Un diario de conciertos

Vetusta Morla (Teatro Circo Price, Madrid, 01/05/09)

Un año exacto ha pasado desde que los madrileños Vetusta Morla se autoeditaron Un día en el mundo, su primer disco, hartos de esperar a que una discográfica se fijara en ellos; pero estos doce meses les habrán parecido doce años, por todo lo que les ha ocurrido. Su poder de convocatoria ha crecido tanto que ya meten a cuatro mil personas pagando en la capital y, visto el entusiasmo con el que estos miles los reciben, lanzo mi órdago y afirmo que serán decenas de miles en muy pocos años. No se trata de que una multinacional quiera imponerlos: a la gente le gusta Vetusta Morla.

 

Pero Las Ventas aún puede esperar. Si hace un año sintieron como un hito llenar la sala Joy Eslava, seguro que estas dos noches en el Teatro Circo Price no las olvidan fácilmente. El nombre no engaña y el recinto es, en efecto, la fusión de un teatro y un circo: tiene la solemnidad del primero y la majestuosidad del segundo, aunque sus dimensiones asequibles hacen que a la vez parezca agradable y coqueto. Resulta un poco raro pisar la pista de tarima de madera y no sentirte incómodo por dejar caer una colilla o un vaso de plástico sobre la misma. Pero vaya, si lo alquilan con ese fin, tendrán que atenerse a las consecuencias… Todo el recinto está impecable, las azafatas se muestran menos arrogantes que los porteros de discoteca, y hasta los bocadillos de pan de chapata están bastante buenos. Como la perfección no existe, el problema del Price es la acústica: no está diseñado para un concierto de rock, y su estructura absorbe las vibraciones de tal manera que, al cabo de un rato, sientes que te están centrifugando vivo. Los técnicos de sonido, conscientes del problema, reducen el volumen de los altavoces, pero lo que no logran apagar es el entusiasmo de la gente al cantar. Uno sale de un concierto en el Teatro Circo Price tan aturdido como de una concentración motera.

 

El edificio tiene la típica estructura circense de forma circular, por lo que el único sitio donde puede colocarse el escenario (literalmente encajonado entre las gradas) es la puerta de los artistas. La tarima es quizá demasiado modesta para las dimensiones del recinto, pero no cabe la posibilidad de ensancharla ni un palmo más. Como las barras, los aseos y el puesto de merchandising están ubicados en el anillo exterior, cuando las luces se apagan dentro de la “carpa”, la oscuridad es casi total. A las nueve en punto comenzaron su actuación Havalina, que tienen una discografía más extensa que sus teloneados, pero un poco menos de suerte. Mi opinión es que están donde merecen, porque sus canciones densas y plomizas están aquejadas de todos los males endémicos del indie español. Las letras tampoco son para caerse de espaldas. Los cuarenta minutos de actuación del trío se me hicieron largos, aunque es justo reflejar que Havalina también tenían unos cuantos fans entregados que los vitoreaban desde la platea.

 

Las luces volvieron a apagarse a las diez en punto. En una pantalla al fondo del escenario se proyectó la silueta de una marioneta que hacía las veces de maestro de ceremonias. La presentación se hizo eterna por la cadencia de las palabras del vociferante muñeco (no sabía entonces que la cosa se pondría aún peor al final del concierto. Volveremos a eso luego). Las siluetas de los músicos al otro lado de la tela dispararon la aclamación general. Para cuando ocuparon su lugar en el escenario y se arrancaron con Autocrítica (también la primera canción del disco), ya tenían al público comiendo de su mano. Por cierto que la inmensa mayoría de éste está compuesto por parejas de alrededor de treinta años, igualito que en los conciertos de Coldplay… Supongo que hay una conclusión que extraer de ello, pero todavía no sé cuál.

 

Como ni Autocrítica ni el segundo tema del concierto, Rey Sol, son los más tarareables del repertorio de Vetusta Morla, los espectadores de grada dudaban si contemplar el espectáculo sentados o de pie. No fue hasta la tercera canción, la homónima Un día en el mundo, que el público despegó mayoritariamente el culo del asiento: Mírame, soy feliz, tu juego me ha dejado así… Sí, es cierto, Vetusta Morla tienen estribillos “a cascoporro”, más incluso de los que parece al escuchar el disco.

 

La cuarta canción fue la emocionante Copenhague, que en años venideros ocupará el lugar que le corresponde en la tanda de bises. Pero su ubicación actual ayudó a hacer más llevaderos los dos temas inéditos (descartes del primer disco o nuevas composiciones para el segundo, la verdad es que no lo sé) que le siguieron. Todas las canciones desconocidas que sonaron a lo largo de la noche llevan el sello inequívoco del sonido Vetusta, con sus características guitarras. Eso las hizo más tolerables para un público deseoso de cantar. Jairo Zavala (DePedro) subió a tocar en tres temas: la poética La marea, con un intenso interludio instrumental; un tema propio y otro inédito de la banda, Maldita dulzura, que apunta a hit del segundo disco. En este último sustituyó Zavala la guitarra por el acordeón.

Atención a Pucho haciendo el sonido de gaviotas:

 

Si Copenhague es la balada favorita de la mayoría, Valiente es el corte de rock más electrizante para todos. Era lógico que cerrara el bloque principal del concierto, a los setenta minutos. Aún quedaban cuarenta minutos de recital, aunque para llegar a tanto se mezcló más de lo debido el grano con la paja. Lo segundo tomó forma de excesivas pausas entre canción y canción, dos despedidas demasiado seguidas la una de la otra y, lo peor de todo, una presentación del equipo técnico de la banda a cargo de la insufrible marioneta del principio que destruyó el clímax de Saharabbey Road y casi, casi, el del concierto. Seguro que se hizo con la mejor intención de ofrecer algo único para los dos conciertos del Price, pero resultó desastroso. Hubo un momento en el que pareció que íbamos a tener que aplaudir hasta a la señora de la limpieza por su buen hacer con los retretes.

 

Cuando Vetusta Morla tengan dos discos publicados, sus conciertos serán apoteósicos. Hoy por hoy, son una sucesión de momentos fulgurantes atemperados por un exceso de canciones desconocidas para la mayoría. Los ocho años tocando en directo se notan en la seguridad con la que pisan las tablas, ahora sólo falta que terminen de acostumbrarse a jugar en primera división y entonces presenciaremos milagros. Serán muy grandes.

 

Jota78

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3 comentarios

  1. Hola! Muy buena tu crónica, eh, mucho más académica que la mía. Te confesaré que muchas veces lo que ocurre es que me canso de escribir sobre las cosas obvias, como lo buenos que son estos tipos, jeje… y por eso divago. El concierto me encantó, sobre todo Valiente, que es un corte que gana y gana con el tiempo, es un clásico total y absoluto. Copenhague, por supuesto, maravillosa también, con ese final tan tan Radiohead. A ver si enlazo tu crónica, como siempre. Venga, un saludo!

    PD: ¿el video de Copenhague es tuyo? Lo digo porque lo voy a poner yo también en mi post, porque es muy bueno.. aunque me extraña que lleves ahora cámara a los conciertos.

    2 mayo, 2009 en 6:32 pm

  2. Pingback: Vetusta Morla (Recinto Ferial, Aranjuez, 04/09/09) « Si la tocas otra vez…

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