Un diario de conciertos

Lucinda Williams (Sala Joy Eslava, Madrid, 18/07/09)

En una entrevista reciente publicada en un periódico español, el bajista de los Eagles Timothy B. Schmit afirma: “creo que toda la música que se escribe en EEUU es americana y no hay por qué etiquetar como tal un género que en realidad responde a los cánones del viejo country-rock y sus aledaños”. Yo no lo habría expresado mejor, Tim: el nombrecito “americana” es una pedantería para darle una pátina de modernidad a algo que ya hacía Johnny Cash hace medio siglo, y el género es un cajon de sastre en el que caben desde The Band hasta Micah P. Hinson. Uno de sus artistas mejor considerados es la cantautora Lucinda Williams, que ha encontrado en la cincuentena el reconocimiento crítico y el éxito comercial moderado que le fueron negados en sus primeros veinte años de carrera (su primer disco data de 1979). Desde la publicación de Car wheels on a gravel road en 1998, todo han sido parabienes hacia la señora Williams, que además presume de haber hallado la estabilidad sentimental después de varias relaciones tormentosas.

 

 

Se llame como se llame, no soy un amante del género, y cada vez que pienso en country me acuerdo del enfurruñado John Belushi, obligado a cantar la sintonía de Rawhide con los Blues Brothers para un bar lleno de paletos de pura cepa. Pero lucho contra mis prejuicios porque sé que a menudo hacen que me pierda cosas buenas. Sólo tengo un disco de Lucinda, el citado Car wheels…, que me parece muy sólido pero en absoluto la obra maestra que todos dicen que es; no obstante, hay artistas que no parecen completos hasta que uno los ve en directo, y el torrente de piropos superlativos que todos los medios le brindan a la cantante de Luisiana me alentaron a desembolsar cuarenta y tres euros (urgh…) por una entrada para su concierto en Joy Eslava.

 

La calle Arenal no es precisamente rockera un sábado de julio a las ocho y media de la tarde: parejas con carrito infantil, cuadrillas de chavales, mendigos y turistas deambulan sin rumbo por ella, esquivando los últimos rayos de un sol que se resiste a ponerse. Requiere un esfuerzo darle la espalda a todo ello y cruzar voluntariamente el umbral de la puerta de la Joy para meterse en lo que se antoja como una cueva oscura. Tampoco ayudan los carteles anunciando el próximo concierto de Steve Earle (quien tocó la guitarra en el disco más famoso de Lucinda), que me traen recuerdos de su última comparecencia en esta sala, de la que salí escaldado. Mal momento para recordar que lo tuyo no es la “americana”…

 

 

La banda de acompañamiento de Lucinda Williams ya está en el escenario cuando entro, tocando su propio repertorio instrumental bajo el nombre de Buick 6. Muchos de los asistentes han entrado pronto para coger un buen sitio, señal inequívoca de que esta primera visita a España de Lucinda es un acontecimiento para ellos. Aunque el aforo está completo, el segundo anfiteatro no se abrirá hasta la hora prevista de inicio del concierto (las nueve de la noche), lo que joderá a doscientas personas que no encuentran un sitio con una visibilidad del escenario decente. Esta práctica es habitual en Joy Eslava y no acabo de entender su posible beneficio para la sala: para los espectadores, desde luego, no hay ninguno. Entre éstos reconozco varias caras familiares (los dueños de Escridiscos, que estaban en el concierto de John Fogerty el lunes; el bajista Ambite, responsable de programación de la Joy, que fue a ver a Jerry Lee Lewis el jueves…), además de algunos rockeros españoles que han declarado con frecuencia su amor por Lucinda Williams. Al final me hago un hueco en la parte alta del teatro-discoteca, desde donde contemplo la apasionada recepción del público a Lucinda cuando sale al escenario a las nueve y diez (poco antes ha sonado Johnny Cash por el hilo musical).

 

¿Veis? Siempre encuentro la manera de meterlo…

 

Las fotos promocionales engañan y Lucinda no es una atractiva rockera madurita a la manera de Chryssie Hynde. Es decir, madurita y rockera sí que es (toda una señora de tejanos prietos y botas de punta), pero atractiva, lo que se dice atractiva, no. Tampoco le hace falta: cuando pone a trabajar sus arañadas cuerdas vocales, parece que te esté metiendo la lengua en la oreja. Eso es transmitir con la voz y no lo que hacen los de OT, demonios. Su forma de cantar lo dice todo, así que Lucinda es escueta entre tema y tema, se limita a presentarlos con la frase “this song is called…” más el título en cuestión. Durante la primera mitad del show toca la guitarra acústica o deja hacer a sus músicos, que (irónicamente) brillan más como acompañamiento de Lucinda que en su presentación en solitario. La suma de Lucinda Williams más Buick 6 da como resultado un combo de gran potencia.

 

El publico aplaude extasiado todo lo que Lucinda les canta, y probablemente lo merece. El repertorio está bien ordenado para crear un crescendo de intensidad en su paso del country al rock, culminando en la primera despedida después de una enérgica versión de It´s a long way to the top de AC/DC (incluida también en su último trabajo Little honey). La gente quiere más y la banda vuelve para un bis algo rácano, que redondea a noventa el minutaje del concierto. Nada que reprochar a la interpretación de las canciones, pero en fin, esto no son las más de dos horas que la propia Lucinda prometía en su entrevista a una revista española, este mismo mes… La norteamericana “regala” un tema más a la parroquia madrileña, ya en solitario. Reaparece con una guitarra acústica y gafas para leer, y se arranca con una versión de una canción de ¡Violeta Parra! Adiós corazón amante, así se llama el tema, es abortada al cabo de unos segundos por una Lucinda visiblemente nerviosa. Lo mismo piensa que los españoles nos mostramos muy proteccionistas hacia el folclore chileno… La canción vuelve a empezar y su intérprete arranca cientos de sonrisas cómplices por su esfuerzo y su vulnerabilidad. El castellano tembloroso de Lucinda consigue conmovernos y el aplauso que le sigue es de órdago.

 

 

El propósito último de esta crónica era que otros profanos como yo leyeran en internet una opinión distinta a “Lucinda Williams es la hostia”. Pero no puedo ser tan tajante como me gustaría porque, si bien su concierto en Madrid fue corto y caro, no tengo queja de su talento: ésta es la clase de “americana” que soy capaz de disfrutar.

 

Jota78

Anuncios

Una respuesta

  1. Pingback: Despedida y cierre: ¡Nos vemos en los bares! « Si la tocas otra vez…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s