Un diario de conciertos

Los Rebeldes (Sala Copérnico, Madrid, 15/10/10) / Vinila Von Bismark & The Lucky Dados (Teatros del Canal, Madrid, 16/10/10)

Fin de semana rockabilly en el barrio de Argüelles, con los conciertos en noches consecutivas de Rebeldes y Vinila & The Lucky Dados. No es que en el día a día se vean muchos tupés en este barrio (y si se ven, son los involuntarios de aquellas septuagenarias que creen que el pelo azul o naranja les hace molar más), pero los rockers son una tribu nómada que va allí donde está la acción, y esta semana tocaba aquí.

Tenía ganas de volver a hablar de Los Rebeldes (o Rebeldes a secas, pero como en su disco de mayor éxito, Más allá del bien y del mal, figuran con el artículo, pues así han quedado para la posteridad) después del sabor agridulce que me dejó el último concierto suyo que vi, en Tobarra (Albacete) en agosto de 2008. Fui más severo de lo que pretendía en mis comentarios y esperaba la ocasión de enmendarme, pero ésta no llegaba porque la banda de Carlos Segarra no se prodiga en la capital: o más bien no se prodiga a secas. Se pierde en la memoria la última vez que actuaron en Madrid.

Con la publicación de Noches de luz, días de gas, un directo con el que celebrar su trigésimo aniversario, ya parecía inexcusable la visita. Además, a mí me venía de perlas que el concierto fuera en Copérnico, una discoteca universitaria a cinco minutos de mi casa. Por darle una cierta pátina rockera al lugar, hace casi una década vi allí el concierto de reaparición de Burning después de tres años de ostracismo: la sala se llamaba entonces The Revolver Club, pero su orientación rock no cuajó. Aquella noche lo pasé de fábula, pero como ahora soy diez años más viejo y exigente, temía que las limitaciones de la discoteca me arruinaran el concierto. No fue así: el juego de luces cumplió, el sonido resultó apañado, e incluso el aire acondicionado funcionaba. Hasta las copas eran en vasos de vidrio, lo que por cierto es un incordio cuando te la acabas y no sabes qué hacer con ella.

Es probable también que la sala resultara cómoda porque estaba lejos de llenarse: tirando por lo alto, nos reunimos trescientas personas para ver el concierto. Había tres tipos de espectadores: los rockers “auténticos”, los curtidos, los de toda la vida, que sólo mostraban entusiasmo al corear las canciones de la primerísima etapa del grupo, como Cerveza, chicas y rockabilly; los rockers de nueva generación, que se creen el personaje pero a la vez lo llevan al extremo, rozando la caricatura, con tupés imposibles a lo Ford Fairlaine o Leningrad Cowboys; y los cuarentones corrientes que se compraron los dos elepés más radiados y no dominan el repertorio más allá de Mediterráneo y Bajo la luz de la luna.

Los Rebeldes actuales suenan de fábula, esa es la verdad. La guitarra solista ha pasado de un Santi a otro, de Campillo a Lluch: el hombre pone cara de pasarlo mal sobre el escenario, como si necesitara hacer de vientre desde el minuto uno del concierto, pero cumple bien con las seis cuerdas. Su hermano David al contrabajo y el ya veterano Wichy de Maya a la batería conforman una base rítmica vibrante, pero lo que de verdad energiza a la audiencia son los solos de saxo de Dani Pérez, el más sobrado de actitud del grupo.

Carlos Segarra es un buen frontman musical, hábil con su guitarra y eficaz con sus cuerdas vocales (aunque éstas suenan ya siempre bastante arañadas, pero el género le permite esas carencias). Sin embargo, hay una lucha constante entre su oficio y su escaso carisma, y en los parlamentos entre canción y canción la balanza se inclina por este último. Carlos no es gracioso y probablemente lo sabe, pero se comporta en plan “es mi fiesta, y si quiero contar chistes malos lo hago”.

Los invitados que acompañaron a la banda en Copérnico fueron variopintos. Abrió el fuego Mürfila, compañera de sello, que recibió un tibio aplauso de bienvenida (quizá porque la mayoría no sabía quién era), pero que se comió al público con un descaro sexual que sonrojaría a Lady Gaga: bravo por ti, Mürfila. Siguió un elegantemente vestido Josele Santiago, cuya guitarra brilló a lo largo de dos canciones. Jaime Urrutia arrancó sonrisas por su forma de dejar chica su propia caricatura, y cantó la misma estrofa de Agua de Valencia que ya había cantado en dos discos de Los Rebeldes (aún así, necesitó la letra en un atril para hacerlo). Y Chiqui Martí, que en el dvd de Noches de luz, días de gas se marca un número de barra espectacular durante Eres especial, resultó infrautilizada: salió a acompañar a Carlos Segarra es una injustificada pausa de diez minutos (por problemas técnicos o porque alguien no llegó a tiempo, las razones no están claras), en la que el cantante contó chistes, cantó a capella, afinó su guitarra y casi se cargó el concierto.

