Un diario de conciertos

Paul Weller (Sala La Riviera, Madrid, 18/10/08)

Lo noto: dos semanas sin escuchar música en directo es demasiado para mí. Agarro una y otra vez la Guía del Ocio, como si en el interín pudieran haberse sumado conciertos a la lista que se me escaparon la primera vez. Esto no ocurre nunca, claro. En estas circunstancias, estoy más que dispuesto a probar cosas nuevas, descubrir a artistas de los que sólo tengo una vaga referencia. Como la mayoría de la gente no piensa como yo (necesitan tener la certeza de que amortizarán el precio de la entrada sabiéndose todas las canciones), a este tipo de conciertos suelo ir solo.

 

Con esta política del tiro a ciegas he tenido auténticas epifanías (Elliott Murphy, Jesse Malin) y algún que otro principio de úlcera (Avril Lavigne, Steve Earle). El promedio es una de cal y otra de arena. Las críticas entusiastas hacia el último disco de Paul Weller me convencieron de intentarlo una vez más. Compré una entrada para su concierto y más tarde el trabajo en cuestión, 22 dreams. Suerte que no lo hice al revés, porque creo que no me hubiera atrevido a verlo en directo después de escuchar el disco. Exuda megalomanía por los cuatro costados, y a lo largo de sus veintiún temas (el vigésimo segundo “sueño” es un texto en el libreto del álbum) cambia tantas veces de estilo y de estado de ánimo, que su escucha es un disfrute masoquista: te deja vapuleado. Y lo peor es que es bueno, así que no puede uno enterrarlo sin más bajo la pila de discos por escuchar.

A town called Malice (2007):

 

Ahí va un breve resumen biográfico de Paul Weller, para quien no sepa nada de él: nació hace cincuenta años en Inglaterra, su primer grupo se llamaba The Jam (sus antiguos compañeros siguen girando con el nombre From the Jam, un poco a la manera de los supervivientes de Queen o The Doors), y desde hace un cuarto de siglo graba y actúa en solitario. Tiene buena opinión de sí mismo y es un poco “hooligan” en las entrevistas. Se le considera el padrino del movimiento mod, más que nada porque no hay mucha gente interesada en quitarle el título de este género en horas bajas.

 

Hace un par de años compré una entrada para otro concierto de Paul Weller en La Riviera que no llegó a celebrarse. La excusa que dio es que las obras cercanas a la sala impedían el acceso a los camiones que trasladaban su equipo técnico. Dado que otros grupos no habían tenido tales problemas los días previos, se especuló conque la cancelación se debía a la baja asistencia de público. En la puerta de la sala pude ver muchas caras de decepción de seguidores que incluso se habían desplazado desde otras ciudades, así que al menos descubrí que Paul Weller era importante para algunos.

 

Si La Riviera no estaba llena el sábado pasado, no quedaría más de medio centenar de entradas por vender. Los espectadores tenían una media de cuarenta años (con notables excepciones al alza), y se dividían entre los mods venidos a menos y los despistados que llevaban años sin pisar un concierto. Juro que vi a una azafata de vuelo de mediana edad (quizá no era azafata, pero lo parecía por su ropa) poner cara de disgusto cuando su acompañante le informó de que en La Riviera no servían vino tinto (si lo hicieran, sería Don Simón a ocho euros la copa, seguro).

 

Menciono bastante a menudo el término “puntualidad británica”, pero nunca más apropiadamente que en este caso, pues el británico y su banda se dejaron ver justo a las nueve y media, la hora de inicio programada. Físicamente, Paul Weller es algo así como un Sting en horas bajas: pelo oxigenado cortado de forma extravagante, camiseta de manga larga ceñidita y una postura para todo el concierto. Cuando las arrugas de su cuello se bañan en sudor también recuerda un poco a Iggy Pop, pero sólo un poco. Los cuatro músicos restantes tienen bastante menos carisma y glamour, y aunque cumplen con eficacia, su nula interacción con el cantante delata su condición de asalariados.

 

Artista y público participan del juego de la veneración del ídolo, y no tengo ningún problema con eso: la humildad nunca ha quedado bien sobre el escenario. Las canciones de Weller son cortas e impacientes, como si ellas mismas quisieran acabarse cuanto antes. Sin peroratas entre tema y tema, la cosa avanza a buen ritmo, aunque al cabo de unas cuantas canciones de parecido tempo, uno percibe un atisbo de monotonía en el espectáculo.

 

En dos ocasiones sustituye Weller la guitarra (preciosas todas, por cierto) por los teclados, retirándose así del borde del escenario. Como los músicos también toman asiento en taburetes, esas canciones quedan huérfanas de algún estímulo visual que las acompañe, pues la gran mayoría de los presentes no ven nada sobre el escenario. Por suerte, estos intermedios “íntimos” no se prolongan más de cinco minutos cada uno.

