Un diario de conciertos

Bruce Springsteen & The E Street Band (Madison Square Garden, Nueva York, 07 y 08/11/09)

Esta historia tenía un epílogo y ni yo mismo lo sabía. Como a los veteranos de Vietnam, la reinserción en la vida cotidiana después de una experiencia catártica me resulta imposible: no encajo, me he quedado varado en el Giants Stadium de New Jersey, y ninguna otra emoción me llena tanto. Soy Robert DeNiro en El cazador, sospechando que lo mejor sería resignarse y volver a primera línea de fuego.

 

Y en éstas que, un miércoles cualquiera, se anuncia que el sábado y el domingo la E Street Band tocará al completo los discos The wild, the innocent & the E Street shuffle y The river en el Madison Square Garden de Nueva York: como si fuera una cuestión baladí que puede dejarse caer de pasada en la conversación. Precisamente, los dos elepés que me faltan para completar el póquer de ases de obras maestras de Springsteen escuchadas en directo (Nebraska es un discazo que puedo pasar sin oír entero en concierto, más que nada porque me cortaría las venas). Claro que este privilegio no está al alcance de todos: el Madison es un palacio de deportes recoleto (y como dice su eslogan, “the world´s most famous arena”) cuyas entradas se agotaron minutos después de ponerse a la venta. Sólo un loco se chuparía un vuelo transoceánico a una ciudad en la que ya estuvo el mes pasado, para asistir a dos conciertos para los que ni siquiera tiene entrada…

 

 

 

¡Hola, Manhattan! Hace más frío y las rejillas de ventilación del metro escupen chorros de vapor a las aceras, pero sigue siendo la misma urbe loca y genial de hace un mes. Como ya estoy gastando por encima de mis posibilidades y este viaje lo hago solo, decido pasar de hoteles y acudir a hostales de habitación compartida. Mala idea. Aunque dormir con cinco desconocidos no es lo más apetecible del mundo (no puedes ser escrupuloso con los ronquidos, los pedos y las zapatillas olorosas), cuando de verdad se te congela la sonrisa es al descubrir que no hay agua caliente en la ducha. A la mañana siguiente pruebo en un segundo hostal en el que, aparte de no tener agua caliente (es frecuente que las tuberías revienten por el frío en Manhattan), la roña de suelo y paredes se cierne sobre mí como en un decorado de Hostel 3. Al intentar abandonar este nuevo “hostal” me percato de que la expresión “engañado como a un chino” es falsa, pues es el encargado asiático el que encuentra un subterfugio para no devolverme toda la pasta; y que “lo barato sale caro” es completamente cierto en Nueva York.

 

Cabreado conmigo mismo y con el mundo, y seriamente necesitado de una ducha, entro por la puerta de un hotel junto al Madison Square Garden y golpeo con los nudillos el mostrador de recepción para llamar la atención del encargado.

-¡Quiero una habitación por tres noches!

-Serán mil dólares.

-Espere, creo que me he dejado el coche abierto.

 

SÁBADO 7

 

Los alrededores del Madison están infestados de reventas afroamericanos cuya clientela potencial son turistas despistados que quieren ver un partido de los Nicks (o a Jack Nicholson de cerca), así que esta mafia ha desarrollado una industria de entradas falsas que pueden amargarte el día si no andas con cuidado. No puedo correr ese riesgo. Fans de todas las nacionalidades pasamos la mañana pululando por el vestíbulo del palacio, y los taquilleros echan humo por las orejas cuando las mismas personas vuelven a preguntarles una y otra vez si quedan entradas. Pero así es el juego: cancelaciones y sorpresas de última hora flotan por el ciberespacio, y hay que estar muy atento para que la oportunidad de tu vida no pase por tu lado sin que te enteres.

