Un diario de conciertos

Chris Isaak (Palacio de congresos, Madrid, 29/06/10)

Ardía Madrid ayer por la tarde, no sólo por las temperaturas en ascenso, sino también por el colapso provocado por la huelga de metro y por la anticipación del partido de no se qué selección en no sé qué mundial. Un inciso para hablar de fútbol: a mí nunca me ha interesado, pero he aprendido a convivir con él como quien soporta unas almorranas. Por desgracia, no es un deporte que consienta que le ignoren, por lo que te agrede de una forma u otra para llamar tu atención. Por ejemplo, llevo un mes sin ir al cine porque las distribuidoras consideran que estrenar algo decente en estas fechas mundialísticas es tirar el dinero (y tienen razón: el pasado fin de semana fue el de peor recaudación de la historia en nuestro país). Ayer volví a cagarme en el fútbol cuando atisbé la marea humana imbuida de orgullo patrio que se congregaba en el Bernabeu, colindante al Palacio de congresos. Que la perspectiva de tener que volver andando a casa no te amargue el concierto, me dije a mí mismo; ni tampoco la posibilidad (nada remota) de tener a un idiota al lado siguiendo el partido por el móvil.

 

 

Chris Isaak hubiera sido perfecto para inaugurar la temporada estival de los Veranos de la Villa, pero quizá el escenario Puerta del Ángel (ocupado ayer y hoy por Paco de Lucía) le venía grande. Así que hubo que conformarse con el Palacio de congresos. A Alan J. Pakula o John Frankenheimer se les hubiera hecho la boca agua con este recinto, idóneo para rodar sus thrillers setenteros de conspiraciones políticas. El lugar está detenido en el tiempo y no le falta detalle: su desangelado vestíbulo, su iluminación bajonera, su ruinoso anfiteatro (con los listones de madera que soportan las gradas ya pútridos) y su tapizado lleno de ácaros. En fin, una delicia de sitio.

 

Anoche nos reunimos allí unas mil quinientas personas, algo más de dos tercios del aforo, aunque apenas la mitad llegamos a ver a los teloneros, los emergentes Arizona Baby. Se comprende por lo temprano de la hora, ¡las siete y media! Su cantante no dejó de rezongar por disponer de apenas treinta minutos para su presentación, pero ésa es, al fin y al cabo, la cruz de todo telonero. El trío sonó estupendamente y sus enérgicas melodías dejaron buen sabor de boca en los presentes, a juzgar por el cálido aplauso de despedida.

 

En el interín entre uno y otro concierto muchos asaltamos el puesto de merchandising, quizá por lo excepcional de que el diseño gráfico de camisetas y discos (obra del mismo Chris) estuviera hecho con gusto. Además, el cantante nos había ahorrado tiempo a todos firmando de antemano unos cuantos discos: en la portada de mi ejemplar de Live at Filmore se lee “Stay cool! Chris Isaak”, pero otras tenían distintos textos y e incluso algún autorretrato. Me quedé con la duda de si cada noche dedicaba una hora a firmar discos o traía el trabajo hecho de casa. Un detalle en cualquier caso, sobre todo porque el garabato no incrementaba el precio del disco.

 

El sábado pasado en Bilbao:

 

No he seguido la carrera de Chris Isaak aunque, por supuesto, conozco Wicked game, San Francisco days y Baby did a bad bad thing. No supe hasta hace poco que además tiene un estupendo directo, en absoluto el recital lánguido que había imaginado. Por esa razón no compré entradas hasta dos días antes. Elegí una visibilidad lateral en la sexta fila antes que una más central en la decimoctava, y no me arrepentí. A mi lado tenía a uno de los cantantes del grupo Tennessee, que no estaba fuera de lugar con su estética rocker. Un dato bizarro, lo sé, pero no podía dejar de mencionarlo.

 

La sorpresa fue descubrir que Chris Isaak es una banda. Me explico. Los cinco músicos que acompañan al cantante (todos uniformados y ninguno de ellos un crío) llevan con él un cuarto de siglo y se les nota enormemente cómodos, sin temor a robarle protagonismo a la estrella: el bajista, en concreto, desbarra más sobre las tablas que el mismo Angus Young. Dudo que un buen rollo como éste pueda llegar a fingirse (bueno, las crónicas dicen que Aerosmith casi lo consiguió el domingo en Barcelona).

