Un diario de conciertos

‘Big Man’ Clarence Clemons (1942-2011)

 

Confieso que me molestó un poco cuando ROLLING STONE me pidió que escribiera unas líneas sobre Clarence Clemons: se me brindaba la oportunidad de rendirle un pequeño homenaje, sí, pero también me obligaba a pensar en las consecuencias que su muerte trae consigo, algo que ningún seguidor de Bruce Springsteen & The E Street Band desea hacer en este momento.

Luego, al repasar la cobertura informativa de la noticia, comprendí que los medios se limitarían a informar de los hechos, sin reflejar el temblor emocional que ha supuesto para tantas personas en nuestro país. Sus voces quedarán pronto relegadas al gueto de los foros y las páginas temáticas sobre Springsteen. Y siendo la mía una de esas voces, me pareció tonto no utilizar esta plataforma para reflejar el sentir general de los fans, que es, básicamente, de desamparo y gratitud.

 

 

Pertenezco a esa generación demasiado joven para haber visto a la E Street Band en directo en su época de esplendor, y que tuvo que esperar hasta la reunificación de finales de los 90 para comprobar que la leyenda era cierta: tenían el mejor directo del mundo. España se convirtió en una plaza fuerte para el grupo y, durante la siguiente década, nos visitarían casi una veintena de veces (Springsteen sumaría ocho más, en solitario o con la Seeger Sessions Band). A diferencia de Norteamérica, donde apenas hubo relevo generacional entre el público, en Europa los fans jóvenes se mezclaron con los más veteranos. En los últimos años, Bruce Springsteen & The E Street Band tenían más tirón a este lado del Atlántico que en el suyo propio.

El 19 de mayo de 2003, en Madrid, fue la última vez que pudimos ver a la banda original al completo: el siguiente concierto que dieron en suelo español, de nuevo en la capital el 25 de noviembre de 2007 (cuatro largos años después), fue el primero de su historia sin el teclista Danny Federici, enfermo de melanoma. Su muerte en la primavera siguiente hirió profundamente al único grupo de rock que podía alardear de no haber perdido a nadie en el camino. Phantom, el apodo de Federici, era perfecto para un hombre feliz de estar en segundo plano, en el escenario y en la música, pero cuya presencia siempre se sentía.

 

 

El caso de Clarence Clemons es bien distinto. Mucha gente considera sus solos como el sello de identidad del sonido Springsteen; y tienen razón, porque el resto de instrumentos parecen cederle su sitio en la mezcla cuando llega el momento de que el saxo brille. En el escenario ocurría lo mismo: Bruce no sólo alentó generosamente el protagonismo de Clarence, sino que dibujó la imagen icónica de la banda confrontando su escuchimizada figura con la del descomunal saxofonista en infinidad de estampas (la más famosa, la carpeta del álbum Born to run).

Clarence se casó seis veces y tuvo incontables vástagos, pero el amor de su vida, se mire por donde se mire, fue Bruce. En el escenario se llamaban el uno al otro baby. En el prólogo de su autobiografía Big Man, Clarence escribe: “Es imposible contar mi historia sin contar al menos parte de la de Bruce. Mi corazón siempre estará lleno de gratitud hacia él por una razón muy sencilla: sin Scooter, no habría Big Man”. Esos son los apodos con los que Bruce se refiere a sí mismo y a Clarence en Tenth Avenue freeze out, donde cuenta una versión romántica de la formación de la banda.

 

 

Clarence era el único de los músicos, aparte de Bruce, que tenía un camerino propio en el backstage de los conciertos, decorado a su gusto por su asistente personal. Era obvio que disfrutaba con los privilegios y la atención propios de su fama, pero nunca trascendieron anécdotas de salidas de tono o comportamientos de divo. Todo el mundo se refería a él en términos sinceramente afectuosos.

Clarence fue un león herido durante las dos últimas giras de la E Street Band. Su espalda y sus rodillas apenas le permitían caminar, por lo que un carrito de golf le trasladaba hasta el borde del escenario antes de cada concierto. En el DVD London Calling: Live in Hyde Park, Clarence interpreta su famoso solo de Jungleland sentado en un taburete. Los padecimientos y la edad iban menguando sus capacidades y no era raro oírlo fallar un par de veces en cada concierto, a veces en canciones tan trilladas como Badlands o Promised land.

Pero cuando acertaba, y aún lo hacía a menudo, la emoción brotaba a borbotones de su saxo. Con conciertos de tres horas en los que el repertorio permutaba de forma imprevisible (hasta 190 canciones distintas interpretaron en la gira Working on a dream de 2009), ni los músicos ni los espectadores podían anticipar cuándo iba a suceder esa magia; pero cada noche ocurría al menos media docena de veces. Incluso mermados físicamente, Bruce Springsteen & The E Street Band seguían siendo uno de los mejores combos de directo del mundo.

La muerte de Clarence Clemons cierra una era y abre un período de incertidumbre. Nadie sabe lo que nos espera ahora: ni siquiera Bruce, probablemente. Una sección de metales podrá suplir con creces el lugar de Clarence, el músico, pero no llenará el vacío que deja Big Man, el personaje. Parece como si alguien hubiera arrancado la mitad de la carpeta del disco Born to run, y el flaco risueño de su portada no tuviera ya ningún hombro sobre el que apoyarse. Así nos sentimos hoy todos los fans de la E Street Band.

 

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Una respuesta

  1. Como decía un guiri en un comentario de youtube… menuda macrobanda se están montando en el cielo, o donde quiera que estén. RIP, Clarence.

    19 junio, 2011 en 4:45 pm

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