Un diario de conciertos

U2 (Wembley Stadium, Londres, 14 y 15/08/09)

 

Dejo a Madrid sumida en un sofocante letargo y aterrizo, dos horas después, en una ciudad completamente distinta, donde el calor es la excepción y la oferta cultural no entra en coma cada agosto. La cartelera, por ejemplo, da a elegir entre los bastardos de Tarantino (una obra maestra, dicho sea de paso) o ¡Megatiburón contra Giganpulpo! (las exclamaciones son mías), con el ínclito Lorenzo Lamas; mientras que la sección musical ofrece dos oportunidades de ver a Pearl Jam en directo, una en un palacio de deportes y otra en una sala no más grande que Joy Eslava (y no olvidemos que, de haber seguido vivo, Michael Jackson estaría dando dos conciertos por semana en la ciudad).

 

Por envergadura, no obstante, las citas “importantes” del mes son las dos comparecencias de los irlandeses U2 en el estadio de Wembley. Con Bono (diría “y compañía”, pero lo cierto es que todas las filias y fobias se concentran en su rechoncha figura) me pasa como a tanta gente, me cae simpático a la vez que consigue que me rechinen los dientes a veces. Atribuir el rechazo que despierta a su trabajada imagen de samaritano aspirante al Nobel de la Paz es quedarse con una visión parcial del asunto. Antes de que Bono viajara por primera vez a África, ya era amado y detestado por igual por su mesianismo escénico y por aquella coleta que envidiaba el mismo Steven Seagal (cuyas películas compiten con las de Van Damme por el prime time televisivo británico, ¡por algo será!). Pero tampoco vamos a remontarnos a una época en la que a cualquiera podría sacársele los colores por su estilismo (esos tutús de Madonna, esas cintas en el pelo de Bruce…), y en cuanto a lo de creerse Dios sobre el escenario, nada que objetar por mi parte: que los humildes y los tímidos se queden en sus casas estudiando una oposición a profesor de conservatorio.

 

 

Luego está la música, claro: a unos les llega y a otros no. Yo empecé con mal pie, comprándome a los quince años su disco más experimental, Zooropa. Ahora soy capaz de apreciar el atrevimiento de aquella obra, que además me permitió escuchar por primera vez a Johnny Cash cantando The wanderer; pero en 1993 lo más que acertaba a pensar era “¿qué cojones es esto?” mientras, de cara a la galería, me hacía el interesante menospreciando a Sergio Dalma y Alejandro Sanz. Cuatro años después, el catastrófico Pop estuvo a punto de ser el último clavo en el ataúd de mi relación con U2, pero con el recopilatorio The best of 1980-1990 y el sólido All that you can´t leave behind me recuperaron para la causa. A día de hoy me considero un fan crítico de U2.

 

A su música siempre le ha sentado bien la desmesura, por eso sus conciertos se celebran en estadios capaces de albergar sus extravagancias arquitectónicas (la palabra escenario no les hace justicia). Bueno, por eso y por la enorme demanda de entradas, porque aquí sí hay consenso entre admiradores y detractores: un concierto de U2 es un espectáculo al que merece la pena asistir. En 2005 los vi en Barcelona y Madrid durante la gira Vértigo, en dos conciertos prácticamente idénticos. Hice doblete sabiendo que U2 son caros de ver (en todos los sentidos), y que quizá pasarían años antes de que se me presentara otra oportunidad. Cuarenta y ocho meses después, aburrimiento agostil y alojamiento gratuito mediante, me planto en Londres para otro doblete de rock megalómano de estadio sin complejos.

 

 

VIERNES 14

 

La red de metro londinense es tan caótica que hasta los propios ingleses se preguntan sin han cogido el “tubo” en la dirección correcta. Wembley no está precisamente céntrico y se comprende por qué: es un estadio colosal, imposible de encajar en un casco urbano predeterminado. Es tan enorme que parece estar a un tiro de piedra de la salida del metro, cuando en realidad hay que caminar casi un cuarto de hora hasta llegar a él. En la avenida peatonal que los separa te asaltan reventas impertinentes, bienintencionados voluntarios de ONG, vendedores de merchandising del grupo y el mareante olor a “fish and chips” de los puestos itinerantes de comida. Todos tienen algo en común: quieren tu dinero y lo quieren YA.

