Un diario de conciertos

Los Secretos (Caseta de los Jardinillos, Albacete, 08/09/09)

En su año 10 d.e. (después de Enrique), Los Secretos protagonizan su enésima resurrección musical. Eso sí, con los argumentos de siempre: entre recopilatorios, homenajes, efemérides y directos, la banda ha reempacado Déjame al menos media docena de veces en los últimos trece años. Es la seña de identidad de estos Secretos del siglo XXI: el repertorio clásico de Enrique Urquijo, administrado y ejecutado con profesionalidad intachable por su hermano Álvaro. Resulta interesante el paralelismo con los Burning actuales, pues en ambos casos la heroína se llevó por delante a la figura icónica, dejando en manos del “hombre en la sombra” la responsabilidad de mantener vivo el legado del grupo. Si Álvaro Urquijo y Johnny Cifuentes no hubieran hecho de tripas corazón para seguir adelante sin sus camaradas caídos, muchos nunca hubiéramos oído en vivo Una noche sin ti u Ojos de gata.  

Yo sí tuve oportunidad de ver a Los Secretos con Enrique Urquijo y, ¿para qué mentir?, como frontman no era Mick Jagger precisamente. Lo recuerdo sobre el escenario de la sala Galileo, con los ojos cerrados y dándose palmaditas en el muslo para seguir el ritmo de la canción. Era 1997 y su Grandes éxitos acababa de descubrirnos sus canciones a aquellos que aún gastábamos pañales cuando se publicó su disco de debut. Al año siguiente volví a verlo en la misma sala con Los Problemas: me costaba entender la diferencia entre una formación y otra porque varias canciones de Los Secretos se asomaban al repertorio de Los Problemas, y otras como Desde que no nos vemos o Aunque tú no lo sepas no hubieran desentonado con los primeros. La última vez que vi en directo a Enrique Urquijo fue en febrero de 1999, en el Hard Rock Café. El concierto tuvo que aplazarse dos semanas para que Enrique se recuperara en la UCI del Hospital Clínico de una sobredosis de cocaína y heroína. Allí cumplió 39 años. En noviembre aparecería muerto en la calle Espíritu Santo de Malasaña.

 

 

Tras un periodo de luto, Álvaro reclamó su legítimo derecho a seguir adelante con el grupo. Así es como Los Secretos se convirtieron en los profesionales de la música que siempre quisieron ser, sin la incertidumbre de si el concierto se celebraría o no, y en qué condiciones. Los nuevos discos de estudio publicados (dos hasta el momento) se demostraron incapaces de hacerle sombra al cancionero atormentado de Enrique. Su hermano se resignó pronto a basar sus repertorios en dichas canciones, e incluso llegó a darles un revestimiento sinfónico algo pomposo. La belleza de los temas sigue ahí, y Álvaro los canta incluso mejor que Enrique; sólo falta la emoción intransferible con que éste los entonaba, pues se mostraba desnudo a cada estrofa. Eso se perdió en 1999.

 

 

Tres párrafos hablando de Enrique no es algo tan gratuito como parece, pues su sombra planea sobre esta gira de trigésimo aniversario de Los Secretos, mucho más incluso que la que siguió al disco-homenaje A tu lado (2000). Los conciertos de este año arrancan con Te he echado de menos, mientras una pantalla de definición bastante pobre proyecta imágenes de Enrique a espaldas de los músicos. Durante varios momentos del recital se vuelve a tirar de material de archivo para evocar la nostalgia, a la vez que el mismo Álvaro se empeña en citar a su hermano una y otra vez al presentar según qué canciones. No soy quién para decir que es un error; simplemente, a mí me lo parece. Volviendo al ejemplo de Burning, son las mismas canciones las que sirven para recordar a Pepe Risi, sin necesidad de verbalizarlo una y otra vez.

