Un diario de conciertos

Muse (Estadio Vicente Calderón, Madrid, 16/06/10)

No lloraré por el Calderón cuando la bola de demolición haga su trabajo. A pesar de las imágenes que he presenciado allí, me sigue asombrando que a un recinto capaz de albergar a cincuenta y cinco mil espectadores sólo se pueda acceder por un par de estrechas calles, que además nadie tiene la prudencia de cortar al tráfico. Los españoles entendemos que con unos apolíneos policías a caballo trotando por los alrededores ya está hecho todo el trabajo necesario para organizar un macro-evento. Así nos luce el pelo, claro. Como la experiencia es un grado, ayer llegué con tiempo y me marché antes de que terminara la última canción (cosa que detesto hacer). No veo la hora de que el Atlético de Madrid se traslade al renovado estadio de La Peineta.

 

Para el concierto de Muse elegí entradas de grada en lugar de pista. Me he aburguesado, sí: me gusta poder beber y mear, placeres mundanos no siempre al alcance de la gente que pisa el césped. Por otro lado, quise asistir por las excelsas críticas de los anteriores conciertos de Muse en el Palacio de deportes, pero no tenía claro que el grupo me gustara de verdad, así que opté por las entradas más baratas. En la grada alta, la “empleada del mes” se empeñó en que todos los espectadores ocupáramos los asientos de visibilidad más lateral posible, dejando vacío el sector contiguo sin ningún propósito concreto. Éste era el diálogo que mantenía con cada persona que asomaba por la puerta:

 

-Pero si el estadio no está lleno…

-Da igual, hay que sentarse en este lado, no en el otro.

-Pero escuche, que los asientos NO SON NUMERADOS.

-No importa, hay que ocupar los blancos, no los rojos.

 

Menuda lección que aprender aquí: a una misión suicida no envíes a tus mejores hombres, envía a los más tontos. Darán la vida por la causa sin importar que ésta sea de lo más absurda. Algunos se cabrearon, yo me encogí de hombros y me senté donde me decían, a sabiendas de que en cuanto las luces se apagaran, quinientas personas íbamos a emigrar al sector contiguo sin que nada pudiera impedírnoslo. 

 

 

Apoltronados en nuestras incómodas sillas de plástico a las que nadie había dado un buen manguerazo en años, comimos pipas mientras contemplábamos a los teloneros Editors jalear a la compacta muchachada de las primeras filas. Había ganas de pasarlo bien ahí abajo, eso seguro, o quizá de entrar en calor, porque las temperaturas eran bajas para esta época del año. Al estar a cubierto en la grada, no me preocupó especialmente el cielo encapotado que se cernía sobre el estadio; por suerte para los de pista, la lluvia nunca llegó.

 

Las canciones de Editors sirvieron para testar el sonido, que era potente y embarullado como suele serlo siempre en los estadios. La banda lo hizo bien, pero me temo que ya han tocado techo: no tienen un estilo propio que les haga merecedores de ser un día cabezas de cartel en recintos como el Calderón. El hilo musical nos entretuvo durante los tres cuartos de hora siguientes: Vértigo sonó a tal volumen que muchos escudriñaron el escenario a la búsqueda del gorrete de The Edge. Eso fue hace cinco años, anoche teníamos Muse en el menú.

 

 

La comparación del trío inglés con U2 es inevitable porque ambas bandas comparten megalomanía desmesurada y falta de sentido del ridículo. Era cuestión de tiempo que compitieran por ver quién lo tiene más grande: el escenario, se entiende. La pirámide de la gira de estadios de Muse no supera a La Garra de U2, pero tampoco se queda atrás. Gana Bono porque el hierro impresiona más que el cartón piedra, pero la factura de la luz no debe ser pequeña en ninguno de los casos.

