Un diario de conciertos

AC/DC (Palacio de deportes, Madrid, 02/04/09)

No soy competitivo; sencillamente, no me gusta perder. Para mí, es una derrota inaceptable que un deficiente sistema informático decida de forma aleatoria si merezco asistir a un concierto. Cuando Serviticket y El Corte Inglés me negaron el derecho a ver a AC/DC, me lo tomé como una declaración de guerra. Dio lo mismo que la banda australiana anunciara un segundo concierto para junio en el Vicente Calderón: era una cuestión de honor verlos en el Palacio de deportes. El hombre tenía que derrotar al sistema.

Con enfermiza tenacidad, cada día durante cinco meses volví a entrar en las páginas de venta de entradas, convencido de que tarde o temprano saldrían unas cuantas más sin previo aviso. Y no me equivoqué, pero en dos ocasiones se me escaparon por minutos cuando ya las rozaba con los dedos. Decidí abrir un segundo frente: la reventa. Es un campo que sólo he trabajado en contadas ocasiones, ya que me pone de mal humor comprobar cuán avaricioso puede llegar a ser el ser humano. Después de rastrear la red durante días, sopesé seriamente la posibilidad de citar en un mismo sitio a todas esas “garrapatas” que vendían bolígrafos, mecheros, sobres y clips a precios desorbitados (con el regalo adicional de una entrada) y hacer acto de presencia con un lanzallamas. No obstante, mi voluntad no flaqueó, y tres días antes del concierto encontré a alguien dispuesto a venderme cuatro entradas de pista con un razonable sobreprecio de siete euros (irónicamente, seguían siendo más baratas que las del Vicente Calderón). En definitiva, perdí la batalla pero gané la guerra.

 

Una vez tuve las entradas en mi poder, y después de acariciarlas durante un buen rato, caí en la cuenta de algo: resulta que no soy fan de AC/DC, ni siquiera tengo un disco suyo. Me sentí como Clint Eastwood la noche antes de empezar el rodaje de su primera película como director: había estado tan ocupado organizándolo todo que olvidó aprenderse el diálogo de su personaje. Yo me había tomado tantas molestias para conseguir estar en el concierto que desaproveché esos cinco meses para aprenderme la discografía de AC/DC. Por suerte, un vistazo rápido a los inamovibles repertorios de esta gira me convenció de que con los greatest hits (y un poquito de paciencia con los cinco temas del nuevo disco) estaba más que preparado para enfrentarme al show. Así que, recuento final: entradas, afirmativo; amigos, afirmativo también; muchas ganas de saltar y beber cerveza, ¡por descontado! ¡Vamos, al lío! ¡¡Nosotros somos… seres racionales… de los que toman las raciones en los bares…!!

A las ocho de la tarde, con el sol ocultándose tras los edificios, el ambiente es eléctrico en la plaza de Felipe II (habréis notado que los tiempos verbales se han trasladado al presente: es un burdo truco literario para haceros más partícipes de lo vivido. Pero funciona, ya veréis). La gente se acerca en manada al Palacio de deportes, con ese paso impaciente que delata ansiedad por ver el espectáculo. La ocasión lo merece, pues hace más de ocho años que AC/DC no actúan en Madrid. La chavalería hace botellón, los reventas se miran entre ellos con cara de desearse la muerte por lepra, la guardia urbana pasa por alto a los segundos mientras se dedica a joderle el día a los primeros. Algunas chicas llevan camisetas del grupo demasiado ceñidas al cuerpo, no queda claro si por provocar o porque su perímetro torácico ha ensanchado desde la última vez que se las pusieron. Un tipo se ha afeitado la cabeza y lleva el pelo de la nuca recortado para formar el logo de la banda; otros han preferido tatuárselo directamente en el hombro. Unos cuantos se atreven a vestir con el uniforme completo de Angus (gorra, chaquetilla, corbata y pantalones cortos, todo de pana granate); los tímidos optan por el sencillo ornamento de los cuernos luminosos. Salvo The Bon Scott Band, que actúan esta noche en una sala de Madrid (mejor no buscarle la lógica a consagrar tu carrera musical a homenajear a un grupo y luego perderte su concierto), parece que todo el mundo esté aquí.

