Un diario de conciertos

Extremoduro (Palacio de deportes, Madrid, 15/11/08)

Palabra de hombre blanco se la lleva el viento… Hace tres meses vi por primera vez en directo a Extremoduro y afirmé no saber si volvería a hacerlo. Y aquí estoy, noventa días después, haciendo la crónica del último concierto de la gira del grupo. Ése fue uno de los factores que me animaron a asistir: comprobar si para Robe era una cita especial o sólo un bolo más. También ayudó el que mi amiga Nati tuviera la amabilidad de invitarme, pero sobre todo, lo bien que está La ley innata, la “obra conceptual” de Extremoduro publicada en septiembre y que ya puede considerarse su disco más redondo.

 

Treinta mil personas vimos a la banda en sus dos días en el Palacio de deportes, pero no me atrevo a hacer un cálculo de los cientos de miles que lo han visto a lo largo de 2008. Ya se puede afirmar con rotundidad: Extremoduro es atemporal. Y no sólo eso, en sus conciertos conviven todas las clases sociales, edades y sexos en perfecta armonía. Es seguro que unos cantan eso de “de pequeño me impusieron las costumbres, me educaron para hombre adinerado; pero ahora prefiero ser un indio que un importante abogado” con la boca más pequeña que otros, pero hay más de ejercicio catártico que de hipocresía en sus palabras. No todos podemos ser indios, también hacen falta abogados.

Robe, ayer por la tarde:

 

Siempre me había preguntado cómo se ve un concierto en la grada del extremo opuesto al escenario del Palacio de deportes. Ahora lo sé: como a una estación de metro de distancia. A diferencia del concierto de agosto en Villarrobledo, anoche había pantallas (algo imprescindible en estos aforos, ¿vale, Pearl Jam?), pero no servían de mucho porque el realizador en cuestión era un enamorado del plano general. Así que, aparte de por la voz rota, no puedo jurar que el flacucho desgarbado que estaba ayer plantado delante del micro no fuera Antonio Vega. De todas formas, no lamento no haber estado en pista, pues el aforo máximo de ésta parecía superado en un cuarenta por ciento. Y no estaban parados esperando el autobús, sino que formaban un “pogo” gigante de miles de personas saltando unas sobre otras y arrojándose minis de cerveza.

 

Contemplar a esa masa de gente moviéndose como borracha de un lado a otro del Palacio compensaba la falta de interés de lo que sucedía sobre el escenario. Robe carece por completo de carisma como frontman (ni siquiera lo intenta), y aunque los guitarristas del grupo tratan de compensarlo persiguiéndose el uno al otro como Rasca y Pica, al final uno acaba cerrando los ojos y cantando las canciones, que es a lo que se viene.

 

Y ahí no hay reproche posible, ¡qué canciones! Son tan buenas que la gente empieza a cantarlas en cuanto suenan los primeros acordes, incapaces de esperar al momento adecuado. Y creedme, cuando quince mil personas cantan a grito pelado, lo de que tiemblan los cimientos del Palacio deja de ser una frase hecha. Al menos en la parte alta de la grada, uno puede notar la vibración del suelo bajo sus pies.

 

El repertorio fue casi idéntico al de hace tres meses, con la salvedad de que sonaron seguidas Dulce introducción al caos, Primer movimiento (El sueño) y Segundo movimiento (Lo de fuera), sumando un bloque de veinticinco minutos de La ley innata que le resultaría excesivo a aquel que todavía no se haya empollado el disco, o sencillamente no le guste. A mí me encantaría oírlo entero alguna vez, pero quizá en un teatro. Aparte de eso, pocos riesgos más en el cancionero: Golfa, Jesucristo García, Pepe Botika (¿Dónde están mis amigos?), Salir y el etcétera acostumbrado. Lógico: si has inventado la Coca-Cola, ¿para qué tontear con la fórmula? El intermedio al cabo de una hora fue tan anticlimático como suele, por lo que agradecí tener un asiento para sobrellevar mejor el absurdo parón de veinte minutos.

 

El espantoso panel lumínico detrás de los músicos (que yo atribuí a algún concejal hortera de las fiestas de Villarrobledo, el agosto pasado) reapareció en ciertas canciones para crear una estampa visual más propia de un recital de Chayanne o Rebelde Way. Pero a nadie le importó. Extremoduro en concierto no es un espectáculo teatral, sino un estado de ánimo del que participan todos los presentes. El techo del Palacio estaba envuelto en una humareda estupefaciente, ideal para colocarnos gratis a los que estábamos en la grada alta; algunos treintañeros avergonzaban a sus novias mostrando poca resistencia al alcohol y regurgitando la merienda; y un par de cabronazos no se molestaban en ir al baño para mear, sino que se agazapaban por las esquinas. Seguro que las señoras de la limpieza no son las mayores fans de la música de Extremoduro.

 

Pues créame, señora limpiadora, hay poesía detrás de ese comportamiento de chimpancé. Es imposible no conmoverse cuando miles de personas recitan (berreando, eso sí) los versos de Manolo Chinato: “quisiera que mi voz fuera tan fuerte que a veces retumbaran las montañas, y escucharais las mentes-social-adormecidas las palabras de amor de mi garganta”. Como también hay magia en ese interminable solo de guitarra de Iñaki “Uoho” Antón que pone punto y final al concierto: poesía de la destrucción ejemplificada en la forma en la que el guitarrista patea todos los pies de micro y bafles a su alcance.

 

Managers, pipas y demás técnicos subieron al escenario a empujarse unos a otros durante esta última canción, única concesión al final de gira del que Robe no hizo más que una pequeña mención en forma de agradecimiento. Con el dinero ganado este año y su habitual parsimonia a la hora de componer, es probable que no volvamos a verlo sobre el escenario hasta dentro de un lustro. Pero también es seguro que habrá multitudes esperándolo, porque Extremoduro se ha convertido en una roca a la que no le afecta la erosión de las olas. Reconforta que aún existan cosas así.

 

Jota78

Artículo relacionado:

Extremoduro (Caseta del ferial de Villarrobledo, Albacete, 16/08/08)

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3 comentarios

  1. Al final me quedé sin ver a Extremoduro. Una vez más. No son uno de mis grupos así que tampoco me importa, pero sí me apetecía… motivos laborales lo imposibilitaron.

    24 noviembre, 2008 en 7:22 pm

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