 

La primera despedida llega a los ochenta minutos, y la definitiva, a la hora y tres cuartos. Entre medias, los músicos vuelven a salir nada menos que tres veces, la última de ellas con las luces de la sala ya encendidas. Un periodista en busca de la frase más bella podría decir que “el fervor del público obligó a la banda a regalar un último bis”, pero el espectador frecuente de conciertos (un servidor, vaya) detecta con más facilidad la manipulación de la audiencia, por sutil que ésta sea. Digamos que nadie se resistió demasiado, ni Weller a salir por cuarta vez al escenario, ni los espectadores a abandonar la sala cuando los matones se lo pidieron.

 

 

No quiero disuadir a nadie de ver a Paul Weller en directo si se presenta la ocasión (la de pagar 39 euros, se entiende); pero si soy sincero conmigo mismo, ni tengo pensado repetir, ni creo que escuche demasiadas veces el árido 22 dreams. Digamos que Paul Weller es, en sí mismo, un poco de cal y un poco de arena.

 

Jota78

www.myspace.com/paulweller

 

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5 comentarios

  1. prubio

    Holas,

    enhorabuena por el artículo.
    En mi opinión y salvo por el precio que era caro (y encima 5 euretes más que en Barna, si es que somos tontos) el concierto mereció la pena.
    El viejo Paul pertenece a la estirpe de los incombustibles Mick Jagger, Pete Thowsend y compañía…… las canciones destilan menos rabia porque el modfather tiene un deje soulero más cerrado que sus compatriotas los Rolling o Who, pero yo flipé con el desenfreno guitarrero de este hombre, no paró de desgañitarse tocando los (30 modelos distintos de guitarra) acordes de sus canciones.

    De qué demonios mamarán estos hijos de la gran… bretaña para tener este carisma, este glamour, este “aquí estoy yo que ni me aguanto, pero lo flipais conmigo”??

    Y para el que no conociera ni una, una de Beatles, “All you need is love”…. yo al menos me fui con buen sabor de boca.

    salud y rock!

    20 octubre, 2008 en 8:58 pm

  2. Vaya…pues me he quedado hecha polvo. Yo soy cuarentona y no pasa nada, teniendo en cuenta que Paul me saca 10 años justos. Me compré con 15 años el All Mod Cons así que reconozco que ya estarde para cambiar de gustos…
    de acuerdo con el precio de las entradas, de las consumiciones, de acuerdo con que había gente charlando en corrillos de espaldas al escenario ( mala educación) durante todo el evento y huecos por cubrir.
    Has sido un poco duro, a mí me gustó su pelo oxigenado a lo Rod Stewart, todos los inglesitos son así y por ello me gustan. La camisetita ceñida marcaba su buena forma, aunque de perfil tenía tripita.
    Pero, quién es capaz de fumar y cantar al unísono,? yo no…eso es un mérito.
    Considero que se dejó la piel en el escenario, se desgañitó y no ahorró ni una gota de su arte. La duración fue bastante buena. El disco debes de oirlo varias veces para que te guste y lo comprendas. Inténtalo ya que has hecho una gran inversión entre el CD y el concierto.
    Acabar un concierto (lo hace en todas las ciudades de esta gira) con una de los Beatles invocando a la paz es todo un momento emocionante y creo que ayuda a construir un mundo mejor.
    Los temas de Thougt to the top (steal Council) y Town called malice en plan revival estuvieron muy bien.
    Yo me emocioné mucho, aunque no ví sus arrugas por estar situada un poco más lejos y tener la vista cansada a causa de mi edad. pero bailé como una loca y disfruté un montón, ya que hago un sacrificio enorme para poder ir teniendo en cuenta que tengo niños.

    Me he reído mucho con este post. Está gracioso.

    21 octubre, 2008 en 1:15 pm

  3. Al final la música en vivo es para pasarlo bien. Se trata de eso y no de otra cosa, cada uno a su manera, sólo o acompañado, siendo un erudito del artista en cuestión o un neófito descarado. A mi Paul Weller no me dice gran cosa, aunque los Jam me llegan más. De lo más reciente, me quedo con su You do something to me, una bonita tonadilla.
    PD: sigue yendo a conciertos tu solo, muchas veces es la mejor opción para disfrutar con total libertad.
    Un saludo.

    22 octubre, 2008 en 6:55 pm

  4. RJC

    Si está gracioso. Lo que no me gusta nada es que comparéis a Paul Welller con Mick Jagger, por favor, no le llega ni a la suela del zapato. P.W. , entre otras cosas, es mil veces más guapo, aunque es verdad que el pelo no lo tiiene en su mejor momento.
    All I wanna do is be with you!!!
    Habéis oido poco el último disco, es una joya, aunque yo me lo paso mejor con As Is Now.
    Saludos

    24 octubre, 2008 en 12:02 am

  5. RJC

    Galko no entiendo cómo puedes llamar “tonadilla” a Do You Something To Me, es una de las mejores baladas de la historia.
    I love you Paul!!!

    24 octubre, 2008 en 12:05 am

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