Un diario de conciertos

Bertín Osborne y Arévalo (Teatro Compac Gran Vía, Madrid, 10/06/11)

 

Un amigo mío acuñó el término plasco para definir aquellos espectáculos que dan, a la vez, placer y asco. Él entonces no lo sabía, pero inventó esa palabra para describir el espectáculo conjunto de Bertín Osborne y Paco Arévalo. Del asco hablaremos más adelante; el placer, está claro, es de los culpables.

Y fantaseaba con sentirlo en mis carnes cada vez que, en los últimos días, me topaba con el cartel en un suplemento cultural o una marquesina de autobús. Hace tres años, titubeé más de la cuenta al decidirme a ver un monólogo de Andrés Pajares en otro teatro de Gran Vía, y éste fue abruptamente cancelado por falta de público. Un compañero de trabajo me contaba los escalofríos de vergüenza ajena que sintió viendo aquella representación, y yo me moría de envidia al escucharlo.

Pero nunca me hubiera atrevido a dar el paso de apoquinar por ver Mellizos, así que la llamada de Rolling Stone para cubrirlo fue providencial: me libraba de culpa y me abría la puerta al abismo, el mismo que con Pajares no tuve el valor de cruzar.

 

 

Y hablando de pagar, me intrigaba qué perfil de espectador sería capaz de hacerlo por un espectáculo como éste. Alguna pista daba la promoción que prometía descuento para los grupos de más de ¡diecinueve personas!; no sé el lector, pero este cronista no tiene diecinueve amigos dispuestos a rascarse el bolsillo por ver un mano a mano entre Bertín y Arévalo, al menos en 2011… La pregunta se responde sola conforme te acercas a las puertas del Teatro Compac Gran Vía a las ocho y pico de la tarde: o bien han convocado en Madrid el casting para el musical de Cocoon o, lo más probable, la tercera edad considera atemporales los chistes de gangosos y mariquitas.

Coñas aparte, los 500 jubilados que entraron ayer por la tarde a ver esta representación debieron dejar un buen dinero en taquilla, más aún considerando el mínimo gasto de producción de ésta. Porque Mellizos, que nadie se engañe, no es una obra teatral: no hay trama en ella, más allá del empeño de los protagonistas en convencer a los espectadores de su improbable parentesco.

A las ocho y media, Bertín y Arévalo (periodísticamente es poco riguroso llamar a uno por el nombre y a otro por el apellido, lo sé, pero es lo que el cuerpo me pide) aparecen en el pasillo central de la platea como si vinieran de tomar algo del bar de enfrente. La gente observa su encantador rifirrafe sin decidirse a aplaudir, lo que resulta bastante embarazoso. Ambos suben al escenario y, tras una breve presentación conjunta, Bertín hace mutis por el foro y cede el escenario a Arévalo durante los siguientes cuarenta y cinco minutos.

 

 

Lo refrescante de los ancianos es que no les importa lo más mínimo la corrección política y son, por tanto, el público perfecto para humoristas como Arévalo. Como los mejores taxistas, Arévalo da por sentado que su público siempre es heterosexual, madrileño y de derechas. Habrá que darle la razón viendo cómo se mean de la risa en la butaca al escuchar que Arévalo no se agacha en la calle a por un billete por si le encula un mariquita. Mientras, al espectador corriente se le congela poco a poco la sonrisa al escuchar una retahíla de lugares comunes sobre los políticos o las mujeres digna de 1980. También hay espacio para las referencias a la telebasura (chascarrillos más que críticas) y los chistes de pedos. Sí, los de toda la vida.

Los tiempos del espectáculo están medidos a la perfección para testar los límites de la tolerancia humana. Justo cuando estás a punto de arrancarte los pelos de la cabeza a puñados, Bertín reaparece vestido de esmoquin para cantar Buenas noches señora, acompañado al piano por Franco Castellani (no, no dirigió películas de Bud Spencer y Terence Hill, que se sepa). Comprendes entonces que estás viendo un espectáculo polivalente o valetudo, capaz de pasar del humor de geriátrico a la balada romántica sin solución de continuidad.

Bertín sigue siendo ese truhán caradura que cautivó a toda una generación con sus chispeantes (algunos dirían achispadas) presentaciones de Contacto con tacto, siempre derrengado en aquel sofá. Te desarma porque él es el primero en admitir que lo suyo es echarle morro y que no debería pisar la tarima de un teatro. Entre rancheras y canción protesta americana, Bertín se marca un monólogo sobre sus experiencias juveniles con el esquí que se alarga, fácilmente, otros cuarenta y cinco minutos. Y es escalofriante el momento en el que te das cuenta de que, por puro agotamiento mental, la estúpida anécdota empieza a hacerte gracia.

Luego Arévalo reaparece vestido también de esmoquin; y se produce por fin la interacción entre ambos escamoteada durante hora y media. Es inenarrable el momento en que Bertín canta What a wonderful world mientras Arévalo baila una coreografía de ballet. Para entonces los muros han caído y se te escapa incluso alguna carcajada furtiva. No puedes negarlo: de una forma perversa, estás disfrutando.

Y el final que no creías que fuera a llegar nunca lo hace de forma abrupta: literalmente, cuando Bertín dice “esto se ha acabado, gracias por venir a vernos”. Los espectadores ovacionan durante un minuto y después salen a la calle arrastrando los pies como figurantes de The walking dead. Y tú te quedas hundido en tu butaca, incapaz aún de asimilar todas las sensaciones que has vivido en las últimas dos horas; y que pocos libros, conciertos o películas pueden llegar a producirte con la misma intensidad.

 

Fotos por cortesía de Ana Pérez.

 

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Una respuesta

  1. Jooooo, yo quiero quiero y quiero!! Muy grande esto.

    14 junio, 2011 en 5:19 pm

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