 

La organización, como de costumbre en Londres, es asombrosa. Las puertas se abren a la hora prevista, las cinco menos cuarto, y hay más personal trabajando en el estadio que en toda la ciudad de Albacete un sábado por la noche. Mi asiento está bien ubicado en la grada baja y tengo buena visibilidad de ese monstruoso Transformer que han dado en llamar The Claw (La Garra). El estadio en sí minimiza un poco su impacto, pero el escenario es tan inabarcable que aquellos ilusionados espectadores que intentan fotografiarse delante suyo están abocados a la decepción. Poco después de las seis aparecen los primeros teloneros, The Hours, y traen consigo una desagradable sorpresa: el sonido disparado en todas direcciones rebota en las paredes del estadio y vuelve hacia los espectadores en forma de terrorífico eco. Es una impresión familiar para aquellos que frecuentan festivales, como si el sonido procedente de un segundo escenario se confundiera con el del primero. A la cacofonía sonora se une el molesto reflejo de un sol perennemente escondido entre nubes, así que a los treinta minutos de actuación de The Hours tengo un bonito comienzo de migraña.

 

Me doy una vuelta por el anillo interior del estadio para quitarme el aturdimiento de encima. Por los pasillos constato que muchos madrileños que este año se han quedado sin concierto de U2 han aprovechado la excusa para pasar un fin de semana en Londres. De vuelta a la grada, un obeso mórbido ha ocupado el asiento contiguo al mío; por el bien de ambos, decido buscar una nueva ubicación. Para mi sorpresa, el promotor no ha vendido las tres primeras filas de la grada baja, temiendo quizá alguna queja por mala visibilidad. No es el caso, así que aprovecho para colocarme bastante más cerca del escenario (dentro de lo posible en estos aforos) y me apoltrono en mi asiento sin nadie que me moleste a mi alrededor. En esas condiciones, los segundos teloneros Elbow me resultan bastante más simpáticos que los primeros. Ayuda que su cantante sea gordito y barbudo, como un bebedor de pintas cualquiera del pub, y que el cuarteto de cuerda que les acompaña (cuatro chicas guapas) haga que sus canciones alcancen el nivel de épica imprescindible para telonear a U2. Auguro a Elbow más suerte que a Keane, que abrieron para los irlandeses hace cuatro años en Barcelona y, desde entonces, no han dado de sí tanto como prometían.

 

 

El cielo está nublado a las siete y media, y la antena que corona La Garra (tan alta que sobresale por encima del techo descapotable del estadio) se me antoja un ominoso pararrayos. Mi parte perversa desearía contemplar esa imagen, a sabiendas de que alguno de los técnicos de luces encaramados a las torretas moriría seguro con la descarga. Pero esto es Londres, así que las nubes desaparecen como llegaron, sin avisar. El estadio ya está lleno cuando a las ocho y veinte empieza a sonar Space Oditty de Bowie, una intro de lo más apropiada para este decorado tan galáctico. Y ahí están ellos: Larry Mullen Jr, Adam Clayton, The Edge y Bono, tamaño Los Pitufos al menos para mi ojo, y eso que tengo un buen asiento. Pero entonces La Garra se enciende y poco importa la distancia a la que estés; de hecho, agradeces esa visión de conjunto que los de las primeras filas de pista no tienen. Porque será excesivo y hortera, nadie lo discute, pero también un espectáculo visual como no vas a ver en otro lugar de este planeta.

 

Luego volveremos sobre la escenografía, hablemos un poco de música. Tocan Breathe, siempre la primera canción en esta gira, y caigo en la cuenta de que esos cuatro llevan nada menos que treinta años tocando juntos. Cierto que los Stones tienen toda la pinta de ir a batir la marca del medio siglo, pero no son los mismos que cuando empezaron: U2 sí lo son. Suenan de una tacada cuatro canciones del nuevo disco, el discreto No line on the horizon, lo que se me antoja pura cabezonería pero, a la vez, demuestra un coraje que Springsteen no está teniendo este año con Working on a dream, el de defender a su hijo más desvalido. Y tampoco resultan un mal precalentamiento dichas canciones. El nivel de euforia se dispara con Beatiful day y Elevation, que hacen botar a los espectadores de pista y levantarse del asiento a los de grada.

