Un diario de conciertos

Maceo Parker (Patio del Conde Duque, Madrid, 24/07/08)

La vida sigue. Igual que los supervivientes de los Andes no tardaron en volver a subirse a un avión (y en continuar con su dieta rica en proteínas, según la mitología popular…), a mí no me queda otra que seguir yendo a conciertos, consciente de que nada va a poder compararse a la gira springsteeniana de la semana pasada. Pero hay que seguir intentándolo.

 

Por primera vez en mucho tiempo, compré las entradas en taquilla media hora antes del show, redescubriendo así el arte de la improvisación sobre la marcha. En Madrid, la asistencia a conciertos ha crecido tanto que es raro que uno más o menos atractivo no agote sus entradas con semanas de antelación. La espontaneidad, por tanto, queda descartada si no quieres perderte los buenos conciertos en la capital.

 

Ya sea por la tan cacareada crisis, o por la proximidad del mes de agosto que hace que Madrid se vacíe poco a poco, el recital de anoche de Maceo Parker registró una buena entrada, pero no el lleno total que merecía. Y eso que, no me canso de repetirlo, el Patio del Conde Duque es un escenario perfecto para cualquier concierto: buena visibilidad, excelente sonido y sobrado de encanto (las barras quedan algo lejos, pero en fin). Por desgracia, éste es el último año que los conciertos de los Veranos de la Villa se celebran allí –se conoce que en Madrid vamos sobrados de buenos recintos para espectáculos, mejor cepillarse unos cuantos-, así que habrá que aprovecharlo.

 

Maceo Parker es un saxofonista estadounidense de sesenta y cinco años que empezó su carrera tocando con James Brown (famoso por maltratar de lo lindo a sus músicos, racanearles el sueldo y rebajar su autoestima) y luego se hizo un nombre propio explorando el punto de intersección entre el funky y el jazz. Las palabras han obrado su magia y el lector ya ha imaginado a Maceo de color negro sin que yo haya tenido que explicitarlo, ¿a que sí? Pues lo es. Además, lleva la cabeza rapada y se viste con traje chaqueta gris, así que cuando se calza las Ray-Ban negras y agarra el saxo, se convierte en un estereotipo con patas. Pero uno de los que despiertan nuestra simpatía.

 

Maceo lleva un tiempo girando con una big-band de veinte músicos llamada WDR, que aunque suenan como si hubieran nacido en Nueva Orleans, son todos alemanes. Bueno, también hay un bajista llamado Emiliano que no creo que sea de Colonia, pero no puedo aportar muchos más datos. Maceo y la WDR presentan un espectáculo en dos mitades (la convención del mundo del jazz de hacer un anticlimático intermedio nunca la he entendido): la primera es un repaso al repertorio clásico de Ray Charles, y la segunda está más dedicada a los instrumentales y los temas propios de Maceo.

 

Que se haya hecho famoso como saxofonista no significa que Maceo no sepa cantar. Sé que esto va a sonar racista (de una manera positiva), pero es que lo pienso de verdad: ¿hay algún negro que no cante bien? La costumbre es destacar otras partes de su anatomía, pero las cuerdas vocales nunca se quedan atrás. En mi opinión, los negros son la verdadera raza aria, y por eso los blancos hemos intentado pisarles la cabeza durante siglos: por puro complejo de inferioridad.

 

Se me ha ido la pinza, vuelvo con Maceo. La delicadeza de ciertas baladas blues de Ray Charles no fueron demasiado apreciadas por un público distraído, que sólo había venido a bailar. Y eso que, por la forma de moverse y dejar la mirada perdida, Maceo Parker parecía poseído por el espíritu del célebre pianista (que actuó hace años en el mismo escenario del Conde Duque, si no me falla la memoria). Dichas baladas tardaron un rato en captar la atención del personal, pero su intensidad in crescendo redujo considerablemente el murmullo de las conversaciones de fondo.

 

De todos modos, no se puede culpar a la gente por disfrutar mucho más de la parte funky del concierto. Maceo es generoso y deja brillar a los virtuosos de la WDR (el solo más celebrado fue el de un teclista de cincuenta años que empezó literalmente a dar botes mientras tocaba), pero cuando se pone a soplar el saxo, no hay quien le tosa. En mi ignorancia, nunca sé cuánto de improvisación y cuánto de riguroso ensayo hay en este género, pero anoche esta banda sonó fresca sin parecer embarullada, lo que no debe ser sencillo cuando dos docenas de músicos tocan a la vez. Dudo que el director de orquesta / presentador aportara mucho orden al caos, pues a menudo se limitaba a dar palmas y seguir el ritmo con los pies.

 

Cuando la ejecución de este tipo de música es buena, los espectadores pierden la noción del tiempo. No sabría decir si los instrumentales de la segunda mitad duraban cinco o diez minutos cada uno, porque estaba demasiado metido en ellos. Es la forma correcta de disfrutar de la música, pero te pone en aprietos cuando intentas reflejar dichas emociones sobre el papel. Me temo que no es posible racionalizarlas tanto.

 

A las dos horas justas (intermedio de quince minutos mediante), los músicos se despidieron por última vez de los entusiasmados espectadores. Supo a poco, pero también lo hubiera parecido si hubieran tocado cuatro horas. Si, como a mí, algunas malas experiencias te han hecho guardar un temeroso respeto a géneros como el jazz o el blues, te recomiendo probarlos pasados por el filtro funky del saxo de Maceo Parker. Créeme, lo disfrutarás.

 

Jota78

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