 

En pista somos miles, pero también somos uno, sin fisuras: hombro con hombro, espalda con espalda, pie sobre pie, nadie se queja porque sabíamos a lo que veníamos. Joder, si no aguantas el calor salte de la cocina, ¿no? Pues eso. La excitación aumenta cuando se acercan las nueve y media, y se desboca cuando las luces se apagan tres minutos después: entonces comprendes que ya no eres dueño de tu destino, que serán esas miles de personas saltando a la vez quienes determinen tu siguiente movimiento. Y que el impuesto revolucionario a pagar en cada embestida es un tercio de tu mini de cerveza volando por el aire (“ahí van tres euros”, piensas). Misterios de la biología humana, el cerebro es capaz de convertir todo ese sufrimiento en gozo y plenitud.

 

La pantalla gigante proyecta un vídeo animado de un tren desbocado conducido por un Angus con cuernos y rabo rojos. Unas hermosas zagalas lamen sus cuernos como si fueran pezones, y acarician de arriba abajo su rabo como si fuera, pues eso, un rabo: poca metáfora aquí. El personal se está poniendo bruto de verdad, y todos explotan de emoción cuando la locomotora sale literalmente de la pantalla y los australianos suben al escenario. No importa que el concierto arranque con dos temas del nuevo disco que muchos nunca hemos oído: eso que sale por el impresionante racimo de bafles es el inconfundible, inimitable sonido de los AC/DC que tantas veces hemos escuchado en los bares. ¡Y están aquí! Tus pupilas están viendo a esos iconos en directo, y tu cerebro tacha otro nombre de la lista de los imprescindibles. No hay duda, son Brian Johnson y los hermanos Young, vestidos igual que las figuras de juguete que venden en la FNAC. Mierda, mañana me las compro.

 

Si los temas nuevos causan sensación, imaginaos lo que no hará Back in black. Los más entusiastas cargan a sus novias sobre sus hombros mientras los vasos de plástico, llenos o vacíos, vuelan por los aires. Todo el Palacio bota al unísono. La locomotora permanece sobre las cabezas de los músicos durante todo el concierto, a veces iluminándose, otras echando humo; pero la primera mitad del show posee una espectacularidad moderada, basada sobre todo en un potente juego de luces y en el elemento humano. Brian Johnson se cuelga de la campana en Hells bells (confieso que esto no lo vi, la primera campanada me pilló meando) y Angus hace su inenarrable striptease en The Jack (¿en qué otras circunstancias se puede ver a quince mil personas jaleando con ganas el desnudo de un hombre tan feo?).

El momento bisagra es You shook me all night long, a la hora y cuarto de concierto. A partir de ahí se dispara la locura. Una enorme muñeca hinchable vestida en ropa interior cabalga la locomotora durante Whole lotta Rosie, ¡siguiendo el ritmo de la canción con el pie! La velocidad a la que se hincha y deshincha también es asombrosa de por sí. En Let there be rock, la última antes del bis, un Angus descamisado (y sin gota de grasa) cruza la pasarela hasta una plataforma elevadora que le permite hacer su solo de guitarra en las alturas del Palacio: está claro que el hombre no tiene vértigo, porque si le flaquearan las piernas ahí arriba, la hostia podría entrar en el Guinness. De nuevo en tierra, el solo se eterniza hasta el absurdo, y el resto de la banda sólo vuelve para un último golpe de baquetas y para que el siempre risueño Johnson masculle una primera despedida. Antes de que se me olvide, y aprovechando la mención, quiero subrayar que los héroes olvidados de la noche (y de la carrera del grupo, en realidad) son los chicos de la base rítmica, aquellos que más hacen temblar las paredes del pabellón con sus instrumentos.

