Un diario de conciertos

Quique González y la Aristocracia del Barrio (Sala Joy Eslava, Madrid, 30/12/08)

Cerraba Quique González una gira de quince meses, primero presentando su disco Avería y redención #7, y desde este otoño, celebrando sus diez años en el panorama musical español. Era apropiado que el madrileño (ahora exiliado en el norte) se despidiera de su público en la capital, sobre todo porque es su plaza más fuerte: tres fechas en Joy Eslava con todo el papel vendido dan fe de ello. Con la reducción obligatoria de su aforo máximo (de 1200 a 900 personas), esas tres noches en la Joy se equiparan a una en la clausurada La Riviera. De todas formas, dicho reajuste no se traducirá en una mayor comodidad para los que asistan a conciertos en la discoteca, pues sus responsables han optado por cerrar el segundo anfiteatro y ahorrarse así un par de camareros.

El público de Quique se ha diversificado con el paso del tiempo, y ahora abarca desde treintañeros con hipoteca hasta universitarios tan jóvenes que aún tienen que enseñar el carnet en la puerta de la sala. Entre estos últimos abundan las chicas, aunque el cómputo definitivo arroja un notable equilibrio entre ambos sexos. En todas las franjas de edad ha desarrollado Quique un perfil de seguidor/a que alberga hacia él un sentimiento cercano a la idolatría. Suerte que el músico no se toma demasiado en serio a sí mismo, porque si se creyera todo lo que sus groupies le gritan (guapo, poeta, etc) se volvería gilipollas.

Sólo con una parroquia tan agradecida y tolerante como ésta podía Quique arrancar una ovación al aparecer vestido de semejante guisa. Lo más rockero que llevaba eran las botas de punta con las suelas despegadas por el uso, mientras que el resto (camisa estampada, chaquetilla negra) se confabulaba con su abandono personal (melena por los hombros y barba larga) para crear una estampa tan folclórica que hubiera podido disputarle a Óscar Jaenada el papel de Camarón. Un espontáneo arrancó la risa cómplice de toda la sala al gritar “¡menuda camisa!” y verbalizar lo que todos pensábamos; Quique lo encajó con humor y advirtió que “hay que ser muy hombre para ponérsela”. No le faltaba razón.

¿Jesucristo García? ¿El de enmedio de los Chichos? No, es Quique González: 

La banda que lo ha acompañado durante toda esta gira, La Aristocracia del Barrio, es un trío de músicos jóvenes a los que se les nota en la cara el placer que les produce tocar en directo. No están tan bregados como sus ilustres predecesores Los Taxidrivers, pero los nuevos arreglos de las canciones se escoran hacia el rock y no precisan de las florituras violinísticas de Eduardo Ortega o el (a veces cargante) pedal steel de Carlos Raya. Del terceto sobresale con creces el guitarrista Javi Pedreira, a quien no tardaremos mucho en ver sobre el escenario con lo más granado del rock español. Al tiempo.

El repertorio se repartió equitativamente entre los seis discos de estudio de Quique, y fue generoso en cantidad: entre el primer (Pájaros mojados) y el último tema (Y los conserjes de noche), sonaron cerca de veinticinco en poco más de dos horas. El público no fue tímido a la hora de tararear los estribillos, pero el primer momento de verdadero entusiasmo colectivo llegó a los cincuenta minutos, con una rockerísima Miss Camiseta Mojada. A partir de ahí, el concierto fue hacia arriba. Nunca había visto a Quique tan cómodo y seguro de sí mismo sobre las tablas, y en eso tendrá mucho que ver su extraordinaria empatía con La Aristocracia del Barrio.

En Barcelona, un día antes:

De cuando en cuando se sentó Quique frente al teclado, tuneado (nunca mejor dicho) con retrovisores y faros de coche. Detalles como éste, el telón y la moqueta rojos o la excelente iluminación le dieron un empaque al espectáculo que lo hizo subir de nivel; algo de lo que se benefició enormemente Quique, que siempre ha adolecido de una presentación escénica algo pobre. A las teclas interpretó temas enérgicos y lentos, entre los que destacó sobremanera Calles de Madrid (aunque se echara en falta el contraste con la voz de Rebeca Jiménez, como en Pequeño rock and roll la de Bunbury, que dejó impreso su ADN en dicho tema desde que lo cantara en el disco en directo de Quique).

No sonaron algunos himnos clásicos del cancionero quiquegonzaliano (Salitre, Aunque tú no lo sepas, Personal), quizá interpretados en las dos noches previas en Joy Eslava; pero eso no empañó el ambiente festivo del concierto, no sólo por las fechas (muchos de los presentes nos encaminamos luego a la cercana Puerta del Sol para ver el ensayo de las campanadas de Nochevieja), sino también por tratarse del colofón de una gira que el propio Quique definió como “la mejor de mi vida”. Seguro que sus seguidores lo suscriben.

Jota78

Otra vez Barcelona (aceptémoslo, hacen mejores vídeos):

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Quique González: Noches de cal y arena

 

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4 comentarios

  1. Estuve a puntito, pero a puntito de ir, y al final no pudo ser por otro tipo de compromisos sociales. No todo en la vida puede ser rocanrol, tristemente… Bonita crónica, me has dado envidia.

    12 enero, 2009 en 2:42 pm

  2. Pingback: Ariel Rot (Sala Florida Park, Madrid, 10/12/10) « Si la tocas otra vez…

  3. Pingback: Quique González (Sala Florida Park, Madrid, 10/02/11) « Si la tocas otra vez…

  4. Grandes crónicas. He llegado a esta a través de la del Florida Park.

    Gracias por la parte que me toca, que son los 2 vídeos de esta.

    Saludos y larga vida al Kid.

    26 febrero, 2011 en 9:43 pm

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