Un diario de conciertos

Bruce Springsteen & The E Street Band (Giants Stadium, New Jersey, 30/09, 02 y 03/10/09)

El eslogan del musical más descacharrante del off-Broadway, El vengador tóxico, proclama que Toxie es “¡el primer superhéroe de New Jersey!”. La frase tiene gracia pero quizá no sea exacta: todo depende de dónde ponga cada uno el límite del superheroísmo. El Boss no vuela ni tiene poderes (tampoco Batman, por otra parte), pero no creo que hicieran falta elecciones si insinuara el más mínimo interés por presentarse a la alcaldía de Jersey, porque no hay nadie en este estado norteamericano que no sepa que Bruce Springsteen es la hostia.

 

Cuando cruzas “across the river to the Jersey side”, es imposible no sentirte dentro de una canción de Bruce. Se tarda apenas quince minutos en llegar al estadio de los Giants desde la explosión de vida y color de Times Square, pero el paisaje cambia por completo ante tus ojos y entiendes mucho mejor de dónde salen los personajes de dichas canciones y por qué se sienten como se sienten. En las inmediaciones del complejo deportivo Meadowlands ni siquiera hay aceras, y mientras caminas por los terraplenes te preguntas si acabarás formando parte de otro vídeo de Impacto TV, arrollado por un trailer de varias toneladas. Desde la habitación de un motel de carretera que haría las delicias de los hermanos Coen ya no te parece tan exagerado aquello de “it´s a town full of losers an I´m pulling out of here to win”. La línea divisoria entre los estados de Nueva York y Jersey (delimitada en mitad del río Hudson) no es ninguna abstracción, sino algo palpable, real.

 

 La E Street Band tocó por primera vez en el Giants en 1985, y varios temas de aquellos conciertos conforman el último disco del legendario quíntuple en directo 1975-1985. Al estadio le ha llegado su hora (a su lado se yergue, arrogante, un nueva mole de metal y hormigón), y a los hijos pródigos de Jersey les corresponde el honor de despedirlo con una última tanda de cinco conciertos. Ésta es la crónica de los tres primeros.

 

 

MIÉRCOLES 30: BORN TO RUN

 

El reparto de pulseras para acceder al pit en América no tiene nada que ver con su homólogo europeo. El orden de entrada de los mil primeros se decide por sorteo, con lo que no tiene sentido llegar antes de la una de la tarde (la hora del reparto). Tampoco creo que la mayoría de los presentes fueran a acampar toda la noche porque, he aquí la mayor diferencia con el viejo continente, la media de edad del público bordea la cincuentena. El sistema es más cómodo para todos, pero la pega es que no garantiza que los más fanáticos vayan a estar en primera fila. Soy de los que piensan que uno crea su propia suerte, así que dejarlo en manos del azar no suele darme buen resultado. Tengo el número 427 y el seleccionado es el 487, con lo que novecientas cuarenta personas entran en el estadio antes que nosotros. Privados de la primera fila, optamos por colocarnos durante un rato junto a una de las pasarelas laterales.

 

El ambiente es fresco y hay una amenaza de lluvia que no se concreta, pero hubiera dado lo mismo porque en las entradas se lee “rain/shine”, que significa que el concierto se celebrará “llueva o haga sol”. La segunda opción es poco probable, pues a las siete y media ya es prácticamente de noche. La garantía definitiva de que los conciertos se van a celebrar es el incremento de cámaras profesionales para grabarlos (sobre el escenario y entre el público), una promesa de futuro DVD para el que ya tengo un sitio reservado en mi estantería. A los europeos nos parece que el césped no acaba de llenarse nunca, pues la rígida normativa de bomberos norteamericana no permite meter ni a la mitad de espectadores que en los estadios españoles, gobernados éstos por la avaricia del promotor de turno. Aquí sería impensable un disparate como el que ocurrió en Santiago hace dos meses, con más entradas vendidas de las físicamente posibles.

