Un diario de conciertos

Metallica + Motorhead + Sôber (Rock in Río, Madrid, 14/06/10)

¿Tiene sentido seguir criticando a Rock in Rio por ser como es? No contestes, era una pregunta retórica: por supuesto que lo tiene, al menos para mí. De la misma manera que los “entendidos” afirman que no existen perros peligrosos, que la culpa siempre es de sus dueños (suelen cambiar de opinión cuando ven el cuero cabelludo de su propio hijito colgando de las fauces de su pitbull), yo digo que Rock in Rio no es el festival más oligofrénico del mundo por elección propia, sino porque así lo ha querido su creador, Roberto Medina. Este publicista brasileño tiene algo de aquellos vendedores de crecepelo que viajaban en carromato de un pueblo a otro engatusando a la gente. Recaló hace dos años en España, un país de incautos, y parece que el muy truhán ha venido para quedarse.

 

 

 

Venga, voy a soltar toda la bilis de una para que luego podamos concentrarnos en la música. A mí no me importa que alguien patrocine algo, siempre que lo haga con discreción y elegancia: lo intolerable es que las pantallas gigantes a cada lado del escenario te bombardeen con anuncios a todo volumen entre concierto y concierto. En un festival gratuito se podría comprender, pero en éste las entradas cuestan sesenta y nueve euros. Sé que es irónico que me queje de la agresión acústica de unos simples anuncios proyectados antes de que Motorhead y Metallica salgan a arrasar un escenario, pero precisamente por eso agradecería un poco de calma antes de la tormenta que he venido a disfrutar.

 

A un nivel más prosaico, los patrocinios pueden llegar incluso a estropearte la experiencia. El ejemplo que todo el mundo entenderá es el de la cerveza Coronita, única bebida alcohólica del festival. Jamás había visto en un concierto de rock duro que los mochila-men tuvieran que perseguir a los espectadores para que éstos les compraran un mini de cerveza; pero claro, prueba a beberte dos litros del brebaje mexicano y entonces hablamos, si es que los gases te dejan articular palabra.

 

Y como en Rock in Rio todo es de cara a la galería, a menudo sientes que la retransmisión televisiva del evento es más importante que el concierto en sí. Leí hace poco que ciento treinta profesionales de RTVE se habían desplazado hasta Arganda para trabajar en el festival. Me lo creo. Frente al escenario había dos cabezas calientes que parecían dos dinosaurios luchando, pues nunca dejaban de moverse y de entorpecer la visión del escenario. Lo cual es una gran gilipollez, claro: dos cámaras simétricas haciendo lo mismo no sirven para nada, porque el realizador nunca va a poder pinchar ambos planos a la vez. ¡Pero que no falte de nada, que paga el contribuyente!

 

Creo que ya ha quedado claro que Rock in Rio es una mierda pinchada en un palo, y eso que sólo he arañado la superficie de su ignominia (no he mencionado la farsa de “por un mundo mejor” sobre la que se sustenta, ¿para qué?). Por acabar con una nota positiva, rara vez hay que hacer cola para pedir o mear; y el servicio de autobuses que conecta con el centro de Madrid es bastante eficaz, al menos si lo coges a primera hora de la tarde y después sales del recinto en la última canción, como hicimos nosotros. Méritos pequeños, sí, pero justo es reconocerlos.

 

 

Por fortuna, anoche la climatología tuvo piedad de nosotros: los nubarrones negros que iban y venían no se decidieron a aguarnos la fiesta. Corría una brisa fresca que hizo que muchos se arrepintieran de su atuendo veraniego en cuanto se puso el sol. Los reunificados Sôber salieron al escenario a las siete y veinte. Los instrumentos atronaron a través de los centenares de bafles y sentí que mi carne luchaba por despegarse de mis huesos. Tuve dudas de si mis tímpanos iban a ser capaces de soportar tantas horas de castigo, pero los hermanos Escobedo hicieron un buen trabajo limándolos porque, cuando llegó Motorhead, las notas ya entraban por el conducto auditivo de forma casi indolora.

