Un diario de conciertos

Iggy & The Stooges (Sala La Riviera, Madrid, 30/04/10)

La última vez que estuve en Londres (el pasado agosto, para los conciertos de U2) las estaciones de metro estaban empapeladas de carteles con la cara de Iggy Pop ¡anunciando seguros! Lo más gracioso es que ni siquiera para esa campaña se molestó el bueno de Iggy en ponerse una camiseta. Porque esa piel de iguana arrugada tan suya es el único uniforme de trabajo que conoce: qué envidia deben sentir los pobres infelices de Kiss, obligados a pasar por maquillaje y peluquería dos horas antes de cada concierto.

 

Lo impresionante de Iggy es que, a pesar de ser notablemente feo; de tener más venotes por encima que su contemporáneo Sylvester Stallone; y de que sus costillas vayan por un lado y su pellejo por otro cada vez que hace una de sus patentadas contorsiones escénicas, a su manera va a dejar un bonito cadáver. Porque es hipnótico verle refulgir sobre las tablas cubierto de sudor, pavoneándose… No puedo dejar de citar las palabras de una atractiva veinteañera que ayer me comentó, a propósito de este fenómeno: “Iggy era un icono masturbatorio de mi adolescencia”. ¿Qué más se puede añadir?

 

 

Tan magra como el esqueleto de Iggy es la discografía de The Stooges. No sé cómo se las han arreglado hasta ahora para esquivar las canciones de Raw Power en sus repertorios, pero el disco de 1973 es el protagonista de la gira actual del grupo, quizá para apoyar la lujosa reedición que acaba de lanzarse. La entrada de su concierto en La Riviera era, de hecho, la portada del disco, lo que te hace sonreír cuando ves lo lozano que está Iggy en dicha foto. Eso sí, la sonrisa se borra de inmediato cuando recuerdas lo que ha costado el jodido ticket, cinco y cinco, ¡cincuenta y cinco! de nuestra moneda en curso. Desde luego, no puede haber nada más punk que eso: el equivalente moderno a que te meen en la boca.

 

A pesar del dislate, la sala estaba llena a efectos prácticos, si bien muchos remoloneamos para entrar porque se estaba más a gusto fuera, a la fresca, viendo el renacido caudal del Manzanares y el resultado de un lustro de obras de remodelación de su orilla. Qué ganas de conciertos al aire libre. Dentro de La Riviera, lo de siempre: camareros hastiados, copas caras, mucho calor. Me asombra que, cuando cerraron por reforma obligada hace un año, no se les ocurriera solventar con un poco de cemento el absurdo desnivel que circunvala toda la sala y que provoca que cientos de espectadores rezagados no vean más que un mar de espaldas. Y ya que estoy en harina, voy a seguir haciendo amigos: ¿Cómo es posible que la sala de mayor aforo de Madrid no tenga un juego de luces decente para su escenario? ¿Cuál es la razón de que éstas permanezcan tenues y estáticas durante toda una canción? ¿Por qué no hay un cañón frontal para iluminar al cantante? Sea por inutilidad o por desidia, un trabajo luminotécnico tan mediocre puede llegar a arruinar un buen concierto, y anoche estuvo muy cerca.

 

 

Pero la sangre no llegó al río (Manzanares) porque, en cuanto Iggy y los suyos saltaron al escenario a las nueve y media, se nos olvidó todo lo malo. Puede que lo hayas visto cientos de veces en la tele o en internet, pero esas grabaciones no capturan la dimensión real de lo que es tener a Iggy in da’ house: mandíbulas descolgadas por doquier ante un sexagenario espasmódico y poseso, que baila como lo haría una marioneta de Jim Henson y da vueltas sobre sí mismo como si se le hubiera metido una avispa en el pelo. Y sin sentir ninguna vergüenza por ello. En cuanto lo tuve delante, comprendí qué gran error había sido no entrar a la sala una hora antes, porque espectáculos como éste hay que vivirlos en primera fila.

 

Los afortunados que sí estaban en el meollo, si no se desmayaron por una inoportuna lipotimia, tuvieron ocasión de compartir sudor con el mismo Iggy, que no tardó ni quince minutos en dejarse caer por allí. Dicen que él inventó lo de lanzarse al público y me lo creo. Varios espectadores devolvieron la visita treinta minutos después, cuando el escenario se llenó de tíos bailando como orangutanes. Eso sí, seguramente hubo un casting previo para tal privilegio, porque alguno que intentó acceder al escenario por las barras laterales se dio de bruces con un descomunal matón que le hizo recapacitar sobre sus prioridades en esta vida: hacer un pogo-punk con Iggy o conservar los dientes.

 

Como no soy ningún experto en The Stooges, tenía miedo de que las palabras de Iggy en una entrevista que leí el mes pasado fueran premonitorias: “Leonard Cohen puede tocar tres horas, pero nosotros somos The Stooges, nuestra canción media tiene once palabras, y después de setenta y cinco minutos, ¡rezarás para que nos larguemos!”. No es que no sean monótonos, pero eso es algo inherente al género, me temo; por fortuna, su empuje hace que la repetición constante de esquemas sea más llevadera. Con los ojos cerrados, jamás adivinarías que los músicos suman más de trescientos años de edad. Claro que tarde o temprano tendrás que abrirlos, y ahí tienes el terreno abonado para el chiste malo (“¿pero no era mañana cuando íbamos a ver lo de Caminando entre dinosaurios?”).

 

A Iggy tus sarcasmos le dan igual. Él ha venido a enseñar el vello púbico a las primeras filas y la raja del culo a las últimas, a hacernos cantar a grito pelado I wanna be your dog y a escamotearnos Lust for life (ya, ya sé que no es de The Stooges, pero no hubiera protestado por escucharla), y a despedirse a la hora prometida, setenta y cinco minutos exactos, con un simpático “This is it, motherfuckers!”. Y anoche resultó que era cierto: ni diez minutos de auténticos rugidos por parte de dos mil quinientas gargantas lograron arrancar un segundo bis.

¡Ojete!

 

La promoción de este concierto aseguraba que era un privilegio ver a Iggy & The Stooges en una sala de estas dimensiones, pues su hábitat natural son los grandes festivales. Yo afirmo lo contrario: hubiera preferido ver a Iggy al aire libre. El repertorio hubiera sido más o menos el mismo, y el precio, más razonable. Aunque, todo hay que decirlo, salimos de La Riviera negando con la cabeza y al mismo tiempo con una sonrisa de oreja a oreja. Esta semana me pasaré por Escridiscos a por mi vinilo de Raw Power. Eso querrá decir algo.

 

Jota78

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3 comentarios

  1. Muy bien. Yo a Iggy le vi en el Electric Festival de Getafe de 2008 y me pareció la leche, un flipe, el tipo no es de este planeta. Pero tristemente al final no me dio por pagar los 55 eurazos por verle en La Riviera, a pesar de que era todo un auténtico planazo. Supongo que el lugar sería una olla a presión y eso siempre me gusta mucho, me pone la extenuación física, jaja.

    Me alegra comprobar que mantienes intacto tu estilo croniquil.

    ¡Ojete!

    3 mayo, 2010 en 2:09 pm

  2. Pingback: Hombres G (Teatro Compac Gran Vía, Madrid, 06/05/10) « Si la tocas otra vez…

  3. Pingback: Los mejores (y los peores) conciertos de 2010 « Si la tocas otra vez…

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