Pero con canciones como Esta es mi generación o Mescalina es imposible no remontar cualquier desastre. Y con la ayuda de Los Rebeldes originales, Moisés Sorolla y Aurelio Morata (este último, actual manager y productor de la banda) y del inconfundible saxo de Dani Nel.lo, los espectadores volvieron a comer de su mano en un periquete.

Segarra presentó el último bis de esta forma: “Pepe Risi decía que un buen concierto no se acaba antes de hacer Johnny B. Goode”, lo que me hizo sonreír porque ésa fue la última canción de aquel concierto de Burning en la misma sala, una década antes. Pero a Los Rebeldes les quedó insuperable, la verdad. Un cierre de altura para un concierto bastante majo: no sé si la banda tiene mucho recorrido por delante (no hay apenas relevo generacional entre su escaso público) pero, como apuesta de presente, es un valor seguro.

Mucho más contemporáneos son Vinila & The Lucky Dados, en especial por la juventud de su cantante. El concierto formaba parte de un ciclo otoñal que se celebra en los Teatros del Canal, donde hace un año vi a Pereza. Primero lo bueno: las butacas son bastante cómodas, lo que no es tan habitual en los vetustos teatros de la capital. Incluso las del anfiteatro tienen la imprescindible holgura entre filas. De acústica, sin embargo, ya anda más justita la Sala Roja, lo que parece un mal chiste en un recinto inaugurado hace poco más de un año. En las dos ocasiones en las que he estado hacía además un calor excesivo, antes incluso de encenderse los focos del escenario.

Que los conciertos de rock no deberían celebrarse en teatros lo sabemos todos: un servidor, que lo he dicho una y otra vez en este blog; la banda, que animó a los espectadores del anfiteatro a bajar a la platea y llenar los numerosos claros de ésta (así lo hicimos); y la acomodadora que, al verme llegar con tres cervezas en la mano, se me echó encima como una fiera y me dijo que dónde me creía que estaba. Por mucho que traté de explicarle que no me las había sacado del culo, que me las habían vendido sin replicar en el bar a la misma puerta de la sala, fue imposible razonar con ella, más joven que yo pero con vocación de acomodadora viejuna.

En cuanto al espectáculo, para mi desilusión, no era tan completo como el que había visto en Joy Eslava en mayo, que incluía un trapecio para Vinila, algo de dirección artística, coristas y un par de enanos bastante salados. Cierto que los Lucky Dados (más un trío de metales muy por la labor) se bastan y se sobran, pero me parecía apropiado para un teatro repetir aquella puesta en escena. Otra sorpresa fue que el concierto se finiquitara ¡a los sesenta y cinco minutos! Tampoco Brandon Flowers tocó mucho más en su reciente concierto en Madrid y cobraba treinta euros por entrada, pero sigue pareciéndome incomprensible. Doy por buenos los diez que yo invertí el sábado con Vinila & The Lucky Dados, aunque fue poco elegante por su parte.

No quiero terminar con una mala nota: merece la pena ver al grupo en directo. Cada miembro aporta algo al directo, si bien es cierto que cuando sus caminos se separen me interesarán más los Lucky Dados que Vinila. Pero juntos tienen un espectáculo que te hace sonreír al menos diez veces en una hora, y unas canciones vigorizantes. Más de lo que pueden decir muchos.

Jota78

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3 comentarios

  1. Te veo a tope y me gusta! Yo, por contra, creo que me retiro unas semanas de la noche y del rocanrol (en cualquiera de sus vertientes, jeje). Me gusta más que publiques aquí porque así puedo comentar, que en la Rolling tengo que registrarme y eso me da pereza! Saludos!

    18 octubre, 2010 en 3:01 pm

  2. Jota78

    En realidad ya no hay que registrarse, creo, pero de todos modos mejor aquí.

    En cuanto a los conciertos, depende más de ellos que de mí. No sé por qué tienden a agruparse…

    18 octubre, 2010 en 3:12 pm

  3. Pingback: Los mejores (y los peores) conciertos de 2010 « Si la tocas otra vez…

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