Un diario de conciertos

Neil Young (Hyde Park, Londres, 27/06/09)

La culpa la tiene Jacko, claro. Yo no planeaba pasar mis dos noches londinenses en Hyde Park viendo conciertos, pero este nuevo escenario imposible al que aún estamos acostumbrándonos (un mundo sin Michael Jackson, algo que los que empezamos a tener conciencia de la realidad a principios de los ochenta nunca hemos conocido) ha resultado un enorme toque de atención: los iconos musicales pueden ser tan grandes como las montañas pero, a diferencia de éstas, no van a estar ahí para siempre. Hay una lista de nombres que tachar y mejor que lo hagamos rápido: si bien el de Bruce lo he garabateado con tanta saña que he llegado incluso a destrozar el papel, el de Neil Young seguía virgen, incólume, y eso había que solucionarlo.


 

Hard Rock Calling es un festival que, por envergadura, podría compararse a ese Rock in Río que tuvimos la suerte/desgracia de disfrutar/padecer el verano pasado en las afueras de Madrid. Con dos matices: primero, el festival londinense no contiene un bombardeo publicitario avasallador y constante que te haga pensar que en realidad no has pagado para ver un concierto, sino para que te vendan un Toyota; y segundo, la franquicia brasileña se ubica en un desangelado terruño de las afueras de Arganda del Rey, mientras que Hard Rock Calling tiene lugar en Hyde Park, en pleno corazón de Londres. Y para que no quepan dudas de en qué ciudad estás, es aconsejable llevar un sombrero para el sol y un chubasquero para la lluvia. A las seis de la tarde, oscuros nubarrones descargan un molesto aguacero y algún que otro rayo sobre la explanada donde tiene lugar el festival, mientras los paneles electrónicos te recomiendan (quizá con recochineo) que no repares en crema solar. Pero la vida en esta ciudad sigue su curso aunque se partan los cielos. Al entrar en el recinto, de todos modos, tienes la impresión de estar en una feria de ganado en Nashville: la hierba mojada, el intenso olor a comida de los puestos móviles, el trajín incesante de gente en todas direcciones, ¡las familias haciendo picnic con manta, cesta y hamacas, todos descalzos! Definitivamente, no es Rock in Río. Las distancias engañan y acercarse al escenario lleva un buen rato, pero no es misión imposible porque, atención amigos, los ingleses respetan los senderos de tierra para el tránsito y sólo ocupan las partes de hierba. Paso un minuto buscando al vigilante que impide a la gente colapsar los lugares de paso, pero al final tengo que rendirme a la evidencia: no hay nadie. Los mismos espectadores han decidido mantener el orden de una organización impecable, que te informa por las pantallas de qué puerta tienes que escoger a la salida para llegar a tu parada de metro u autobús. Cualquiera que experimentara el desalojo del Vicente Calderón el pasado 5 de junio tras el concierto de AC/DC comprenderá la utopía de la que estoy hablando.

A las ocho y cuarto, hora del concierto de Neil Young, hay cuarenta mil personas reunidas frente al escenario principal. En un estadio, la mitad de ese aforo estaría a la vista en las gradas, pero aquí es un interminable mar de cabezas cuyas dimensiones sólo podemos suponer cuando el realizador pincha un plano general en las pantallas. Las familias con mantita se han quedado atrás, a sus anchas, mientras los demás nos hacemos un hueco en los doscientos metros más cercanos al escenario; el que más, el obeso mórbido desplomado a nuestro lado que, entre la vigilia y el sueño, se fuma un cigarrito mirando al cielo durante los quince primeros minutos de concierto (más tarde, para sorpresa de todos, recuperará súbitamente las energías y se revelará como el mayor fan de Neil Young).