 

 

Los estadounidenses no expresan su entusiasmo de una forma tan contundente como los italianos o los españoles, pero una oleada de amor puede sentirse en el aire cuando la E Street Band sube al escenario a las ocho y veinte. La primera canción es tan electrizante como puede llegar a ser un tema nuevo: se llama Wrecking ball y habla de ¡nosotros, aquí y ahora! Es una elegía del estadio moribundo que nunca será un clásico, pero que no podía haber captado mejor el momento. Resulta refrescante que la trompeta (otro “suplemento” de la Seeger Sessions Band) le gane terreno al saxo en su clímax, un uso de los metales poco frecuente en la E Street Band. Quien sigue ausente es Patti Scialfa, alimentando aún más (por si hacía falta) los rumores de separación. Quede constancia de que Bruce la mencionó al final del concierto, al presentar Rosalita.

 

Durante Hungry heart, Bruce desciende del escenario por sorpresa (para quien no frecuente YouTube, claro) y rodea el pit por el pasillo exterior, el que parte el césped en dos. Lo acompañan musculosos seguratas que no tratan de impedir el contacto físico entre la estrella y sus fans, sólo están ahí por si la cosa se pone fea de verdad (intenta tocarle el culo a Elton John y ya verás la paliza que te llevas). Los artistas tienen el tipo de admirador que merecen porque su respeto hay que ganárselo, de ahí que Bruce no tema por su vida cuando se da estos baños de masas. Su público, por cierto, es noventa por cien caucásico, lo que resulta chocante en una ciudad tan cosmopolita como Nueva York. Al final era cierta aquella broma: en un concierto de la E Street Band hay más negros sobre el escenario que debajo de él.

 

 

Después de unos cuantos temas para entrar en calor, llega el momento álgido de la noche. Bruce anuncia: “Queríamos hacer algo especial para la despedida del estadio. El viernes tocaremos íntegro Darkness on the edge of town; el sábado, Born in the U.S.A. Pero esta noche…”, y ya no tiene que decir más. El rugido de emoción se solapa con la entrada de su armónica al comienzo de Thunder road. Yo mantengo la compostura, pero el brasileño que tengo a mi lado (que va a verse los cinco conciertos del Giants) llora como una magdalena. No es para menos: estamos escuchando el puto Born to run de principio a fin. Si sabes de lo que hablo, bastará con que te refresque los títulos: Thunder road, Tenth avenue freeze-out, Night, Backstreets, Born to run, She´s the one, Meeting across the river, Jungleland. Así, de una tacada. La Capilla Sixtina de Springsteen pintada delante tuyo. Y entonces caigo en la cuenta: a estos cincuenta mil espectadores la letra LES DICE ALGO. No se limitan a cantar el estribillo y hacer coros, sino que saben quiénes son Scooter, Big Man, the Magic Rat, Terry, Wendy y Mary. Llevan treinta y cinco años con ellos y reencontrarlos es como sentir una brisa de juventud. Les sale del corazón cuando cantan “so you´re scared and you´re thinking that may be we ain´t that young anymore”, pero rápidamente se responden a sí mismos “show a little faith, there´s magic in the night…”.

 

 

El sonido es bueno, Clarence acierta con sus solos (incluso se permite amagos de baile a lo largo del concierto, no sé si quemando ya sus naves) y Bruce canta las canciones con más sentimiento, con más fuego. La trompeta hace volar Meeting across the river. El lamento final de Jungleland arranca la mayor ovación de la noche, un aplauso de puro agradecimiento. Los músicos saludan, pero sólo la banda que grabó el disco, con recuerdo a Danny Federici incluido. ¡No puedo esperar al día en que venga a cuento mencionar en una conversación que yo escuché a la E Street Band tocar íntegro Born to run en el desaparecido Giants Stadium de New Jersey!

 

Los baños están en el quinto coño, literalmente fuera del estadio, y me lleva dos canciones ir a mear y volver con una cerveza (me piden el DNI sin ninguna ironía, como si no aparentara la edad que tengo). Badlands cierra el bloque principal como en la gira Magic; a causa de la inusual estructura del concierto, las peticiones mediante pancartas tienen lugar en el bis. ¿Qué tal The E Street Shuffle y Growin´up para rematar un día perfecto? Pues ahí las tienes. Bruce recupera la tradición de contar una historia a la mitad de la segunda, y le describe a Clarence su sorpresa por un sueño que ha tenido en el que la gente se empeña en felicitarle por una edad que no tiene, sesenta. Todo el estadio rompe a cantar un “happy birthday” que culmina directamente en el estribillo de la canción, y qué buena es, joder. Qué buenas son todas.