 

A media tarde somos tantos que la organización decide formarnos en una cola para no aumentar el caos. Lo repito: cientos de personas guardamos turno “por si acaso”, sin garantías de ningún tipo. Los españoles hacemos piña y nos animamos mutuamente al ver cómo los cincuenta primeros consiguen entrada, pero el goteo de tickets se frena en seco y a las siete de la tarde comprendo que estoy forzando mi suerte, atrapado en esa cola que no avanza. El hilo musical nos castiga con los “greatest hits” de Bruce, y los espectadores con entrada llegan ya en oleadas con una sonrisa tonta en la cara. Es la hora de las medidas desesperadas.

 

He sido previsor y he fabricado un pequeño cartel que he llevado todo el día en el bolsillo. Dice así: “Coming from Spain just for the shows! I NEED 1 TICKET. Thanks!”. Me pongo en la puerta y hago como que no veo la infinita compasión maternal que despierto en algunas mujeres. Varios hombres me desean “good luck!”, pero yo empiezo a dudar que vaya a tenerla. Es casi la hora de inicio prevista, la siete y media, cuando una señora alemana me dice que tiene una entrada para mí. “Pero es muy mala”, me advierte una y otra vez. Yo siento ganas de abrazarla y trato de hacerle ver que su entrada “mala” marca para mí la diferencia entre tocar el cielo o bajar a los infiernos. Mi ángel custodio se pierde entre la multitud antes incluso de haber podido pagarle el precio completo de la entrada. Dios bendiga a Alemania.

 

¡¡Estoy dentro!! Y sí, es cierto que mi asiento está en el cuarto piso, pero la visibilidad es excelente desde todos los puntos del Madison porque las gradas, en lugar se superponerse unas a otras, se expanden hacia los lados como en un anfiteatro. Me pido una cerveza, me relajo un momento y entonces descubro lo agotado que estoy. El vuelo de ocho horas, la litera incómoda en la que he dormido, el peregrinaje de hostales y hoteles y el estrés de conseguir entrada me pasan factura. Es una suerte para mí que el concierto empiece con ochenta minutos de retraso (algo que muchos ya sabían, viendo cómo remolonean para llegar a sus asientos), pues aprovecho ese tiempo para recuperar energías.

 

 

Casi lo había olvidado cuando Bruce lo grita: “GOOD EVENING, NEW YORK CITY!!”. Joder, sí, es Nueva York, es el Madison Square Garden, es Bruce Springsteen & The E Street Band. El edificio no tiene ángulos rectos, y parece como si la excitación de veinte mil fans creara una fuerza centrífuga que da vueltas una y otra vez por el pabellón. El show empieza con un descarte del disco The wild…, la mítica Thundercrack. Muchas veces me había preguntado por qué me era tan esquiva en directo. Ahora lo sé: estaba destinada a abrir mi primer concierto en el Madison.

 

Ahí va una obviedad: la E Street Band no suena igual en un estadio que en un recinto cerrado. Por dos razones. La primera, la banda no necesita estirar los puentes instrumentales de los temas más allá de lo razonable a la espera de que Bruce regrese de su paseo por las primeras filas, pues el escenario es diez veces menor que en grandes recintos. Las canciones suenan así más compactas e intensas que cuando las escuchas en el Camp Nou. La segunda razón, claro, es la acústica. Éste es mi primer concierto del grupo a cubierto desde diciembre de 2007, en el pabellón Bercy de París. Allí sonaron bien, pero lo del Madison es increíble: jamás he escuchado un sonido tan prístino, con todos los instrumentos claramente definidos y una mezcla perfecta. Con semejante riqueza de matices, parece como si escucharas por primera vez en directo temas como Prove it all night.

 

Después de cinco canciones, Bruce se dirige al público con algo que parece una batuta en la mano. Nos agradece nuestro apoyo en los dos años que el grupo lleva de gira, y asegura que vamos a ver “¡¡algo que nunca jamás se ha hecho antes!!” (tras la cerrada ovación, añade: “espero que seamos capaces”). Entonces se gira y alza lo que, en efecto, es una batuta: con ella finge que dirige a un quinteto de metales que había permanecido oculto en la oscuridad hasta ese momento. La solemnidad de Bruce contrasta con la interpretación de los músicos de esa “estampida de elefantes sónica” que abre The wild, the innocent and the E Street shuffle. Algunos lloran de felicidad y de risa, emocionados por el privilegio de estar allí para verlo.

