Un diario de conciertos

Bruce Springsteen & The E Street Band (Estadio Anoeta, San Sebastián, 15/07/08)

Juro que lo intenté. Quise comportarme con la madurez que se le presupone a un adulto. Me dije a mí mismo que no necesitaba ir a San Sebastián, que con los cuatro conciertos ya vistos en esta gira y los tres por ver era más que suficiente. Dicho así, no parece un gran sacrificio, pero revender las entradas (a su precio, no puedo aprovecharme de gente como yo) fue para mí como el triunfo del hombre sobre el niño que era incapaz de no comerse todo el paquete de galletas.

Por desgracia, los niños no se rinden fácilmente. Los canallas de TickTackTicket sacaron a la venta algunas entradas más para los cuatro conciertos españoles, y claro, no se le puede poner el juguete delante al crío para luego decirle que siga haciendo los deberes. Tampoco ayudó que los últimos repertorios de la gira europea se hubieran vuelto histéricamente impredecibles (¿Santa Claus is coming to town en Helsinki? ¿Un villancico en julio? ¡Genial!). Visualicé cómo me sentiría si tocaran Drive all night en Donosti y yo no estuviera allí para oírlo: como un gilipollas. Así que me rendí y volví a comprar.

06:15 h.

Suena el despertador. Se parece a las primeras notas de la banda sonora que Bernard Herrman compuso para Psicosis, aunque nunca he tenido la templanza de esperar un poco para averiguar si lo es de verdad o está sólo en mi cabeza. En todo caso, es la clase de sonido con el que, después de una noche intranquila, uno se despertaría convertido en un insecto. Como la emoción no me ha dejado pegar ojo, y la noche anterior tampoco dormí mucho (alguien en RTVE considera buena política programar Tiburón a las dos y veinte de la madrugada, por si quieres cambiar de opinión cuando haces el último zapping), mi mente se evade de mi cuerpo para contemplar a éste último arrastrarse hasta el metro como si viniera de una rave session de Chimo Bayo.

12:40 h.

Llego a Donosti después de un viaje en tren de cinco horas sin nada reseñable (salvo la constatación de que Soy leyenda pudo haber sido una gran película… pero no lo es). Dejo mi mochila en mi habitación de hostal compartida con ocho desconocidos/as -lo que no aumenta las posibilidades de pillar, sólo el malestar por no hacerlo- y me encamino hacia el estadio Anoeta para conseguir la pulsera de acceso al pit (la zona de pista vallada más cercana al escenario).

Lo bueno de las ciudades pequeñas es que el concierto se convierte en un acontecimiento para todo el mundo, vaya a ir o no: las calles se llenan de camisetas portadas con orgullo, los periódicos locales cubren la noticia con reportajes de varias páginas, las viejecitas lo comentan en euskera en el autobús, e incluso algunos bares ponen a Bruce de hilo musical (con una selección de canciones discutible, pero se agradece la intención). A las puertas del estadio uno se siente menos loco, pues el número 492 que me asignan (escribiéndolo con un rotulador en el dorso de la mano) no puede competir con los primeros de la lista que pululan como semi-dioses por allí. Nunca un 2 o un 5 fue portado con tanto orgullo, aunque incluso yo dudo de la cordura de un adulto que acampa en la puerta de un estadio dos días antes de un concierto. A las cuatro consigo la pulsera. Me marcho a pasear por la Concha y echar una siesta reponedora antes del show.

21:30 h.

Los vascos y las vascas apuran sus zuritos y sus pintxos antes de entrar al estadio. Al bajar a pista me golpea un mareante olor a orina que proviene de los urinarios instalados junto a las barras, a la vista de todos. Esto, unido a que los plásticos que cubren el césped están manchados por la lluvia del día anterior, sugiere al ojo entrenado que el concierto ya se celebró hace un par de horas. Pero no, lo cierto es que aún faltan treinta minutos para la hora prevista de inicio. Pido una cerveza, servida en generoso vaso ancho (de plástico, eso sí) y entro en la zona acotada. Dejo que mi expectación crezca.