 

 

Pero la cosa no se termina. Un castillo de fuegos artificiales explota sobre nuestras cabezas durante la presentación de la banda, y una señora hecha y derecha tiene que hacer la croqueta por el suelo para subir a bailar con Bruce durante Dancing in the dark. Éste tiene un momento de lucidez y renuncia a cargar en brazos a la mujer, ayudándola a bajar por unas escaleras. El concierto se alarga hasta las tres horas y cuarto, lo que sabría a poco si no fuera por las últimas palabras de Bruce: “see you on Friday!”.

 

VIERNES 2: DARKNESS ON THE EDGE OF TOWN

 

El jueves no hay concierto, así que matamos el tiempo viendo en Broadway una obra protagonizada por Hugh Jackman y Daniel Craig (la opinión generalizada es que Lobezno ganaría a James Bond). No soy un amante del teatro pero, claro, no es lo mismo ver a estos dos que a Gabino Diego y Jorge Sanz declamando. El viernes por la noche ya sabemos dónde vamos a estar, incluso aunque en el Beacon Theatre de Nueva York (donde los Stones dieron el concierto que Scorsese filmaría en Shine a light) actúe Jose Luis Perales. Como lo oyes. Pero Perales no compuso Darkness on the edge of town ni ha prometido tocar el disco entero de forma secuencial: es en el Giants donde hay que estar.

 

Como he dicho, no soy afortunado en el juego, así que vuelvo a quedar otra vez de los últimos en el sorteo. Bueno, me conformo con estar en el pit, no me queda otra. La noche es menos fría que la del miércoles, aunque corre el aire y la lluvia parece estar cada vez más cerca. Sea por las condiciones meteorológicas o por el castigo de hace dos noches, la garganta de Bruce suena arañada desde la primera canción, de nuevo Wrecking ball. Pero esas cuerdas vocales conocen bien a su dueño y saben que no les queda otra que aguantar, que han nacido para correr o para morir en el intento.

 

 

“Éste es un disco importante para nosotros. Esto es Darkness on the edge of town”. De nuevo, sólo puedo enumerar las canciones una a una para intentar transmitir al lector lo que significa la suma de todas ellas: Badlands, Adam raised a Cain, Something in the night, Candy´s room, Racing in the street, The promised land, Factory, Streets of fire, Prove it all night, Darkness on the edge of town. Puños en alto, vello erizado en cada solo de guitarra, lágrimas de mujeres a mi alrededor en el clímax de Racing… Bruce sabe que el disco se expresa por sí mismo, no hace falta estropearlo con presentaciones vacuas. Que hable la música. Que aúlle. Como la guitarra de Nils Lofgren durante Prove it all night: no hay nada que demostrar, Nils, eres el amo.

Creo que nunca me he notado tan falto de inspiración como hoy a la hora de describir un concierto (digamos mejor tres). Los hechos se pueden explicar, las emociones no. ¿Cómo voy a explicarte lo que se siente al oír en directo esos discos perfectos? Tienes que comprobarlo por ti mismo. Sé que no soy Cormac McCarthy ni Jim Thompson pero me defiendo con las palabras, y ni aún así soy capaz de capturar el momento.

