Un diario de conciertos

Bruce Springsteen & The E Street Band (Estadio San Mamés, Bilbao, 26/07/09)

¿Dónde mejor que en Bilbao para hacer una bilbainada, pues? Admito que la casualidad y las circunstancias tuvieron mucho que ver en ello, pero a la postre fui yo quien se puso el reto y lo cumplió: ver a Bruce Springsteen & The E Street Band desde la primera fila al menos una vez en la vida.

 

 

No soy esa clase de fan fatal que está dispuesto a cualquier padecimiento con tal de estar un centímetro más cerca de su ídolo: me conformo con ser uno de los cientos (en el caso de un palacio de deportes) o miles (en el de un estadio) que consiguen entrar en el pit para ver a la banda a una distancia razonable, sin tirar de pantallas. Esto implica pasarse por la mañana a conseguir la pulsera que te acredita como “elegido”, un sacrificio pequeño para las satisfacciones que da. Pero si aspiras a entrar de los primeros en el estadio, tendrás que apuntarte a la lista al menos un día antes y ratificar tu puesto presentándote a repetidos pases de lista, algunos incluso de madrugada. Jamás pensé que yo sería alguna vez uno de estos, digámoslo claro, locos.

 

Nuestro hotel estaba muy cerca del estadio y nos pasamos por allí el sábado por la tarde para ver qué ambiente había. Una vez en la puerta, nos pareció lógico apuntarnos en la lista en la que íbamos a figurar veinte horas después de todas formas, aunque al saber que los siguientes pases de lista iban a ser a las doce de la noche, las cinco de la madrugada y las nueve de la mañana se nos quitaron las ganas de insistir. Pero los números que nos asignaron (el mío, el 135, sigue marcado con tinta indeleble en el dorso de mi mano dos días después) eran lo suficientemente bajos como para empezar a fantasear con esa idealizada primera fila, así que dijimos: de perdidos, al río. A las doce de la noche estábamos de vuelta para nuestro segundo pase de lista (el primero fue a las siete, nada más apuntarnos) y comprobamos que unas diez personas se habían rajado ya, con lo que ganábamos posiciones y nos acercábamos un poco más al Shangri-La prometido. La cosa se puso difícil a las cinco de la mañana, cuando apenas se tacharon otros diez nombres de la lista: podías ver en los legañosos ojos de los restantes que todos iban a pelear ya hasta el final. Como la mayoría éramos adultos hechos y derechos, pocos nos atrevimos a mirar a la cara al anonadado conserje del hotel, que nos veía volver en manada a nuestras camas después de un paseo de media hora por la madrugada bilbaína.

 

 

En el pase de lista matinal nos hicieron además formar la cola más extravagante posible para reproducirla a la hora de la apertura de puertas. El esfuerzo sería en vano, pues la organización del concierto cambiaría el sistema justo antes del reparto de pulseras y la formación tendría que adaptarse a la nueva situación. Ya con las pulseras en nuestras muñecas, nos fuimos a comer y a dormir la siesta. A las cinco estábamos todos de vuelta para lo que creíamos una broma: un último recuento (perdida ya la cuenta de los recuentos) a la carrera y a grito pelado, para evitar que el caos se adueñara de la situación y todo el trabajo fuera en balde. Los ciento cincuenta primeros entramos a las seis de la tarde al estadio en escrupuloso orden, pero los novecientos que venían detrás optaron por un estilo más de “sálvese quien pueda”, para cabreo de muchos. Si no se produjo una desgracia en las empinadas escaleras que llevaban al césped, fue porque Dios no quiso.

 

¡Conseguido! Estamos en primera fila, a los pies del taburete que ocupará Clarence… ¡dentro de cuatro horas! A la euforia inicial le sigue el bajonazo por saber que aún falta ese sprint final antes de llegar a la meta. El sol nos castiga durante la primera media hora, pero acaba por ocultarse detrás de una grada lateral del estadio y la espera se hace soportable, Fanta en mano. Todos a nuestro alrededor son hardcore-fans que han visto a Bruce varias veces en directo en distintas ciudades europeas, así que me siento comprendido en mi locura. Sin un telonero que nos haga más llevadera la tarde, el cansancio acumulado empieza a notarse en las caras que veo a mi alrededor. Pero todo se olvida a las diez de la noche. Se apagan las luces del estadio y el primero en dejarse ver es Nils Lofgren, que toca con un acordeón ¡Desde Santurce a Bilbao! Los vascos no cantan el estribillo: lo berrean extasiados. Salen Bruce y Clarence y recuerdas el porqué de tantos esfuerzos: no hay nadie entre ellos y tú, y cuando te miran lo hacen directamente a los ojos. Es como si las cuarenta mil personas a tu espalda hubieran dejado de existir.

