Un diario de conciertos

Los Rebeldes (Campo de fútbol de Tobarra, Albacete, 17/08/08)

Hay músicos que merecen un monumento sólo por seguir intentándolo. Son grupos que luchan con uñas y dientes contra el ostracismo, condenados al olvido después de un fugaz momento de gloria ochentera: Tennessee, La Unión, Los Inhumanos, Modestia Aparte, Un pingüino en mi ascensor, La Guardia… Para bien o para mal, todos ellos siguen en activo, llenando los carteles de las fiestas de los pueblos españoles más ignotos por un asequible montante. Como al Equipo A, si se los encuentra, quizá pueda contratarlos.

De todo el lote, los que subieron más alto y con más dureza cayeron, fueron Los Rebeldes. De estética y sonido rockabilly, podían resultar estomagantes si uno no era capaz de ver cierto humor detrás de la pose. Sacaron su primer disco en 1981, con un título que era toda una declaración de intenciones: Cerveza, chicas y rockabilly. Pero no fue hasta 1988 cuando pegaron el petardazo con su tercer LP, Más allá del bien y del mal. Su primer single Mediterráneo se convirtió, de forma apropiada, en la canción del verano, y sus autores se hincharon a hacer galas por toda la península. Ese éxito nunca se repetiría.

Ya lo dice Mayra, un grupo “muy actual”:

Dos décadas después, la franquicia Rebeldes sigue adelante capitaneada por el incombustible Carlos Segarra, cantante, compositor y único superviviente de la formación original. El Levante español es su feudo en directo, con habituales comparecencias por los pueblos de Castilla La Mancha y esporádicas apariciones en pequeñas salas de capitales de provincia. Le acompañan unos cuantos músicos jóvenes afines a la estética del grupo; más el superlativo guitarrista Santiago Campillo, que fue echado a patadas de M-Clan, pero rió el último al haber tenido la prudencia de registrar el nombre del grupo. Supongo que Tarque le financió un apartamento en primera línea de playa murciana. Segarra, Campillo y compañía forman Los Rebeldes del siglo XXI.

Si al concierto de Extremoduro en Villarrobledo la noche anterior llegamos por carreteras secundarias, al de Los Rebeldes en Tobarra lo hicimos directamente por caminos sin asfaltar. Dos urbanitas perdidos un domingo por la noche en un sendero de tierra sin final aparente, sin señales de vida y con la única luz de una ominosa luna llena, es un estereotipo de película de terror que a veces se da en la vida real, y del que rezas por salir sin que una rueda pinchada desencadene la tragedia.

Por fin llegamos a un pueblo casi fantasma, con ancianos silentes en los bancos, recelosos de los recién llegados. Después de arrancarles algunas instrucciones contradictorias (eso sí, repetidas en bucle), dimos con el campo de fútbol donde se celebraba el concierto. Aparcamos en la puerta. El único síntoma de vida era otro nonagenario que nos indicó que el encargado de la taquilla aún no había llegado (eran las diez y media y el concierto estaba anunciado para las once). Esperamos diez minutos. Una cabeza asomó por el ventanuco de la taquilla y compramos dos entradas (impresas en rosa e ilustradas con una foto del grupo en los ochenta). Nos fijamos en la numeración de nuestros tickets: 00001 y 00002, respectívamente. La noche prometía.

Al final no fue tan dramático. Resulta que los tobarrenses saben que la hora de comienzo del espectáculo es flexible, que en realidad el concierto empieza cuando ellos quieren. Los asistentes fueron llegando con cuentagotas mientras unos teloneros hacían apañadas versiones de Creedence Clearwater Revival, Janis Joplin o John Lennon (sin sacudirse de encima la estética de orquesta rockera de pueblo, eso sí). Las trescientas personas reunidas no hicieron que el campo de fútbol pareciera menos desangelado, pero paliaron la humillación de tocar para nadie. A la una menos cuarto de la mañana (sí, de la mañana del lunes), Los Rebeldes subieron al escenario.