Angus resurge del subsuelo envuelto en llamas para Highway to hell. Si quedaba algún escéptico que hubiera contemplado el concierto con distancia crítica, ya está rendido: es como ver a los Stones tocando Satisfaction, a los Who My generation o a Bruce Springsteen Born to run. Asoman los cañones por encima de los músicos y ya sabemos todos que se acerca la salva de despedida con For those about to rock (we salute you). Da lo mismo, resulta igual de catártico gritar ¡FIRE! y que los cañonazos atruenen. Los músicos desaparecen del escenario como por arte de magia y las luces se encienden. A mi alrededor veo caras de satisfacción entre infantil y orgásmica, si es que eso es posible. Los cuerpos se despegan como pueden y volvemos a ser miles, todos bañados en cerveza y sudor. Ninguna prenda (cazadora, vaqueros, zapatillas) se salvará de pasar por la lavadora, pero ha merecido la pena.

 

Si quieres saber cómo es un concierto de AC/DC en 2009, cualquier DVD en directo de los últimos veinte años te dará una pista fiable, porque no han cambiado ni una coma del guión en ese tiempo. Tampoco subirse a la montaña rusa entraña sorpresas y, sin embargo, a todos nos encanta repetir. Así que, ¿hace falta decirlo?… ¡Nos vemos en el Calderón!

 

Jota78

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16 comentarios

  1. Muy buena tu crónica y tu b

    3 abril, 2009 en 5:40 pm

  2. Muy buena tu crónica y tu blog

    3 abril, 2009 en 5:40 pm

  3. Muy buena tu crónica y tu blog
    La mía y mi blog en http://echocord.blogspot.com
    Te linco
    Saludos

    3 abril, 2009 en 5:41 pm

  4. Creo que ha habido algún problema… Perdón

    Te decía que muy buena tu crónica y tu blog

    La mía y el mío en http://echocord.blogspot.com

    Saludos

    3 abril, 2009 en 5:42 pm

  5. eBrowne

    Umm…has conseguido que me sienta como Tom Selleck cuando rechazó el papel de Indiana Jones.

    3 abril, 2009 en 6:51 pm

  6. Yo me lo pasé como un enano. Todavía me pitan los oídos, ¿crees que debo preocuparme? Jajaja. Hoy llevo todo el día escuchando AC/DC en mi cabeza, y lo malo es que ahora me piro otra vez al Palacio a ver a Franz Ferdinand… y entre tu y yo, no me apetece demasiado, jaja. Lo de estos tíos es de otra galaxia, me encantaron. Como, siempre, te he enlazado desde mi post. Muy buena tu crónica tío. Me alegro de que al final pudieras ir. Yo también estaba en pista. Ese es el lugar idóneo para AC/DC, sin duda.

    3 abril, 2009 en 7:21 pm

  7. kaotika

    Hola, me ha gustado mucho tu crónica, sólo quiero hacer una corrección. Dices que el concierto empezó con dos temas del nuevo disco, y no es así. El segundo tema fue “Hell Ain’t a Bad Place to Be”, del disco Let there be Rock (1977), así que de nuevo tiene poquito 😉
    Me alegro de que disfrutases del concierto, es imposible estar allí y no hacerlo… También estuve en pista, y fui una de esas a las que “sus entusiastas novios cargaron a hombros”, jaja, sólo que en vez de ser un novio fue un colega.
    Un saludo!

    4 abril, 2009 en 1:31 am

  8. Jota78

    Cierto Kaotika; gracias por la aclaración. Más que un fallo de conocimiento ha sido un fallo de memoria, porque aunque no sepa ubicarla en su discografía, claro que conozco la canción. De todos modos, no descarto aprenderme todos los discos de aquí al Calderón… ¡Un saludo!

    4 abril, 2009 en 5:11 pm

  9. javier

    BRIAN JOHNSON es lo mass grade del mundo , la rompe.

    4 abril, 2009 en 7:40 pm

  10. juanma

    Qué envidia… Muy estimulante la critica del concierto, y eso que yo ya soy convencido de los AC/DC, pero me has reconvencido oye.

    14 abril, 2009 en 10:48 am

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