Un diario de conciertos

Diamond Dogs (Sala El Sol, Madrid, 26/02/09)

En Boogie Nights, ese fresco sobre el auge y caída del porno americano dirigido con maestría por Paul T. Anderson (no confundir con Paul W. Anderson, el perpetrador de Resident Evil o Alien vs. Predator), el personaje interpretado por Don Cheadle estaba obsesionado con la estética y los sonidos del country. Esto despertaba cierta animadversión a su alrededor porque, supuestamente, al tipo no tenía por qué gustarle ese estilo musical: era negro. Con seguridad, las mismas caras de estupor se encontraron los Diamond Dogs cuando decidieron montar una banda cuyas señas de identidad podrían resumirse en esta frase: “Rod Stewart al frente de los Stones en los setenta”. Algún aguafiestas amargado no resistiría la tentación de recordarles que ya no estaban en la época de Exile on Main Street sino a principios de los noventa, y que ellos no eran británicos molones sino suecos (molones, pero suecos al fin y al cabo). Pero demonios, a un romántico no hay quien lo detenga, y más si hace pandilla con otros como él. Los Diamond Dogs se empeñaron en que unas coordenadas geográficas y temporales mal ajustadas no iban a aguarles la fiesta, y en esas siguen, casi dos décadas después.

 

Negacionistas, pues, del cambio climático en el panorama musical de nuestro tiempo, el combo nórdico continúa apuntalando esa burbuja que les proteja de los azotes del mundo exterior. O de la realidad, incluso. Para otros con una carrera tan longeva como la suya, desplazarse hasta Madrid para tocar en El Sol para doscientas y pico personas (buena entrada, pero no lleno) sería motivo de amargura y replanteamiento vital. Estos perros, sin embargo, muerden con ganas desde el momento en el que pisan el escenario, y apenas dan tregua durante la hora y media que permanecen sobre él. Como he dicho a menudo en este blog, adoro a esa clase de rockeros incombustibles (Elliott Murphy, Jesse Malin) a los que la certeza de gozar de un éxito mucho menor del que merecen no les amarga la noche, y que salen siempre a rendir al público, sean treinta o treinta mil, sean fanáticos o neófitos. Los Diamond Dogs son de esa raza, de los que mueren peleando. Y da gloria verlos.

 

Su actuación empezó casi de improviso, veinticinco minutos antes de lo indicado en la entrada (que era bien tarde, a las doce y cuarto de la madrugada). Una de las características de la banda es que todos tocan prácticamente todo el tiempo, y se hacen oír. Algunos espectadores no podían ver al teclista (a pesar de ser un calvo bien recio al estilo de La Cosa de los 4 Fantásticos) porque éste tocaba sentado en un taburete, con el teclado apoyado en su regazo; pero a buen seguro podían oírlo, porque sus notas se clavaban en el cerebro como astillas. El volumen era brutal. A pesar de ello, misteriosamente, todos los instrumentos se distinguían sin problemas, como ese saxo omnipresente cuyo sonido me recordó, a saber por qué, al de Meat Loaf en Hot Patootie (su descacharrante aparición en The Rocky Horror Picture Show).

 

Si no puedes con tu enemigo, únete a él. Eso debió pensar hace años el frontman de esta banda: “si soy clavado a Rod Stewart, mejor será que forme parte de un combo de rock setentero”. Hay que señalar que el parecido es con el Rod bueno, el que no daba vergüenza ajena; no ese crooner ajado que actúa en “Marinador” por trescientos euros la entrada (incluye champán y apretón de manos del mismo Rod). El cantante de Diamond Dogs escupe fuego por la boca, y aunque su garganta no llega tan lejos como la de otros, lo suple con un entusiasmo de difícil parangón. El reconocimiento implícito del parecido llega en el bis con la versión de Maggie May, que suena más ruidosa y peleona que la adaptación al castellano que la hizo tan popular en nuestro país hace ocho años, la de M-Clan.

 

El único momento en el que el cantante abandona el escenario es justo a la mitad del concierto, durante la interpretación del otro cover de la noche, el Like a rolling stone versión Stripped de los Stones. Los guitarristas toman entonces el micrófono y resuelven con solvencia la papeleta. A pesar de que su cantante pisa fuerte, todos en el grupo reclaman (y consiguen) su parcela de reconocimiento, y por eso es tan interesante verlos juntos sobre las tablas.

 

Con una sonrisa en los labios y los oídos sangrando, salimos de El Sol pensando ya en el próximo concierto de Diamond Dogs. A las cinco de la mañana todavía deambulaban los suecos por los bares de Madrid (habiendo tocado el día anterior en Barcelona y con otro concierto al día siguiente en Valladolid), por lo que resulta doblemente asombroso que cada noche conserven ese empuje: el que hace que algún que otro espectador se pregunte si no estará viendo el mejor concierto de su vida.

 

Jota78

www.myspace.com/diamonddogssweden

Anuncios

2 comentarios

  1. A estos también les he visto en directo y me encantaron. Fue en la sala Aqualung hace unas primaveras. Como bien dices, los tipos son jodidamente incombustibles. Poco después les vi en la sala El Sol, un viernes loco de esos, y lo cierto es que me habría encantado irme de cervezas después del show con ellos, porque tienen pinta de juntar tanta energía entre todos, que pueden protagonizar noches sin fin! Estos tipos, como tantos otros, son unos grandes infravalorados. ¡Injusticia! ¡Venganza!

    18 marzo, 2009 en 6:50 pm

  2. Pingback: Despedida y cierre: ¡Nos vemos en los bares! « Si la tocas otra vez…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s