Un diario de conciertos

The Killers (Palacio de deportes, Madrid, 22/03/09)

Hubo un tiempo, cuando España solía quedarse fuera de las giras de las estrellas internacionales, en el que la expresión “el concierto del año” tenía algún sentido. Pero en 2009, un año en el que nos visitan AC/DC, Franz Ferdinand, Beyoncé, Lenny Kravitz, Wilco, Eagles, Madonna, Metallica, Depeche Mode, U2 o Bruce Springsteen, atreverse a decir que has visto el concierto del año es una temeridad. Para no pillarme los dedos, afirmo que el concierto de The Killers es (ha sido) el concierto del mes. De marzo, que abril será otro cantar.

 

Desde luego había ganas de verlos, pues el cuarteto de Las Vegas no se ha prodigado en nuestro país. Se arquearon muchas cejas cuando anunciaron su concierto en un aforo tan enorme como el Palacio de deportes de Madrid, pero todavía hubo más caras de perplejidad cuando todas las entradas volaron en cuestión de días. Para que un grupo sea “grande” (por el lado del exceso, la megalomanía y la desmesura, se entiende), no basta con que su discográfica lo quiera, el público tiene que dar su beneplácito. Y los veinteañeros tardíos han decidido que The Killers sean sus Depeche particulares de este siglo.

 

A las nueve menos diez (cuarenta minutos antes de la hora prevista de inicio del show) ya estaban cerrados los accesos a pista del Palacio, para evitar el colapso total. Por las caras de cabreo de la gente obligada a subir a grada, era evidente que todos habían venido a botar lo más cerca posible del escenario. Como el Palacio es un delirio de puertas y escaleras que no llevan a ninguna parte, en mi búsqueda de un baño menos masificado acabé encontrando un acceso ignorado que llevaba directamente a pista. Espero que la riada humana involuntaria que provoqué detrás mío no causara alguna muerte, pero me produjo cierta satisfacción ver las caras de felicidad de aquella gente que creía haber encontrado el camino a la tierra prometida. Después de mear, luché contra la inercia creada y volví a subir a grada. Yo soy así.

 

No lamenté mi decisión porque, visto desde arriba, parecía que el volumen de gente en pista iba a provocar que las paredes laterales cedieran por la presión. El escenario no parecía gran cosa, contemplado con las luces del pabellón encendidas: un estrecho rectángulo con pasarelas laterales, decorado con arbolitos y una “K” de metro sesenta al borde del escenario. Saltaba a la vista que no había cámaras de vídeo por ninguna parte, lo que significaba que tampoco habría proyección en las pantallas. Con dos cojones.

 

Con sólo ocho minutos de retraso (algo insignificante para este tipo de espectáculos) se plantó la banda frente a su público y el rugido de aprobación fue ensordecedor, casi como debe sonar un tsunami oído desde la arena de una playa de Malasia. Desde luego, de haber podido escucharlo, Mick Jagger o Bob Dylan se preguntarían por qué a ellos ya nunca los reciben así. Tras un breve saludo en macarrónico castellano por boca del cantante mormón, The Killers atacaron Human y, como diría la prensa del corazón del recital de una folclórica, el auditorio se vino abajo. Si lo habitual es que un sesenta por ciento de la audiencia sea participativa y el otro cuarenta se limite a observar, se comprende que la imagen de quince mil personas cantando a gritos y saltando me dejara boquiabierto.

 

Tardé un rato en apartar la vista del público y fijarme en el escenario. Los malos augurios se confirmaron y no había proyección en las pantallas, lo que a estas alturas de la vida es como para abofetear a alguien. Desde donde yo estaba, Brandon Flowers con sus hombreras emplumadas parecía un personaje sacado de Mad Max 2 (o tal vez el mismo Juez Dredd). Los otros tres Killers, ortodoxamente distribuidos a lo largo del escenario, llamaban menos la atención por su estatismo y su nula interacción; pero lo más escandaloso es que había tres músicos más (percusionista, saxofonista y segundo guitarrista) completamente ninguneados por los focos, como subrayando su condición de asalariados. Y desde luego no era fácil distinguirlos, porque el delirante panel lumínico a sus espaldas era digno de un casino de Las Vegas. Vamos, que la banda se sentiría como en casa.