El rockero canadiense se deja ver con puntualidad y responde al estruendo de aprobación con un educado saludo. Va vestido con su característica informalidad (otros dirían desaliño) y aparenta la edad que tiene, sesenta y cuatro. Sin rodeos, coge la guitarra y ataca Hey, hey, my, my (into the black). La banda que lo acompaña no es, desafortunadamente, la legendaria Crazy Horse, pero huelga decir que está a la altura. Además, para los españoles es un pasatiempo divertido encontrar parecidos: el bajista es como un Carlos Raya que hubiera llevado mala vida, mientras que el guitarrista es, sin discusión, Kiko Veneno con diez años más encima. El caso es que entre todos consiguen ese paisaje sonoro tan de Neil Young: ahora que el cielo ha dado una tregua, llega otra tormenta, la sónica, la de guitarras.

El sonido es bueno, aunque desde mi posición (algo lateral) no tiene la suficiente potencia como para dejarte llevar por el vendaval de música. Se agradece que los oídos no te piten al final del concierto como sucede siempre en España, pero rompe la magia oír algunas conversaciones a tu alrededor casi tanto como la canción. El público, heterogéneo pero mayoritariamente talludito, disfruta de la música de formas distintas, unos con veneración hacia el artista y otros como parte del ambiente de la tarde en Hyde Park (ambas opciones son válidas, puesto que todos han pagado su entrada). Que no se haga de noche hasta los bises no ayuda a que la atención se concentre en el escenario, demasiado lejano además para la mayoría.

A pesar de su rictus aterrador (fruto de una parálisis del labio superior al estilo de la que luego pusiera de moda Sylvester Stallone), Neil es un tipo bastante simpático. Por esta mala costumbre del ser humano de prejuzgar por el aspecto físico, pensaba que sería tan seco como Van Morrison o Bob Dylan, a los que no arrancas más que un “thank you” por concierto; pero Neil se dirige varias veces al público con naturalidad, visiblemente cómodo sobre el escenario. Eso entre canción y canción, porque esa genuina rabia que recorre sus canciones sigue ahí, incólume e inaudita en un sexagenario. Cuando Neil ataca sus solos de guitarra se diría que entra en un trance salvaje, y si te pusieras en su camino parece capaz de arrancarte las tripas como arranca las cuerdas de su instrumento sin piedad alguna. Que alguien conserve ese fuego a esas edades (el mismo que le llevó a parir un disco entero dedicado a los desastres de la administración Bush, Living with war) te reconcilia con el ser humano: yo de mayor quiero ser Neil Young.

Algunos hits espolvoreados por el repertorio (Cinnamon girl, Heart of gold, Down by the river) hacen más ameno el concierto a aquellos que no somos eruditos de la discografía de Neil, aunque al término del mismo nos quedaremos con las ganas de escuchar Helpless, Like a hurricane, Harvest moon o From Hank to Hendrix. No pasa nada, he podido ver en los set-lists de otros días que a veces las toca y a veces no, y eso me parece genial, no repetir las mismas canciones hasta dejarlas romas: que no pierdan su significado. Y desde luego, con dos horas y cuarto de concierto de semejante intensidad, nunca diría que Neil Young en directo no vale el precio de la entrada. Una descomunal Rockin´ in the free world (ya la había escuchado en directo interpretada por Pearl Jam), con su estribillo retomado hasta ¡tres veces! una vez terminada la canción, cierra el bloque principal.



El bis está compuesto por un único tema, pero no pasa nada: es A day in the life, versión “elefante en una cacharrería”. Espera, ¿quién es ese flacucho con cara de señora mayor que sube a hacer coros con Neil? Ah, ya. Es el co-autor de la canción, ese tal Paul… Recapitulo, amigo lector, para asegurarme de que estamos viendo la misma estampa. No es Dani Martín subiendo a tocar La sangre de tu tristeza con Jaime Urrutia en el escenario de Joy Eslava, no: es el maldito Paul McCartney cantando a duo con Neil Young un tema emblemático de The Beatles en Hyde Park, Londres. Ahora sí, ¿eh? Una escena que me hubiera perdido de no ser por Jacko, así que es cierto el dicho, no hay mal que por bien no venga.


 

A dormir. Mañana, mi primer concierto E Street de 2009.

Jota78


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2 comentarios

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