Un diario de conciertos

Coldplay (Palacio de deportes, Madrid, 07/09/08)

Me cae bien Chris Martin. Leo sus entrevistas porque tiene cosas interesantes que decir y porque admite sin reparos que Coldplay es el grupo más sobrevalorado de su tiempo. Algunos verán en este reconocimiento hipocresía o desfachatez; a mí, en cambio, me parece un síntoma de lucidez. Dice algo bueno de ese hombre que la vorágine del éxito no le nuble tanto el juicio como para llegar a creer que su banda va a dejar alguna huella en la historia de la música. Tengo un par de discos de Coldplay y los he visto otras tantas veces en directo, y aún no sé si me gustan o no. No son geniales ni mediocres, eso lo tengo claro; diría que me agradan, pero nunca encuentro el momento para poner una canción suya, a pesar de que escucho música de forma ininterrumpida cuando estoy en casa. Eso significará algo, supongo.

 

Lo que no puede negarse es que la banda ha depurado sus composiciones hasta conseguir un sonido propio e inconfundible. Como Metallica o La oreja de Van Gogh, tanto a sus fans como a sus detractores les basta con oír los primeros diez segundos de cualquiera de sus canciones para saber que se trata de Coldplay.

 

Hace sólo tres años que fui a su primer concierto (concretamente el 22 de noviembre de 2005, también en el Palacio de deportes de Madrid), pero no tengo demasiados recuerdos de aquella noche. Me pareció un buen espectáculo, quizá demasiado corto para los seguidores de la banda -noventa minutos exactos-, pero como no era mi caso no tuve queja. También entendí por qué decían que Coldplay era un grupo de himnos para las masas: cuando quince mil personas cantan los estribillos a grito pelado, aprecias las canciones de otra forma que en la soledad de tu hogar. Dos cosas me gustaron especialmente de aquella noche, y ambas tienen que ver con la ruptura de las convenciones establecidas en shows de este tipo. La primera, que un Chris Martin con sudadera guarra saliera a presentar a los teloneros (o quizá a gafarlos, pues un fallo en el suministro eléctrico finiquitó su actuación en menos de quince minutos). La segunda, que el rubio cantante rematara un tema en el extremo del palacio opuesto al escenario, subido a una escalinata de grada: una bonita forma de tirar por tierra la barrera invisible que separa siempre a público y artista, que en ocasiones hace que los macroconciertos parezcan tan bidimensionales como el teatro filmado.

 

Y desde luego, no me cupo duda de que el espejo en el que Coldplay se miran es U2. Son tantas las semejanzas (en la escenografía, en la forma de interactuar con la audiencia, en los sermones por un mundo mejor) que los seguratas de la casa de Bono deben tener una foto de Chris Martin pegada en la garita, para confirmar que no merodea por los alrededores como un acosador más.

 

La cuestión es que el espectáculo me divirtió lo suficiente como para repetir. Es muy probable que Coldplay acaben llenando estadios en nuestro país, así que vale la pena poder decir que los viste un par de veces en un pabellón. Honestamente, no me veo pagando por un concierto suyo en el Vicente Calderón, pero no pondré la mano en el fuego porque soy especialista en comerme mis palabras.

 

Con puntualidad británica (a las 21:30 h) sonó por los altavoces un largo fragmento de Así habló Zaratustra, todavía con las luces encendidas: un tema apropiado por cuanto la megalomanía de la banda no desmerece de la de Kubrick, el artista que popularizó dicha composición en el siglo XX. Resulta eficaz para poner al público a tono, aunque si se dejaran de hostias y pincharan un tema de U2 para calentar los ánimos, provocarían el delirio desde el minuto uno.

Un vídeo terrible que refleja bien el ambiente:

Los seguidores del grupo tienen un perfil bastante definido. De clase media-alta (no exclusivamente pijos, pero qué duda cabe que Coldplay es del agrado de éstos), dispuestos a hacer la vista gorda con las flaquezas musicales del cuarteto para disfrutar al máximo del concierto, y bastante obsesionados con capturar el momento para la posteridad con su teléfono móvil. La mayoría rondan la treintena y acuden en pareja, lo que explica el sorprendente equilibrio entre ambos sexos (algo que no se da a menudo en los conciertos). Este tipo de espectador no destaca por tener un amor especial por la música en directo, así que es muy probable que éste sea su único concierto del año. Como ésa es la clase de masa acrítica que llena los estadios (Madonna, Rolling Stones, U2, Bruce Springsteen), significa que Coldplay lo están haciendo bien para alcanzar la meta que se han propuesto.

