Un diario de conciertos

Leonard Cohen (Palacio de deportes, Madrid, 12/09/09)

La biografía última de Leonard Cohen es tan disparatada y cinematográfica que sólo puede ser cierta: apartado de los escenarios desde 1993, tras una gira en la que el gran follador zen afrontaba la sesentena con Rebecca de Mornay de novia y bebiendo más de la cuenta, su retiro espiritual en un monasterio sólo sirvió para que su gestora (otra antigua amante) le estafara ocho millones de dólares que nunca aparecieron. Motivación más que suficiente para que Cohen volviera a la carretera a sanear sus cuentas. Sin embargo, la gira ya va por su segundo año y los conciertos siguen pasando de las tres horas, así que parece que el hombre le ha vuelto a coger el gustillo a los aplausos. De una forma retorcida, tenemos que estar agradecidos porque la ruindad humana sea otra forma de inspiración para el arte.

 

 

Se nota en el aire cuando un concierto tiene categoría de “acontecimiento” para los espectadores que asisten a él. Los años sin discos ni giras (además de los elevados precios de las entradas) han impedido que el público de un concierto de Leonard Cohen se renueve, así que todos los espectadores en el Palacio de deportes tienen de treinta para arriba. Como el mismo Cohen cumple setenta y cinco años el sábado próximo, quién sabe si la ocasión será irrepetible, por lo que muchos músicos españoles han acudido a rendir pleitesía al anciano poeta; entre ellos Bunbury, que reconoce que uno de los pocos autógrafos que ha pedido en su vida es el de su vinilo firmado de The future (los Héroes del Silencio coincidieron con Cohen en un par de festivales a principios de los noventa).

 

 

Las entradas están agotadas, aunque hay que matizar que la pista también es de asiento reservado, con lo que su aforo se reduce a la mitad. Una exuberante acomodadora nos conduce a nuestro sitio, bastante cerca del escenario, pero también de visibilidad algo lateral. Es absurdo empeñarse en formar las filas de sillas completamente rectas, como si estuviéramos en un teatro, puesto que el foso de un palacio es bastante más ancho: lo inteligente sería que los asientos más laterales se giraran hacia el escenario para que sus ocupantes no tuvieran que retorcerse en ellos. Como se prevé un pequeño caos hasta que todos los espectadores logren encuentrar su asiento, las luces de la grada alta del Palacio permanecen encendidas durante las dos primeras canciones del concierto.

 

No hay tiempo que perder: hay muchas canciones que interpretar, ninguna de ellas precisamente corta. A las diez y cinco suben los músicos al escenario, decorado con largas telas blancas cuya iluminación dará un gran juego a lo largo del show. Toda la banda (seis músicos y tres coristas) viste traje y sombrero, igual que sus backliners, por cierto. Eso es elegancia, coño, recoger cables bien vestido. Cohen aparece sin dilación y sube al escenario ¡corriendo! No será su última demostración de energía, pues cada vez que se marche y reaparezca, lo hará dando saltitos como un alegre colegial. Viendo a Cohen, dan ganas de cumplir años y comprarse un traje y un sombrero.

 

 

El disco en directo Live in London, grabado el año pasado en, vaya, Londres, es la plantilla sobre la que se basa el repertorio de toda la gira, con leves variaciones. En esencia, es un concierto de grandes éxitos de Cohen. Poco importa la canción que estén tocando, en realidad, pues todas comparten esa cualidad de ser como un masaje en las sienes (por no decir algo más soez): si no estuviera un poco incómodo en la silla, podría quedarme plácidamente dormido. Ayuda a ello la calidad y nitidez del sonido, en el que los instrumentos y las voces están perfectamente armonizados, sin estridencias. Pero no sólo la tecnología acompaña: estos músicos tienen un talento que raya en la excelencia, por lo que escucharlos es, no se me ocurre una palabra mejor, embriagador.

 

Las dulcísimas voces del coro tienen tanto protagonismo como la del mismo Cohen; o mejor dicho, es el contraste entre su voz cavernosa y las angelicales de sus acompañantes lo que define la dinámica del concierto. Una de ellas es Sharon Robinson, co-compositora de varios de temas recientes de Cohen y, supongo, también una de sus últimas parejas, que tiene ocasión de brillar en la segunda mitad del concierto con Boogie street; las otras dos son las hermanas Webb, cuyo casting debió ser muy exigente porque, además de cantar de maravilla, ser guapas y lucir como nadie el traje chaqueta, tocan el arpa y la guitarra y son capaces de dar una voltereta en el aire al unísono. Como los coros son perennes en estos arreglos del cancionero de Cohen, las chicas se lucen a menudo durante el concierto; pero su momento es If it be your will, en la que el mismo Cohen las contempla extasiado desde una esquina del escenario.

 

 

 

Ver a Leonard Cohen sobre las tablas es como ver fluir un río: produce la misma paz. De forma consciente o no, cada vez que canta, Cohen tiende a mirar hacia arriba y a levantar las manos como si estuviera rezando; a menudo se arrodilla para subrayar esta idea. La mayor parte del tiempo permanece quieto, como ausente, pero luego le sobreviene un espasmo y se retuerce sobre sí mismo al ritmo de la música, con una agilidad sorprendente en un hombre de su edad. Está claro que sus tres horas de concierto no son las de Bruce Springsteen, pero que las aguante de pie, arrodillándose, subiendo y bajando del escenario sin aparente esfuerzo… es igual de prodigioso. Mi abuelo se quedaba dormido encima del plato a su edad. Supongo que la diferencia entre uno y otro es que a Cohen le carga de energía lo que hace, no hay más que ver su sonrisa de oreja a oreja cada vez que recibe un aplauso; por eso es tan extraño que aguantara tres lustros sin pisar los escenarios (mi abuelo, por si queréis saberlo, era más de verse el ciclo completo de El planeta de los simios en el Plus con una botella de coñac al lado, hasta quedarse frito).

 

Todo el concierto es un clímax constante, pero está claro que Ain´t no cure for love, Everybody knows, Suzanne, Hallelujah, I´m your man, Take this waltz, So long, Marianne y First we take Manhattan son las que más entusiasmo despiertan. Las ovaciones se suceden y para el bis permanecemos ya de pie, supongo que para no tener que volver a levantarnos a cada canción. Al comienzo del concierto Cohen ha dicho “no sé cuándo volveremos a vernos, así que vamos a daros todo lo que tenemos”, y doy fe de que su promesa se cumple. El recital se alarga tanto (tres horas de música y un descanso de quince minutos de por medio) que estamos a punto de perder el metro, pero nadie quiere marcharse. Se comprende: cuando se conjuran una iluminación dramática perfecta, un sonido prístino, unos músicos tan dotados con ocasiones de sobra para brillar, unas canciones tan bonitas y un intérprete tan carismático, hay que preguntarse si no se estará viendo “el concierto perfecto”. Yo no lo creo: el concierto perfecto será el de dentro de diez años, porque apuesto un brazo a que este hombre no se retira.

 

Jota78

Anuncios

3 comentarios

  1. Pingback: Despedida y cierre: ¡Nos vemos en los bares! « Si la tocas otra vez…

  2. Pingback: Iggy & The Stooges (Sala La Riviera, Madrid, 30/04/10) « Si la tocas otra vez…

  3. Pingback: Las crónicas perdidas: Leonard Cohen, Miguel Ríos « Si la tocas otra vez…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s