Un diario de conciertos

Quique González y Jacob Reguilón (Teatro Bellas Artes, Madrid, 13/06/11)

 

Quique González vuelve a Madrid para mostrar su cara B 

El cantautor madrileño repasa su repertorio escondido en compañía del contrabajista Jacob Reguilón.

Concierto: Quique González & Jacob Reguilón

Lugar: Teatro Bellas Artes (Madrid)

Fecha: 13/06/11

Precio: 30,60 euros

Asistencia: 250 personas (60% del aforo)

Esta crónica tiene por fuerza que ser complementaria de la que escribí hace cuatro meses en el fin de la gira Daiquiri Blues, ya que la nueva Desbandados, con otro repertorio y otros arreglos, también lo es de aquella. A grandes rasgos, lo que ha hecho Quique es expurgar el rock de estos recitales, dejando las canciones en el hueso. Recordando la pegada que tenía su banda en esos últimos conciertos en Florida Park, a priori se hacía cuesta arriba volver a verlo acompañado sólo por un contrabajo.

No es la primera vez que Quique explora estos formatos. La ocasión más célebre fue la gira Peleando a la contra, en 2003: el germen de la idea estaba allí, pero Quique carecía entonces de una infraestructura que le apoyara adecuadamente. Tener que dar recitales íntimos en espacios como la sala El Sol (por mucho que obligara a la gente a sentarse en su frío suelo) pervertía el concepto. En 2011 las cosas han cambiado para Quique: su base de fans se ha solidificado y el apoyo de la promotora Last Tour le facilita las cosas.

Ese público son parejas de treintañeros y chicas universitarias. Quizá el formato íntimo haya aumentado la presencia de estas últimas y rebajado el de los rockeros que llegan a Quique González de forma colateral. En el primero de sus cuatro recitales de este mes en el Teatro Bellas Artes, quedaron al menos 200 entradas por vender de un aforo de 450, pero hay que tener presente que éste es el último que puso sus entradas a la venta, y lo hizo hace una semana. Los tres que restan probablemente agoten sus localidades.

El Bellas Artes es un teatro sin encanto ninguno, con un vestíbulo que huele a desinfectante y una platea formada por incómodas butacas de multicine noventero (las más baratas, seguramente). Una impersonal voz femenina nos advertía de que el espectáculo comenzaría al cabo de cinco minutos; diez más tarde, aseguraba que faltaban otros tres para el comienzo. Así estuvimos un rato hasta que a las nueve menos veinte se apagaron las luces y el teatro se sumió en una completa oscuridad.

La entrada de los dos músicos fue poco ceremoniosa: Jacob Reguilón agarró su contrabajo y Quique se sentó al piano. Arrancaron con una delicada fusión de Reloj de plata y Discos de antes, que Quique compuso para Los Secretos de Álvaro Urquijo. En esos primeros minutos quedó claro que la atención de los espectadores era absoluta, rozando la devoción, y que sabían de antemano que el concierto iba a ser más de escuchar que de berrear.

No es que Quique y Jacob no merecieran anoche esa atención, porque el primero cantó estupendamente, con deleite en la dicción y en el tono (voces nasales como la suya suenan mejor cuando no necesitan elevarse por encima del estruendo de una banda); y el segundo arrancó notas fascinantes y evocadoras al contrabajo, bien con sus dedos, bien con un arco. Su instrumento, maravillosamente dosificado, fue la estrella de la noche por encima del piano, la guitarra acústica o la armónica dylaniana de Quique. La jugada se redondeó con una iluminación tenue y constante en su calidez, que acababa en un apropiado fundido de salida al término de cada canción; y un sonido claro con el que paladear cada nota.

El décimo aniversario de Salitre 48 fue la excusa para que varios de sus temas se hicieran hueco en el repertorio. En el disparadero se la dedicó a Carlos Raya, su cómplice inseparable de aquella época, presente entre el público. También sonaron Todo lo demás, Tarde de perros, El rompeolas, Ayer quemé mi casa y De haberlo sabido, siendo de largo el disco más representado de la noche.

Le siguieron de cerca algunos temas de los dos últimos trabajos, que fueron recibidos con interés pero menor entusiasmo. Cautivaron más las rarezas, como las versiones de These days de Jackson Browne o de Hoy puede ser un gran día de Serrat. En la oscuridad del teatro se distinguían con facilidad las luces de los móviles que trataban de grabar una canción, y estas dos convocaron un buen número de ellos. Hubo también sitio para un haiku “medio japonés medio euskera”, como Quique definió a un breve texto de Kirmen Uribe (“No es verdad, no he cambiado; en mis sueños siempre tienes veinte años”), que hubiera necesitado un par de repeticiones más para llegar a la intensidad hipnótica que prometía.

Merece reseñarse lo divertido que estuvo Quique al presentar las canciones. La anécdota sobre su admiración por el futbolista Santillana arrancó merecidas carcajadas, ni las primeras ni las últimas de la noche. Su complicidad con Jacob también provocó sonrisas, influyendo decisivamente en el ambiente distendido de la velada, arriba y abajo del escenario.

No hubo grandes éxitos exceptuando una desinflada Pequeño rock and roll y Aunque tú no lo sepas, en la que Quique se disculpó con Jacob sobre la marcha por perder el compás al piano; y aún así les quedó emocionante. Fue la última antes del bis, para el que se hicieron de rogar más tiempo que una folclórica, pese a que el público se desolló las palmas aplaudiendo.

Sólo en el último tema de la noche, La luna debajo del brazo (elegida por relativa aclamación popular frente a otras candidatas), se permitieron los espectadores corear la letra, quizá por ser la versión más fiel en su tempo a la grabación original de todas las que sonaron. No escondían Quique González y Jacob Reguilón sus sonrisas de satisfacción al despedirse pasadas las diez y media, agradecidos por el público que les había tocado en suerte esa noche: quizá el que el madrileño lleva años buscando como una quimera imposible, y con el que ha dado a base de tenacidad, coherencia y buenas canciones.

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