Un diario de conciertos

Elliott Murphy & Olivier Durand (Madrid, 23/01/08)

¿No conoces a Elliott Murphy y Olivier Durand? No pasa nada, la inmensa mayoría del planeta tampoco. Misteriosamente, sí sabemos quiénes son David Bustamante o Miguel Bosé, personajes que en un mundo perfecto se dedicarían a alicatar cuartos de baño. Pero no vivimos en esa realidad paralela y eso lo saben bien Elliott y Olivier, que dan cien conciertos al año por toda Europa en salas de mediano aforo, cuando deberían estar recorriendo el globo tocando en palacios de deportes. La vida a veces es así.  

Elliott Murphy nació hace casi sesenta años en Nueva York. Empezó a editar discos de rock a principios de los setenta, muy bien considerados por la crítica, pero de ventas exiguas. En los ochenta las pasó canutas, y viendo que en Europa le hacían más caso que en su propio país, emigró a París en 1989 y se concentró en mantener los mercados español, italiano, alemán y francés. Lo consiguió, pero al precio de ser olvidado por completo en Estados Unidos; una simpática ironía del destino, teniendo en cuenta el sonido profundamente americano de su música. Hace una década se alió con Olivier Durand, un joven y virtuoso guitarrista francés, y empezaron a tocar y componer juntos. Fue una alianza provechosa. 

La parte positiva de que a Elliott la vida no le haya sonreído como merece, es que sus seguidores podemos verlo tantas veces como queramos a precios populares. Imagina que nadie excepto tú conoce las angulas, y éstas se venden en la pescadería de tu barrio a dos euros el kilo. Así es como te sientes en un concierto de Elliott Murphy. En los últimos cuatro años he asistido a siete conciertos suyos, cuatro en formato dúo con Olivier y tres con banda. Todos fueron formidables. 

El último de ellos fue anoche en la sala Clamores, a la que Elliott y Olivier acuden todos los meses de enero desde hace años. Antes de hablar del concierto, quisiera mencionar que odio la sala Clamores. Vale, tiene encanto y solera, lleva veinticinco años abierta y allí se grababa Jazz entre amigos (del que sólo recuerdo la cabecera, como Con las manos en la masa o Ni en vivo, ni en directo); pero sigue siendo un sótano de techo bajo y mala ventilación, el alcohol es venenoso y prohibitivo, y el aforo no es que se supere, es que directamente se duplica. Así que si un concierto te gusta en Clamores, es que el artista es un fuera de serie. 

Por suerte, Elliott Murphy lo es. Según a quien preguntes, y por buscar símiles, te dirán que se parece a Tom Waits, Bruce Springsteen, Bob Dylan, Lou Reed… En realidad tiene un poco de cada uno de ellos, sin olvidar que es contemporáneo de casi todos, así que es difícil saber quién le debe más a quién. El caso es que Elliott tiene un don para escribir letras y componer melodías que dejen poso, aparte de una voz grave para cantarlas que puede arrullarte o arrollarte, según convenga. 

Otro comentario bastante habitual de los que asisten por primera vez a un concierto de Elliott Murphy y Olivier Durand es “no sabía que con dos guitarras se podía hacer eso”. Y es que quizá no se pueda, porque no hay mucha gente que sea capaz. Las guitarras electro-acústicas del dúo, a las que a veces se suma la armónica de Elliott, hacen tanto ruido como U2 y la E Street Band tocando juntos. Es una exageración, pero por poco. Muchos músicos cobardes nos han hecho creer que el rock nace de una base rítmica predeterminada, cuando en realidad es más una cuestión de actitud, de salir a comerse el mundo y realmente hacerlo. Olivier tiene ocasión de brillar con sus emocionantes solos mientras la guitarra de Elliott ejecuta todo el acompañamiento que la canción necesita. El resultado es apabullante.