 

 

Hechos: Waitin´ on a sunny day entra como la seda después de la oscuridad del Darkness, valga la redundancia; Bruce decide que (por tener sesenta años) no tiene por qué privarse de escalar la grada y, en efecto, trepa por ella y alterna un rato con los espectadores del primer piso; entre las peticiones complacidas están Be true, con Clarence patinando ligeramente en su entrada, y Jailhouse rock, con Roy Bittan haciendo el mismo “glissando” de piano que hace en todos los cortes de rock clásico; escuchamos Thunder road dos días seguidos, algo raro; tocan Long walk home, ensayada obsesivamente en la prueba de sonido del miércoles; Jay Weinberg ocupa el lugar de su padre en Born to run y soy incapaz de detectar si tiene o no un estilo propio en tan poco tiempo; Cadillac ranch es una estupidez genial; varios miembros de la Seeger Sessions Band suben al escenario para aumentar la algarabía en American land; Bruce no saca a nadie a bailar durante Dancing in the dark; Clarence se hace promoción mostrando a la cámara su autobiografía Big Man cuando Bruce le presenta; la lluvia nos acompaña durante todo el bis; el concierto es veinte minutos más corto que el anterior.

 

 

SÁBADO 3: BORN IN THE U.S.A.

 

A la una de la tarde, la cola para conseguir la pulsera del pit es el doble de larga que los días precedentes, y el único momento del día que llueve son los treinta minutos que pasamos en ella. Y la cosa mejora: nos quedamos ¡a cinco personas! de entrar en el sorteo de los mil primeros. Eso escuece: tres días de tres sin oler la primera fila, vaya suerte la mía. El público del sábado por la noche es un público más “llano”, anclado en la horrorosa estética de Bruce en los ochenta (pañuelos, gorras hacia atrás, camisetas blancas sin mangas), con ganas de divertirse, beber cerveza y enseñar las tetas a la cámara si hay ocasión. El público perfecto para escuchar entero Born in the U.S.A.

 

 

Si quedarse fuera del sorteo es el primer momento “hostia puta” del día, el segundo es ver a Bruce surfeando por encima de las cabezas del público, de vuelta al escenario, durante Hungry heart. Es un maestro de la locura calculada con la que ponernos en ebullición. Y cuando, después de dejarse magrear por medio estadio, grita “¡sólo estamos empezando!”, todos le creemos. Las baquetas asesinas de Max al comienzo del tema más famoso de Bruce Springsteen son el pistoletazo de salida de la fiesta. Todos los americanos gritan “¡¡boooorn in the U.S.A.!!” con convicción, al fin y al cabo, ellos no mienten; aunque tampoco se toman la molestia de escuchar el resto de la letra y comprobar que no es ninguna oda a su propio país. Después de veintitrés conciertos de Bruce, sólo he escuchado en dos ocasiones esta canción incomprendida.

 

 

En realidad, todas lo son en este disco, y es justo decir que parte de la culpa es de la propia banda. Por mucho que hables de ilusiones rotas, nostalgia del pasado, amigos que se han ido, pederastas encarcelados, insatisfacción sexual y angustia existencial, si lo haces con semejante descarga rockera, estás abocado a ser malinterpretado. Yo también quiero bailar como un rockabilly en Working on the highway, participar de la marea humana de brazos en alto en Bobby Jean y dar palmas en Glory days, ¿por qué no? En esta vida hay que divertirse de vez en cuando. Y aún queda un resquicio para la emoción al final de la cara B del disco, con My hometown: los oriundos de New Jersey comprenden bien el significado agridulce de su letra, y conmueve oírlos cantar. La luna llena sobre nuestras cabezas le añade un plus de magia.

 

 

Llega el tercer y definitivo momento “hostia puta” de la noche. Bruce recoge carteles en las primeras filas al comienzo del bis y enseña uno a la cámara: Jersey girl. Rugido. Enseña otro: Jersey girl. Doble rugido. La gente se derrite de gusto: la canción apropiada en el sitio apropiado. Y ahí estoy yo para verlo. “Sha la la la la la la”… Venga, ¿me estás diciendo que tú no llorarías un poco en mi lugar? No digo como cuando viste E.T. el extraterrestre a los cinco años, más bien manteniendo la compostura pero dejando que una o dos lágrimas rueden por tus mejillas de todos modos. Y si rematan la jugada con un Kitty´s back de trece minutos (con refuerzo de trompeta) y con el genuino Detroit medley, ¿se le puede pedir más a la vida?

