Un diario de conciertos

Micah P. Hinson (Sala Heineken, Madrid, 14/04/08)

Siempre he tenido reparos con los músicos que se hacen famosos antes por sus problemas que por sus discos. Una parte de mí se resiste a prestar atención a gente como Pete Doherty o Amy Winehouse, hasta que su trayectoria demuestre que son algo más que carnaza para titulares escandalosos. Quizá por eso he mostrado tanta resistencia a conocer a Micah P. Hinson, un veinteañero estadounidense (¿cómo se llaman los que viven en Memphis, memphisianos?) que ya ha conocido la cárcel y tiene algún trastorno mental diagnosticado. Pero mi amiga Paula es cabezota y se ha empeñado en introducirme en la obra de Micah P., y a mí no me ha quedado otra que reconocer el talento del chico.

 

En España gusta mucho, como demuestran la decena de fechas de su gira por la península y el lleno de la sala Heineken de anoche. Por cierto, siempre pido Mahou en esta sala, por tocar un poco los cojones. Una de las cosas que llaman la atención del público de Micah P. es que sus seguidores son más viejos que él: la mayoría de los espectadores pasaban de los treinta. Curioso. Eso sí, algunos seguían haciendo eso tan infantil de imitar a su ídolo, y como Micah P. es continuador de la estirpe de gafotas geniales a la que pertenecen Buddy Holly o Elvis Costello (acompañándolo de un par de pendientes agujereadores del lóbulo), pues eso es lo que abundaba en el concierto: hombres con gafas de pasta negras y pendientes. Pero la característica más singular del público de Micah P. es su respeto –casi veneración- por el artista. Tenía miedo de quedarme fuera de la magia del concierto por no ser capaz de tararear las canciones, pero resultó que nadie lo hacía: aplaudían con entusiasmo el principio de los temas más famosos y luego se limitaban a escuchar. El silencio sepulcral intensificaba la emoción de algunos temas, pero a la vez me hacía preguntarme si algún que otro espectador no creería estar viendo a la Virgen María.

 

En cuanto al propio Micah P., el único reproche que puedo hacerle es el de su impostada naturalidad. El tipo salió a enchufar el cable de su micrófono antes de empezar el concierto; paró diez minutos a la mitad para sustituir una cuerda que, de todos modos, acabó por soltarse de nuevo y tuvo que volver a cambiar ¡el baterista!; charló lo que quiso entre tema y tema (siempre en inglés), fumándose algún pitillo entero; y cruzó la sala entre el público al terminar el show, acompañado de la que es su mujer desde hace menos de una semana –y apoyándose en un bastón para sobrellevar sus problemas lumbares-. De remate, salió al escenario con un bolso cruzado de función puramente ornamental (o quizá temía que alguien en el camerino le sustrajera el pasaporte mientras actuaba). En definitiva, su repateante campechanía le quita un poco de encanto al ritual de ver a un músico que admiras sobre las tablas: primero hay que crear la barrera entre público y artista para luego poder romperla.

 

Eso respecto al personaje escénico, porque el cantante y compositor tiene poco reproche posible. Su voz grave retumba en los bafles y entra en los cerebros de los oyentes como la de un resurrecto Johnny Cash. Micah P. no tiene miedo de sonar a folk americano, así que su bajista le acompaña a veces con un banjo mientras patean el suelo con sus botas. Lo que pasa es que la voz de Micah P. tiene más recorrido que la del legendario Cash: a veces cambia de registro sin avisar y parece como si el enano que lanzaba berridos en Loca academia de policía se hubiera puesto al frente de los Sex Pistols. Pero el efecto conseguido es sensacional, pues al público le parece que un nubarrón se cierne sobre sus cabezas después de atravesar una bucólica campiña soleada. Cuando los registros folk y punk se encuentran, Micah P. se sitúa a pocos pasos de Nick Cave, lo que tampoco es precisamente malo.

Los temas son fugaces, apenas duran tres minutos, pero la mayoría dejan poso. Su intensidad es en ocasiones forzada, como un mal actor de teatro tratando de epatar, pero esos breves momentos quedan difuminados por las canciones que tocan la verdadera fibra de la emoción. Micah P. y sus versátiles músicos pintan un cuadro sonoro que requiere atención y ser mirado desde distintos ángulos, pero que a la larga gratifica con creces por el tiempo invertido.

 

Me he puesto un poco pedante. El mensaje que quiero transmitir es: Micah P. Hinson mola. Tiene talento y no va a ser flor de un día, así que préstale atención. De Pete Doherty hablaremos otro día.

 

Jota78

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