Una de las cosas que más admiro de Elliott Murphy es que no es una persona resentida por no haber logrado todo lo que se merecía en esta vida; o al menos, mientras está sobre el escenario, nadie tiene la sensación de que ese hombre se entregue menos porque seamos doscientos en lugar de veinte mil. En realidad lo admiro más incluso que a Bruce Springsteen porque, aunque comparten esa capacidad singular de contagiar entusiasmo hasta al espectador más escéptico de la última fila, el Boss cuenta con una gran ventaja: sus canciones han sido hitos generacionales, mientras que Elliott sale a defender un repertorio que nunca ha traspasado la frontera del rock underground. Pero, ¡quién puede no disfrutar con esos temazos aunque no los haya oído nunca! La arrolladora potencia de Drive all night, Rock ballad o Last of the rock stars se funde armoniosamente con la dulzura de Come on Louann o A touch of kindness. Eso por no hablar de la joya de la corona, On Elvis Presley´s birthday, recitada como un cuento y con un largo crescendo que pone los pelos de punta al llegar a su emocionante final…

No comprendo a los artistas que se bajan del escenario tan pronto como pueden. ¿No es ése el mejor momento de su día? ¿No desean alargar esa euforia el máximo tiempo posible antes de volver a la tediosa rutina de hoteles y viajes? He visto a artistas consagrados (pero jóvenes) como Jamiroquai o Coldplay, con repertorio suficiente para seguir tocando, terminar su concierto al cabo de la hora y media estricta pactada con el promotor. Y nunca lo he entendido. Anoche contemplé a un hombre de casi sesenta años haciendo una verdadera demostración de poderío y entregándose al ciento diez por ciento durante más de dos horas y media. Incluso ofreciendo un verdadero bis, no el paripé habitual de “me voy / no me voy” (que también), sino un bis reclamado por un público incapaz de marcharse.

Con seguridad, después de ver a Elliott Murphy en directo, muchos de esos espectadores han elevado su nivel de exigencia para con los conciertos a los que asisten. Ésa es la grandeza de este músico. 

Jota78 

P.D.: Elliott Murphy no va a vivir siempre, ni tú tampoco. Vuelve a España en abril para dar varios conciertos con banda. Hazte un favor y consulta su programación en www.elliottmurphy.com

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8 comentarios

  1. ana

    jajaja, me gusta Elliott, pero de la forma que cuentas los conciertos a los que vas, creo que si en algun momento intentas convencer de que “el koala” te hace vibrar, conseguiras que por lo menos me piense ir a su concierto… que crack!

    Me ha encantado la comparacion de “Imagina que nadie excepto tú conoce las angulas, y éstas se venden en la pescadería de tu barrio a dos euros el kilo…”

    26 enero, 2008 en 2:54 pm

  2. Bella

    Siento como si esto fuese una revelación. He visto los CDs en tu casa pero nunca se me ha ocurrido poner ninguno. Cuando tengas ocasión vete haciéndome copias, ¿quieres?. Y, desde luego, no me pienso perder el concierto de Hellín.

    26 enero, 2008 en 6:33 pm

  3. Arancha

    Un respeto al PAPITO! Por lo demás, muy de acuerdo…

    28 enero, 2008 en 3:17 pm

  4. No podría haber descrito mejor lo que se siente al ver un concierto de Elliot.
    Por un lado, el sentimiento de indignación e incluso de rabia de ver como un tipo tan grande no ha llegado mas lejos, de ver la cara de tus colegas cuando les dices -he visto uno de los mejores conciertos de mi vida-, y te miran con cara de no terminarselo de creer (ya que si fuese tan bueno estaría mucho mas reconocido).
    Por otro lado poder disfrutarlo tan cerca es increible. La primera vez que vi a Elliot Murphy, fue en Valencia, en la sala wah-wah, no habría mas de 80 personas seguro, y no conocía mas que de oidas un par de canciones suyas.
    El caso es que saí de alli pensando que este tio era lo mas grande que habia visto nunca, y he visto muchos muchos conciertos.
    Todo el que tenga la oportunidad de verlo alguna vez, que lo aproveche, es un puto regalo para los amantes del rock & roll

    24 marzo, 2008 en 7:11 pm

  5. Agrione

    La Sala Clamores es uno de los mejores sitios del mundo para ver un concierto. Traen a gente increible (yo creo que palmando pasta) que si tocaran en cualquier otra ciudad de Europa estarían en el mejor teatro y al triple de precio.
    El glamour se lo dejamos a Barcelona. Yo me quedo con el humo, con las cervezas y con el trato.

    26 diciembre, 2008 en 10:06 pm

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