Los miembros más jóvenes son músicos competentes sin muchas pretensiones y con ganas de pasarlo bien, así que tienen la actitud correcta para estar en este grupo. Campillo, en cambio, mantiene todo el concierto una cara de asco infinito que no hace que caiga precisamente simpático. Lo mismo él piensa que merece más de lo que tiene y que está prostituyendo su talento. Sea cierto o no, su virtuosismo instrumental no compensa su constante mueca de desprecio a los presentes, encima y debajo del escenario.

Carlos Segarra interpreta el personaje que él cree que la gente espera de él. Al igual que Loquillo fue durante mucho tiempo el rocker que sus seguidores primigenios querían que fuera, Segarra es el rockabilly puro de los años cincuenta. Hasta sus pasos de baile son intencionadamente anacrónicos. Yo sí veo el humor que caracterizó siempre a Los Rebeldes (sin llegar a la autoparodia de Tennessee o Dinamita pa los pollos), pero ahora ya no se trata de unos chavales jugando a estar dentro de American grafitti, sino de un hombre de mediana edad y apreciable barriga, que lucha por mantener su dignidad sobre un escenario de pueblo un domingo por la noche. El resultado no es tan sórdido como para disfrutarlo por el lado perverso, pero sí algo perturbador.

Para colmo, Segarra está tan afónico esta noche que parece que Bob Dylan esté cantando sus canciones. El repertorio se reparte entre versiones de clásicos del rock y las propias de Los Rebeldes: Harley 66, Las dos caras de la moneda, Rebeca, Eres especial, Ella quiere más… Los tobarrenses no parecen reconocer ninguna que no pertenezca al disco de mayor éxito del grupo, así que tardan en animarse. En cambio, con Un español en Nueva York, Mi generación, Bajo la luz de la luna y Mediterráneo llegan incluso a mover las caderas.

La dignidad se mantiene intacta mientras la banda toca, pero se esfuma cada vez que Segarra suelta un parlamento entre canción y canción. Como un Moncho Borrajo pasado de rosca, escupe palabras ininteligibles que se pretenden graciosas, pero acaban por soliviantar al personal. Al final, a las canciones les toca la ingrata tarea de remontar el espectáculo después de los desbarres verbales de su autor.

A la hora y media se cierra el concierto con Mescalina, quizá la canción más famosa de Los Rebeldes al margen del disco Más allá del bien y del mal. Todos han pasado un rato agradable y se marchan satisfechos, aunque dudo que algo de lo que han visto les haya dejado huella. Un recital de Los Rebeldes es la praxis del ejercicio de atrasar el reloj veinte años, y como forma de vida resulta aterradora. Me imagino a Segarra, sentado en la caseta de obra que hace las veces de camerino, tragando saliva ante la perspectiva de acabar atrasando el reloj treinta años… cuarenta años…

Jota78

Dios los cría y ellos se juntan:

 

 

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5 comentarios

  1. Dieguete

    Menudas fiestas que te estas pegando en tus tierras.

    Ya solo te falta que toquen los Brincos… o los Bravos

    19 agosto, 2008 en 9:49 am

  2. Hellinero

    Perdona que te corrija , pero el gentilicio de los habitantes de Tobarra es Tobarreños

    saludicos desde Hellin. Ciudad del Tambor.

    3 septiembre, 2008 en 12:08 am

  3. Pingback: La Frontera (Sala Caravan, Madrid, 11/12/08) « Si la tocas otra vez…

  4. Pingback: La Fuga (Palacio de deportes, Madrid, 29/05/09) « Si la tocas otra vez…

  5. Pingback: Los Rebeldes (Sala Copérnico, Madrid, 15/10/10) / Vinila Von Bismark & The Lucky Dados (Teatros del Canal, Madrid, 16/10/10) « Si la tocas otra vez…

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