Un diario de conciertos

Juan Perro (Escenario Puerta del Ángel, Madrid, 10/07/09)

Estrenan nuevo escenario los Veranos de la Villa, para mi disgusto, porque el Patio del Conde Duque (ahora en obras), además de encantador, está a cinco minutos andando de mi casa. La nueva ubicación es una explanada de cemento cercana al lago de la Casa de Campo que los responsables del festival no tienen pudor en comparar con Hyde Park o Central Park en su hoja promocional, sólo porque tiene unos cuantos árboles a su alrededor. Se ha perdido la oportunidad de situar el escenario de espaldas al sky-line madrileño, con lo que la imagen del anochecer detrás de los músicos hubiera sido gloriosa. En cuanto a la grada, es una versión XXL de la que había en el Conde Duque, merecedora ya de pantallas que muestren los detalles de la actuación a las últimas filas. Sospecho que la organización se ha resistido a ponerlas porque entonces los conciertos podrían seguirse sin problemas desde fuera del recinto. Y eso sí que no, amigos: en Madrid tenemos de todo, pero pagando.

La programación de los Veranos de la Villa va dirigida a un público adulto, a veces incluso demasiado: no estaría de más incluir a algún artista mediático (que no malo) para fidelizar a una franja más juvenil de espectadores. Que a mis treinta y uno siga siendo el más joven de los presentes reconforta, pero no es buena señal. También es verdad que Santiago Auserón no pone de su parte para reciclar a su público, porque ni siquiera ha publicado un disco con las nuevas canciones que ha escrito como Juan Perro (tampoco el LP de Las Malas Lenguas salió antes de la gira). Ya sabemos que ahora el directo cuenta más que las grabaciones, que la gente no paga por la música, etc.; pero sin disco físico que comprar, muchos espectadores a los que les ha gustado lo que han visto se van a casa sin nada que escuchar, y eso es, en definitiva, una oportunidad perdida para ambos.

 

 

La propuesta actual de Juan Perro es adecuada para teatros, pero el escenario Puerta del Ángel, aunque tenga asientos, no lo es. El concierto empieza a las diez menos veinte y transcurre de día durante los siguientes cuarenta y cinco minutos, con lo que resulta muy difícil concentrarte en el escenario cuando tienes tantos estímulos visuales a tu alrededor. Tampoco es que el despliegue escénico del cuarteto de Auserón sea apabullante: distribuidos en cuatro alfombras que rara vez dejan de pisar, los músicos apenas ocupan un tercio de las tablas.

Tenía miedo de no renovar la muy grata impresión que me dejaron las nuevas canciones de Juan Perro cuando las escuché por primera vez en el auditorio de La Casa Encendida, el pasado marzo. Y aunque su impacto se diluye en un gran recinto al aire libre, sigue siendo un deleite escucharlas. Seguro que Auserón siente más cariño por sus piezas de orfebrería cubana cocinadas a fuego lento (o más bien a medio tiempo) que por liviandades de estribillo tontorrón como el que dice “no quiero viajar en una nave estelar, con los pies en la Tierra yo quiero estar”. De acuerdo, temas como Malasaña los escribe Auserón durmiendo, pero a la postre son los que más disfruta la gente, por participativos. Por cierto, que ese tema podría referirse a la revuelta popular de hace dos siglos o a la de hace dos años, cuando cargas policiales decidieron acabar con el fenómeno del botellón a porrazo limpio e indiscriminado. Como dice la canción: “Malasaña, 2 de mayo, poco importa de qué año”.

 

 

 

El bochorno y los tempos de son cubano de varias canciones consecutivas provocaron una inevitable somnolencia en buena parte de los presentes durante la primera mitad del recital. Cuando cayó la noche y Auserón empezó a marcarse algunos de sus inimitables pasos de baile, el espectáculo remontó. No más lágrimas y Charla del pescado hicieron las veces de “éxitos de bis”, aunque podías ver por sus caras que algunos espectadores aún albergaban la esperanza de oír un par de temas de Radio Futura. No procedía: Annabel Lee o La negra flor encajan mejor en las propuestas de Auserón con Las Malas Lenguas o la Original Jazz Orquesta que en un concierto de Juan Perro.

A la hora y cuarenta minutos, los cuatro músicos se despidieron por última vez (vestidos los dos blancos de negro y los dos negros de blanco) y los espectadores no remolonearon a la hora de levantar sus doloridos culos de los incómodos asientos. Yo tendré que volver a probarlos pronto, pero ésa, como decía el biógrafo de Conan, es otra historia.

Jota78

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2 comentarios

  1. Carlos

    Muy buena crónica!!
    Estuvistes en el inolvidable concierto de Fogerty? Para cuando la crónica!!!???

    14 julio, 2009 en 8:41 pm

  2. Jota78

    Gracias, Carlos. Ya tienes la de Fogerty, perdón por el retraso (el maldito trabajo).

    Un saludo

    15 julio, 2009 en 7:27 pm

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