Un diario de conciertos

Metallica (Palacio de deportes, Madrid, 14/07/09)

Sin paños calientes: no soy un fan de Metallica. O al menos, no soy lo que un fan de Metallica considera que debe ser un fan de Metallica. Tengo el “álbum negro”, claro, y también me compré Death magnetic por las reseñas positivas que leí y porque sabía que iba a verlos en directo meses después; pero no puedo decir que los haya escuchado mucho. Hace unos años ni siquiera sabía distinguir a Metallica de Iron Maiden (perdón por el sacrilegio, seguid leyendo, por favor). Consideraba el heavy-metal un subgénero musical, poco más que ruido para descargar de ira a las masas.

La cosa cambió para mí en 2005, cuando pude ver el asombroso documental Some kind of monster. Que esa película no fuera ni siquiera nominada al Oscar en su categoría demuestra (o más bien corrobora, después de que Roberto Benigni ganara dos) que esos premios son una puta farsa. Some kind of monster comenzó siendo un típico “making of” documental para acompañar la edición del siguiente disco de Metallica, pero acabó convirtiéndose en algo completamente diferente: un retrato tan íntimo y sincero de la desintegración de una banda que acaba resultando casi insoportable de contemplar. En este largometraje, los “dioses del metal” (como los presenta el anuncio de su videojuego de Guitar-Hero; supongo que no es más vergonzoso que autodenominarse “rey del pop”) enseñan su cara más humana: el cantante James Hetfield desaparece seis meses para rehabilitarse en Alcohólicos Anónimos, dejando en suspenso la grabación del disco; su relación de amor-odio con el baterista Lars Ulrich se hace insostenible; la banda contrata a un psicólogo para hacer terapia juntos y el médico acaba creyéndose un miembro más de Metallica con derecho a voto… Todo en el transcurso de dos largos años. Hay que maravillarse de que Hetfield, Ulrich y el guitarrista Kirk Hammett no sólo tuvieran el valor de que una cámara les hurgara en las entrañas de semejante manera, sino que además acabaran comprando el documental a su discográfica para preservar la visión de los directores. Que alguien se baje voluntariamente del pedestal es algo que no se ve todos los días, y desde entonces he aprendido a respetar a esa entidad-monstruo llamada Metallica (creo que ha quedado claro, pero insisto en ello por si acaso: Some kind of monster es una película para todo el mundo, le guste o no el heavy-metal. Así que si no la has visto, corre a comprártela o descargártela, lo que sea que hagas habitualmente).

 

 

Después de ver el documental me prometí a mí mismo ir a un concierto de Metallica por lo menos una vez en la vida. No pude cumplirlo el año pasado cuando actuaron en el Getafe Electric Festival (para cagarse, el nombrecito) porque estaba viendo a Bruce Springsteen & The E Street Band en Londres, y algunas cosas son sagradas. Pensaba que tardaría años en tener otra oportunidad, pero la publicación del nuevo disco los ha traído de vuelta apenas trece meses después. Pillé buenas entradas de grada (me faltaron pelotas para sacarlas de pista) para el primero de sus dos conciertos en el Palacio de deportes, pero no me quedó otra que revender y volver a comprar para el segundo día cuando supe que iba a perderme a John Fogerty si no lo hacía. Al final resultó una buena cosa, porque el martes tenía el estado de ánimo perfecto para ver un show de Metallica, gracias a un mal día en el trabajo que además me hizo llegar diez minutos tarde al concierto, en una carrera en taxi de veinte euros en la que casi perdemos la vida, el taxista y yo. Un día de furia (de esos que tiene a veces Michael Douglas) ideal para escuchar a Metallica.

Cuando llegas al Palacio de deportes con el espectáculo empezado no tienes la sensación de que esté pasando nada dentro. Oyes un murmullo al otro lado de la pared, quizá una línea de bajo, pero los pasillos y las barras del anillo exterior están vacíos, así que empiezas a preguntarte si no se habrá cancelado el concierto. Entonces, cuando aún estás cerrando la mochila inspeccionada por los porteros mientras tratas de no tirar la cerveza que te has pedido a toda prisa, abres una puerta y una explosión atómica te golpea. No, no es Hiroshima en 1945, son dieciocho mil personas rugiendo y agitando el puño en el aire desde absolutamente todas las direcciones del Palacio, y la locura confluye en el escenario rectangular sito en mitad de la pista. Los cientos de bafles orientados en todas direcciones escupen el sonido inconfundible de una canción de Metallica, pero por si cupieran dudas, ahí están ellos, a un tiro de piedra: las estrellas de cine de Some kind of monster hechas carne y sudor.

