Un diario de conciertos

Extremoduro (Caseta del ferial de Villarrobledo, Albacete, 16/08/08)

Con Extremoduro me pasa igual que con los Ramones o los Clash: escucho una canción y me parece una obra maestra; escucho un disco entero y me parece un truño insoportable. A veces la genialidad se disfruta más en pequeñas píldoras, y creo que el miedo al empacho es la razón principal por la que no he visto a Extremo en directo antes de 2008.

El fenómeno Robe es, de verdad, algo inexplicable. Seis años ya desde su último disco, doce desde el bombazo de Agila sin haber sonado nunca en las radiofórmulas, y los conciertos siguen llenos. Y no sólo eso, su público se renueva. Imagino que la rabia contra el mundo que emponzoña sus canciones más famosas conecta muy bien con un malestar y una confusión adolescentes que no entienden de épocas, sea 1998, 2008 o 2018. Otra explicación no encuentro a ver a un prepúber chaval de trece años cantar So payaso en directo como si le fuera la vida en ello.

Él siente esa rabia, y yo siento nostalgia de esa rabia. Extremoduro es el sonido del final de la adolescencia de mi generación (no es que ahora sea más maduro que antes, pero por quinceañero no paso, eso seguro), y oír esas canciones en directo es viajar atrás en el tiempo a esa época en la que te emborrachabas inconscientemente con los amigos a base de minis de cerveza, en lugar de preocuparte porque otro vodka con naranja vaya a hacer más dura la inminente resaca. Salir, beber, el rollo de siempre… Aunque conectara más con el hedonismo tontorrón de los Platero que con los delirios poéticos de Robe, no haber visto nunca a Extremoduro en vivo era una mancha en mi expediente que ya tocaba limpiar.

¡¡Me levantééé… hasta los huevos de viviiir!! ¡¡Te vi pasaaar… y ahora ya vuelvo a sonreír!!

Villarrobledo me parece un lugar apropiado para verlo por su larga tradición de rock borrachuzo: allí se celebra el festival más multitudinario de España, el Viñarock (al que jamás he asistido, y ya me siento demasiado mayor para dormir tres días en una tienda de campaña). Así que los oriundos de este pueblo no se sobresaltan por la celebración de un concierto de rock, están hechos a todo. Por cierto, no es tan sencillo como parece encontrar Villarrobledo en mitad del páramo manchego: lo que debía haber sido un simple trayecto de cuarenta y cinco minutos desde Albacete capital, acabó convirtiéndose en un pesadillesco viaje nocturno por oscuras carreteras secundarias (previo pago de un inútil peaje) de dos horas largas de duración. Bien fuera por la mala señalización o por la idiocia de los ocupantes del vehículo, vagamos sin rumbo por la Mancha profunda hasta encontrar un síntoma inequívoco de estar cerca de alguna civilización, esto es, los neones de los puticlubs de carretera.

Después de viajar horas y pagar una entrada de taquilla de veintiséis euros (hubiera tenido gracia que no quedaran), estoy dispuesto a partirme la cara con cualquiera que diga que no soy un auténtico fan de Robe. El retraso nos impidió escuchar a los teloneros Memoria de Pez, que prácticamente terminaban su actuación cuando llegamos. Alrededor de cuatro mil personas abarrotaban el recinto, según parece, lo habitual en todos los conciertos de esta gira. El hilo musical a toda pastilla iba caldeando el ambiente con temas de rock español y anglosajón; el último de ellos antes de que las luces se apagaran (a las once y cuarto) fue Por mí, de Platero y tú.

Me desconcierta que la mayor virtud y el mayor defecto de algo sean la misma cosa. Por ejemplo, Extremoduro en concierto: es exactamente como te lo imaginas. Clavado. Sin cambiar ni una coma del guión. Y esto produce sentimientos encontrados, en mi caso, alivio y decepción. Alivio, porque sabes que estás viendo el mismo concierto que hubieras visto una década antes, así que te quitas de encima el peso de no haberlo hecho; y decepción, porque la sorpresa y el “duende” están descartados. No es un cóctel con ingredientes exóticos, es un tetra-brik de litro de Don Simón. Por lo que más vale que te guste el vino.

¡Voy a hacer un tambor de mis escrotos…!

Lo cierto es que no puede uno juzgar un concierto de Extremoduro con distancia analítica: aquí se viene a levantar el puño, berrear los estribillos, esquivar los minis de cerveza que vuelan por el aire, empujar y dejarse empujar por la masa… Hay que reconocer que lo simple, a veces, también es bello. Si eres demasiado sofisticado para verlo, a lo mejor eres tú (y no los otros cuatro mil) el que se ha equivocado de lugar.

Dado que la gira es autogestionada (lo que significa que todo el beneficio de taquilla, merchandising y consumiciones va a parar al management del grupo), el intermedio de veinte minutos al cabo de una hora de concierto puede interpretarse como una cínica maniobra empresarial para aumentar la recaudación de las barras. Desde luego, al espectáculo no le beneficia en nada el brusco parón, que destruye el clima construído a lo largo de los primeros sesenta minutos. Cuando los músicos vuelven a subir al escenario es como si el concierto volviera a empezar.

Quizá por eso, la segunda mitad del show es la que viene más cargada de himnos tarareables: Pepe Botika (¿Dónde están mis amigos?), Quemando tus recuerdos, Salir, Ama, ama, ama y ensancha el alma… Los adolescentes y los treintañeros se funden en una única masa sudada que se desplaza como borracha de un lado a otro del recinto. Todas las gargantas hacen lo posible por desafinar aún más que el propio Robe, pero nadie lo consigue.

Y así, acompañados por una luna llena que no se hace negra por el eclipse prometido (hubiera sido la bomba, la verdad), despedimos a un Robe que se baja del escenario diez minutos antes de que el resto de los músicos (a los que ni siquiera ha presentado) terminen la última canción. Tampoco parece importarles, ellos no están ahí por el reconocimiento, sino por la pasta y por la experiencia catártica de escupir toda esa rabia en forma de gozoso ruido. No parece mala forma de ganarse la vida.

No sé si volveré a ver a Extremoduro en concierto. Si lo hago, será por repetir la misma experiencia como quien se sube dos veces a una montaña rusa, porque no se atisba ningún cambio de estilo en el horizonte del grupo. A veces reconforta que algunas cosas no cambien nunca, y si Robe está dispuesto a enfilar la cincuentena enfurruñado como un adolescente, no descarto hacer lo mismo de cuando en cuando. Empiezo el concierto como un adulto, lo disfruto como un quinceañero, y cuando termina, duermo como un bebé. ¡Y por veintiséis miserables euros!

Jota78

P.D.: Ver al incombustible Iñaki “Uoho” Antón atizarle a su guitarra me hace volver a sentir nostalgia de Platero y tú. No pierdo la esperanza. Si volvieron Héroes del Silencio, creo que es legítimo seguir soñando…

Y al llegar a casa me saludan, ¡oye, dónde vas, cabrón!…

  

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