 

En una encuesta sobre las mejores voces del rock español, el cantante de Sôber eligió a Bunbury como su intérprete favorito. Entonces me sorprendió; ayer no tanto, porque está claro que el hombre pertenece a la misma escuela de sobreactuación escénica y engolamiento de voz de Enrique. Más exagerado aún si cabe, pero funciona, porque en el peor de los casos te hace reír. Sôber tuvieron una hora para desplegar su repertorio y la aprovecharon bien: salvaron lo anticlimático que resulta tocar a media tarde y calentaron al público.

 

De forma rocambolesca, otra banda española no anunciada tocó durante quince minutos entre Sôber y Motorhead. No sé cómo les sentaría esto a la banda de los Escobedo, que (supongo) hubieran tocado media hora más de buena gana. He leído por ahí que los “intrusos” en cuestión se llaman Inlogic. No se puede culpar al público por recibirlos con tibieza, pues todos teníamos ya en la cabeza al bueno de Lemmy de Motorhead.

 

 

A las nueve y veinte pudimos verle por fin. Si ese hombre tiene nietos (y éstos no tienen ya veinte años), seguro que los aterroriza con su pinta cada vez que se acerca a besarlos. Lemmy sabe que las repugnantes verrugas que cuelgan de su mejilla izquierda son fácilmente extirpables, pero también que forman parte de su disfraz tanto como las gafas de sol, la barba o el sombrero.

 

Lo más impresionante, sin embargo, no es el chasis sino lo que va por dentro. El adjetivo “gutural” se inventó para describir su voz, que no es que no le permita cantar, es que no le deja hablar: algún fan de las primeras filas albergaría la ilusión de llevarse de recuerdo las amígdalas ensangrentadas de Lemmy cuando éste las escupiera. Si unimos a esto su peculiar vocalización, te preguntas si ese hombre no estará masticando su propia lengua mientras masculla. Voces aparte, Motorhead son los mejores teloneros que Metallica pueden tener, sobre todo por su condición de pioneros en el sonido rocoso. Los sesenta minutos que estuvieron sobre el escenario me parecieron suficientes, pues había que reservar fuerzas para el plato fuerte de la noche.

 

 

 

Con cuarenta y cinco minutos de retraso sobre el horario previsto (dado que Sôber salieron antes de su hora, habrá que culpar a los inesperados Inlogic por el desfase), atronó por los altavoces la melodía de The ecstasy of gold de Morricone mientras las pantallas proyectaban unas imágenes de El bueno, el feo y el malo. Siempre me alegro de ver el careto de Eli Wallach a buen tamaño, pero me resultaría más sugerente disociar la música de las imágenes, pues Metallica han hecho suyo el tema y no necesitan recordarnos que antes perteneció a una película.

 

Sin rodeos: estos tipos son muy buenos. Ésa y no otra es la razón por la que han logrado mantenerse arriba tanto tiempo, atrayendo a una gran masa de espectadores no necesariamente interesados en el rock duro. Si sólo vas a ver un concierto de heavy-metal en tu vida, que sea uno de Metallica. Por comparación, Motorhead sonaron como una añeja grabación monofónica. La calidad de sonido fue óptima: cada instrumento se distinguía perfectamente y le correspondía a tu agitado cerebro hacer la mezcla final.

 

Unos elegirían concentrarse en las guitarras de Hetfield y Hammett, otros en el bajo salvaje de Trujillo (un tío al que es imposible aburrirte de mirar): yo opté por beberme cada nota de la batería de Lars Ulrich. Aunque los hechos digan lo contrario, sostengo que ningún ser humano puede tocar con semejante energía durante dos horas sin caer muerto, y tengo mi propia teoría conspiratoria sobre por qué Lars pareció ser capaz de aguantarlo anoche: cada vez que desaparecía por una de las puertas que se abrían y cerraban a espaldas de su batería (a la manera de un vodevil de Arturo Fernández), un clon recién salido de fábrica sustituía a Ulrich previo ya desfondado. Esto me parece más plausible que creer que el hombre es capaz de tocar así cada noche.

 

 

Al contrario que hace un año en el Palacio de deportes, donde el escenario central obligaba a los músicos a disgregarse para no dar de lado al público, anoche Metallica parecieron una auténtica banda. Su interacción está indudablemente ensayada, pero también aprecias en las pantallas que la tensión que había entre ellos hace una década (tan bien retratada en el documental Some kind of monster) se ha desvanecido. Los Metallica de 2010 disfrutan del privilegio de hacer felices a la gente, y el mismo James insistió una y otra vez en preguntarnos si estábamos a gusto, si lo estábamos pasando bien.