 

 

Mi amigo Curro sostiene que Miguel Ríos ya hizo aquello de poner el escenario en el centro de una plaza de toros en su gira de mediados de los ochenta Rock en el ruedo. Ahora lo han vuelto a poner de moda Metallica y U2, si bien los primeros llevan ocho meses girando de esta forma mientras que los irlandeses acaban de arrancar su 360º Tour (no creo que quepa hablar de plagio, porque una barbaridad como The Claw no se diseña en dos semanas). La mayor diferencia es que Metallica dan la mayoría de sus conciertos en pabellones cubiertos, con lo que son muchos más los espectadores que llegan a sentir la cercanía con el grupo. Bueno, grupo por decir algo, porque mi mayor temor hacia este diseño escenográfico estaba justificado: los músicos apenas interactúan entre ellos, obligados a repartirse para no dejar a ninguno de los cuatro lados del Palacio sin estímulo visual. Los guitarristas Hetfield y Hammett y el simpático bajista de aspecto samoano Robert Trujillo pululan de un lado a otro del escenario sin apenas encontrarse. La batería de Lars Ulrich permanece en el centro, no girando de forma imperceptible y constante como había imaginado, sino aprovechando interludios en forma de apagón para cambiar de posición y permanecer así la siguiente media hora. Los cuatro apenas se rozan durante las más de dos horas de concierto.

 

 

Y sí, la música de Metallica es ruido, glorioso ruido. Como los conversos iluminados de la Cienciología y otras religiones alternativas, no puedo más  que afirmar: “lo veo, ahora lo veo”. Es liberador gritar hasta quedarte sin aire y levantar los cuernos sin miedo a sentirte ridículo, porque todos son tus semejantes en mitad de esa vorágine. Y es fascinante contemplar el fenómeno meteorológico de ver llover a cubierto… ah, no, espera, no es agua, es el sudor condensado de dieciocho mil personas. Bueno, qué más da, ya ibas a ducharte después de que te tiraran esa cerveza por encima…

Para acentuar la impresión de cercanía entre banda y público se ha prescindido de pantallas (los de la grada alta quizá las hubieran agradecido), pero eso no significa que el espectáculo sea modesto en alardes técnicos. La iluminación es excelente y tremendamente ingeniosa para no perder comba del devenir del cuarteto por el escenario, y además, las torres de focos sobre las cabezas de los músicos cambian de posición en el aire para dejar a la vista su forma de gigantescos ataúdes (la “imagen corporativa” del precioso libreto de Death magnetic). Del suelo del escenario surgen llamaradas cuyo calor puede sentirse desde la grada, así que no sé cómo la banda se atreve a exponerse a esas temperaturas (o a una muerte bien ridícula, si alguien le da al botón en el momento inapropiado). En Seek and destroy, la última canción del repertorio, se dejan caer desde las alturas del Palacio un centenar de balones hinchables negros que la gente lucha por llevarse a casa de recuerdo: menuda imagen, un jevilote sudoroso con una sonrisa tonta en la cara porque se marcha agarrado a su balón de playa pinchado.

 

 

La sensación de comunidad que crea la música heavy se acentúa por el empeño del cantante en llamarnos a todos “la familia española de Metallica”. Desde luego, parece que los espectadores sean de la misma cuadrilla cuando cantan al unísono, con innegable acento español, el estribillo de Nothing else matters, el cierre del bloque principal del concierto. En la grada se atisba el relevo generacional del público con varios niños, de diez años o menos, embutidos en camisetitas de Metallica y haciendo los cuernos junto a sus padres. Lars Ulrich llega incluso a regar a las primeras filas escupiendo a chorro su cerveza (si estos espectadores reciben el líquido con lascivia o con asco, eso ya no lo sé). Al terminar el concierto, los cuatro músicos pasan casi diez minutos saludando a las gradas y lanzando púas de guitarra a puñados: está claro que saben cómo hacer sentir queridos a sus seguidores. Yo no llego a considerarme uno todavía (creo que hay que tener dos camisetas y un vinilo original de Master of Puppets para ello), pero el precio de esta entrada me parece dinero bien invertido. Si habrá una segunda vez, el tiempo lo dirá.

Jota78

 

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5 comentarios

  1. Hola! Tengo que agregar tu crónica a mis links, menudo despiste, jeje. Oye, de verdad que es que yo flipé con lo bien que se les ve, con el buen rollo que transmite, la camaraderia que reina en el escenario y con el público… y con lo bien que suenan, menuda fuerza y menudo empuje, madre mía. James me pareció un frontman espectacular, capaz de cargar sobre sus hombros la energia de las 16.000 personas alli reunidas. Yo soy fan relativamente entregado de Metallica, pero no tanto como de U2, Bruce, AC/DC… así qu eno iba tampoco con unas expectativas muy grandes. Quizás por eso lo disfruté tanto. bueno, por eso y por estar en el meollo más meollo que nunca, jeje. Salud!

    15 julio, 2009 en 7:39 pm

  2. chuache

    Metallica llevan usando escenarios en el centro del pabellón desde 1991 con la gira del black album.

    16 julio, 2009 en 12:22 pm

  3. Javier

    Genial!

    Sólo añadir: Metallica ya han estado haciendo algún que otro concierto con escenario en el centro desde la gira del Black Album.

    Un abrazo!!

    24 julio, 2009 en 10:44 pm

  4. Pingback: Despedida y cierre: ¡Nos vemos en los bares! « Si la tocas otra vez…

  5. Pingback: Metallica + Motorhead + Sôber (Rock in Río, Madrid, 14/06/10) « Si la tocas otra vez…

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