Un diario de conciertos

Hugh Cornwell + Loquillo (Sala El Sol, Madrid, 12/01/09)

El Sol abrió sus puertas en 1979, y este mes de enero celebra su trigésimo aniversario con varios conciertos, mayoritariamente de artistas y grupos nacionales. El vigésimo quinto aniversario fue bastante más espléndido, pues se prolongó dos meses, los conciertos eran gratuitos y el cartel más espectacular; pero aún así hay recitales interesantes en la nueva efeméride, como el doblete formado por el británico Hugh Cornwell y el catalán Loquillo. Y a precio razonable, además.

 

Sigue sosteniendo Loquillo que Tiempos asesinos (1996) es uno de sus discos con Trogloditas más fallidos, pues varios músicos de estudio tocaron en él (el baterista Jordi Vila seguía de baja) y la producción se cargó las guitarras de Ricard Puigdomenech. No tengo un oído tan educado como para detectar lo anterior, para mí suena perfecto; pero sobre todo, está repleto de canciones soberbias (Ciudad muerta, Compañeros de viaje, Treinta y tantos, El parque de Cervantes, etc) y además, grabarlo en Inglaterra facilitó la colaboración de Hugh Cornwell en Ya no hay héroes, la adaptación al castellano de uno de sus himnos con The Stranglers, No more heroes. Su dueto en macarrónico castellano con Loquillo nos hizo preguntarnos a algunos si Cornwell no era en realidad moscovita, sobre todo cuando cantaba aquello de “murrió con un piolet entrre los ojos”.

 

Así que alguna ligazón tienen estos dos artistas, aparte de que algunos temas de la etapa más punk-rock de Trogloditas beben indudablemente de las bases rítmicas de The Stranglers. Pero sólo uno de cada cincuenta espectadores (de los trescientos que caben en la sala) estaba allí por Hugh Cornwell. El resto eran genuinos (o más bien primigenios) fans del Loco: camiseta del Pájaro Loco con las tibias cruzadas, chaleco vaquero sin mangas, tupé y los oídos cerrados a nada que no haya sido compuesto por Sabino Méndez en los ochenta.

 

Era obvio que no habían leído la letra pequeña del producto, o si lo hicieron, no podían creerse que su mesías no fuera más que el telonero de la velada. Pero lo era: así se autodenominó él mismo en un arranque de modestia, al pisar el escenario a las once menos cuarto. Lo acompañaban Igor Paskual y Jaime Stinus con sendas guitarras acústicas, más Laura Gómez intentando hacerse con un contrabajo más grande que ella. Cuando los hombres se sentaron en taburetes quedó claro (para desazón de algunos y satisfacción mía) que aquello no iba a ser el concierto típico del Loco.

Balmoral fue la primera en caer, y toda una declaración de intenciones además. Si ya en el disco es un medio tiempo, aquí se convirtió casi en una nana. Loquillo se dio el gusto de paladear cada palabra de la canción, poco acostumbrado a hacerse oír por encima de los instrumentos: juraría que llegó incluso a afinar. Añádase a eso su relajado lenguaje corporal y se tendrá una idea bastante aproximada de la dulce estampa que se le atragantó a los obcecados en pedir “el cadillaaac…”. No hubo concesiones: el protagonista de la velada era el disco Balmoral, y de una tacada sonaron Línea clara, Memoria de jóvenes airados, La belle dame sans merci y Cruzando el paraíso. Todas fueron interpretadas con buen gusto, mimo y delicadeza. Quizá los arreglos sonaron algo toscos en las guitarras acústicas, pero nada que estropeara las canciones.

 

Por amor fue el primer tema no perteneciente al último disco, y el único en el que el Loco despegó el culo del taburete por un par de minutos. Fue lo más cerca que estuvo de volver a ser el rockero con pose ensayada que todos conocemos, pero ni siquiera entonces abandonó el relajo con el que se condujo a lo largo de toda la velada. Quizá sólo se levantó para que todos apreciaran que, con el vestuario, la edad y el perímetro corporal, se está convirtiendo en el hijo bastardo de Robert Mitchum y Johnny Cash. Lo que siempre ha querido, vamos.