 

Chris cae simpático y probablemente lo es: algo tendrá que ver el que no se hiciera famoso hasta la treintena, con la azotea mejor amueblada que, pongamos, Pete Doherty. Como además es guapo y tiene una voz preciosa, no es de extrañar que muchas se derritan en su presencia. Hablando claro, este tipo ha tenido que follar lo suyo. No tardó ayer en dirigirse al público para agradecernos que pasáramos del fútbol por apoyar la música en directo (de nada, hombre, ya ves), y prometió un concierto largo.

 

Ya en la segunda canción, Dancin´, Chris dejó claro que no estábamos en presencia de Melendi (“más que cantar, se ahoga”, Lucía Etxebarría dixit) y sostuvo una nota aguda hasta lo imposible, al menos para el común de los mortales. Con el público comiendo ya de su mano, era un buen momento para darse un garbeo por la platea. Chris interpretó Love me tender mejor que cualquier “impersonator” de Elvis, y a punto estuvo de resbalar con el charco de baba de caracol que generaba a su alrededor (permítaseme la metáfora ordinaria).

 

 

Chris Isaak es varios personajes en uno, y eso se ve a lo largo de su espectáculo. Es un rocker, un crooner, un actor y un humorista. Sabe cómo embelesar a su público: cuando a la media hora sonó Wicked game, los espectadores guardaron silencio sepulcral. Todos querían escuchar a Chris, dejarse hipnotizar por su voz de terciopelo. Y lo mismo da una canción propia que una versión de James Brown o ¡Flaco Jiménez!, todas se convierten en delicatessen en manos de este frontman y esta banda.

 

Baby did a bad bad thing fue la última antes del bis, con un par de espectadoras bailando sobre el escenario. Al pie del mismo se había apostado un centenar de fans desde el comienzo del show, lo que no haría muy felices a los de las primeras filas. Es confuso el protocolo de estos conciertos en teatro, sobre todo cuando el mismo cantante invita a los espectadores a acercarse para hacerle fotos.

 

Para los bises reapareció Chris embutido en un traje de espejos que, si no eres un androide de protocolo de relaciones cibernético-humanas, hay que ser muy hombre para ponerse. Chris lo hace cada noche y yo me pregunto cómo lo lava (quizá con Cristasol). Cuando la luz de los focos incidía sobre el traje, Chris Isaak deslumbraba, y esto no es ninguna metáfora. De esa guisa interpretó Blue hotel o San Francisco days, aunque fue su versión de Pretty woman la que provocó el delirio (es una frase hecha, todo el mundo era talludito y comedido).

 

 

Antes del último tema, Chris soltó la frase perfecta para que todo el auditorio botara de entusiasmo: “Spain won the game”. Más chicas subieron a bailar el último rock de la noche. Una de ellas, con la pierna escayolada, agitaba su muleta y botaba con una demencia que hubiera encantado a David Lynch, figura importante en la trayectoria de Chris Isaak. Éste se marchó del escenario con la sonrisa satisfecha de quien se sabe ganador, sonrisa que contagió a todos los espectadores. Un taxi providencial me salvó de caminar una hora rodeado de patriotas ruidosos y ebrios, así que la noche salió perfecta. Sirva esta crónica como toque de atención a los que, como yo, jamás se plantearon ir a un concierto de Chris Isaak y disfrutarlo. 

 

Jota78

 

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4 comentarios

  1. Yo sí que me lo planteé, pero al final fue un no. Me han comentado algunos conocidos que estuvo, efectivamente, muy bien.

    Y una pregunta: ¿por qué en todos los conciertos siempre hay alguien con muleta? ¿Por qué siempre está en las primeras filas?

    30 junio, 2010 en 5:29 pm

  2. Yo creo que es siempre la misma persona. Un infiltrado de seguridad o algo así.

    30 junio, 2010 en 6:05 pm

  3. Si quieres saber más sobre Arizona Baby visita su blog:
    http://arizonababyrocks.blogspot.com/

    1 julio, 2010 en 2:28 pm

  4. Pingback: Los mejores (y los peores) conciertos de 2010 « Si la tocas otra vez…

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