 

Un buen puñado de hits, un poco de pirotecnia y un ritmo frenético: no hubo sorpresas anoche, ni falta que hacían. Los casi cincuenta mil “compañeros del metal” que allí nos reunimos logramos sobreponernos al entorno de pesadilla y disfrutar de la música, lo único verdaderamente importante, and nothing else matteeeers…!!!

 

(Yo no tengo Facebook, pero ruego a quien sí lo tenga que empiece desde ya a crear grupos del tipo “Yo no quiero que Bruce Springsteen & The E Street Band toquen en Rock in Rio en 2012”).

 

 

Metallica (Palacio de deportes, Madrid, 14/07/09)

 

Jota78

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10 comentarios

  1. Es muy muy molesto querer escribir cosas y no tener tiempo. ¡Injusticia! Deberíamos vivir de esto, después de todo, jeje. Salud!

    15 junio, 2010 en 1:31 pm

  2. k

    Carajo! Mucho mejor bien, dónde va a dar. Esperaremos.

    15 junio, 2010 en 4:46 pm

  3. Los vídeos de YouTube que enlacé ya no existen, seguramente al usuario en cuestión le han dicho que eran contenidos protegidos. Bueno, no sufráis, la realización y el análisis de los comentaristas en dichos vídeos eran basura. Que se los queden para ellos.

    Si queréis ver imágenes realmente espectaculares de Metallica en directo, buscad vídeos del DVD de Nimes en 2009. Pasad de Rock in Rio.

    16 junio, 2010 en 11:58 am

  4. BN

    Buenas, sólo decir que sí había aviso sobre la actuación de dicho grupo, y estaba totalmente coordinado dicho horario, yo ya había oído algo de la presencia de un grupo entre dichos grupos un par de semanas antes; el cual me dejó muy buen sabor de boca en el poco rato (para ti quizá demasiado, cuestión de gustos supongo) que estuvieron y el cual estoy empezando a comprobar son muy grandes. Culpar a un grupo joven y humilde que le dan la oportunidad de actuar en rock´n´rio y así ayudar un poco a su carrera, de que otro grupo toque más o menos tiempo noes muy lógico y rampoco creo que comentarios como los tuyos ayuden a este tipo de grupos que intentan abrirse paso en este mundo, que suficientemente jodido lo tendrán ya. Podías habértelo ahorrado o, incluso, hacer un poco de crítica de qué te parecieron; pero sólo comentar que ´robaron´ tiempo a otros grupos y acusarlos de “intrusos” y de que el público no los recibiese bien, pero podrías anotar como bien pude comprobar y he leído en otras críticas (véase: http://www.retromusica.com/) que bien se ganaron al público con sus letras.
    Sólo eso, es una crítica hacia las cosas que no me parecen justas, sólo es eso, mi opinión, espero que sepas aceptarla.
    Un saludo.

    16 junio, 2010 en 1:51 pm

  5. Encantado de oír tu opinión, BN.

    Mis críticas no iban dirigidas al grupo sino a la organización, por no anunciar correctamente el horario y por no programar a Inlogic antes de Sôber, como hubiera sido natural. En tal caso, por mí podrían haber tocado una hora.

    Y no hablo del grupo en sí porque no me parece justo, no les presté la suficiente atención.

    Un saludo.

    16 junio, 2010 en 2:20 pm

  6. ¿Lars Ulrich o Max Weimberg?

    21 junio, 2010 en 10:50 am

  7. Jota78

    Pues difícil, difícil… Ambos son dos fuera de serie con un estilo propio. Creo que Ulrich no brillaría tanto en la E Street Band, y Max en Metallica perdería lo que le hace único. Ambos están bien donde están, y que duren.

    21 junio, 2010 en 11:43 am

  8. Eres un bienqueda! jeje.

    23 junio, 2010 en 10:04 pm

  9. arancha

    Buenísima crónica, muy buena.

    24 junio, 2010 en 4:34 pm

  10. Pingback: Los mejores (y los peores) conciertos de 2010 « Si la tocas otra vez…

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