Bajad el volumen antes de ponerlo…

 

Así que era inevitable que sonara El hombre de negro, y es de justicia admitir que el título le pertenece desde que murió Cash. A ésta le siguió El rompeolas, en su versión más sosegada posible (como aparece en el segundo disco de Hermanos de sangre, el grabado en la sala La Rulot de Barcelona). La gente la cantó con todas sus ganas y Loquillo tuvo la gentileza de fingir que eso le sorprendía. Los fanáticos se las prometían muy felices con lo que estuviera por venir, pero el reloj marcaba las once y media y el telonero se despidió para no volver. La estupefacción dio paso al cabreo de aquellos que se sintieron estafados; algunos adoptaron su postura de rockers peligrosos, aunque más bien parecían niños enfurruñados. Admito que a mí también me hubiera gustado que el concierto durara más (y oír temas como La vida es de los que arriesgan, Cuando pienso en los viejos amigos o Brillar y brillar), pero sabía a lo que iba y no podía culpar a nadie por ello.

Quien pagó los platos rotos fue Hugh Cornwell, que vio marcharse a más de un tercio del aforo en el primer cuarto de hora de su concierto. Aún se podían haber marchado algunos más, en concreto los idiotas que seguían gritando “Looocooo” entre canción y canción. Si Loquillo los escuchó desde el camerino, seguro que se acordó de aquel tema de Kaka De Luxe titulado Pero qué público más tonto tengo… De haber reflexionado siquiera un momento, los provocadores se hubieran dado cuenta de que el entregado rockero británico está más cerca de sus posturas que el Loquillo actual, cuyo brillante Balmoral sólo es rock por pura asociación de ideas.

 

También es verdad que la tormenta de decibelios no ayudaba a la reflexión, más bien resultaba aturdidora. Cornwell no prestó atención en clase de punk-rock el día que enseñaron aquello de “no future”, por lo que a sus sesenta años sigue comportándose como hace treinta y cinco. Acompañado de una bajista y un baterista bastante más jóvenes que él, fue desgranando temas propios y de The Stranglers, solapados unos con otros hasta casi confundirse. Los tempos, desde luego, sí lo hacían.

 

Esta política de “piñón fijo” es monótona al cabo de pocas canciones, pero funciona a la hora de crear un estado de ánimo. Me sorprende que un músico con talento compositivo (y Cornwell lo es) no se plantee otros retos en cuatro décadas de carrera, pero a la vez es admirable su entrega a la causa. Cuando alguien sigue a los sesenta castigándose los oídos de esa manera, te convence de que no lo hace por dinero como Mick Jagger, porque El Sol no es el Vicente Calderón. Bueno, tal vez sólo busque el dinero justo para llegar a fin de mes.

 

Este mismo enero tocan en la sala Joy Eslava los restantes Stranglers, aquellos a los que Cornwell abandonó en 1990 (su baterista tiene setenta años, ahí es nada). Yo ya he tenido suficiente punk-rock británico de la tercera edad por un tiempo, pero para aquel que quiera escuchar esas canciones sin que un cretino le vocee en la oreja el nombre de Loquillo, esta es su ocasión.

 

Jota78

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3 comentarios

  1. La verdad es que la sala sol es de las que más me hace disfrutar de toda la capital. Las noches de martes, jueves, viernes… cualquier día parece bueno pasarse a altas horas de la madrugada por ahí.

    21 enero, 2009 en 9:31 pm

  2. Loquillo, una baza segura siempre en directo. Un clásico del rock español. Un tipo que, si fuera inglés o americano, sería una leyenda.

    27 enero, 2009 en 12:41 pm

  3. Pingback: Loquillo (Parque de Aluche, Madrid, 29/05/10) « Si la tocas otra vez…

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