Un diario de conciertos

Leyendas en concierto: Bob Dylan

¿No es increíble que en 2008 estemos hablando de Bob Dylan? Y no en pasado, precisamente. Once conciertos por España en las últimas dos semanas no son más que otra pequeña muesca en el revólver de alguien que ha decidido morir con las botas y el sombrero puestos, encima de un escenario. Estadísticamente es muy probable que lo consiga, pues Dylan no para nunca: tiene la mirada puesta en el siguiente concierto antes incluso de que los espectadores del anterior hayan terminado de aplaudir. A algunos nos gusta acompañarlo de cuando en cuando, en esa huida hacia delante.

 

En su interesante libro Crónicas describe su hastío a finales de los ochenta por verse rodeado de un público de su quinta, que ya no esperaba nada de él excepto la previsible retahíla de grandes éxitos mal desempolvados. Decidido a no convertirse en una momia en vida, probó a reinventarse por el camino de retorcerles el brazo a las canciones hasta que a éstas les cambiara la cara por completo. También planeó con un promotor un calendario de conciertos, basado en un ciclo bienal que lo situara en las mismas ciudades cada dos años. Económicamente no era el plan más sensato, pero Dylan estaba convencido de que así renovaría a su público, pues los viejos dejarían de acudir, mientras que los jóvenes volverían al cabo de dos años acompañados de caras nuevas. Su audacia tuvo recompensa: encontró una forma de que sus himnos de siempre dejaran de sonar trillados, y captó a nuevos adeptos.

 

Desde entonces no ha dejado de girar, en lo que se denominó de modo extraoficial el Neverending Tour (la Gira Interminable, vaya). No sé si Dylan ha retomado su idea del plan bienal, pero lo cierto es que ha pasado tres veces por Madrid desde 2004. Si volviera dentro de dos años, lo haría con setenta ya cumplidos, así que es justo preguntarse por qué no se lo toma con más calma, canta las canciones que la gente quiere oír, se deja querer… Pues porque es Bob Dylan, coño. Y chitón.

 

No es fácil ser fan suyo. Harto de que su público se lo perdone todo, él ha decidido ser exigente con ellos. Requiere paciencia y atención (dos cualidades no muy corrientes hoy en día) disfrutar de un show del viejo Bob. Más vale que te guste la música, porque no vas a encontrar ninguna válvula de escape en pantallas o juegos de luces que te distraigan. Tampoco esperes que el hombre corra de un lado a otro del escenario como Mick Jagger. Sólo son media docena de músicos tocando a la vez; si te gusta, bien, y si no, mala suerte para ti… Dylan no saluda, no hace chistes entre canción y canción, no regala nada. Es un músico, no un showman.

 

En julio de 2004 lo vi en la Huerta del Palacio Arzobispal, en Alcalá de Henares; en julio de 2006, en el festival Viajazz, en Villalba; y anoche, en el festival Rock in Río, en Arganda del Rey. Con Dylan se da la paradoja de que todos sus conciertos son iguales y distintos a la vez. Completamente intercambiables uno por otro, pero singulares por cuanto su repertorio rara vez se repite dos veces, e incluso la interpretación de las canciones varía de una ocasión a otra. Sumando los tres conciertos, creo haber escuchado casi todos los clásicos de los sesenta y setenta: Mr Tambourine man, Blowin´ in the wind, Just like a woman, Simple twist of fate, All along the watchtower, I want you, Forever young… aunque la mayoría de las veces resulten irreconocibles, tan transformadas que sólo el estribillo te resulta vagamente familiar.

 

El Dylan del siglo XXI no toca la guitarra sino el piano, desafina que da gusto y más de una vez entra con su armónica a destiempo. No pretendo defender lo indefendible, pero a mí me hace sonreír por una razón: lo hace porque quiere. Estoy seguro de que puede cantar mejor, tocar mejor y salir triunfante, y no lo hace porque prefiere arriesgarse y probar algo nuevo. En esta espiral de locura con su propia lógica interna, Dylan ha sumado la carraspera al desafine para conseguir una voz que es como si te hablara el mismísimo Satanás. A mí me parece la bomba.

 

Con este bagaje se presentó anoche en Rock in Río. Al menos, en los anteriores conciertos, los espectadores eran en su mayoría seguidores del artista; pero en un festival sin rumbo ni criterio como éste, el público era, por decirlo suavemente, heterodoxo. Es seguro que la mayoría tenían en su cabeza la imagen del trovador en blanco y negro de los años sesenta, una cosa domesticada en comparación con los tiempos que corren. Se equivocaron.

 

Como siempre, Dylan había advertido que no quería que grabaran el concierto, así que los cámaras se marcharon del escenario. No contaba el músico con la picaresca española, puesto que la cámara frente a él seguía funcionando sin operador. Así que, por una vez, pudimos ver el careto de Dylan a lo grande en las pantallas, estudiar los surcos de su rostro y convencernos de que la leyenda no puede ganarle la partida al hombre, que al fin y al cabo, es casi un anciano. Pero también descubrimos algo más, algo que hubiera pasado desapercibido salvo para los espectadores de las primeras filas: al final de la primera canción, Dylan miró a sus músicos y soltó una carcajada. ¡Hostia, es humano! ¡Era eso lo que trataba de ocultar! Incluso me pareció verle bailar como Chikilicuatre en uno de los temas más animados… Quizá advertido por su manager de que el festival le había jugado una mala pasada con las pantallas, Dylan alargó cuarenta minutos más de lo previsto su concierto, que tenía que haber durado apenas una hora. Los dylanitas, felices, y los organizadores tirándose de los pelos, supongo. Una vez más, él bueno de Bob rió el último.

 

La única concesión para el gran público fue el cierre del concierto con Like a rolling stone, que todas formas cantó como le vino en gana. La banda se acercó entonces al borde del escenario para saludar. Si esa fue la primera ocasión en la que Dylan miró al público, es seguro que se preguntaría qué cojones era aquel circo con tirolina, noria y puestos de Toyota y El Corte Inglés que rodeaban a los espectadores. Ah, sí, debió pensar, el festival ridículo ese. Aunque para Dylan sólo era el concierto del domingo: sesenta segundos después, con el pie apoyado en el primer escalón de su autobús (bueno, él lo llama hogar), su cabeza estaría ya en el concierto del lunes. Como un canto rodado que no se detiene nunca.

 

Jota78

Anuncios

3 comentarios

  1. Jesús Castro

    Me alegra ver que alguien tiene oídos para escuchar y ojos para ver. Muy buena revisión. Estuve en Jaen el pasado sábado y al ver a Bob interpretar Ain’t Talkin’, desde luego decir que “es como escuchar al mismísimo Satanás”, se que da corto; es como escuchar al MISMÍSIMO DIOS (salvando las distancias, claro; a Dios no lo he visto y tocado aun, a Bob SI)

    8 julio, 2008 en 4:32 pm

  2. Me quedé con las ganas de un buen Watchtower en Gredos, joder! Por lo demás, de acuerdo en todo lo que comentas. Mira, de paso aquí te dejo un enlace a una crónica que me hizo mucha gracia:

    http://www.elmundo.es/elmundo/2008/07/07/rockandblog/1215388666.html

    Ciao!

    10 julio, 2008 en 9:39 am

  3. Pingback: Un año de blog: Los 10 mejores conciertos de 2008 « Si la tocas otra vez…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s