22:15 h.

Se apagan las luces, el público ruge, suena el instrumental The man in the flying trapeze. En realidad, el orden de los acontecimientos es justo el inverso, pero qué más da. Sale la banda. El regreso de Patti Scialfa influirá en el repertorio de la noche y relegará a la parte trasera del escenario a la violinista Soozie Tyrell.

El público está contento pero expectante, dispuestos a dejar que les guste, pero recelosos de entregar más aplausos de los que los artistas merezcan. Me parece bien. El primer tema es Tunnel of love, elección atrevida por cuanto este medio tiempo de sonido ochentero no puede conciliar el entusiasmo colectivo desde el minuto cero como lo harían Two hearts, Out in the street o Tenth avenue freeze out. El experimento es valiente pero fallido. A medida que avanza el primer tercio del show, resulta obvio que los cuatro días de descanso que lleva la banda en San Sebastián les ha hecho creer que están de vacaciones, con lo que cuesta recuperar el ímpetu propio de la E Street Band en gira, Bruce el primero.

Como es evidente que el concierto no va a alcanzar nunca la grandeza de las grandes ocasiones, quedándose en la excelencia habitual (ya quisieran muchos) que no requiere de atención constante, me permito un experimento. Cuando arrancan las primeras notas de Hungry heart, abandono mi ubicación de estupenda visibilidad y me dirijo a uno de los laterales del escenario. Otros espectadores no han sido tan previsores y el extremo está prácticamente vacío. Me coloco junto a una de las plataformas laterales. Bruce salta del escenario, recorre los pasillos azuzando al público, y por fin viene hacia nosotros y sube a la plataforma.

No sé si se puede describir la sensación de estar tocando un trozo de historia viva. Una vez pude darle la mano a Sylvester Stallone y no lo hice, pero creo que si hubiera entrado con bata y guantes de boxeador, hubiera querido abrazarlo. Asimismo, nunca se me ha ocurrido ir a la puerta de un hotel a que Bruce me firme un disco, pero tenerlo encima mientras canta a grito pelado el estribillo de Hungry heart, y poder verle los empastes… Dios, es como estar en una película.

Dos veces más se acerca Bruce a esta plataforma lateral, y en ambas se deja sobar a conciencia por todos. En Darlington County tocamos incluso su guitarra. Si queréis saber lo que se siente cuando tu mano toca el hombro de Bruce Springsteen, dejad que os ilustre: se siente asco. Quien diga que este hombre ya no suda la camiseta como solía, miente. Es un monumento a la transpiración. Dudo que pueda reciclar la ropa una vez utilizada, pues debe tener que despegársela con espátula. Pero en fin, si alguna vez tienes que tocar a Bruce Springsteen, que sea empapado de sudor de pies a cabeza y llevando la guitarra con la que grabó Born to run. Si no, no cuenta.

Soy consciente de que esta crónica no me está quedando muy objetiva (tampoco lo pretendo). A ver si puedo corregirlo. La banda no estuvo muy fina, lo que significa que se limitaron a estar brillantes. Algunos tempos se ralentizaron más de lo habitual, hasta tal punto que la intro de batería de Atlantic City  se aceleró sobre la marcha, porque iba camino de cargarse la canción. Los demás patinaron de vez en cuando, precisamente al intentar salirse del guión para aportar algo nuevo a las canciones. La única que no falló fue Patti, dando la razón a los que dicen que su presencia no aporta nada al sonido del grupo, pues éste sonó igual que sin ella.

El sonido, por cierto, fue mediocre. Los instrumentos se empastaban y sus solos perdían parte de su fuerza. Esta desgracia se cebó especialmente en el saxo de Clarence Clemons, cuyas entradas tenían que haber arrancado un rugido colectivo de cuarenta mil gargantas, y pocas veces lo lograron. Debe ser muy difícil sonorizar correctamente para un estadio, pero la gente que paga 70 euros tiene derecho a exigir una calidad óptima en todo, y ayer el sonido no cumplió. Suspenso, claro.

