Un diario de conciertos

Vetusta Morla (Recinto Ferial, Aranjuez, 04/09/09)

Madrid empieza a recuperar su brío, aunque en lo que se refiere a conciertos, la capital continúa eclipsada por todas las fiestas de los pueblos de la Comunidad; así que para escuchar algo de música en directo todavía hay que tirar de coche. Sobre todo si planeas ir a Aranjuez: sin ánimo de ofender, es absurdo que sus habitantes y yo votemos en las mismas elecciones que encumbran una y otra vez a Esperanza Aguirre, como si los ribereños tuvieran algún conocimiento de lo que ocurre en el día a día de la capital, o los madrileños de las preocupaciones mundanas de Aranjuez. Pero tampoco conviene soliviantar a sus ciudadanos, porque lo primero que ves al llegar al pueblo es a una turba enfurecida portando antorchas que se dirige a Dios sabe dónde. Luego te enteras de que es una representación del motín en el que el pueblo se alzó por primera vez contra las tropas napoleónicas. Para no discutir con alguien que lleva una antorcha en la mano, me abstengo de preguntar por qué la efeméride se celebra en septiembre (cuatro meses después del 2 de mayo madrileño) en lugar de en marzo, que es cuando realmente ocurrió.

 

Los ribereños hacen las cosas a su modo, aunque su Recinto Ferial no podría ser más ortodoxo. La agresión acústica y olfativa es la acostumbrada en estos lugares, pero lo que me preocupa (mientras me como un bocata de chorizo) es lo cerca que está el escenario de las casetas y las atracciones, lo que sin duda influirá en el sonido. En cuanto a los olores, los músicos ya deben estar notando cómo la grasa que flota en el ambiente se adhiere a sus prendas, porque la humareda de las parrillas se cierne sobre las casetas de obra que sirven de camerinos. A eso huele el éxito para las bandas punteras españolas: a panceta.

 

 

Entre el público hay de todo, como siempre en los conciertos gratuitos. Pero un buen número de espectadores son verdaderos fans de Vetusta Morla, incluso unos han traído una pancarta con un corazón dibujado y “Tres Cantos” escrito en ella… Daría para mucho el tema del orgullo territorial, pero ya es trabajo de psicólogos entender por qué a la gente le hace feliz que gane el equipo de fútbol de su pueblo, o que el finalista de un reality televisivo sea de su pedanía. O que dos ciudades se peleen por determinar dónde vivió más tiempo su “hija predilecta” Penélope Cruz (verídico). Visto el panorama, si los de Tres Cantos quieren enorgullecerse del trabajo duro de Vetusta Morla, que lo hagan, claro que sí.

 

Varias canciones de David Bowie caldean el ambiente antes de que la banda suba al escenario (menos glamouroso que el del Circo Price, aparte de estar francamente alto). Hacemos tiempo tomando un mojito bastante decente en una caseta cercana, si bien la banda se deja ver sin mucha demora y el concierto empieza con Autocrítica. Ya sabemos cómo han pensado combatir el ruido de la feria: con decibelios. La distorsión le sienta como el culo a los trabajados arreglos de Vetusta Morla. Como pocos músicos tienen el privilegio de escapar del circuito de conciertos en fiestas populares, me pregunto si esto socavará con el tiempo su reputación de buen grupo de directo. Curiosamente, la voz de Pucho se escucha de forma impecable por encima de la algarabía de guitarras y percusiones dobles.

 

 

No hay nada interesante que ver sobre el escenario porque el juego de luces parece completamente aleatorio y, además, no hay un cañón frontal que permita distinguir las caras de los músicos; resignados a ello, nos alejamos de las primeras filas en busca de un lugar donde el sonido se parezca algo menos a un tenedor arañando un plato. De frente, junto a la mesa de sonido, éste se hace tolerable. El repertorio ha cambiado su orden con respecto al concierto del pasado mayo, y hasta veinte minutos después del inicio no llegan Copenhague y Un día en el mundo: argumentos incontestables que enderezan lo que se estaba torciendo. Sus estribillos permiten tomar la medida de lo que está calando la música del grupo en el “pueblo llano” (el que no pagaría por verlos, vaya). Y no hay duda: Vetusta gusta.

 

La marea sigue intensa, huracanada, dejando pobre a su versión grabada; resulta difícil apreciar Maldita dulzura con esta acústica, y Valiente ya suena como si llevara una década en el inconsciente colectivo. A los sesenta minutos, la banda se despide con una disparada Saharabbey Road: las presentaciones de los técnicos, ¡gracias!, quedan fuera de la canción. Viendo de qué buen humor se pone la gente voceando los coros de dicho tema, quizá valdría la pena guardarlo para el cierre definitivo. Pero no es grave, todavía no se han quedado sin ases en la manga: Sálvese quien pueda y Año nuevo rematan con elegancia un concierto de ochenta minutos que tiene en esta concreción su mejor virtud. Su música no parece la más adecuada para escuchar con distracciones bizarras (como los obstinados vendedores de rosas con cuernos luminosos y las “Juanis” adolescentes con minifalda yendo de un lado a otro) y limitaciones técnicas, pero al final nada de esto importa si la gente tiene hambre del grupo. Hay Vetusta para rato.

 

Jota78

 

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2 comentarios

  1. MM

    Bueno…
    Este jueves iré al de Rivas, espero encontrarme mejor ambiente que el que describes. Y que la acustica permita disfrutar de su música y sus letras.
    A ver si no me decepcionan en directo.

    7 septiembre, 2009 en 2:44 pm

  2. Las fiestas populares y los conciertos gratuitos tienen estas cosas. Para huir de los espectadores casuales, yo siempre intento adentrarme todo lo posible en el meollo de la cuestión, donde están aquellos que han ido a ver al grupo porque les mola, y así se hace más tolerable… los conciertos gratis, en cualquier caso, me flipan, jaja, sobre todo después de un año con tanto dispendio en forma de euro y entrada fea. Tiene pinta de que en Rivas la cosa fue bastante parecida a lo que describes. Estuve a punto de ir a Aranjuez, pero lo de Rivas me cuadró más. Mira, mejor, así nos repartimos el trabajo!

    13 septiembre, 2009 en 3:43 pm

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