 

 

Me descubro a mí mismo contemplando el concierto con distancia, incapaz de entrar en él: como si algo no hubiera hecho “clic” dentro de mí. La sensación es horrible (y más teniendo en cuenta lo que me ha costado la entrada) y trato de mitigarla empinando el codo. Quizá no era necesaria tanta cerveza porque la siguiente canción sí que pulsa la tecla de la emoción: no podía ser de otra forma, con noventa mil gargantas cantando al unísono I still haven´t found what I´m looking for… La “operación rescate” se remata con una estupenda versión acústica de Stuck in a moment you can´t get out of. Estoy dentro, gracias a Dios. Siguen dos canciones del nuevo disco acompañadas por una astuta distracción visual: las pantallas en lo alto de La Garra se estiran hasta casi tocar el suelo, formando una insólita cota de malla de explosivos colores que provoca una lluvia de flashes de cámaras. Sospecho que ya contaban con esa reacción y nos están utilizando de alguna forma para aumentar la espectacularidad de su propia parafernalia. Bueno, es otra forma de hacerte partícipe del concierto.

 

 

Una pachanguera versión de I´ll go crazy if I don´t go crazy tonight (cómo les gustan los títulos largos, joder) consigue lo que jamás creí posible, ver a The Edge saltar y bailar. Me choca lo que la banda ha hecho con esta canción, tan transformada con respecto al disco, siendo además el single que suena ahora en las radios. La que no ha cambiado mucho es Vértigo, si exceptuamos la incapacidad de todos los presentes de pronunciar “¡catorce!” en lugar de “¡catorse!”. La enérgica Sunday bloody Sunday es un buen ejemplo de algo que noto a lo largo del concierto, que el cuarteto tiene más empuje ahora que cuando los vi por primera vez hace cuatro años; aunque no puedo pasar por alto que sólo llevan unos veinte conciertos en esta gira. Será interesante comparar cuando lleguen a Madrid el año próximo.

 

Con Walk on llega el momento más politizado del concierto, ése que los fans del grupo consideran un gesto de generosidad con el que llamar la atención sobre alguna causa justa, y sus detractores, pura demagogia para quedar bien. Yo creo que Bono hace estas cosas de corazón (los demás parecen ir arrastrados), pero entiendo que mezclar espectáculo y denuncia resulte incómodo para algunos: no sé si ayuda mucho a Burma que unos cuantos ingleses beodos se pongan entre el público esas inquietantes máscaras de Aung San Suu Kyi. Quizá el beneficio más directo lo obtengan Greenpeace o Amnistía Internacional, que logran captar más socios a las puertas de un concierto de U2 que en todo un mes en la calle. La conclusión, entonces, es que el esfuerzo merece la pena.

 

One es la joya de la corona del repertorio, aunque la tristeza que emponzoña la letra de esta canción conmueve mucho más en la soledad de tu hogar que acompañado de decenas de miles de personas, a saber por qué. En el segundo bis, Ultraviolet (light my way) es interpretada por Bono con una chaqueta-láser que le hace parecer un cruce entre El jinete eléctrico de Robert Redford y El cortador de césped de Stephen King. El micrófono cuelga de un cable y Bono se balancea de un lado a otro con él, exponiéndose a la humillación de una caída tonta. Con With or without you, una de las canciones más ramplonas del grupo, la antena de La Garra se convierte en una suerte de bola de espejos que transforma al estadio en una discoteca. Es la señal para salir disparado hacia el metro, consciente de que si espero cinco minutos más me veré atrapado en un colapso de noventa mil personas. Tengo que luchar contra mi instinto para perderme la última canción, pero las deserciones masivas a mi alrededor me convencen de estar haciendo lo correcto. Policías a caballo ponen orden para que la marea humana que empieza a formarse sea lo menos dramática posible, y un montículo de mierda de equino como no he visto jamás está a punto de arruinarme la noche. No es el caso, pero el zurullo y yo sabemos que no le faltarán oportunidades de cebarse con algún pobre desgraciado de los miles que vienen detrás.