 

No he escuchado Day & Age, el tercer disco de The Killers, más allá de sus radiados singles. Estaba convencido de que los momentos álgidos del show serían las canciones de Hot fuss y Sam´s town, que tengo algo más trillados; y no me equivoqué. No es que los temas nuevos funcionen mal en directo, pero puede detectarse con facilidad su llegada por el descenso del “Entusiasmómetro” del público: de “paroxismo demente” a simple “pero qué bien estamos”. Los repertorios de los tres discos están alternados de forma inteligente para que la caída nunca sea acusada. Sobre las tablas no pasa gran cosa porque, con la excepción del cantante (que salta del piano al teclado, se pasea por las pasarelas, se retuerce al ritmo de la música o hace mover los brazos a todos los presentes), el resto de la banda está ensombrecida por el delirio luminotécnico. Incluso uno de los temas lo interpretan a oscuras mientras la pantalla detrás suyo proyecta imágenes en blanco y negro: como los pianistas que ponían música a las películas mudas, hace un siglo.

 

Llega All these things that I´ve done a la hora justa de concierto, y el público se desgañita con su incomprensible estribillo: I´ve got soul, but I´m not a soldier… Brandon Flowers deja que la letanía se repita no menos de una docena de veces, antes de atacarla él mismo. El cuarteto se marcha casi sin despedirse y el griterío no cesa. Todo el concierto está transcurriendo bajo los parámetros de la más estricta profesionalidad americana. El bis lo confirma: se prolonga lo justo para que When we were young suene a la hora y media exacta de concierto, despidiendo al personal con explosión de papelinas, lluvia de chispas, llamaradas y toda la parafernalia clásica del rock de grandes aforos. Aún no se ha apagado el aplauso cuando los obreros de casco y chaleco amarillos (con aspecto de los fraguelianos “curris”, vistos desde la grada) ya están tomando el escenario para desmontarlo. Y los músicos, previsiblemente, camino ya de Las Vegas.

 

Si continúan con esta progresión, The Killers llenarán estadios europeos en muy pocos años. Dudo que lo merezcan (para ser justos, nadie merece esa clase de éxito), pero estoy seguro de que lo harán de maravilla: sus canciones suenan mejor cantadas por miles de gargantas. Eso es lo que las convierte en himnos, y a sus intérpretes en futura carne de leyenda.

 

Jota78

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5 comentarios

  1. Oye, me tienes que explicar cual es ese camino recóndito y escondido para bajar a la pista. Yo en Badalona quería bajar pero también fue imposible. Si no me hubiera tirado hasta media hora antes tomando cañas… jeje. Totalmente de acuerdo en lo de los músicos mercenarios. Yo me coloqué muy cerca del escenario, en la grada izquierda y desde allí se les veía como entre bambalinas, haciendo lo suyo en plan invisible. Para eso, casi mejor que tocaran desde debajo del escenario, como se suele decir que hacen U2 con sus enanos, jeje. Lo más destacable, como bien dices, que en este concierto no había asistentes casuales, sino miles de personas entregadas a la causa sin excepción. En realidad esto es lo que hace grandes a las bandas y lo que marca diferencias. Pero eso sí, a mi Day and Age me parece un poco bastante coñazo.

    24 marzo, 2009 en 6:38 pm

  2. Carlos

    que tal Jota78!!!
    Desde Tenerife with love, me encantan tus cometarios y blog, la verdad es que te expresas como nadie por aqui, a muchos les gustaría hacer lo que haces tan bien, que es eso, transmitir algo que no has visto, y que por medio de las palabras te llegan adentro. Vas a estar ahora en los ACDC? Barcelona-Madrid? Me refiero a los Indoors, el 31 y 2 de Abril. Para cuando esos comentarios?
    Un abrazo de un fan tuyo

    28 marzo, 2009 en 2:41 pm

  3. Jota78

    Muchas gracias, Carlos. Aunque este blog sea simplemente un hobby, es agradable que alguien lo disfrute, y más si aprecia la subjetividad del mismo (para los hechos objetivos ya hay suficientes revistas).

    Pues mira, la verdad es que no tengo entradas para el jueves en el Palacio de deportes, pero sí tiempo y algo de dinero, así que… ¡nunca se sabe! Con este caracter caprichoso mío, no llevo nada bien perderme conciertazos, aunque vaya a verlos igual en dos meses…

    Gracias por leerme. ¡Un saludo!

    28 marzo, 2009 en 4:15 pm

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