Un diario de conciertos

M-Clan (Madrid, 11/03/08)

Llega la hora de la dulce venganza para M-Clan, un combo rockero de los que ya no quedan, perseguidos durante años por los prejuicios desinformados: que si se vendieron a la radio-fórmula a partir del tercer disco, que si sólo son un grupo de versiones, que si no son los mismos desde la marcha del guitarrista Santi Campillo… En fin, el clásico discurso de un esnob, alguien para el que la música no sirve para disfrutar, sólo para quedar bien y estar a la última. El caso es que el nuevo disco de M-Clan, Memorias de un espantapájaros, tiene el viento a favor, y los críticos que antes se meaban en la boca de Carlos Tarque, ahora lo ensalzan como letrista de gran calado emocional. Bien está lo que bien acaba: como el disco lo merece, pasaremos por alto que el salto cualitativo no ha sido tan grande desde el denostado Sopa fría (2004), que ya contenía enormes baladas como Miedo o Comunicando. De remate, Memorias… tiene una carpeta con un diseño gráfico sensacional: su espantapájaros solitario en medio del páramo nublado compite con el barco varado de Quique González por el premio a la portada más evocadora y poética del año (qué casualidad que ambas hayan sido publicadas en vinilo). 

Hasta los más obtusos han tenido que ceder a la evidencia de que hay muy pocos grupos que puedan igualar a M-Clan en directo. Acoplados como un mecano, precisos como un láser, esta banda ha hecho un ejercicio de depuración de la fórmula hasta dar con la esencia misma del rocanrol (así, en castellano). En otras palabras, lo clavan. La guinda del pastel es, por supuesto, Carlos Tarque. ¿Qué más se le puede pedir a un frontman, aparte de una voz portentosa y un carisma electrizante? Pues nada, la verdad. Si acaso que sea guapo, pero no todo el mundo puede ser Bruce Springsteen (vaya, ya me ha vuelto a pasar…).

  

He visto a M-Clan en vivo en seis ocasiones. La primera de ellas fue breve, pero se remonta a 1997, cuando participaron en los conciertos de homenaje a Pepe Risi. Por aquel entonces, su música todavía no había perdido el tan cacareado deje sureño, los músicos lucían largas melenas rizadas y la guitarra solista aún estaba a cargo de Campillo. En definitiva, eran el sueño húmedo de cualquier fan español de los Black Crowes. Su repertorio se redujo a tres o cuatro temas propios (seguramente entre ellos Perdido en la ciudad y Nacional 120) y una versión de los Burning, Mueve tus caderas. Sabía que tenían repercusión en Murcia porque un amigo me había hablado de ellos, pero aquella noche en Madrid eran la banda más desconocida de todas. No sabía si volvería a verlos. 

Ocho años después… 

Nuestra península es lo suficientemente pequeña como para que el cine español haya renunciado a hacer road-movies, puesto que un gibraltareño se planta en Francia en menos de veinticuatro horas. Con este panorama, es fácil entender que no hay grupo de pop/rock español que pueda vivir sólo de cobrar entrada en sus conciertos en las grandes ciudades. Las fiestas populares llenan las agendas primaverales y veraniegas de los músicos, que se encuentran ante el reto de captar la atención de audiencias variopintas y distraídas, haciendo tiempo frente al escenario para no regurgitar el bocadillo de panceta en el Canguro Loco. Como es lógico, el éxito o fracaso del espectáculo tiene muy poco que ver con su calidad musical: en esta tesitura, siempre saldrán victoriosos Los Inhumanos por encima de Jorge Drexler. 

M-Clan no tienen ese problema. Desde 2005 he podido verlos tres veces en fiestas de barrio, en Madrid. Era obvio que el público congregado no conocía a la banda más allá de sus hits Llamando a la Tierra y Carolina, pero en todos los casos dio lo mismo. La energía desbocada de Tarque se proyectó a las primeras filas desde el comienzo del show, y fue extendiéndose como un virus hasta contagiar a todos los presentes. La guitarra solista estaba en manos del virtuoso Carlos Raya, con lo que resultaba difícil añorar a Campillo. En las tres ocasiones, M-Clan salieron triunfantes, poniéndoselo muy difícil a los músicos que tocaran en esas mismas fiestas en días posteriores. 