 

SÁBADO 15

 

Si fuera una persona sarcástica (esto es un sarcasmo, para quien no me conozca), mi crónica del sábado 15 sería: “véase el viernes 14”, porque ambos conciertos fueron muy parecidos. Pero no idénticos. La segunda noche hubo cuatro o cinco cambios en el repertorio, entre ellos una acústica Stay (Faraway, so close!) que nos hizo comprender por qué Bono la considera la mejor canción de U2; por cierto que los falsetes que siempre creí suyos son de The Edge. No tuve tanta suerte como para escuchar mi canción favorita de All that you can´t leave behind, la dulcísima In a little while, que sí han interpretado en otra fechas de esta gira. En líneas generales, los dos conciertos de U2 en el estadio de Wembley resultaron indistinguibles.

 

 

La mayor diferencia para mí radicó en la perspectiva desde la que los vi. La segunda noche tenía asientos de grada alta (quinto piso, concretamente) y visibilidad limitada, pues a alguien le tiene que tocar la pata de La Garra, claro. Dichos asientos tienen un precio razonable para los tiempos que corren, menos de cuarenta euros. El manager de U2 Paul McGuinness afirmó que vender la grada completa les permitía “subvencionar” algunos asientos. El comentario es un poco cínico porque que se olvida de mencionar que hay muchos otros que superan de largo los ciento cincuenta euros; y como las entradas baratas vuelan, el socialismo practicado por U2 en esta gira jode a más gente de la que beneficia. Pero en fin, no voy a meterme en camisas de once varas, que este texto ya está quedando largo de por sí. El concepto de la gira, el de los 360º, es erróneo desde el momento en el que el escenario no se sitúa en el centro mismo del estadio, puesto que la banda continúa teniendo noción de “delante” y “detrás”. Y si estás detrás, más vale que te guste La Garra, porque a los músicos vas a verlos poco.

 

La ambivalencia que la mayoría sentimos hacia U2 sigue viva después de ver un concierto suyo: si no eres un escéptico ni un converso, disfrutarás con un show sin parangón y con el ramillete de buenas canciones que, pese a quien pese, los irlandeses tienen. Y luego te irás a tu casa y el mundo seguirá girando. Afortunadamente.

 

Jota78

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3 comentarios

  1. Hola! Los falsetes que creías de Bono fueron de Bono durante un tiempo, pero desde hace unos años es Edge quien se encarga de ellos para que la voz de nuestro querido frontman no sufra más de la cuenta, jeje. Por lo demás, tengo que decirte, de corazón, que me ha encantado este post. Como megafan de U2 cada vez menos megafan, supongo que por esas cosas de la edad, coincido contigo en un montón de cosas que comentas. Lo de I Still Havent Found en esta gira está siendo espectacular. En Bcn y Dublin fueron para mi los dos momentos más memorables de ambas actuaciones, sin lugar a dudas. Es el punto exacto en el que entras en acción, el instante en el que te das cuenta de que estás en un concierto de U2, con todo lo que eso conlleva. En Bcn estaba en pista y estuve enchufado desde el minuto cero, pero en Dublin fue justo en ese instante cuando entré en la película, porque al estar en grada (cara aunque relativamente bien ubicada…) la cosa cambia. Saludos cordiales ahora que he vuelto a mi rutina. ¿Vas a Springsteen en Giants? Creo que sí de modo que te envidio desde ya.

    3 septiembre, 2009 en 3:09 pm

  2. Pingback: Iggy & The Stooges (Sala La Riviera, Madrid, 30/04/10) « Si la tocas otra vez…

  3. Pingback: Muse (Estadio Vicente Calderón, Madrid, 16/06/10) « Si la tocas otra vez…

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