Un diario de conciertos

Clem Snide (Sala Moby Dick, Madrid, 20/04/09)

Poco ha faltado para que inaugurara un nuevo estilo literario en este blog: la crónica haiku. No tenía muchas ganas de esforzarme en escribir uno de mis característicos tochos al comienzo de este concierto: entrando en Moby Dick apenas sesenta segundos antes de que Clem Snide empezaran a tocar, las circunstancias se pusieron en mi contra. Emparedado entre cuerpos que no dejaban pasar el aire ni atisbar el escenario, paladeando una cerveza Heineken caliente de cinco euros, visualizaba en mi cabeza una de esas descargas de bilis literaria que expulso aquí de vez en cuando. Ya había optado por una narración telegráfica de los hechos cuando la noche fue arreglándose poco a poco.

 

Siempre me divierte comprobar cómo los críticos musicales que escriben en publicaciones de renombre están obligados a fingir que saben de todo. Yo no creo que eso sea posible, porque ya lo dice el refrán: quien mucho abarca, poco aprieta. Así que no me duelen prendas en reconocer que jamás había oído hablar de Clem Snide. Si os pasa como a mí, aquí tenéis un breve resumen biográfico: se trata de un grupo de folk-rock americano, originario de Nashville y con seis discos publicados, que nunca ha tenido éxito masivo pero goza de una excelente reputación entre los entendidos del género. Esta “versión oficial” de los hechos roza casi la patraña, porque Clem Snide a duras penas puede ser considerado un grupo: ha cambiado varias veces de formación y de número, manteniéndose sólo el cantante y compositor Eef Barzelay. Aprovechando la última disolución del combo, el hombre publicó incluso dos discos en solitario. Ahora vuelve a girar bajo su nombre más popular, esta vez en formato trío. Pero vamos, a todos los efectos, Clem Snide es Eef Barzelay.

 

 

Con la sala llena a rebosar, los espectadores (treintañeros todos) tardamos dos o tres canciones en distribuirnos uniformemente a lo largo de ese tubo que, por buscarle una lógica, quizá pretenda evocar la barriga de la ballena de Herman Melville. Al final pude entrever al cantante y, sólo de vez en cuando, al bajista y el baterista. Este último era un estereotipo de película, pues no hubiera desentonado en La matanza de Texas o Las colinas tienen ojos como encargado de un área de servicio en mitad de la nada: gorra de camionero, barba larga y mondadientes, además de cara de mala hostia a la hora de atizarle con ganas a los platos. El contraste con el bajista era chocante, pues el pelo cano y el traje negro de éste le daban un aire al actual Sergio Dalma. También Eef Barzelay llevaba traje, aunque algo más claro y sin corbata, lo que le daba un aspecto desenfadado. Flaco y con gafas, el cantante parece un profesor suplente de instituto pijo. La impresión de que estos tres no tienen nada en común quizá sea cierta, pues apenas se miraron durante el concierto.

 

El líder de Clem Snide es un tipo comunicativo y locuaz, aunque no todas sus bromas sean afortunadas; pero al menos sabe tender un puente entre sus espectadores y él, a base de chapurrear idioteces en castellano y explayarse con anécdotas en inglés. Se agradece el esfuerzo. Como cantante, lo mejor que tiene Barzelay es su falta de prejuicios: no tiene miedo a utilizar el falsete, gritar o desafinar si es lo que requiere la canción. En algunos momentos me recuerda un poco a Micah P. Hinson (iba a decir que por la cercanía geográfica, pero antes de que alguien me saque los colores, reconoceré que no tengo ni la más remota idea de cuántas millas separan a Nashville de Memphis. Así que finjamos que este paréntesis no ha tenido lugar), si bien Barzelay se muestra mucho más positivo y rockero que aquel. Sus temas alternan estrofas meditativas con puras descargas de ruido: no sé cómo funcionará esa heterodoxia en los discos, pero en directo logra enganchar incluso a los que, como yo, estamos viendo el espectáculo sin ninguna idea preconcebida.

 

 

A las diez y media, cuarenta y cinco minutos después de comenzar el concierto, los tres músicos se bajaron por primera vez del escenario. Treinta segundos después, Barzelay volvía para interpretar dos temas con una guitarra acústica (entre los que intercaló un pequeño “sampler” de Man in the mirror, de Michael Jackson). La base rítmica se le uniría más tarde para completar un recital que a duras penas llegó a los ochenta y cinco minutos. Cuando ya había logrado abstraerme de las circunstancias para disfrutar de la calidad de Clem Snide, fue la cantidad lo que me dejó un sabor agridulce. De todas formas, habrá que seguirle la pista a Eef Barzelay.

 

Jota78

www.myspace.com/clemsnide

www.clemsnide.com

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