 

 

Con The ties that bind y Badlands estamos (más o menos) a nuestras anchas, pero la cosa cambia a la tercera canción, Hungry heart: Bruce baja del escenario para recorrer las plataformas laterales, y sus idas y venidas provocan pequeñas avalanchas humanas que hacen que sientas como propia la transpiración del recio vasco a tu derecha. La canción agita a las masas mientras Bruce se limita a azuzarnos gritando “COME ON!” después de que farfullemos cada estrofa, así que no sale una versión digna de tener en un disco pirata. Las aguas vuelven a su cauce en las primeras filas cuando Bruce regresa al escenario, pero las estrecheces se sufrirán una y otra vez durante las tres horas de concierto. Los amables vigilantes del escenario nos refrescan de cuando en cuando arrojándonos chorros de agua que rara vez llegan a la tercera fila, pues se estrellan contra la cara de algún infeliz que no ha pedido ser refrescado (también cabe la opción de pedir un vaso para beberla, pero su sabor hace dudar de su potabilidad).

 

Outlaw Pete me gusta cada vez más en directo, su melodramatismo y grandilocuencia a lo Morricone son cualidades perfectas para conciertos en estadio. Cuando lo veo calzarse su sombrero de cowboy, aprecio el talento de Bruce para la sobreactuación bien entendida (a la manera de Pacino y DeNiro en los setenta) y recuerdo qué es lo que le hace único: esa apabullante presencia física que te obliga a mirarlo todo el tiempo. Qué gran intérprete se perdió el cine americano con este hombre; seguro que su Oscar a la mejor canción por Philadelphia hubiera sido entonces uno al mejor actor. Detrás de la banda se proyectan paisajes desérticos y cielos rojos que le dan tal empaque visual a la canción que hacen de ella el primer momentazo de la noche.

 

 

Desde la primera fila también constatas que la operación de caderas de Nils salió bastante mejor que la de Clarence, pues el primero no para de moverse mientras el saxofonista acusa el dolor a cada paso. Aunque al César lo que es del César: si en mi crónica de Londres reflejé los numerosos patinazos de Clarence con su instrumento, hoy toca decir que su actuación en Bilbao fue casi impecable, solo de Jungleland incluido. De su inenarrable estilismo (túnica a lo Matrix y pelo recogido en larga cola de caballo) me abstengo de opinar. Detrás de Clarence brilla un extático Charlie Giordano, con cara de no creerse todavía la enorme suerte que tiene de estar ahí.

 

Seeds se cae del repertorio, sustituida por Murder incorporated. Aunque Johnny 99 sigue en su sitio, la “trilogía de la crisis” queda desbaratada por la inclusión de Because the night, que hoy por hoy es tan himno de masas como Hungry heart o Waitin´on a sunny day. Aparece la primera armónica de Bruce de la noche (resulta una prolongación tan natural de su mano como una raqueta en la de Federer o un ratón de ordenador en la de Enjuto Mojamuto) y con ella interpreta deliciosas versiones consecutivas de Factory y This hard land. A estas alturas ya me he dado cuenta de que los emocionados tiarrones que tengo justo detrás son más de cantar que de escuchar, y carecen del sentido de la afinación (eso no les privará de intentar emular el falsete de The river más adelante, con resultados criminales). Es una pena, porque el sonido en primera fila, para mi sorpresa, es bastante decente; pero con semejante coro a mis espaldas, hoy no es el día para disfrutar con las baladas.

 

 

Llega la hora de aceptar peticiones mediante pancartas. Como éstas se cuentan por cientos, las posibilidades de que la tuya sea siquiera considerada son mínimas, pero para que la experiencia de estar delante sea completa, hemos dibujado las nuestras pidiendo Cadillac ranch y Drive all night. Nada, como quien oye llover. Después de terminar Raise your hand de rodillas sobre el piano de Roy Bittan, Bruce ataca ¡Santa Clause is coming to town! Bueno, qué coño, ¿no es eso lo que más nos gusta de los conciertos de la E Street Band, la imprevisibilidad? Feliz Navidad a todos, pues. Le sigue Thunder road, que a mí me parece tan inadecuada para este bloque del concierto como empezar a cenar por el postre. Con lo cuidadoso que es el Boss con la progresión dramática de su espectáculo, debería darse cuenta de que dejar caer tan pronto esta joya hace que pierda parte de su brillo. La petición complacida más inesperada es Does this bus stop at 82nd street?, que jamás esperé oír en directo y que puedo pasar sin volver a escuchar; en cualquier caso, una muesca más en el revólver. La enérgica My love will not let you down antecede a la sempiterna Promised land, en la que Bruce regala su armónica a un niño que no va a olvidar fácilmente este día.

