Un diario de conciertos

Bruce Springsteen & The E Street Band (Hyde Park, Londres, 28/06/09)

Hard Rock Calling, día 2. Habiéndome perdido el día anterior a artistas como Pretenders o Ben Harper (es lo que tienen los conciertos en otros países, que hay que hacer turismo, maldita sea), estaba decidido a llegar, al menos, al recital de Dave Matthews Band. Nunca he prestado la debida atención a este músico, pero prometo enmendarme porque, después de sus setenta y cinco minutos de actuación en Hyde Park, una cosa me ha quedado clara: Dave Matthews no es el telonero de nadie. La banda del sudafricano (norteamericano de adopción) practica un jazz-rock de contagiosa alegría, y como la E Street Band, todos sus miembros tienen un peso en su sonido. El solo que se marcó el baterista mientras hacía globos con su chicle arrancó la primera gran salva de aplausos de la tarde. El sonido, impecable y potente, ayudó a que muchos de los presentes nos convirtiéramos instantáneamente en fans de la Dave Matthews Band. Volveré a hablar de ellos en este blog, seguro.

 


Pero esto como el chiste: ¿a qué estamos, a por setas o a por Rolex? Uno no coge un avión y se planta en otro país para ver hora y cuarto de Dave Matthews Band, sino tres horazas de Bruce Springsteen & The E Street Band, eso es así. El concierto de Hyde Park es en realidad el pistoletazo de salida de mi propio tour, que continuará dentro de un mes en Bilbao y Valladolid, y culminará (por triplicado) el próximo otoño en New Jersey; así que Londres es casi una primera toma de contacto. Digamos que la gira Working on a dream y yo nos estamos conociendo. Y voy a empezar poniéndole pegas: ¿por qué lleva el título de un disco del que nunca entran más de tres temas en el repertorio? (sólo dos en el caso de Londres). Espero que no sea una claudicación porque el LP en cuestión no haya encontrado el beneplácito unánime acostumbrado, la verdad, porque eso es más propio de los Stones que de la E Street Band, y yo quiero escuchar This life, Queen of the supermarket o Kingdom of days en directo al menos una vez en la vida. Lo más extraño de todo es que dos coristas se han unido al grupo en esta gira precisamente para que los temas ausentes suenen con la misma producción pop que en el disco. ¿Qué lógica tiene eso? Ninguna. La banda resultante es un híbrido entre la E Street Band de toda la vida y la Seeger Sessions Band con la que Bruce giró hace tres años (de ésta proceden el teclista Charles Giordano, la violinista Soozie Tyrell y los recién incorporados), idea reforzada por la suplencia temporal de Jay Weinberg en la batería de su padre.

Pero Max está de vuelta en esta bochornosa tarde londinense y el arranque no puede ser más apropiado: London calling, de The Clash. Los padres de familia ingleses agitan el puño en el aire como si todos hubieran sido punks de extrarradio en su juventud. ¡I live by the riiiver! Me resisto a participar del entusiasmo colectivo por no ser inglés (absurdo, ya lo sé), pero luego comprendo que nadie sobre el escenario lo es y me limito a disfrutar. Badlands es el mismo trueno al principio o al final de un concierto, y cuando Bruce grita a los músicos que se preparen para tocar Night, pienso que hay ciertas canciones que no deberían interpretarse de día (Because the night, Something in the night, Spirit in the night… creo que ya pillais la idea).


 

El sonido es más opaco y menos potente que durante el concierto de Dave Matthews, lo que me cabrea bastante porque, si tienes la mejor banda del mundo, es ridículo que no suene como tal por cuestiones técnicas. Agradezco que toquen Outlaw Pete, porque es menos estruendosa y los matices se aprecian mejor. El tema es una auténtica suite de diez minutos de duración cuya repetitiva estructura crece exponencialmente en interés en su trasvase del disco al directo. Al oír la armónica llorosa de la grabación me imaginé a Bruce tocándola en directo, pero en realidad es Clarence Clemons quien la sopla (también silba en Working on a dream y toca la flauta en American land, quizá para compensar sus frecuentes patinazos con el saxo, uno de cada cinco aproximadamente). A continuación llega la llamada “trilogía de la crisis” (Seeds, Johnny 99 y Youngstown), una constante en todos los conciertos que puede explicar por qué hay tan pocos temas nuevos en esta gira. Cuando Nils Lofgren hace su solo en la última canción, vuelve a girar espasmódicamente sobre sí mismo de una forma poco recomendable para un hombre al que le han puesto protésis en las caderas hace apenas nueve meses. Haz lo que quieras, Nils, pero te preferimos entero.

La realización de las pantallas no corre a cargo del equipo habitual de Bruce sino de la organización del festival, y se nota. A pesar de tener dos cabezas calientes (una de ellas, tocando los cojones entre el público y la banda durante buena parte del concierto) y más de una docena de cámaras desperdigadas por el recinto, muchas de las reacciones de los músicos se pierden, lo que es una desgracia con una banda que tiene tan clara la importancia de utilizar la cámara para proyectarse a los espectadores más lejanos. Para colmo, el escenario está tan alto que la empinada escalera de metal (ausente la noche anterior con Neil Young) que permite a Bruce acercarse a la primera fila está a punto de causar una tragedia. Nadie lo expresa mejor que él mismo: “Tengo sesenta putos años, ¡que alguien me traiga un puto ascensor!”.