 

 

Siempre me ha gustado The wild…, un disco con personalidad propia, con sabor a paseo marítimo, a barraca de feria, a salitre y acordeón, a romanticismo y juventud; pero nunca he sido capaz de apreciar del todo su grandeza, eclipsado como está por la retahíla de obras maestras que vinieron después. Esta noche eso va a cambiar para mí. El disco se despliega ante mis ojos y oídos como un libro de cartón troquelado, mágico y fascinante: su prosa torrencial me cae encima como una cascada y su sonido me transporta… no sé muy bien a dónde, pero a otro tiempo y lugar.

 

Ayuda que no hayan reparado en gastos para la ocasión: el ya mencionado quintento de metales (más Clarence Clemons) hace enloquecer a la audiencia en los desvaríos jazzísticos de The E Street shuffle y Kitty´s back, mientras que un septeto de violines (más Soozie Tyrell) nos eleva un metro por encima del suelo en la última canción del disco, New York City serenade; para entonces hay un total de veinticinco músicos en escena (incluyendo a Patti Scialffa, a quien veo por primera vez en esta gira). Entre medias he descubierto que Incident on 57th street, que nunca me hizo tilín en directo, resulta majestuosa cuando se coloca en su contexto del disco; y que Rosalita en Nueva York suena aún mejor que en Londres, París o Madrid. Dado que los únicos presentes que grabaron el disco son Clarence y el bajista Garry Tallent, no hay saludo aparte (como con Born to run o Darkness on the edge of town el mes pasado) al terminar de interpretarlo. Pero a la gente le da lo mismo: veinte mil personas aplauden hasta desollarse las palmas de las manos, muchas con un nudo en la garganta todavía. Estos conciertos son una reafirmación para aquellos que aún creemos que vale la pena escuchar un disco conceptual de principio a fin. Que se jodan los Ipods.

 

 

Henchidos de orgullo tras su brillante ejecución del disco, los músicos siguen adelante como Max Rockatansky conduciendo un camión aplasta-coches. Clarence tiene su noche (para mi sorpresa, pues la anterior estaba de fiesta presentando su libro en el Hard Rock Café de Times Square) y no falla ni una, convertido de nuevo en el Big Man, “C” para los amigos; mientras Bruce se entrega como si no hubiera un mañana, como si las veinte canciones de The river no estuvieran esperándolo a la vuelta de esa esquina. En las peticiones suena otro tema neoyorquino, Does this bus stop at 82nd street?, de ejecución más redonda que este mismo verano en Bilbao; y la reaparecida Human touch, que no era en absoluto tan floja como creíamos, sólo necesitaba un buen chute de vitamina E (-Street). El dueto de Patti y Bruce en su clímax es tan tórrido que resulta incluso incómodo de mirar.

 

Wrecking ball es el primero de los bises, demostrando tener más recorrido del esperado, si bien algunas de sus estrofas de amor por el Giants Stadium de New Jersey han de ser modificadas en Nueva York para no hacer sentir de menos a sus ciudadanos. En la última canción, una desmedida versión del Higher and higher de Jackie Wilson, Bruce grita una y otra vez “¿¿lo llevamos más arriba??”; pero es sencillamente imposible. Ni siquiera la aparición de Elvis Costello logra hacerle sombra, Bruce esta noche es un volcán, es un huracán, es un volcán dentro de un huracán. Es lo nunca visto. Si desde la penúltima fila del pabellón puedo sentir su energía, no me imagino (ni quiero hacerlo) cómo lo estarán viviendo dentro del pit. Incluso con las sorprendentes ausencias en el repertorio de Badlands y Promised land, tengo que rendirme a la evidencia de que nunca veré un concierto de la E Street Band mejor que éste.

