Un diario de conciertos

Krystian Zimerman (Auditorio Nacional, Madrid, 05/05/08)

Con la estrechez de miras que me caracteriza, nunca pensé que en este blog llegara a escribir de nada que no fuera pop-rock contemporáneo. A veces se me olvida que hay otros estilos y otros géneros, y que no está de más probarlos de vez en cuando. No, no estoy hablando de flamenco, que sigue siendo para mí un tabú tan insalvable como para algunos hombres la exploración de su punto G. Estoy hablando de música clásica.

 

Krystian Zimerman es un pianista polaco de cincuenta y algo, que pasa por ser un virtuoso en la interpretación de los clásicos (Bach, Beethoven, Mozart, Chopin, Brahms, Schubert, sí, los estoy leyendo en un papel). Esto de no crear nada en tu vida y limitarte a recrear material ajeno, se parece un poco a lo de las orquestas populares, que ponen toda la carne en el asador para hacer sonar Y nos dieron las diez y Paquito el chocolatero como si las hubieran compuesto ellos mismos la noche anterior. Pero reconozco que el comentario es injusto, porque Elvis era fundamentalmente un genial intérprete de temas de otros, y hay que ver dónde llegó (a Las Vegas… pero me estoy liando, ésa es otra historia). La cuestión es que podemos aceptar que a alguien se le llame maestro por aporrear con gracia un instrumento, incluso aunque las notas que salgan del mismo no las haya compuesto él.

Zimerman, un saludable jovencito:

 

Mi padre me invitó al recital con la promesa de que cenaríamos una buena fondue de queso después, y no soy la clase de persona que tiene la voluntad de rechazar una invitación semejante. Además, me apetecía conocer el Auditorio Nacional de Música, pues parece un sitio vetado a todo aquel que sea un ignorante en música clásica y no pueda, además, permitirse pagar un abono de temporada para varios conciertos. El gran problema de la ópera y la música clásica: no van a gustarte hasta que las pruebes, pero no puedes probarlas si no conoces el material que vale realmente la pena. Supongo que de ahí su elitismo.

 

El Auditorio Nacional es un edificio impresionante, bien estudiado para que la acústica sea perfecta sin necesidad de utilizar micrófonos. El público rodea al artista por todas partes, y como la luz solamente se atenúa pero no llega a apagarse, puedes apreciar en las caras de la gente si les está gustando lo que oyen o no. Fue refrescante volver a ser por una noche el espectador más joven de todos, cosa que ya no me ocurre con Pereza o Fito. El resto del público eran melómanos en la cincuentena, bien vestidos y con posibles. La única pega que le encontré al Auditorio fue la distancia entre filas en el anfiteatro, donde estábamos sentados. Al cabo de un rato de no moverte (para no hacer el menor ruido durante la representación), tu cuerpo acaba sufriendo dos síndromes: el bien conocido de la clase turista, que no es para tomárselo a broma, pues un pariente mío murió aquejado del mismo; y el síndrome del calzoncillo como el envoltorio de la madalena, que no precisa de mayor explicación entre los varones.

 

El público de música clásica no da palmas, ni silba, ni hace la ola antes de que comience el concierto, así que la salida de Krystian Zimerman me pareció algo brusca y desangelada. El hombre agradeció educadamente el aplauso y se sentó al piano sin dilación. El repertorio se componía de piezas de Bach, Beethoven, Brahms y el menos conocido Karol Szymanowski, compatriota del pianista. Mi padre estaba contento de que pudiéramos escuchar de forma consecutiva “las tres B”, pero se llevó una pequeña desilusión cuando Zimerman decidió cambiar el repertorio sobre la marcha y sustituir a Brahms por otra ración de Beethoven. Nadie se quejó.

Zimerman hoy. Se van a cagar…

 

Lo que oímos fue indiscutiblemente bello, pero tengo mis dudas de que la belleza sea el mejor camino hacia la emoción. Las cosas imperfectas a veces transmiten más. La nariz torcida y la cicatriz en la barbilla hacen que Harrison Ford sea mucho más interesante que el tío que hace de Superman; la pobreza técnica de La matanza de Texas le otorga una personalidad propia con la que su mecánico remake no puede ni siquiera soñar. Si hablamos de música, y más concretamente de tocar el piano, Johnny Cifuentes nunca será capaz de acariciar las teclas como el polaco Zimerman, pero las canciones de Burning en directo me tocan el corazón mucho más que la sonata nº 32 en do menor de Ludwig Van Beethoven. Cuando la belleza se presenta sola, tan pura, tan envasada al vacío, el cerebro acaba por ausentarse, como me ocurrió varias veces en este concierto.

 

El resto del público aplaudía enfervorizadamente cada vez que concluía la pieza de un compositor. Algunos parecían sinceramente embriagados por la música, otros mostraban un entusiasmo un poco más fingido. Creo que, de haber estado tan emocionados como pretendían, se hubieran arrancado a aplaudir de vez en cuando entre pasaje y pasaje de cada pieza, incluso aunque el protocolo no lo permita. El silencio sepulcral entre dos piezas de Johann Sebastian Bach se hace tan extraño como un estadio callado cuando Paul McCartney termina de interpretar Let it be.

 

La parte final fue la que más me gustó. Pareció como si Zimerman quisiera que el compositor polaco Szymanowski no desmereciera ante sus colegas más famosos, y se entregó a la interpretación con un ímpetu que rozaba la teatralidad; y lo digo para bien. El Auditorio entero se puso en pie y aplaudió con entusiasmo, reclamando un bis que quizá fuera el desaparecido Brahms. Nunca lo sabré, porque mi padre y yo ya estábamos camino de esa fondue de queso. Y bien está lo que bien acaba.

 

Jota78

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2 comentarios

  1. Euge

    Jota78: Afortunado tú de poder escuchar al mismísimo Krystian Zimerman en acción. Espero que durante el recital, tus sentimientos y emociones estuvieran pendientes de las manos de este gran intérprete, y no en la fondue de queso posterior.
    Está claro que sobre gustos…
    A título personal, dudo bastante que pueda existir alguien capaz de interpretar a Schubert o a Chopin como este caballero. A veces ocurre que un intérprete es sublime. Símplemente por comparación. Te ruego encarecidamente que la próxima vez que tengas la oprtunidad de acudir, me cedas tu entrada y yo a cambio te regalaré fondue de queso para todo el año. Yo aprecio a Zimerman, y tú la fondue de queso.

    16 marzo, 2009 en 9:31 pm

  2. Jota78

    Gracias por escribir. Es obvio que el texto tiene un enfoque humorísitico, pero no rechazaría una buena fondue ni, probablemente, otro recital de Zimerman.

    Un saludo.

    16 marzo, 2009 en 10:04 pm

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