 

En 2008 sus conciertos empiezan con el corte instrumental que abre su último disco, silueteados tras un telón que los hace parecer auténticas estrellas. La primera mitad del concierto viene sobrecargada de hits de la banda: Violet hill, Politik, In my place, Speed of sound, Fix you, Clocks… hasta tal punto que parecen quedarse sin balas en la recámara para los bises (que no tardan en llegar, apenas una hora después del comienzo).

 

Para suplir la ausencia de sus mayores éxitos en el tramo final, la banda distrae la atención con sobreactuación escénica, luminotecnia apabullante y explosión de papelitos de colores a modo de despedida. Nada que no hayamos visto antes varias veces, pero sigue funcionando bien. Sin embargo, no es por el lado del gigantismo cómo Coldplay se gana a las audiencias españolas, sino más bien por su impostada campechanía. Chris Martin domina lo suficiente el castellano como para explayarse con parlamentos que entusiasman a la gente. Aplauden el esfuerzo sin pararse a pensar mucho en el sentido de su discurso, que es nulo.

 

Aunque, de nuevo, lo que mejor funciona es la mentada ruptura de la barrera entre público y banda. Coldplay han subido la apuesta: al comienzo de los bises, aparecen por una puerta trasera del palacio y tocan un par de temas en una minúscula tarima metida con calzador en una grada, entre el público. Musicalmente es un desastre, porque cuatro personas no pueden tocar sus instrumentos en dos metros cuadrados y conseguir que suene bien; pero a la gente le importa un rábano, porque están viendo al cuarteto más cerca de lo que jamás soñaron con verlo. Eso sí, la docena de matones malencarados que los escoltan se encargan de disuadir a cualquiera de rozarlos siquiera.

 

Como les ocurre a tantos artistas extranjeros, la banda volvió a quedar impresionada por la entrega del público español: Chris Martin se atrevió incluso a asegurar que ese concierto estaba cerca de ser el mejor de los casi mil que Coldplay han dado en toda su historia. Yo lo viví con algo más de distanciamiento e indiferencia, incapaz de contagiarme del entusiasmo colectivo por algo que en realidad no me parece tan bueno.

 

Si de verdad fue un concierto especial para el grupo, no se notó en la duración del espectáculo, que apenas pasó de la hora y media. Es decir, la mitad de lo que tocó la E Street Band hace dos meses en el Santiago Bernabéu. No sé si Coldplay sabrán estar a la altura cuando esas puertas se abran para ellos.

 

Jota78

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5 comentarios

  1. Jota78

    Estoy dudando de mi propia memoria y no estoy seguro de que fuera Zaratustra lo que sonó antes del comienzo del concierto.

    ¿Alguien puede confirmarlo o desmentirlo?

    8 septiembre, 2008 en 2:46 pm

  2. Dieguete

    Yo no estuve, así que no puedo confirmarlo ni desmentirlo, pero no me gusta ColdPlay así que tampoco importa mucho. 90 minutos de concierto?? Y cuanto te costo la entrada??

    9 septiembre, 2008 en 6:43 pm

  3. No pude asistir a este concierto por encontrarme de vacaciones fuera de Madrid… y ya me jodió, eh. He visto a Coldplay dos veces, una en La Riviera y otra en el Palacio de Deportes en 2005. Ya en La Riviera salí con la sensación de que era un grupo con suerte, que iba a ir a más y que sería muy popular, algo que confirmé en ese otro concierto, supongo que bastante similar al de 2008. El por qué de su enorme éxito es un poco incógnita, pero el caso es que están ahí. Son carne de Kiss FM y puede ser que sean algo así como los Dire Straits del nuevo siglo,, no por coincidencias musicales, sino por la entrega de propios y extraños a su propuesta. Su último disco no está mal, aunque tampoco es que sea la releche, y sus mejores temas, como siempre, son los que más se parecen a u2.

    22 septiembre, 2008 en 5:01 pm

  4. Pingback: Coldplay (Plaza de toros de Las Ventas, Madrid, 26/10/11) « Si la tocas otra vez…

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