 

Aunque…

 

 

DOMINGO 8

 

Estoy tan agotado (física y emocionalmente) después del concierto de anoche que preferiría tener un día para recuperarme antes del segundo; pero no queda otra que aguantarse y seguirle el ritmo a estos sexagenarios. Hoy he apalabrado una entrada con un fan catalán al que no conozco personalmente, de forma que no estoy del todo tranquilo hasta tenerla en mi poder a las cinco de la tarde. Como me sobra tiempo, vuelvo a sacar mi cartel para ver si, dando pena, consigo una entrada mejor. No pasan ni diez minutos cuando se acerca un hombre en silla de ruedas y me pregunta si de verdad vengo desde Europa sólo para ver los conciertos. Le respondo que sí. Se lo piensa un segundo y entonces hace algo conmovedor: me ofrece una entrada, no vendida, sino regalada. Como ya tengo otra en el bolsillo, me siento obligado a rechazarla (después de comprobar que no es mucho mejor que la mía, claro); pero me deshago en agradecimientos hacia el hombre y le digo lo mucho que me ha llegado su gesto. Ésta es la clase de generosidad que cabe esperar de un fan de Bruce Springsteen hacia sus semejantes. Por desgracia, los encargados de seguridad no forman parte de esta hermandad y me piden que abandone el vestíbulo del palacio para seguir mendigando con mi cartel en la calle.

 

Me conformo con el asiento que tengo. Por otro lado, me ofrece una perspectiva inédita para mí, pues estoy en uno de los laterales del escenario, casi por detrás de él (en los palacios de deportes, la grada se vende al completo en los conciertos de la E Street Band). Es impactante, incluso intimidante, tener a la mayor parte del público de cara. Lo malo es que vuelvo a sentir celos de los espectadores que están en el pit, a quienes distingo sin problemas desde mi asiento. Ahí es donde quiero estar, con los “ultras”; mientras que en mi zona de visibilidad lateral estoy rodeado de un público ruidoso y distraído, empeñado en vocear “¡Bruuuce!” cada vez que éste les habla, y sin demasiada conciencia de lo histórico del momento que están viviendo. Porque es así, el infierno se ha congelado y hoy vamos a escuchar entero el doble The river.

 

 

Seamos justos: la mayoría sí saben lo que se está cociendo. El que no estuviera informado se habrá enterado al ver el puesto de merchandising, donde se venden camisetas conmemorativas de los conciertos de ayer y hoy (la del Giants Stadium, que ya es antigua, se oferta más barata que cuando la compré el mes pasado). Sigue maravillándome el talento americano para capitalizar la ilusión de la gente. Otro detalle que distingue un concierto en los U.S.A. de uno en España es que no necesitas pelear con tus semejantes en las barras para lograr que te sirvan una Heineken mal tirada: son ellos mismos los que vienen a buscarte con su mejor sonrisa para venderte de todo, desde un perrito caliente gigante con sucrut hasta tres marcas distintas de cerveza.

 

Por los cuatro cortes de rock que abren la cara A del primer disco y por su longitud, supuse que el concierto empezaría directamente con The river. No es así: reaparece Wrecking ball, que se queda como descolgada del resto antes de que la banda ataque The ties that bind. Imagino que Bruce quería dedicar un minuto a presentar del disco y no le pareció razonable explayarse sin haber tocado algo antes. Sherry Darling produce una explosión de alegría contagiosa que se prolonga durante Jackson Cage y Two hearts. Steve Van Zandt siempre ha reconocido que éste es su disco favorito y no es capaz de borrar su sonrisa de oreja a oreja. Por cierto que hoy se ha atado el pañuelo de una forma extravagante que le hace parecer una abuela gallega. Tampoco es el hombre más guapo del mundo, precisamente.

