Un diario de conciertos

Bruce Springsteen & The E Street Band (Estadio Santiago Bernabeu, Madrid, 17/07/08)

Uno de los grandes placeres de seguir a Bruce Springsteen es descubrírselo a otras personas. En realidad es un placer egoísta, porque te ayudan a ti a redescubrirlo: lo ves a través de sus ojos (como platos), y a veces hace falta otra mirada para recordarnos a los repetidores que The promised land o Born to run en directo no es algo que se vea todos los días. Anoche recibí varias llamadas y mensajes del tipo “cómo no me lo habías dicho”, “no me podía imaginar que era así”, etc; y tuve el placer de asistir a esa transformación en directo mirando la cara de mi amiga Paula. Bueno, más vale tarde que nunca: bienvenidos todos.

 

Y es que ayer sí. Lo que pasó en el Bernabeu puso en evidencia a los periodistas que con tanta ligereza despacharon frases hechas elogiosas sobre el concierto de Anoeta. El de anoche fue uno de esos conciertos “de sonrisa tonta”, la misma que aún tengo mientras escribo esto, doce horas después. Donosti fue un aperitivo, el banquete se sirvió en Madrid. Doy gracias porque aún queden dos conciertos en Barcelona, porque de lo contrario hoy me sentiría vacío, como si despertara de un buen sueño. No quiero despertar todavía.

 

Las localizaciones tienen que acompañar para que algo roce la épica: no se puede rodar Lawrence de Arabia en un polígono de Alcorcón. De la misma forma, un espectáculo como el de anoche resultó más intenso en un escenario como el Santiago Bernabeu. Los conciertos allí no abundan por una razón sencilla: son pocos los artistas que pueden llenarlo. En dos décadas sólo lo habían hecho U2 y los primeros triunfitos (un estigma español). Cuando te asomas al césped del Bernabeu y miras hacia arriba, tienes que tragar saliva. Sabes que algo enorme va a pasar, que no estás en el Libertad 8 para ver a otro clon de Tontxu.

 

Poco después de las diez subió la banda al escenario. En una escena que no produjo ni entusiasmo ni animadversión en el respetable, sino más bien perplejidad, Javier Bardem se acercó al micro y gritó un par de frases para presentar a Bruce. El año pasado hizo algo parecido con Pearl Jam, lo que prueba que ganar un Oscar te granjea toda clase de amigos (pero al menos el tipo los elige bien). Bruce apareció y setenta y cinco mil personas aullaron, como no podía ser de otra forma. One! Two! Three! y el concierto explotó con Night, una paradoja si mirabas al cielo, que todavía no era completamente negro. Nadie se sintió estafado.

 

El sonido era tan tibio como el de Donosti, aunque mejoró de forma notable durante las tres primeras canciones. La segunda fue Radio Nowhere, a la que empiezo a cogerle manía, no tanto por su simpleza sino porque ocupa el lugar de otros temas de Magic que deberían sonar más a menudo en los conciertos: I´ll work for your love, Your own worst enemy (el corrector ortográfico ha intentado cambiar “enemy” por “enema”, qué hijoputa), You´ll be coming down… Es curioso el ninguneo de Bruce hacia su último disco, siendo el mejor que ha grabado en ¿décadas? Pero ¡quién puede quejarse cuando su lugar en el repertorio lo ocupan clásicos como Spirit in the night!, en la que Bruce, bastante fino de voz, se dio el baño de masas acostumbrado.

 

Es curioso que un gran concierto como éste se basara tan poco en los pilares de la discografía de Springsteen: Born to run, Darkness on the edge of town y The river sumaron tan sólo ocho canciones del repertorio. Si Magic tampoco ocupa el grueso del show, ¿de dónde demonios salen las canciones? Pues de todos los rincones. Tunnel of love volvió a abrirse camino con su tema homónimo (mejor ubicado en el repertorio que en Anoeta) y la petición de un fan Brilliant disguise (en una interpretación sin fisuras). Born in the USA se vio representado con su faceta más lúdica, Dancing in the dark, No surrender, Bobby Jean y un Cover me que peleó a muerte contra su sonido discotequero original con un aquelarre de guitarras. Hubo alguna rareza como Trapped y la ya casi fija Because the night (por una desgraciada coincidencia, tanto en Donosti como en Madrid fui a mear durante el abrasador solo de guitarra de Nils Lofgren. Bien pensado, intentar acertar en la taza cuando la calurosa caseta de plástico vibra por la tormenta de decibelios que se le viene encima, es una experiencia sensorial nada desdeñable).

