de junio de 2011. “Tres tristes tigres…”, masculla el segundo, a lo que el primero responde “…no se le mira el diente”, y se sienta. El británico anuncia: “Hemos elegido Madrid para la presentación de Mylo Xyloto”. “Puedes dejar de hablar en clave”. “No, es el nuevo disco de Coldplay”. “Ah, vale”, responde el español, y se lleva un calamar a la boca para que no se note que empieza a salivar. “Queremos hacerlo el 26 de octubre en Las Ventas, que nos parece muy Gladiator”. “¿En… Las Ventas? ¿El 26 de octubre?”. “Sí, hará bueno, ¿verdad? España es muy sunshine”, espeta el guiri. El promotor español pone cara de póquer, recuerda el barrizal en el que se convirtió el ruedo de la susodicha plaza durante el concierto de Bruce Springsteen un 16 de octubre de hace cinco años, sopesa si decir o no la verdad, y finalmente espeta: “Hará un tiempo que te cagas”. El manager y el promotor alzan sendos vasos de Anís del Mono y sellan el trato con un brindis.

Afortunadamente para ambos, y porque Dios así lo quiso, anoche solo compareció en Madrid una lluvia fina durante la primera y la última canción del concierto de Coldplay. Los 17.000 asistentes agradecieron que la tragedia no se consumara: lo que no pudo salvarse es el frío lógico por estas fechas (el que ya estaba tardando en llegar), que hizo a muchos desear que en las barras despacharan caldo en lugar de cerveza.

Voy a hacer con esta crónica un ejercicio de abstracción e intentar juzgar el espectáculo por sus méritos, no por sus circunstancias. Y no es fácil, porque pertenezco a esa mitad del tendido (unos cuantos miles de personas, vaya) que anoche no vio nada de nada del concierto. Ticketmaster ya lo advertía al vender las localidades por detrás del escenario, pero habría que explicarles a ellos la diferencia entre visibilidad reducida y nula, que es como realmente era la de esos asientos. Abundaban las caras de “me habéis timado, cabrones” entre unos espectadores que quizá esperaban una visibilidad trasera semejante a la del 360º Tour de U2 (algo del todo imposible por las torretas y el aparataje a espaldas de los músicos). La única razón por la que había espectadores allí era para que la realización del concierto para su emisión en YouTube quedara más apañada; pero, según tengo entendido, a los figurantes se les paga, no se les cobra.

La noche empezó torcida con una presentación del inefable Mario Vaquerizo, que nadie nos explicó qué pintaba allí ni quién le había dejado pisar ese escenario. Después de algunos agradecimientos patrocinados, Vaquerizo introdujo un vídeo en el que Anton Corbijn departía con los cuatro Coldplay sobre lo divino y lo humano durante diez minutos eternos. La artística pieza en blanco y negro, por supuesto, no estaba subtitulada al castellano. Sin haber visto la realización del concierto que Corbijn ha hecho para YouTube, apuesto a que no será mejor ni peor que la que hubiera hecho José Luis Moreno, porque no hay nadie en este mundo, por muy talentoso que sea, que pueda hacer auténtico arte durante una realización en directo. Se trata más bien de poner el nombre y llevárselo calentito.

Mientras sonaba la música de Regreso al futuro, infalible para encender al personal, los espectadores de visibilidad “reducida” pudimos observar a los cuatro músicos haciendo corro antes de subir al escenario. El ritual parecía algo ensayado para las cámaras, pero les quedó bien. Un minuto después arrancaba el concierto “grande” que aún no habíamos tenido en este 2011, año de crisis y de resaca de las grandes giras de cursos anteriores.

Porque Coldplay caerán mejor o peor, pero saben montar un buen espectáculo. Pulseras luminosas repartidas entre los espectadores se encendieron simultáneamente durante la primera canción, Mylo Xyloto: vale, puede parecer cursi, pero también es visualmente poderoso y el truco hace que todos se sientan partícipes nada más arrancar. Pirotecnia, confeti, globos y una iluminación impecable hicieron el resto. Quien no estuviera interesado en la música pudo entretenerse sin problemas durante la hora y media escasa que duró la actuación (el mal endémico de todos los grupos punteros de este siglo: The Killers, Franz Ferdinand, Kings of Leon, Arctic Monkeys, Interpol… todos tienen bien cronometrado su recital antes de salir a actuar). No hubo espacio para la sorpresa en el repertorio: grandes éxitos y canciones nuevas. Tras el recién publicado Mylo Xyloto, el elepé más representado fue A rush of blood to the head.

El arma secreta (al menos para aquellos que nunca pagarían por verlos) de Coldplay en directo es, sin duda, Chris Martin. No tiene un carisma evidente, pero es impresionante cómo se hace con el gobierno de la nave y la conduce hacia donde quiere sin aparente esfuerzo. Además, tiene un lenguaje corporal peculiar en el que cada extremidad parece ir por su lado, como Goofy, y su forma de bailar pone en duda su sentido de la gravedad, pero el conjunto es extrañamente armonioso y fascinante de mirar. Chris Martin ha nacido para estar encima de un escenario. A su lado es fácil pasar desapercibido. De los músicos restantes, sobresale el baterista Will Champion por su pegada animal, pero en realidad todos parecen cómodos cobijándose a la sombra de Martin.

El público respondió de maravilla a las nuevas canciones y entonó con bastante fortuna el catálogo de “ooeees” de los estribillos de Coldplay, absteniéndose de vocear Ritmo de la noche durante Every teardrop is a waterfall. Pidieron las dos orejas para la banda agitando una multitud de pañuelos blancos antes del primer bis, y rugieron insistentemente por un segundo que nunca se concretó. Supo a poco, sí; pero la energía imbatible desplegada y la envergadura del espectáculo justificaron de sobra el precio de la entrada. Mi consejo es ver a Coldplay en directo al menos una vez en la vida, y apostaría que Rock in Río 2012 será la próxima ocasión para los madrileños.

Artículo relacionado: Coldplay (Palacio de deportes, Madrid, 07/09/08)

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