Un diario de conciertos

Jerry Lee Lewis (Escenario Puerta del Ángel, Madrid, 16/07/09)

 

Subamos la apuesta. Si hace tres días hablaba del concierto de un señor de sesenta y cuatro años que tuvo una participación decisiva en la redefinición del rock a finales de los sesenta, el gran John Fogerty, ahora toca hacerlo de otro de setenta y cuatro que ya estaba allí cuando se inventó la versión primigenia del rock and roll, el rockabilly, a mediados de los cincuenta. Segundo bombazo de la factoría Sun Records apenas un año después que Elvis Presley, Jerry Lee Lewis puso al mundo a bailar con sus salvajes “glissandos” de piano en canciones de tres minutos en las que convivían sin problemas el country y el blues, eso sí, a toda mecha. Mientras Presley insinuaba a base de caderazos una sexualidad desbocada que nunca se concretó de forma ilegal más allá de las cámaras, Jerry Lee era un chiflado peligroso al que no le importó casarse con su prima de trece años sin haberse divorciado siquiera de su primera mujer. Este disparate le hizo caer desde muy arriba después de apenas un par de discos de éxito, aunque no le obligó a pasar una temporada a la sombra como a otro contemporáneo suyo, Chuck Berry; y no insinúo que la cuestión racial tuviera algo que ver, pero lo cierto es que el bueno de Berry se limitó a corromper a una menor, no sumó a esto la bigamia y el incesto. Se comprende que las mentes bienpensantes de la época consideraran el rock and roll un peligro público.

 

 

Berry también inspiró la ocurrencia por la que Jerry Lee Lewis será recordado siempre: cabreado por tener que telonear al autor de Maybellene, Jerry Lee terminó su actuación rociando su piano con gasolina y prendiéndole fuego. Según las fuentes consultadas, al abandonar el escenario le espetaría a Berry “supera esto” o “supera esto, negro”: a mí me gusta más la segunda opción, no porque crea que el color de la piel importa, sino porque ayuda a mis propósitos literarios de dibujar al personaje más desquiciado posible. Odie o no a los negros, su caída en desgracia no impidió a Jerry Lee seguir paseando por el lado salvaje de la vida: se casó seis veces y se le murieron dos esposas; tuvo varios hijos y se le murieron otros dos (una mujer y un vástago fenecieron ahogados en una piscina, ¡joder, Jerry, tapa esa puta piscina!); fue un adicto polivalente, cambiando de drogas con el paso de los años… Con todo, el aseado retrato que dio de él la película Gran bola de fuego (1989), en la que era fácil empatizar con el risueño Dennis Quaid por querer follarse a una encantadora Winona Ryder con coletas, propició una operación rescate de la figura de Jerry Lee Lewis para mi generación que le ha servido para seguir ganándose los garbanzos en directo veinte años más.

 

 

Y en esas estamos en 2009. Para Jerry Lee, ya no cabe la opción de dejar un bonito cadáver, así que aprovecha su condición de superviviente de la generación que inventó el rock para engrandecer su leyenda. Creía que los asistentes a su concierto en los Veranos de la Villa serían en su mayoría espectadores casuales, movidos por la curiosidad y prevenidos de ir a ver un espectáculo decadente que no iría más allá de lo anecdótico. Los cínicos tendemos a creer que todos son como nosotros, pero la verdad es que aún quedan románticos en el mundo: la fila de motos Harley Davidson aparcadas a la puerta del recinto así lo probaba. Al menos un tercio de los mil quinientos asistentes (una entrada apañada, pero no lleno) eran afines a la estética rockabilly: gomina, tupés, patillas, camisas vaqueras con el paquete de tabaco metido en el brazo remangado, sombreros de cowboy, gorras de motorista, botas de “chúpame la punta”, vestidos de lunares y peinados imposibles para ellas… Había incluso un tipo que era la viva imagen de Carlos Segarra, y lo más duro de todo es que ni siquiera lo era. Ninguno había traído la chupa de cuero, y eso que la noche era más fresca que las anteriores en el Escenario Puerta del Ángel. Presenciando este improvisado casting para Grease. El musical e imbuido de su espíritu, empecé a concebir esperanzas de que el concierto fuera de verdad algo memorable. ¡Que el cinismo no ahogue al rocker que todos llevamos dentro!

A las diez menos veinte salieron al escenario los cuatro músicos que acompañan a Jerry Lee. Dos de ellos ya han cumplido los sesenta, los otros dos no estarán lejos de hacerlo. El guitarrista “joven” saludó educadamente a la audiencia (con ese acento de la América profunda que parece que esté masticando las palabras para luego escupirlas) y la banda empezó a tocar. Ni rastro de Jerry Lee: esta primera canción la cantaba el mismo guitarrista. Cuando terminó y se pusieron con otra, supusimos que The Killer estaría al caer, aunque bromeamos con la posibilidad de que cada uno de los músicos cantara una canción. Y ¿sabéis qué?… Acertamos. Durante la primera media hora, el concierto de Jerry Lee Lewis tuvo lugar sin Jerry Lee Lewis, con su banda haciendo las veces de económicos teloneros, despachando media docena de temas de country-rock agradable y fácil de ignorar. Esta práctica ya la había observado en otros septuagenarios como B.B.King o James Brown, pero tiene sus peligros: hace tres años fui a ver bailar a Barychnikov, y durante los primeros quince minutos nos clavaron una horrible videocreación del ruso haciendo tonterías en una playa, que se prolongó hasta que un espectador indignado gritó “¡esto es una estafa!”. Entonces, como si ésa fuera la señal que hubiera estado esperando, Barychnikov salió a escena y bailó lo justo para no ser abucheado.