 

El exceso de pirotecnia en American land hace que el campo permanezca envuelto en humo durante buena parte de la siguiente canción, Waitin´ on a sunny day. Su sorprendente aparición en el bis responde a la ausencia de temas de Born in the U.S.A., ya interpretados a mitad del repertorio. Lo cierto es que a estas alturas del partido funcionaría cualquier cosa, hasta una jota aragonesa. Pero Bruce se guarda algo mejor que eso para el cierre: el tercer Thunder road de la semana, esta vez en el lugar que merece. Grande.

 

 

No doy con las palabras para terminar este texto. Tengo una sensación de círculo cerrado que no acaba de gustarme, pero tampoco quiero ponerme melodramático. He visto a Bruce Springsteen & The E Street Band en New Jersey tocando en vivo tres de sus mejores discos. Cuando salga el DVD, estos conciertos se convertirán en legendarios. Tengo mucha suerte de haber estado allí. Y estoy agradecido por ello.

 

 Jota78

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17 comentarios

  1. Venga coño, que llevo días esperándote!

    8 octubre, 2009 en 12:21 pm

  2. Nat

    Ya era hora de que escribieses la crónica, llevo entrando toda la semana…
    Se me han puesto los pelos de punta, ojalá hubiese estado ahí. Ya me contarás con más detalle si cabe.

    8 octubre, 2009 en 8:37 pm

  3. eBrowne

    Qué buena crónica… de nuevo. Consigue que me gusten canciones que no he escuchado nunca.

    ¡Quiero ver el musical del Vengador Tóxico!

    9 octubre, 2009 en 9:08 am

  4. Ahí, ahí te he visto coño, claro que sí, me has dado una envidia de la hostia y me has erizado los pelillos de los brazos. Yo este verano estuve en NYC y alquilé un coche con colegas hasta Florida. Les obligué a pasar por Freehold, aunque sólo fuera pasar, y allí constaté la gran cantidad de concesionaros de used cars que hay por todas partes. New Jersey me pareció el lugar menos glamuroso del mundo, un lugar perfecto para que Bruce y compañía cometieran todo tipo de fechorías juveniles, incluída fundar una banda de rock sin futuro que termina convirtiéndose en una puta leyenda mundial. Te leo y recuerdo mi experiencia de este verano viendo a U2 en Dublín, y recuerdo también la sensación de círculo cerrado. Es más, ahora yo sigo sintiendo que ya no estoy nada en deuda con mi fanatismo por U2 y siento que podría no verles nunca más y no me importaría (supongo que esto se me pasará dentro de unos meses… todavía quiero mantenerme jjuvenil y estúpidamente fans unos años más). Sobre los repertorios, qué decir, como tu bien dices, el que te lee y es seguidor de Bruce ya sabe lo que significan esas canciones, ya se puede emocionar por sí mismo. Sin más, darte mi más sentida enhorabuena por este post y por haber cumplido otro sueño más. Ambos sabemos que estas son cosas con las que no se juegan, cosas que nos reconcilian con el ser humano, con nosotros mismos, con lo que hemos vidido y con lo que tenemos por delante. Bravo tío, bravo.

    9 octubre, 2009 en 6:13 pm

  5. ¡Gracias!

    10 octubre, 2009 en 5:49 pm

  6. Kate

    Fantástico! Gracias por acercarnos estas sensaciones a los que no pudimos estar allí.

    11 octubre, 2009 en 12:19 pm

  7. Germán Rojo

    Enorme. Te agradezco de corazón la reseña. Hubiera dado cualquier cosa por verlos en New Jersey ya no los 3, sino los 5, y leerte me ha permitido disfrutar una milésima parte de los conciertos Ojalá no me muera sin verle en concierto allí.

    Muchas gracias.

    12 octubre, 2009 en 12:31 am

  8. arancha

    eres un crack…

    13 octubre, 2009 en 9:24 am

  9. Diego

    …magia

    13 octubre, 2009 en 1:24 pm

  10. k

    Tu pregunta es si no habría llorado en tu lugar. Mi respuesta es que lloro en el mío, leyéndote y sabiendo que me lo he perdido.

    Gracias por la crónica.

    13 octubre, 2009 en 8:13 pm

  11. eljejefeargentino

    Los pelos como escarpias!

    16 octubre, 2009 en 6:01 pm

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