 

 

 

De las primeras nueve canciones de The river, ocho son rocks clásicos que ponen a prueba la resistencia física del cantante, aunque no parece haber merma alguna cuando llegan la octava y la novena, Crush on you y You can look (but you better not touch). Nadie diría, viendo su salvaje entrega al interpretarlas, que el mismo Bruce las considera entradas menores de su repertorio. El estado del público podría describirse a medio camino entre el paroxismo y el frenesí: han cantado cada estrofa hasta escupir las amígdalas. No obstante, lo que los fans estamos ansiosos por oír no son tanto los temas rock (que aparecen con frecuencia en los conciertos de la E Street Band) como las inconmensurables baladas.

 

La dulce serenidad de I wanna marry you nos embriaga después de tanto griterío. También es impagable la imagen de Bruce agitando suavemente las maracas a lo largo de la canción, pues esa clase de percusión humillante está reservada para Clarence en sus tiempos muertos entre solo y solo. El tema está quedando delicioso hasta que el saxofonista patina con su entrada, confirmando mis sospechas de que no está en tan buena forma como la noche anterior. Bruce es un mago de la distracción oportuna y se pone a bailar un agarrado con Patti que hace que la gente se olvide de la torpeza instrumental. El sonido, por cierto, es también algo más opaco que el sábado.

 

Pero es en el segundo disco donde se concentran las baladas más apetecibles a las que hincar el diente: Point blank, tan rotunda como cuando la escuché por primera vez, el año pasado en Londres; Fade away, la canción favorita de Steve, con un clímax sensacional en el que Bruce, arrodillado, suplica una y otra vez “I don´t wanna fade away…” hasta que su voz se hace imperceptible; Stolen car, quizá la única canción que logra un silencio total del público y arranca también una explosiva ovación a su término; o The price you pay, interpretada por segunda vez en veintiocho años tras reaparecer hace unas semanas en Filadelfia.

 

 

 

La canción que más tiempo he esperado, la que me ha llevado veinticinco conciertos escuchar, es también la más decepcionante de todas para mí: Drive all night no está a la altura de su grabación original porque Bruce es incapaz de desgarrarse la garganta de la forma en que lo hacía en 1980, así que la parte “caliente” de la canción se convierte en un dueto entre Steve y él; y porque Clarence vuelve a entrar en el momento equivocado (o más bien a no entrar) y el arreglo final queda algo chapucero. Varias veces desde que supe que iba a oírla en el Madison Square Garden me había emocionado pensando en ello, pero el momento en sí no colma mis expectativas. Supongo que acostarse con Angelina Jolie debe ser algo parecido.

 

Interpretar The river entero lleva casi dos horas y es un viaje emocional extenuante, por lo que el saludo de la banda que grabó el disco parece más bien el final del concierto. No lo es, por supuesto. Desde mi posición puedo ver detalles interesantes que pasan desapercibidos para la mayor parte de los espectadores. Por ejemplo, justo después del saludo Bruce coge la guitarra eléctrica, pero se lo piensa mejor y la cambia por una acústica para Waitin´on a sunny day. Minutos más tarde le hace un gesto a Max Weinberg simulando un rítmico golpe de baquetas para que éste entienda que van a tocar Atlantic City. Si sólo vieras la expresión del rostro de Bruce a través de las pantallas, pensarías que está completamente inmerso en la interpretación de la canción: pero al mismo tiempo está haciendo un imperceptible movimiento con la mano a la espalda para indicarle a alguien que no entre todavía con su solo. Es algo asombroso de contemplar.

 

 

Promised land se ausenta por segunda noche consecutiva del repertorio; pero cuando tocan seguidas Badlands y Born to run parece que las paredes del Madison vayan a resquebrajarse por tanta energía. Es difícil concretar dónde empieza el bis porque la excitación arriba y abajo del escenario es tal que apenas hay pausa entre canciones. Los clásicos Sweet soul music y (I can´t help) falling in love son ejecutados de la forma menos ortodoxa posible, sin que el cantante se sepa la letra más allá de los estribillos; pero a quién le importa a estas alturas. El preciosismo de la noche del sábado ha sido sustituido por la deshilachada locura del domingo, y todo el mundo participa de ella: varias chicas suben a bailar a la plataforma en medio del pit y los de seguridad tienen que hacerlas bajar, seguramente porque saben que Bruce va a volver allí al final de Higher and higher, acompañado esta vez por su mujer y sus coristas. El hombre luce radiante y feliz, demostrando que los sesenta se llevan mejor si te pagan bien por hacer lo que más te gusta en esta vida. Aunque todo lo bueno se acaba, y él mismo anuncia que hemos visto a la legendaria E Street Band “por última vez en una buena temporada”.

