Un diario de conciertos

Shine a light

Ha sido una grata sorpresa que Shine a light, la película-concierto de los Rolling Stones filmada por Martin Scorsese, se haya estrenado en cines en España. Me prometí a mí mismo no hablar de cine en este blog, pero como la experiencia de ver este film en pantalla grande se parece bastante a asistir a un concierto (uno cualquiera, no necesariamente de los Stones), he decidido confirmar la regla con esta excepción.

 

Los críticos cinematográficos han mostrado su decepción porque Shine a light no se pareciera al anterior concierto filmado de Scorsese, el excelso El último vals. Quizá no han entendido que el tono elegíaco de aquél poco tiene que ver con la celebración de la vida que es cualquier concierto de los Stones: un pulso ganado al paso del tiempo, al menos una noche más. Mañana, Dios dirá. La película subraya este aspecto y no incide en el lado humano de los músicos, sino que busca presentar a Jagger, Richards, Watts y Wood como semi-dioses. La crítica es injusta porque, aunque en el 90% de su metraje sea un simple concierto filmado, a la vez es puro Scorsese: montaje eléctrico, travellings disparados, un caudal inagotable de energía delante y detrás de las cámaras, en fin, todo lo que caracteriza al cine de este director desde que decidiera reinventar su estilo a mediados de los ochenta, con Jo, qué noche y El color del dinero. Y por cierto, quizá Shine a light sea su mejor película desde Casino (estoy a favor de la castración química para aquellos que se atrevan a ir diciendo por ahí que Infiltrados es una película digna de su autor).

 

Shine a light no es un DVD musical. No pretende ser una representación fidedigna del concierto, sino que manipula la realidad a placer para mejorarla ante nuestros ojos. Como el buen cine, vaya. Y como tal está filmado: las cámaras están operadas por varios directores de fotografía de prestigio, y se nota. No es sólo que la cámara esté siempre donde tiene que estar, atrapando para la posteridad todas las reacciones y todos los punteos (mejor no lo comparen con cualquier DVD musical español); sino que las imágenes tienen por sí mismas una belleza y una fuerza suficientes como para competir con cualquier película convencional. Imposible no quedarse boquiabierto ante el primer plano sostenido del bluesman invitado Buddy Guy; con los perfiles mefistofélicos a contraluz de un Keith Richards esculpido en piedra, o con las desnudas miradas a cámara de un Charlie Watts al límite de sus fuerzas, al cabo de sólo cuatro canciones.

 

Las imágenes de archivo intercaladas no pretenden hacer memoria, sino celebrar el presente. Es imposible no sonreír cuando un Mick Jagger de principios de los sesenta asegura a cámara que cree que la banda durará “al menos un año más”. Scorsese no ejerce de historiador sino de hagiógrafo, para lo bueno y para lo malo. Y sin engañar a nadie, porque quien crea que esta viendo un documental, saldrá de dudas con el último plano de la película, en el que la cámara sale por la puerta de atrás del teatro y se eleva hasta los cielos nocturnos de Nueva York sin aparente esfuerzo.

 

Hablemos de música. Shine a light no es una representación fidedigna de un concierto de los Stones en el siglo XXI, por dos razones. La primera, está filmado en un teatro (bien por ti, Martin) y no en un estadio, que es donde suelen actuar estos señores la gran mayoría de las veces. Y la segunda, el repertorio no es tan obvio como cabía esperar, sino que deja espacio para las rarezas y las caras B. Esto es un gran acierto porque, seamos sinceros, ¿cuántas veces puede uno escuchar It´s only rock and roll, Miss you o Paint it, black sin que acaben sonando mecánicas y trilladas? (Por cierto, se da la curiosa circunstancia de que en el  set-list no están ni Shine a light, que sí suena en los créditos finales, ni Gimme Shelter, la canción de los Stones que más veces ha sonado en películas de Scorsese).

 

La película es una oda a la inmortalidad, y como tal, su protagonista absoluto es Mick Jagger. Si bien es cierto que el montaje miente (abreviando las presentaciones de la banda y los tiempos muertos entre canción y canción que le ayudan a recuperar el aliento), las proezas físicas del sexagenario Jagger en pantalla grande te dejan tan aturdido como un combate de los Transformers de Michael Bay. La imposibilidad de apartar la cámara de Jagger va claramente en perjuicio del resto de la banda. El más ninguneado es el batería Charlie Watts, aunque de forma comprensible, pues él también ha jugado siempre a la discreción al lado de sus compañeros. Ron Wood recibe su cuota de protagonismo cuando le atiza a las cuerdas de su guitarra con más ímpetu de lo habitual, y Keith Richards, Dios lo bendiga, está ahí para crear un secundario scorsesiano tan memorable como los psicópatas de Joe Pesci: alguien por encima del bien y del mal, encantado de conocerse y completamente ido de la chaveta. Superado el complejo de estar sobre el escenario sin poder tocar por culpa de sus dedos artríticos, Keith Richards ha encontrado su lugar como el carismático convidado de piedra que hace cucamonas para salir en la foto y divertir al personal. Eres el mejor, Keith.

 

Shine a light hará felices a los fans de los Stones y de Scorsese, dejará medianamente satisfechos a melómanos y cinéfilos, y le parecerá un timo a los espectadores desinformados. Quizá sea mejor gastarse siete euros para ver Shine a light que setenta por asistir a un concierto del grupo en el Vicente Calderón. Aunque yo no descarto volver a hacer ambas cosas, la verdad.

Jota78

P.D.: El pasado diciembre ya escribí sobre la experiencia de ver a los Stones en vivo. Pincha aquí para leerlo.

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