 

 

 

La banda está aún despidiéndose tras Born to run cuando Bruce vuelve a bajar a las primeras filas para coger un cartel de You never can tell. Les lleva un minuto decidir en qué clave la tocan, y el mismo Bruce irá indicando a los músicos durante la canción cuándo deben hacer su solo. El acordeón de Giordano pisa al cantante en su primera entrada, demostrando a los escépticos que los cambios de repertorio no están planeados. ¿Cómo podrían, después de un centenar y medio de temas interpretados en esta gira? La espontaneidad y la frescura compensan de largo cualquier percance instrumental, así que la gente baila encantada la canción de Chuck Berry que todos conocen por Pulp Fiction. La pronta llegada de American land hace pensar en un concierto más corto de lo habitual, lo que resultaría comprensible vista la energía sobrenatural desplegada por Bruce en San Mamés; pero le siguen Dancing in the dark, Rosalita y Twist and shout, colmando a todo el mundo con las tres horas de rock de siempre, no por esperadas menos asombrosas.

 

 

En conclusión, elegí un buen concierto para luchar por verlo desde la primera fila. Como experiencia puntual ha merecido la pena, aunque espero no adoptarlo como estilo de vida porque, la verdad, mi mermada resistencia física no alcanza para tanta privación de sueño, exposición al sol, aglomeraciones, esperas y nervios. Pero tampoco sería la primera vez que donde dije digo, digo Diego…

 

Jota78

 

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8 comentarios

  1. Germán

    Te veré en Pucela… 🙂 Gran reseña.

    28 julio, 2009 en 1:54 pm

  2. Debo confesar, no sin cierta vergüenza, que el domingo yo también di rienda suelta a la fan histérica que todos llevamos dentro… en mi caso no se trató de levantarme de madrugada para ir a pasar lista sino de no poder evitar estirar los brazos cual inspector Gadget hasta consguir tocar a Bruce en uno de sus visitas a las pasarelas… casi como una quinceañera, vamos… ya te digo yo yo que estamos locos, jajaja.

    Genial tu crónica; coincido plenamente con tus comentarios… el concierto fue tremendo. Ahora a esperar que los de Valladolid y Santiago sean parecidos en cuanto a intensidad.

    29 julio, 2009 en 6:57 pm

  3. Rock

    Pues yo lo cierto es que…debo de ser la única que se aburrió bastante…Nunca entendí esta euforia con el Bruce Srpingssteen…Igual es que prefiero los conciertos en salas pequeñas…Gente como el gran Elliott Murphy me llenan bastante más…Musicalmente hablando Bruce en directo nunca me dijo mucho…el ambiente en Bilbao estuvo precioso y el SAn Mamés daba gusto mirarlo…Bruce estuvo Chapau como show…pero ya digo que musicalmente no me llena…es mi humilde opinión..un saludo y a seguir disfrutando de la música

    2 agosto, 2009 en 5:24 pm

  4. No había leído esta crónica aposta, para evitar que me desvelaras algún pequeño detalle antes de mi cita con Bruce en Valladolid. Ahora ya puedo leerla y constatar que el setlist de Valladolid, aún notable, no fue tan bueno como otros… para mi gusto, repitió demasiadas canciones respecto a Madrid 2008 (Night, Trapped, Seven nights to rock…). Pero vamos, salvando este pequeño detalle de fan fatal, he de decir que todo salío tan bien como siempre, según lo previsto y de maravilla. Luego volveré por aquí a ver si estuviste en Valladolid, que me suena a mi que sí. Saludos y enhorabuena por ese objetivo cumplido de estar en primera fila. Yo, en Valladolid, me conformé con entrar en la valla delantera, más que suficiente para este y todos los conciertos. Aunque por una vez, nunca está de más agarrarse fuertemente a la valla de la primera fila, jeje.

    3 agosto, 2009 en 7:35 am

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