 

Como faraones fueron recibidos por la masa Matt Bellamy y los otros dos cuyos nombres tendría que buscar en internet. El cantante, con un aire al humorista Berto pero sin gafas, iba embutido en un traje plateado que le hacía parecer el bocadillo de chopped de mis recreos de infancia. Cuando la pirámide se encendió compadecí a los pobres que habían hecho cola desde el día de antes para estar en primera fila, pues el mosaico visual (por no llamarlo rompecabezas) sólo tenía sentido visto desde una cierta distancia. Los alaridos generalizados recordaban a las añejas grabaciones de los conciertos de los Beatles. Al explotar la primera canción, decenas de miles de personas botaron al unísono y yo no supe donde mirar, tal era la avalancha de información para la retina en cada rincón del estadio.

 

 

Muse no han inventado nada sobre el escenario, pero todo funciona con la precisión de la maquinaria suiza. Sus discos no me entraban porque echaba en falta algo: el soporte visual. Me pasa igual con las bandas sonoras, no es lo mismo John Williams en CD que acompañando las imágenes de una peli de Steven Spielberg. En el espectáculo de Muse hay una representación visual para cada una de las canciones, a veces tan sencilla como apagar las luces del estadio y pedir que la gente encienda sus móviles para crear un mar de luciérnagas en la noche (y no para obligarte a enviar un sms a una ONG); otras veces la imagen se consigue mediante prodigios mecánicos, por cierto Matt Bellamy, ha llamado Angus pidiendo que le devuelvas su plataforma elevadora centrocampista, que la necesita para su concierto de la semana próxima en Sevilla.

 

 

El MOMENTO de esta gira que todos recordaremos durante años es, claro está, el del platillo volante que aparece flotando en mitad del campo, y del que se descuelga un acróbata circense que deja a todo el mundo embobado durante varios minutos. “No sé cómo voy a poner esto por escrito”, pensaba anoche al contemplar la estampa en el Calderón. Hubiera jurado que estaba borracho de no ser porque, una vez más, las bebidas etílicas brillaban por su ausencia en el estadio. Me cago en la Shandy Cruzcampo.

 

He hablado poco de música, ¿verdad? Eso querrá decir algo. A mí particularmente no me llegan las canciones de Muse, aunque admito que los tipos saben  cómo hacer ruido: si su ambición es machacar a U2 en su propio terreno, tienen las herramientas necesarias para ello. Por otra parte, el entusiasmo del público madrileño de anoche era genuino, y quién soy yo para decir que la banda no lo merece. Larga vida a Muse.

 

Jota78

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4 comentarios

  1. jota78

    El verano pasado, Bruce Springsteen terminó su concierto en Valladolid con el tema principal de Hasta que llegó su hora; el mes pasado, Eli Paperboy Reed arrancó en Valencia con The ecstasy of gold, lo mismo que Metallica en Rock in Rio el lunes; y ayer Muse tocaron el tema de Armónica (de Hasta que llegó su hora) como intro a su última canción.

    Morricone mola, pero joder, tranquilizaos todos un poco, que no está muerto todavía…

    17 junio, 2010 en 11:12 pm

  2. k

    Dejando aparte que, con Morricone igual que con Williams, sin las imágenes de Leone la cosa pierde mucho (salvo en dos o tres super temazos).

    Gran crónica, convenientemente tibia; ¿vendrán los fans de Muse a darte hasta en el carné?

    18 junio, 2010 en 10:34 am

  3. A partir de Vertigo todo se vino arriba. Los Editors, efectivamente, creo que no dan más de sí aunque todavía hay quien opina que van a más (no lo comprendo, sinceramente). Muse van a por U2. De hecho, tengo claro que les han teloneado por los USA para aprender de ellos y robarles todos los trucos, jaja, qué jodío el Matthew. Pero una cosa, es muy cínico (y muy poco honrado, no va por ti) decir que en U2 y Muse no hay música porque hay lucecitas. Ambas bandas llenan corazones, ya lo viste, la gente se viene muy arriba con ambas y eso está al alcance de poca gente.

    A Sevilla que nos vamos ya mismo…

    19 junio, 2010 en 2:24 pm

  4. Pingback: Los mejores (y los peores) conciertos de 2010 « Si la tocas otra vez…

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