El mayor hándicap de Los Secretos en directo no es, de todos modos, la carga del pasado, sino la absoluta falta de carisma de cualquiera de los hermanos Urquijo para ser un frontman con algo de garra. Álvaro musita tan bajo sus parlamentos entre tema y tema que el técnico de sonido se ve obligado a subir el volumen de su micro para que el público entienda (más o menos) algo. Y cuando consigues entenderle, lo que dice tiene tan poca gracia que casi hubieras preferido no oirlo. Álvaro es un músico, lo lleva dentro, su preocupación no es interactuar con la audiencia ni quedar bien en las fotos, sino que su Rickenbaker suene bien. Imbuidos de la misma filosofía están el teclista Jesús Redondo y el guitarrista Ramón Arroyo, mientras la base rítmica se amolda a lo que hay, que para eso les pagan.

 

 

Cuando la acústica, el recinto y la audiencia acompañan, las canciones logran sobreponerse a sus intérpretes y el concierto vuela más alto: así ocurrió la última vez que vi a Los Secretos, hace un lustro, en el Patio del Conde Duque. Ayer, sin embargo, los elementos nunca permitieron que aflorara la magia. El sonido fue discreto; la vetusta Caseta de los Jardinillos de Albacete no es el mejor de los locales posibles para este tipo de espectáculo, con la algarabía del Recinto Ferial justo al otro lado de sus paredes; y el público, que no completó el aforo, entendió el concierto como una prolongación de las fiestas y se mostró ruidoso y distraído durante la primera hora del show.

En el segundo bis, Otra tarde fue vapuleada por la banda mientras se presentaban entre ellos e intercambiaban instrumentos y chascarrillos. Los solos de cada uno de los músicos parecieron una convención escénica de otro tiempo y, desde luego, fuera de lugar en un concierto de pop puro como éste. También hubo presentación y aplauso para los técnicos de sonido y luces, aunque yo no creo que lo merecieran: el primero resolvió la papeleta sin más, mientras el segundo dirigió potentes focos de luz blanca a los ojos de los espectadores de forma reiterada, como intentando que nos sintiéramos artistas. El remate fue una horrible versión a capella de Déjame, en la que el público cantó el estribillo y la banda hizo los coros. Hubo un momento en el que me pareció que Ramón Arroyo y yo nos mirábamos a los ojos, y ambos vimos nuestra propia vergüenza reflejada en el otro.

 

 

Los Secretos en directo calientan, pero no queman. Su cancionero es de los que se paladean mejor en el sofá de tu casa, y eso que, para ser justos, nunca han sido mejores músicos de lo que son ahora. Pero como he dicho al principio, belleza no es lo mismo que emoción. Me cae bien Álvaro Urquijo y deseo que pueda llegar a celebrar su cuadragésimo aniversario al frente de Los Secretos; pero su forma de entender la música en vivo no puede ser más opuesta a la mía.

Jota78

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4 comentarios

  1. ana

    Deseándolo estoy!

    9 septiembre, 2009 en 10:00 am

  2. Maria

    Yo vi a los Secretos hace años en Madrid en una sala (no recuerdo dónde) en la que permanecimos sentados todo el concierto, igual que si estuviésemos viendo una película…poco emocionante, la verdad. Aunque también debo decir que me hubiese gustado estar ayer en el concierto y de paso luego darme una vuelta por la feria!

    9 septiembre, 2009 en 4:50 pm

  3. Jota78

    Pido disculpas por el aumento injustificado del tamaño de letra en mitad del texto; lo he escrito en un ordenador que no es el mío y no sé qué narices ha pasado, ni como corregirlo.

    ¡Maldita tecnología!

    9 septiembre, 2009 en 10:55 pm

  4. El dvd de Las Ventas está bastante bien. Mi hermano lo compró y nos martiriza sistemáticamente en las reuniones familiares. Suena de puta madre y todo está impoluto. Pero ver a Los Secretos en vivo me da pereza, creo que precisamente por eso que cuentas, por eso de que son músicos que se empecinan en tocar perfecto todo, como en un estudio, pero no hay feelling… me ha gustado mucho este post.

    13 septiembre, 2009 en 3:48 pm

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