 

Podré soportarlo. La despedida ha sido a lo grande, pues en su segundo concierto en el Madison Square Garden han interpretado veinticuatro canciones que no tocaron la noche anterior (un record Guinness, diría yo): si queda algún clásico de Bruce Springsteen que aún no haya escuchado en directo, francamente, no sé cuál es. La banda ha estado soberbia y pletórica como acostumbra, aún cuando la segunda noche de Clarence Clemons no haya sido tan afortunada como la primera. Y respecto a Bruce… qué más se le puede pedir a un hombre que no sólo está a la altura de tus desaforadas expectativas, sino que las supera de largo. No es como idolatrar a Lady Gaga, Rob Schneider o Maradona: con Bruce, como dice la letra de Land of hope and dreams, “la fe será recompensada”. Amén.

 

Giants Stadium, New Jersey, 30/09, 02 y 03/10/09

Estadio José Zorrilla, Valladolid, 01/08/09

Estadio San Mamés, Bilbao, 26/07/09

Hyde Park, Londres, 28/06/09

Estadio Camp Nou, Barcelona, 20/07/08

Estadio Camp Nou, Barcelona, 19/07/08

Estadio Santiago Bernabeu, Madrid, 17/07/08

Estadio Anoeta, San Sebastián, 15/07/08

Emirates Stadium, Londres, 30 y 31/05/08

Pabellón Bercy, París, 17/12/07

 

Jota78

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13 comentarios

  1. Te odio!!!!

    Bueno, venga, dejemoslo en que me muero de la envidía… pero no esperes que diga “de la sana” pq no creo que eso exista.

    Yo estuve en los del Giants en septiembre y, como tu, pensaba que eso ya era lo máximo que uno podía vivir… pero no, ya se que no, ya se que existe un escalón más, ese que tu has subido y que yo estuve dudando si subir pero finalmente no subí. Me alegro mucho por tí, de veras.

    Y aprovecho para despedirme del blog ya que no lo hice en el post correspondiente pq casi siempre paso por aquí a toda prisa y no me puedo parar a comentar. Te he seguido desde ya hace mucho tiempo y me ha encantado tu trabajo… se te echará de menos. Nos vemos!!

    12 noviembre, 2009 en 3:24 pm

  2. Estuve este verano en NYC, hospedado en el Hotel Pennsylvania, justo a las puertas del Madison. Me salió bastante barato, de modo que intuyo que ese en el que te querían clavar 1000 euros por tres noches no es el mismo lugar… ¿no? Por lo demás, has logrado erizarme desde el primer momento hasta el último de tu relato. Es una maravilla poder leer algo escrito desde este fanatismo tan tierno, jaja, más que nada prque lo comparto de manera notable. Ese viaje majara, esos hostales, esa mendicidad a cambio de tickets… todo fantástico. Me alegra que tus esfuerzos consiguieran la recompensa merecida. Eso sí, ahora te toca ahorrar durante una temporada para volver a vivir al nivel de tus posibilidades económicas, eh. O bueno, no, qué cojones, a la mierda, hay que seguir dándolo todo. Todo lo que nos cuentas me ha provocado una envidia malsana, y eso justifica tus esfuerzos. Me entristece lo de no volver a ver a la E Street en una larga temporada, más que nada por el temor de que sea parasiempre, auqnue bueno, eso es algo con lo que todos contamos desde hace tiempo y sólo estamos intentando asumirlo poco a poco. Eres un grande, hostia, vuelve con tus crónicas de vez en cuando, pardiez!