 

El falsete final de Bruce en The river hizo que todo un estadio español guardara silencio durante casi un minuto, una proeza para entrar en el libro Guiness. Y es que, digámoslo ya, Bruce ayer no era de este mundo. Hizo lo que quiso con el público, y cuando recibía el feedback de la energía que había generado, se crecía todavía más. Después de bailar con una afortunada espectadora durante Dancing in the dark, la cargó en sus brazos y se inclinó para depositarla con cuidado entre las primeras filas. A mis treinta años, jamás intentaría una proeza física semejante después de tres horas de concierto. Él atisba los sesenta y le da igual. Tan entregado estuvo anoche que, en la carrera que se pega deslizándose sobre sus rodillas por el escenario, estuvo a punto de comerse al operador de cámara (que no se movió por miedo a perder su trabajo, supongo): lo que suele terminar en un plano medio en las pantallas se convirtió ayer en un auténtico plano de western de Sergio Leone. Los espectadores se morían.

 

La banda también estuvo sembrada, quizá con la excepción de Clarence Clemons, que no tuvo su noche. Llegó tarde al solo de Badlands (allí estuvo el piano de Roy Bittan para cubrirle, bien por ti, Roy) y no se redimió del todo con Jungleland, que sonó a medio gas. A la gran mayoría del público estas cosas le pasan desapercibidas, pero los fans empezamos a tener un nudo en la garganta cada vez que llega el turno de Clarence, pues es muy violento verlo fallar. En su cara se refleja a veces el sentimiento de culpa por no estar a la altura de sus compañeros; incluso diría que evita la mirada de Bruce para que la impresionante forma física de éste no haga más patente su decadencia. Hay que aclarar que Clarence aún brilla a menudo, pero su fulgor ya no es el de antaño.

 

El inamovible bloque antes del bis hace que canciones como Last to die o Long walk home pierdan parte de su fuerza, porque muchos sólo quieren verlas pasar para saber qué vendrá después. Este hartazgo es injustificado y hay que combatirlo. Pero claro, es que los repetidores sabemos que en el bis (de unos cuarenta y cinco minutos de duración), la calderá hervirá y la gente se volverá loca. Seven nights to rock, Born to run, Bobby Jean (qué potra tienes, Diego), Dancing in the dark y American land pusieron a prueba los cimientos del Bernabeu: tremenda debía ser la imagen desde el helicóptero que de vez en cuando sobrevolaba el campo de fútbol.

 

Llegó y se fue Twist and shout, y la gente quería más. Sospecho que a la banda tampoco le hubiera importado, pues se lo estaban pasando pipa. Pero Bruce, como el jefe razonable que es, supo despedirse a tiempo para dejar un recuerdo imborrable; y no es que se le pueda acusar de dar gato por liebre, después de dos horas y cincuenta y cinco minutos de inagotable energía. En su castellano bien trabajado repitió insistentemente “¡Os queremos, Madrid!”, y todos le creímos. Me pregunto si suena igual de emocionante cuando lo dicen Manu Tenorio o Carlinhos Brown.

 

Mañana y pasado, Bruce Springsteen & The E Street Band en Barcelona. Y no hay mucho más que decir.

 

Jota78

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7 comentarios

  1. El cabrón se salió. Y nosotros también, eso fijo, jeje.

    Vamos para Barna.

    18 julio, 2008 en 1:05 pm

  2. Tu foto del post me parece fascinante. ¿Es tuya?
    El resumen que haces del concierto es fantástico y lo suscribo al 100%. Aún haría una matización, que la subiré al blog, y es que Springsteen es muy, muy Americano. En su sonido se siente el rock and roll americano y su banda lo hace fantástico.
    Por cierto, no mencionas a Max Weinberg que para mi es uno de los mejores baterías que he visto. Ya nos contarás por Barcelona qué tal.

    19 julio, 2008 en 8:02 pm

  3. Pingback:   Bruce Springsteen en Madrid. Jueves 17 de julio 2008 by apúf!

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