Un diario de conciertos

Los Galván (Sala Galileo Galilei, Madrid, 30/11/08)

Hace tiempo que buscaba la oportunidad de hablar de Los Galván, en parte para replantearme mis propios sentimientos hacia el grupo. Sucede que conozco a los hermanos Carrero Galván desde hace décadas, por lo que constantemente me pregunto si el pop-rock español que practican me gusta de verdad o sólo lo miro con buenos ojos porque estoy orgulloso de mis amigos. Cada vez que veo a la banda en directo, me convenzo de que no son opciones excluyentes ni incompatibles.

 

En 1992, los hermanos Raúl y Gelu grabaron un disco para DRO con su primera banda, La Calle. A mí me pareció un paso natural, dado que a ambos les encantaba la música. Lo que no podía comprender entonces, porque a los catorce años no tienes la perspectiva necesaria, es que los músicos de provincias (Albacete, concretamente) no acostumbran a grabar su primer LP con una discográfica potente cuando todavía están en B.U.P., y menos aún si el disco va dirigido a una audiencia no necesariamente adolescente. Lo que les ocurrió a Raúl y Gelu fue excepcional, y aunque su impacto fue más provincial que nacional, el simple hecho de que no se volvieran idiotas dice mucho de la pasta de la que están hechos estos hermanos.

 

El título del disco, Mucho camino por andar, resultó premonitorio: tuvieron que pasar doce años para que volvieran a grabar. Seguro que la espera se les hizo eterna, pero valió la pena, porque el primer trabajo de Los Galván, Compartiendo (2004), tiene un poso de madurez inaudito para un grupo en mitad de la veintena. Producido por Mikel Erentxun, dio el pistoletazo de salida a la carrera del grupo, que prácticamente no ha dejado de tocar en directo desde entonces. A Compartiendo le seguirían Grande (producido por Carlos Raya en 2006) y el directo Desde alguna parte (2007).

 

Digámoslo de entrada: Los Galván son un anacronismo. A ellos lo que les pone es el buen pop-rock español de toda la vida, el de Enrique Urquijo, David Summers, Duncan Dhu… y por eso, llegan veinte años tarde a esta carrera. Hoy en día, la lista de grupos nacionales que practican este género con dignidad empieza y acaba en Amaral (y tal vez Fito, que cada vez hace menos escapadas al rock y al blues de sus comienzos). Los triunfitos, las bandas que componen sintonías para las teleseries de Antena 3 y La Oreja de Van Gogh en cualquiera de sus encarnaciones, han arrastrado por el barro el buen nombre de este estilo, hasta el punto de que dé vergüenza reconocer que alguna vez te gustó una canción que no era indie ni abiertamente rock. Intentar asomar la cabeza en este panorama cobra visos de heroicidad, pero Raúl y Gelu no se resignan porque realmente aman el género. Junto a cierta influencia de las bandas británicas (con Los Beatles en lo alto de la pirámide, cómo no), el pilar del sonido de Los Galván es el pop-rock español de los ochenta.

 

Las letras están inevitablemente ancladas en las temáticas del amor y el desamor, pero por suerte, Raúl y Gelu tienen suficiente talento literario como para que el buen gusto prevalezca y dichos temas no caigan en obviedades sonrojantes. En su repertorio tienen al menos dos o tres canciones con el potencial suficiente como para convertirse en himnos del calibre de Déjame, Chica de ayer, Dime que me quieres, Temblando o Me estás atrapando otra vez: sólo falta que el caprichoso foco mediático se pose sobre ellos para que esas canciones hagan mella en el inconsciente colectivo de los melómanos españoles.

 

Pero Los Galván no pierden el tiempo llorando por tener menos éxito popular del que merecen. Su dedicación es tal, que el guitarrista Antonio Fuentes compareció a la actuación de anoche ¡quince días después de un trasplante de riñón! No se me ocurre prueba mejor de que estos tíos aman la música de verdad. Quizá por esta circunstancia, el concierto fue más corto de lo habitual y se zanjó a los ochenta minutos; pero si bien se echaron en falta canciones, no cabe reproche alguno de la entrega del quinteto. Los Galván tienen en Raúl a un frontman excepcional, uno capaz de dar sopas con hondas a la “escuela de tímidos” del pop-rock que conforman Quique González, Antonio Vega y los hermanos Urquijo. Siempre me he preguntado por qué la sensibilidad compositiva bloquea el carisma escénico de ciertos músicos: no es el caso de Raúl Galván, que sale siempre a comerse el escenario. Su diálogo con el público (mediante su lenguaje corporal o su incontenible verborrea) es constante, por lo que nadie puede quedarse fuera del espectáculo, incluso aunque no sea fan y no se sepa las canciones. Creo que ésa es una cualidad de los grandes.

 

Con tres discos publicados, la banda no necesitaría recurrir a versiones de otra gente para engordar su repertorio, pero lo hacen de todas formas porque les encanta. Anoche cerraron con un acelerado medley que incluía So Lonely de The Police, No woman no cry de Bob Marley, Te quiero igual de Calamaro, Rock and roll star de Loquillo y Ama, ama, ama y ensancha el alma de Extremoduro, todo bien agitado y a golpe de guitarra Rickenbacker. Conociendo a Raúl y Gelu (y algo menos a Jota, Piña y Antonio), la amalgama de influencias y estilos no me resultó extraña. A Los Galván les apasiona lo que hacen, y lo seguirán haciendo al margen de la atención que les presten los medios. Me gustan, definitivamente.

 

Jota78

www.myspace.com/losgalvan

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