Anoche no oí a nadie gritar “¡menudo timo!”, pero seguro que muchos lo pensaban. Jerry Lee apareció por fin a la séptima canción, y entonces la realidad nos golpeó con fuerza: el loco del tupé indomable es un anciano de paso renqueante y mala salud. Porque hasta los cínicos nos permitimos a nosotros mismos ese margen: “si José Saramago encabeza manifestaciones con ochenta y seis años y Manoel de Oliveira dirige películas con un siglo a cuestas, ¿por qué un pianista no va a estar en buena forma a sus setenta y cuatro?”. Pues está claro: porque Jerry Lee Lewis ha dilapidado su salud, y de las llamas sólo quedan las cenizas.

 

 

El sonido de su piano y su forma de cantar, más que voz, arrancaron sonrisas nostálgicas en una platea resignada a lo peor. Los dedos de Jerry Lee ya no aciertan con las notas, pero aporrean las teclas con un estilo inimitable, para lo bueno y para lo malo. Los tempos cogieron velocidad con respecto al repertorio previo de la banda y el sonido de las canciones hizo las veces de DeLorean volador para trasladarnos a todos a 1955. Entre tema y tema, Jerry Lee parecía tener ausencias, como si no recordara lo que venía a continuación: pero no era más que un truco dramático para crear suspense, antes de atacar la siguiente canción. A veces respondía a los vítores de algún espectador, mascullando en indescifrable inglés “a eso hemos venido, jovencito, a tocar rock and roll” o “no puedo tocar Great balls of fire todavía, se supone que tengo que tocarla después”. Su risa impostada y nasal recordaba a la de Elvis, y era inevitable preguntarse cómo sería un concierto de éste en la actualidad, de seguir vivo.

Tocaron Johnny B. Goode y los rockabillys bailaron con entusiasmo en las gradas, seguramente sin reparar en la ironía de la apropiación del tema-bandera de Chuck Berry, ese “negro”. Sin dilación, siguieron Great balls of fire y Whole lot of shakin´going on, para cuya última estrofa pareció reservar Jerry Lee un plus de energía y voz. La banda seguía tocando mientras The Killer se levantaba para despedirse de los espectadores. Me gustaría poder decir que, para cuando los músicos terminaron la canción (y empezaron a desenchufar sus cables ellos mismos), Jerry Lee, como Elvis, ya “había abandonado el edificio”; pero viendo la velocidad de crucero a la que se bajó del escenario, seguido a poca distancia por un asistente listo para agarrarle al vuelo si sobreviniera un tropezón, dudo que Jerry Lee hubiera llegado al camerino para cuando los espectadores nos encaminábamos ya hacia el metro.

 

 

Un dato de interés que no he mencionado es que el concierto duró ochenta minutos, lo que significa que, restando la media hora que los músicos tocaron por su cuenta, Jerry Lee Lewis estuvo bajo los focos unos cincuenta minutos. Si el precio medio de la entrada es de cincuenta euros (algo más para algunos, algo menos para otros), el cálculo es sencillo: el minuto de Jerry Lee se cotiza a un euro. Teniendo esto presente, espero que esta sea su última visita a España, lo que revalorizaría un poco dichas entradas. Creo que en esto sí podrá Jerry Lee Lewis hacerme feliz.

Jota78

Anuncios

3 comentarios

  1. Pingback: Lucinda Williams (Sala Joy Eslava, Madrid, 18/07/09) « Si la tocas otra vez…

  2. Leo esta crónica y me acuerdo de cuando vi a James Brown en La Riviera hace unos pocos años, tampoco muchos… imagino conciertos con el mismo planteamiento. El bueno de Brown llevaba una banda descomunal, incluso con un cantante que cantaba ya más que él. Mucha música, mucho funky y mucho hacerse de rogar para salir a las tablas. Luego unos cuantos paseos, un par de movimientos de cadera, mucha pose y a correr. Sales contento y sabes que has visto un pedazo de historia del siglo XX, pero también sabes que ya nada es lo que parece. En cualqueir caso, se pasa bien, jeje. Y joder, porque quien tuvo retuvo!

    Y no, no fui a ver a Jerry Lee.

    23 julio, 2009 en 2:23 pm

  3. Pingback: Bruce Springsteen & The E Street Band (Estadio José Zorrilla, Valladolid, 01/08/09) « Si la tocas otra vez…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s