En otoño de 2005 asistí a un concierto en un teatro, concretamente el Lope de Vega de Madrid. Nunca me han gustado los conciertos con asiento, porque complican al público darle un feedback decente al artista. Pero tenía curiosidad por ver cómo podía adaptarse una propuesta tan rockera como la de M-Clan a un formato más sobrio y “adulto”. La respuesta es: no se puede. Ya desde la segunda canción, Tarque (con una mano escayolada) le gritó a la gente que despegara el culo de la butaca, y el resultado fue el show salvaje de siempre, aunque sin cerveza. 

El último concierto fue anoche en Joy Eslava, el tercero de la gira de presentación de Memorias de un espantapájaros. Como queriendo refutar que es una obra de madurez, la melena rizada de Tarque se ha cubierto de canas; quizá el único síntoma del paso del tiempo en M-Clan, porque sobre el escenario siguen siendo imbatibles. De todos modos, el concierto tuvo algún que otro problema de ajuste. Primero, con el sonido de sala, que costó afinar unos cuantos temas; y segundo, con el repertorio, algo descompensado por la entrada abrupta de una decena de temas nuevos. Curiosamente, Memorias… es un disco magnífico para escuchar a solas, pero resulta difícil de trasladar al directo por la cantidad de medios tiempos que contiene. Además, se quedaron fuera las que, a mi juicio, son las dos mejores canciones del LP, Corazón de bronce y Canción de invierno. 

Otra paradoja: casi es preferible ver a M-Clan con un público corriente que con sus incondicionales dispuestos a pagar una entrada, porque éstos últimos corean tan fuerte las canciones que resulta difícil apreciar los matices de la impresionante voz de Tarque. Pero en fin, no se puede uno cabrear con la gente por darlo todo en un concierto. También la algarabía tapó algún que otro resbalón instrumental (estoy convencido de que alguien perdió comba en Quédate a dormir, descabalgando al resto), lógico en una banda que arranca gira después de meses sin tocar, y encima con un guitarrista nuevo, Priscus. 

En su tramo final, con la tercera guitarra de Carlos Raya y un trío de metales estilo “Las Vegas”, el concierto dejó de ser tal para convertirse directamente en una fiesta. Los diez músicos sobre las tablas (a veces es fácil olvidar que el guitarrista Ricardo Ruipérez, el baterista Pascual Saura y el bajista Oti son tan dueños de M-Clan como Tarque) superaron los nervios iniciales para volcarse en lo que mejor saben hacer: entusiasmar.

Creo haber dejado claro que me gusta M-Clan. A mucha gente no, como puedo comprobar por sus caras cada vez que menciono el nombre de la banda. Bueno, no pasa nada: siempre estará ahí el último grito indie español que desgrane sus textos incomprensibles con voz monocorde, sin mirar al público a la cara para hacerle saber que sólo toca para sí mismo. Y el año próximo, cuando ese grupo ya no mole, vendrá otro. Yo seguiré yendo a ver a M-Clan para recordar que la música debe ser un placer, no un castigo. 

Jota78

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5 comentarios

  1. M-Clan es una banda peculiar, con tantos seguidores como detractores. En mi relación con su música he pasado por varias etapas, desde casi la obsesión hasta el año 2000, pasando por el olvido hasta 2006 aproximadamete, para ahora recuperarles de una manera más abierta. Vamos, que me dedico a disfrutarles y punto, sin valorar si antes cual, si ahora tal, si aquel disco era una cosa u otra.

    El concierto de anoche me gustó bastante, lo pasé bien, disfruté y sonreí. ¿Qué más puedo pedir? No sé, a estas alturas de mi película, eso es justo lo que le pido a un concierto.

    Saludos!

    12 marzo, 2008 en 3:39 pm

  2. ana

    AHHHHH!!! yo tengo el vinilo firmado! y si, es preciosiiiisimo!!!!
    Muchiiiiiiiisimas gracias

    13 marzo, 2008 en 9:30 pm

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