    12 noviembre, 2009 en 3:53 pm

  3. ana

    ¡Los pelos de punta y los ojos brillantes! seguramente estaré loca, pero joder ¡que envidia!

    12 noviembre, 2009 en 4:01 pm

  4. Jota78

    El Pennsylvania fue, en efecto, mi última parada. Después de mi desastrosa experiencia con los hostales neoyorquinos, recomiendo a todos los viajeros no apurar demasiado con la inversión en alojamiento.

    En cuanto al dinero, ¿cómo se cuántifica la ilusión?

    Venga, ya será menos, Ana.

    ¡saludos!

    12 noviembre, 2009 en 4:05 pm

  5. arancha

    bufffff, sin palabras me dejas……. después de esto no puedes volver a ningún concierto, no te va a saber a nada……

    13 noviembre, 2009 en 11:05 am

  6. wuil

    Yo estuve el domingo en el madison, y es de esas cosas que cuando terminan sabes que se van a quedar grabadas en tu mente de por vida. The River en directo me ha parecido increíble; este año he visto a BS & ESB cuatro veces y creo que cualquier aficionado al que le guste la música, y especialmente la gente joven (adolescente y 20añeros) deberían ir obligatoriamente a un concierto de estos magos, para que sepan CÓMO DEBE HACERSE UN CONCIERTO DE ROCK, para que luego cuando vayan a ver a otros grupos o solistas de los de ahora sepan comparar. No es cuestión de discutir la calidad musical (la de “nuestros chicos” creo que está fuera de toda duda tras 30 años) si no de entrega y conexión con un público.

    Yo también volé solo desde España para ir a verlos, y como dice Jota78, ¿cómo se cuántifica la ilusión?… En este caso, en mi caso, en el caso de muchos de nosotros no hay cuantificación posible.

    Después de ver este concierto -y en general todos los de los dos últimos años que he visto: No es posible que Springsteen tenga 60 años, este hombre es extraterrestre.

    13 noviembre, 2009 en 11:24 am

  7. Nacho

    No sé si me gusta más Springsteen oído o leído. Se te echará de menos, Jota78. Gracias, muchas gracias, de verdad. Abrazo.

    14 noviembre, 2009 en 12:05 pm

  8. k

    Gracias.

    22 noviembre, 2009 en 12:41 pm

  9. Pingback: FLASHBACK: Bruce Springsteen & The E Street Band (Palacio de deportes, Madrid, 25/11/07) « Si la tocas otra vez…

  10. BN

    Buenas, sólo decir que sí había aviso sobre la actuación de dicho grupo, y estaba totalmente coordinado dicho horario, yo ya había oído algo de la presencia de un grupo entre dichos grupos un par de semanas antes; el cual me dejó muy buen sabor de boca en el poco rato (para ti quizá demasiado, cuestión de gustos supongo) que estuvieron y el cual estoy empezando a comprobar son muy grandes. Culpar a un grupo joven y humilde que le dan la oportunidad de actuar en rock´n´rio y así ayudar un poco a su carrera, de que otro grupo toque más o menos tiempo noes muy lógico y rampoco creo que comentarios como los tuyos ayuden a este tipo de grupos que intentan abrirse paso en este mundo, que suficientemente jodido lo tendrán ya. Podías habértelo ahorrado o, incluso, hacer un poco de crítica de qué te parecieron; pero sólo comentar que ´robaron´ tiempo a otros grupos y acusarlos de “intrusos” y de que el público no los recibiese bien, pero podrías anotar como bien pude comprobar y he leído en otras críticas (véase: http://www.retromusica.com/) que bien se ganaron al público con sus letras.
    Sólo eso, es una crítica hacia las cosas que no me parecen justas, sólo es eso, mi opinión, espero que sepas aceptarla.
    Un saludo.

    16 junio, 2010 en 1:50 pm

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