 

 

Sesenta putos años (o casi) que ya los quisiera para mí. Dio lo mismo que al principio del concierto pareciera algo cansado (la noche anterior habían actuado en otro festival inglés, Glastonbury) e innegablemente afónico: dos horas y media después seguía allí, azuzando a las masas como si sus baterías se recargaran sobre la marcha y acabara de levantarse. No le llaman el Jefe por nada… Una intensa Racing in the street fue la única verdadera rareza del repertorio, pues las otras peticiones atendidas mediante carteles eran himnos de masas del calibre de Bobby Jean. Antes del bis, volvieron a sonar Radio Nowhere, Lonesome day y The rising, quizá las peores canciones de sus respectivos discos y en absoluto merecedoras de tanta atención, pero de una eficacia innegable. Born to run y Rosalita cerraron la primera parte del show de forma testimonial, pues nadie se movió de su puesto, quizá para no dejar solo al artrítico Clarence. Éste se sentó en un taburete para Hard times (come again no more), la más “Seeger Sessions” de todo el recital, y allí se quedó para el solo de Jungleland. Luego no tuvo más remedio que levantarse para American land, Glory days y Dancing in the dark, esa clase de bis con el que los neófitos en la E Street Band se dicen a sí mismos: “Dios mío, ¿pero cuándo va a acabar esto? Que toquen una más, por favor”.


 

El sonido fue mejorable, el repertorio no se salió de lo previsible, las dimensiones del escenario y la realización de las pantallas no ayudaron a acercar a la banda a los espectadores, Clarence Clemons patinó en su solo de Promised land, el violín de Soozie Tyrell hacía daño al oído en la introducción de Jungleland, Bruce estaba afónico, algunos temas se alargaron innecesariamente esperando a que el cantante llegara al micrófono después de un paseo por las primeras filas… Entonces, si todos somos capaces de ver los fallos, ¿por qué es imposible encontrar a una sola persona que hable mal de un concierto de Bruce Springsteen & The E Street Band? ¿Por qué nos vamos a casa con esa media sonrisa boba? ¿Qué es eso que flota en el aire, inaprensible, imposible de reflejar con palabras? No soy tan buen escritor, recomiendo que todo el mundo lo compruebe por sí mismo.

Próxima parada: San Mamés, Bilbao, 26 julio.

Jota78

 

En la gira Magic (2007-2008) escribí crónicas de conciertos de la E Street Band en París, Londres, San Sebastián, Madrid y Barcelona.

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10 comentarios

  1. eBrowne

    ¡Qué buenas crónicas!

    1 julio, 2009 en 8:59 am

  2. A mi el sonido no me pareció mejorable sino sencillamente malo, sobre todo al principio. Lo sorprendente es que el resto de las bandas sonaron, a mi juicio, mejor que Bruce. Una auténtica pena, la verdad.

    Por lo demás coincido plenamente contigo; y a pesar del mal sonido, del setlist estandar y de todas las carencias que mencionas es imposible salir decepcionado de un concierto de Bruce y la ESB.

    Eso si, también estuve el domingo pasado en Viena y el concierto fue mucho más redondo que el de Londres a pesar de que Bruce sigue teniendo la voz algo tocada.

    Mi próxima parada también será en Bilbao. Ya queda menos!!

    9 julio, 2009 en 9:35 pm

  3. Jota78

    A Viena tendría que haber ido, maldita sea: Rendezvous, Proud Mary, Growin´up… ¡Jersey Girl! Vamos, no hay color. A ver qué se guarda para España.

    10 julio, 2009 en 11:12 am

  4. Si, el de Viena puede ser uno de los mejores setlists hasta ahora… y el momento Jersey Girl es de los que no tienen precio; jamás hubiera imaginado poder escucharla en europa… y todo gracias a que una chica se quedó en sujetador para pedirla, jajajaja… seguro que si hubiera estado Patti no hubiera sido lo mismo XD.

    Confiemos que en España no se deje llevar demasiado por la fiesta y nos salga en plan Paquito el chocolatero abusando de Mary’s Place y compañía. En todo caso tendremos otras oportunidades en NJ ;-).

    12 julio, 2009 en 8:25 pm

  5. Tienes que contar el chiste de las setas y los rolex, que yo no me lo sé, jaja. ¡Ese inicio con London Calling, Badlands y Night es demoledor! Una pena que estos tipos casi nunca repitan repertorio, porque me encantaría que se marcaran esta terna en Valladolid. Por otro lado, a mi Radio nowhere me mola, me pone las pilas, y a Lonesome day siempre la he tenido mucho cariño, no sé por qué, igual que a The Rising. Y sobre los fallos… yo creo que eso es precisamente lo que hace a los conciertos algo especial. U2 en Barcelona masacró el One, incluso Bono tuvo que medio parar la canción y retomarla, mirando a Edge, con un “1, 2, 3… verse!”, pero da igual, todo dios salió contento y, eso sí, comentando que se habían equivocado y tal. Pero así es la música en vivo, espontánea y para nada perfecta y enlatada.

    16 julio, 2009 en 1:09 pm

  6. Chiste

    Dos vascos van por el bosque cogiendo setas. De pronto uno le dice al otro:

    -Hostia, Patxi, mira, un Rolex.

    Y el otro contesta cabreado:

    -¿A qué estamos, Aitor, a por setas o a por Rolex?

    16 julio, 2009 en 4:26 pm

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