Un diario de conciertos

Ramoncín (Joy Eslava, Madrid, 13/05/08)

Si tecleas “Ramoncín” en Google, la primera docena de entradas son insultos y descalificaciones varias. Aunque puedo entender cómo se ha llegado a esta situación (para mis contemporáneos, Ramoncín es el tertuliano de Crónicas marcianas que se zurra con fotógrafos en los aeropuertos mientras lo persiguen por estar con Ivonne Reyes), no creo que Ramón J. Márquez sea a la música lo que Josef Mengele a la medicina. Y hasta los nazis tienen más partidarios en el maldito buscador de internet.

 

El otro factor que ha dinamitado el prestigio musical de Ramoncín ha sido su labor en la directiva de la Sociedad General de Autores y Editores. Desconozco si ésta ha sido buena, mala o mediocre, pues no sé nada de gestión de derechos de autor. El resto del país parece que sí, con lo que debe de avecinarse un nuevo Siglo de Oro para España, a la vista de la cantidad de autores registrados en la sociedad de marras… Coñas aparte, la gente busca un culpable a medidas tan impopulares como el canon en los CDs, y a Ramoncín le ha tocado esa china. Personalmente, creo que el canon es una pataleta ridícula que poco va a ayudar a estas alturas a los autores, pero sólo estoy a favor de que suprima cuando las autoridades empiecen a castigar con severidad la descarga ilegal de música y películas. Lo siento, amigo, el ocio no es gratis: algunos trabajamos duro en el audiovisual para que tú te diviertas con él.

 

Dejemos el tema, este blog va de música en directo. Se cumplen treinta años del lanzamiento del primer disco de Ramoncín, y su discográfica ha decidido editar otro recopilatorio. A Ramón le gusta reivindicarse como músico cada vez que le interrogan por su profesión en una entrevista, pero es justo preguntarse si en activo o en excedencia, pues su último disco de estudio, Sin miedo a soñar, apareció hace una década. Tampoco da muchos conciertos en directo, salvo un par de recitales por año en la sala Galileo Galilei de Madrid. Parece que Ramoncín quiere enmendar esto, por lo que en septiembre editará un disco doble con nuevas canciones, que le servirá como excusa para volver a girar por provincias; y de paso, para que deje de recordársele por polémicas absurdas con Sabina o lapidaciones públicas en el Viñarock.

 

Anoche se presentó en Joy Eslava el recopilatorio en cuestión. El acto consistía en una breve introducción de Jesús Ordovás y Loquillo, seguido de un concierto de Ramoncín. Dado que era un acto promocional con invitación (que podía conseguirse en su página web), supuse que el concierto sería corto y quizá acústico. Me equivoqué. Duró una hora y cuarenta minutos, y al cantante lo acompañaron ¡siete músicos y cuatro coristas!… Venga chavales, que no falte de nada, que paga Ramón.

 

Tres de esos músicos eran guitarristas, otro tocaba el violín. El despliegue me dejó perplejo hasta que comprendí que Ramoncín no hace canciones, sino óperas en miniatura. Sus temas son medios tiempos de ocho minutos, con un empaque sonoro recio e impenetrable como el granito: la clase de arreglos por los que a un grupo indie como Mercromina alabarían con fervor los gafapastas de turno (yo me operé hace unos años, jeje). Lo que pasa es que Ramoncín no es Joaquín Pascual ni Fernando Alfaro, sino que se le entiende perfectamente al cantar. Y tiene un estilo propio: algo así como si Raphael se pusiera al frente de Medina Azahara.

 

Conozco dos canciones de Ramoncín. Una es Al límite, que confiaba en que interpretara a dúo con Loquillo, pues así lo hicieron en el disco Compañeros de viaje (1997). No hubo suerte, el tema ni siquiera sonó. La otra es, por supuesto, Hormigón, mujeres y alcohol, que cerró el concierto. Creí que reconocería algún otro estribillo aunque no supiera el título de la canción, pero no fue así. El resto del público sí tarareó algún tema, pero dosificaron bien su entusiasmo y su atención: no podía exigírseles más, pues el perfil del espectador medio era el de un empleado de Cortefiel cercano a la prejubilación. Supongo que si descuidas tu carrera musical durante quince años, no puedes pretender que tus seguidores rejuvenezcan.

 

Llegados a este punto de la crónica, es lícito que el lector se pregunte si me gusta o no Ramoncín. Ni yo mismo lo sé. El personaje que ha creado me produce rechazo y fascinación al mismo tiempo. Me atrapa cuando sopla su armónica y patea el suelo con su bota, pero no comulgo del todo con su discurso sobreactuado. Al César lo que es del César: si mi generación le ha encontrado el encanto kitsch al antes citado Raphael, no descarto que a Ramoncín pueda ocurrirle lo mismo en cinco años. Al fin y al cabo, es preferible su teatralidad desmesurada que la repelente contención de Ismael Serrano o Jorge Drexler, incapaces de entender que el escenario es para quien sepa dar espectáculo. Ramoncín es uno de ellos.

 

Jota78

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3 comentarios

  1. b

    Totalmente de acuerdo en lo de la armónica. No tengo ni idea de cómo suena su guitarra y aunque su voz es bonita tampoco es que me emocione cómo canta, pero la armónica la toca muy muy bien

    14 mayo, 2008 en 11:07 am

  2. En determinados momentos Ramoncín recuerda necesariamente a Bruce Springsteen, sobre todo en su rock festivo con tres guitarras y una banda más que amplia. Lejos de sus inicios punks, esa la forma en la que yo le tengo en mi mente. Bueno, miento, en mi mente le tengo como un repelente que te cagas por su imagen pública, aunque siempre le reconoceré su talento compositivo y como vocalista. Pero no creo que pueda remontar el vuelo… demasiada gente le tiene demasiada manía. Incluso me temo que hay quien le odia.

    21 mayo, 2008 en 3:42 pm

  3. normal que le odie la gente, es un vampiro que cuando dejo de ganar dinero de la música y de salir en Cronicas Marcianas (donde Sarda se lo curraba en mostrarnos a los más abyecto de nuestra sociedad) se fue a la $GAE a chupar mas sangre, empezó bien pero la sed de sangre que tiene le ha vuelto en algo aborrecible, excepto para sus 5 fans que pagaran religiosamente su canon en discos, móviles, impresoras……..

    6 diciembre, 2009 en 1:51 am

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