Un diario de conciertos

Patti Smith (Real Casa de Correos, Madrid, 23/04/08)

Hace exactamente treinta años que Patti Smith vivió sus quince minutos de fama, cuando publicó el disco Horses, y su canción a pachas con Bruce Springsteen, Because the night, se convirtió en un moderado hit. Su carrera fue languideciendo hasta acabar en un retiro semi-voluntario de más de una década. Al parecer, unas cuantas muertes en la familia (marido, amante, hermano) ayudaron a que saliera de casa y volviera a la carretera. La Patti Smith actual es una respetable sexagenaria, igual de flaca que en los setenta, pero no tan andrógina como pretende la leyenda: su coquetería femenina está ahí, aunque despisten la sombra de bigote y su perfil iggypopesco. De todas formas, su desarmante sonrisa lo compensa todo.

Patti Smith en el siglo XXI: 

Lo del párrafo anterior es prácticamente todo lo que sé de Patti Smith, incluso echando mano de Google. Por eso tenía bastante interés en verla en vivo, porque creo que cualquiera que dure tres décadas en la música merece mi atención. Hace unos meses actuó en La Casa Encendida por un precio ridículo, y claro, las entradas volaron. La reválida fue anoche en la Real Casa de Correos. Se trataba de un concierto / recital de poesía enmarcado dentro de las actividades programadas para La Noche del Libro (o de los Libros, no sé si es en singular o en plural). La entrada era con invitación. Para no alargarme demasiado, obviaré las penurias que hay que pasar para conseguir una entrada para un evento cultural gratuito de cualquier índole en nuestra capital, pero lo resumiré con un comentario de lo más burgués: prefiero pagar.

Y si conseguir la invitación se asemejó a pelear con los jubilados por un plato de paella en la Plaza Mayor, asistir al recital no difería mucho de estar viendo ópera en la calle a través de esas pantallas gigantes instaladas para el vulgo que no puede costearse la entrada. Resulta que el patio de la Casa de Correos tiene en su interior dos huecos de ascensor acristalados que no facilitan mucho la visión en actos de este tipo, así que el público (con asiento) se dividía básicamente en dos grupos: los que veían y los que no. Mi amiga Ángela y yo estábamos entre los segundos, y cuando miras una pantalla en lugar de un escenario, tu cerebro se ausenta al cabo de unos minutos, porque se parece mucho a estar viendo un DVD. Por suerte, encontramos la manera de acercarnos y ver la actuación desde un lateral. Ver físicamente al artista lo cambia todo.

Soy el primero en reconocer que una lectura musicada de poemas suena tan divertido como depilarse el ojete con cera hirviendo. Pero claro, esto es como ir a ver La gata sobre el tejado de zinc caliente: no es lo mismo Carmelo Gómez que Paul Newman. Los poemas que escuché anoche hubieran sonado pueriles en boca de David Bustamante, pero con Patti Smith cobraban una dimensión completamente distinta. El mejor aval de la neoyorquina es su voz, grave y profunda sin dejar de ser dulce; y uno se queda embobado escuchando esos versos salir de una garganta como ésa, y más si la forma de bóveda de la Casa de Correos convierte el sonido en algo parecido en una misa vaticana del Papa (del verdadero, Juan Pablo II, ¡te quiere todo el mundo!).

Acompañada de un teclado y una guitarra acústica, y a veces tocando su propia guitarra, Patti hacía sonar los poemas (propios y ajenos) como canciones que siempre hubieran estado ahí, esperando a que alguien les pusiera música. A veces tenía la impresión de estar viendo al chamán de la tribu escupiendo un sortilegio, idea reforzada por el lenguaje corporal de la cantante, a medio camino entre el parkinson y la posesión demoníaca. En todo caso, funcionaba. Los breves parlamentos entre canción y canción dejaban entrever que Patti Smith es una mujer culta, afable, consciente del lugar que ocupa y, como dijo mi amiga, “en paz consigo misma”. Su naturalidad ayudó a pasar por alto algún que otro error cometido por despiste o falta de ensayo.

Con la peregrina excusa de que “la noche es de los que aman los libros”, Patti atacó Because the night, el educado (y talludito) público levantó el culo del asiento, y la cosa dejó de ser poesía musicada para convertirse en música poética. Un par de temas propios más zanjaron con elegancia el show. Mentiría si dijera que fue la noche más emocionante de mi vida, pero fue suficiente para darme cuenta de que me gusta Patti Smith, y que en el marco apropiado (pongamos el patio del Conde Duque) y con una cerveza en la mano, disfrutaría enormemente de su música. Espero que eso ocurra algún día no muy lejano.

Jota78

 

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3 comentarios

  1. Because the night es una canción enorme. Casi tan enorme como el flipado que decidió regalársela en lugar de arrasar con ella… y eso que la toca muy a menudo en sus propios conciertos, jeje.

    6 mayo, 2008 en 12:36 pm

  2. Pingback: Un año de blog: Los 10 mejores conciertos de 2008 « Si la tocas otra vez…

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