Entre las rarezas del repertorio destacaron Incident on 57th street y Tougher than the rest, interpretadas de forma consecutiva. No me emocionaron, y sospecho que enfriaron un poco los ánimos de la mayoría durante casi un cuarto de hora. En Badlands, siempre la última antes del bis (buena elección), el espectáculo creció de nivel: la entrega de público y banda saltó de notable a sobresaliente. Max Weinberg pareció volverse loco con su batería, de hecho el realizador lo mantuvo más tiempo en las pantallas que al propio Bruce. Era el estado de ánimo adecuado para un imbatible bis: Thunder road, Born to run, Bobby Jean, Dancing in the dark y American land. Convencional y sin sorpresas, sí; pero imposible de juzgar con frialdad cuando la apisonadora musical funciona a pleno gas y te convierte en una pieza más de su engranaje.

American land es un cierre perfecto, pero como la segunda parte de la gira de Magic (sólo cuatro canciones interpretadas) parece haberse convertido en una especie de Greatest Hits Tour, fue apropiado añadir una coda como Twist and shout, que hizo a muchos creer que se encontraban veinte años atrás, en la gira del 88 (de hecho sonaron dos temas de Tunnel of love). Para entonces, los donostiarras ya no tenían recelo alguno y la fiesta era total. Todos estaban invitados, incluso los que gozaban del concierto desde los balcones de un edifio colindante y vibraron al ver su jeta proyectada en las pantallas.

Si tengo que ser objetivo (soltadme, cabrones…), éste es el peor concierto de la E Street Band que he visto. Lo que significa que lo pasé de puta madre durante tres horas, y que siempre lo recordaré como el concierto en el que, por fin, pude acariciar las cuerdas de la guitarra del Boss (me encantaría estar alguna vez en primera fila pero, para mi desgracia, Dios no me ha dotado de una vejiga que me permita estar ocho horas sin mear).

Mañana: Madrid, ¡más y mejor!

Jota78

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7 comentarios

  1. He leído tu crónica por encima porque no quiero saber más de lo que ya sé de cara a los conciertos de Madrid y Bcn… así que pronto comentaremos más en profunidad, ¿te parece?
    Veo que sigues sin hacer fotos. Yo en este caso creo que tampoco la llevaré. Si acaso a Bcn, porque estoy en grada, para al menos hacer fotos del ambiente y tal. A Madrid no creo… aunque siempre voy tentado, jeje.
    ¡Vamos, vamos, vamos!

    16 julio, 2008 en 11:57 am

  2. Diego

    Maestro!!!!!! Tengo entradas para Madrid!!!!

    Me encanta tu objetividad subjetiva

    16 julio, 2008 en 4:35 pm

  3. loooooooocooooooooooos

    16 julio, 2008 en 6:10 pm

  4. Manu

    Felicidades,
    Creo que los dos primeros párrafos son memorables de verdad!!
    Probablemente porque es en parte lo que pensamos algunos, que cada concierto es una oportunidad única e irrepetible. Demostrar cada día, en cada actuación a cincuenta ó sesenta mil personas que se van a rendir… sin duda, no tiene precio.
    Grande!!

    17 julio, 2008 en 3:36 pm

  5. Pingback: Bruce Springsteen & The E Street Band (Estadio Camp Nou, Barcelona, 20/07/08) « Si la tocas otra vez…

  6. Pingback: Bruce Springsteen & The E Street Band (Hyde Park, Londres, 28/06/09) « Si la tocas otra vez…

  7. Pingback: Bruce Springsteen & The E Street Band (Madison Square Garden, Nueva York, 07 y 08/11/09) « Si la tocas otra vez…

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